sábado, 27 de septiembre de 2014

los bailarines nocturnos


Los bailarines nocturnos

- Sal ya, te estamos esperando. ¡sal ya!

Sus amigos le estaban llamando. ¿le dejaría salir su madre? El pajarito revoloteó y chispoporeó.

  • De acuerdo, pero no vuelvas tarde
  • No lo haré, mamá. ¡Gracias!
Y salió disparado del pequeño agujero que, en el árbol, hacía de nido. Sus amigos lo esperaban en una rama. De noche no era nada aconsejable salir por el bosque; aún eran todos demasiados pequeños ypodían perderse. Pero desde quelo descubrieron no habían podido dejar deir y sus mismos padres habían acabado convencidos. Había sido Pepón, el padre de Chipirita, quien había convencito a todos:

  • Los muchachos han de divertirse. Creo que están descubriendo algo nuevo, y hermos de dejarle que lo hagan.
Aún a regañadientes, todos los pájaros de la reunión habían estado de acuerdo. Era mejor concederles el permiso a los pequeños antes de darles una oportunidad para desobedecer.

Todavía estaban lejos cuando les llegó la ḿúsica anhelada. La luz se filtraba entre los árboles. Porque allí los humanos habían construiído un kiosko y, en las calurosas noches de verano, una orquesta tocaba canciones con ritmo y melodía. El grupo de pajarillos se acercaba lo suficiente para que la música les inundara y la luz de los farolillos los bañara. Entonces comenzaban a bailar y a trinar, volando a gran velocidad entre los hilos eléctricos, haciendo loopins alocados en lo alto de la noche.
Solo se permitían descansar al tiempo que la orquesta lo hacía.
  • Quisiera venir aquí cada día -dijo una pequeña pajarilla de la que Chipirón estaba enamorado
  • yo también -concedió él
En realidad, loque ninguno de los dos quería era crecer. “Crecer”, y todo aquel mundo estaba perdido. ¿Acaso les esperaba algo mejor? Mirando las angustiadas vidas de sus padres, la mayoría lo dudaban.
  • Pero al final tendremos que crecer -dijo suavemente Chipirón, dando expresión a sus pensamientos.
La orquesta volvió atocar y los jóvenes, allá abajo, arrancaron a bailar. Y también lo hizo Chipirón y sus amigos. Chipirón se sentía feliz. No imaginaba ningún estado mejor que el de mover rápido las alas, que el de perderse en su sueño a la par que su imaginación volaba aún más rápido.
¿Acaso les esperaba algo mejor como adultos? No, no quería crecer.
  • ¡Mira! -exclamó de repente la pajarilla que le acompañaba. - Al final no puede ser tan malo, no te parece, Chipirón?
Y Chipirón miró a donde le señalaba su compañera. Y allí, entre, los árboles más altos y casi ocultos de la luz, estaban los adultos bailando. Cada mamá con cada papá. Y trinaban de gozo.
Chipiorón no podía saberlo, pero el gozo de los adultos era, sicabe, mayor que el de sus retoños. Porque ver a sus hijos bailar al son de la vida es el sabor más dulce e intenso que se puede saborear en esta vida. Aquí en la tierra. Aquí en el cielo.

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