sábado, 27 de septiembre de 2014

el saco de dormir

Erase una vez, en la sabana africana, que un joven pastor perdió su saco de dormir. Aquel día hacía viento, un viento muy fuerte, y el saco se fue volando con él. Era un saco azul celeste por fuera y naranja plástico por dentro. Y tenía muchos años.
El pastor tardó mucho en darse cuenta de que había perdido el saco. Y, cuando lo descubrió, se dijo "pues me tendré que arropar con la manta", y así lo hizo.
El saco, en lo tanto, se había enredado en lo alto de un árbol. Hacia allí se acercó una jirafa hambrienta y, cuando vio el saco, sintió despertar su curiosidad.
"¿Y esto para qué es?"
Lo cogió entre los dientes y lo bajó.
- ¿Para qué es eso, mamá? -le preguntó su retoño
En ese momento la estaba observando una jirafa vecina que no hacía más que meterse donde no la llamaban.
- Es un chal, querido. Es un chal azul. ¿Qué tal me sienta?
- Magnífico, mamá
La jirafa entrometida se sintió celosa, a rabiar de celos, porque aquel chal le quedaba muy bien a la otra.
Fue por eso que aquella noche, mientras dormitaban, le robó la bufanda recién adquirida. Lo hico tan rápida y sigilosamente que nadie se dio cuenta.
Salvo su conciencia.
Se fue corriendo con el chal en su boca. El saco de dormir ondeaba en su cabeza y no le permitía ver bien. Por eso pasó lo que pasó: la jirafa pasó por debajo de unos árboles y el saco se enredó en ellos. Entonces los monos aprovecharon para robárselo y la jirafa, sofocada por su conciencia y la carrera, se marchó con las demás antes de que la echaran en falta.
"No volveré a ver esa bufanda", se dijo
Los monos tampoco sabían muy bien qué hacer con el saco de dormir, hasta que uno dio con una idea:
- ¡Es una hamaca para domir! -y, dicho y hecho, enseguida le ataron los extremos. Pero no tenían forma de tumbarse sin caer dentro del saco.
- ¡Así no hay quien descanse! -protestaban
- ¿Quién puede haber diseñado una cama que se cierra sobre uno mismo? -dijio el más listo de ellos. Asi que pensaron en otra solución:
- ¡Es una trampa para cerdos! -dijo un soñador.
Aquello tenía más sentido. Como querían probarla cuanto antes, la colocaron en el suelo enespera de que pasara algún cerdo despistado.
Pero no pasó ningún cerdo, sino un elefante.
- ¡Un gorro para dormir! -exclamó cuando vio el saco allí, tirado en el suelo
Y se puso el saco en la cabeza.
- Solo te faltan gafas y ya serás del todo humano -le dijo su esposa
Aquellos no hizo sino confirmar lo que su marido deseaba, que era buscar más la compañía de los humanos. "Humano", le llamaban a él, y el nombre no le ofendía.
En una de esas ocasiones en las que miraba al hombre de lejos, en esta ocasión en las cercanías de un aldea, se encontró con un cachorro de hombre. Este estaba durmiendo la siesta.
"Parece que tiene frío", se dijo. Y buscó algo para arropar al muchacho, pero no había nada a la vista. Por fin pensó en su gorro y, quitándoselo con la trompa, se lo colocó al muchacho.
Entre sueños, el muchacho se metió dentro del saco y le dio aquel uso para el que estaba pensado desde el principio. Cuando despertó, se sorprendió al encontrarse envuelto en aquella extravagancia.
"Es un regalo de los dioses", se dijo. Y se marchó contento a su pueblo y, sobre todo, habiendo aprendido algo que le daría muchos más ratos de felicidad a lo largo de la vida que le esperaba: que lo que más abrigaba la vida del frío desespero es el agradecimiento.
Al dios escondido, al elefante con un gorro para dormir, a los monos que ponen trampas para los cerdos salvajes, a las jirafas presumidas y, sobre todo, al viento invisible que sopla sobre todos.

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