jueves, 4 de septiembre de 2014

el burrito de jerusalén

Por la noche, los animales de Jerusalén organizaron una pequeña velada. Los dueños dormían, la ciudad descansaba.
- Hoy mi amo ha conseguido mucho dinero en el mercado. Es posible que me compre una yegua. ¡Estoy tan nervioso! -dijo un joven caballo cuyo dueño era un famoso comerciante de la ciudad.
- Sí, ya te he visto de lejos. A mí me montaba el cinturón y estábamos pasando guardia por el mercado. ¡Hay demasiados ladrones en esta ciudad! Pero de joven uno solo sueña con las carreras.
Una vaca intervino.
- Debes aprender de tus mayores, potrillo
Al bronco no le gustó nada que le llamaran potrillo. Chasqueó la lengua y golpeó el suelo con sus cascos.
- ¿Tenéis mucho trabajo los soldados? -preguntó un monito que siempre andaba adulando a los animales que servían a los romanos. Todos sabían que era un monito ladrón que, a cuenta de su jefe, siempre estaba birlando dineros aprovechándose de su agilidad y de su cara inocente.
Otro caballo de la guarnición romana lo miró ofendido.
- Un día te cogeremos con las manos en la masa -le advirtió
- Por supuesto, por supuesto -dijo el monito y se retiró en la noche.
En medio de ellos ardían los rescoldos de una gran hoguera que los pastores habían hecho. No había ningún animal que supiera hacer fuego, pero a todos les gustaba pegarse al hogar y recibir el calorcito de las brasas.
- En la vida hay que saber buscarse el alimento -dijo una gallina
- ¿Y quién te ha preguntado a ti, gallina? -le dijo un murciélago que se había posado en una rama boca abajo.
- Buscar el alimento, pero también saber encontrarlo... ¡donde sea! -dijo un ratoncito
- Tonterías. Lo importante es volar sin que nadie te vea y llegar bien lejos -volvió a intervenir el murciélago.
- ¿Y para qué todo eso? Lo importante es el honor -dijo el caballo del centurión.
- La tranquilidad -resaltó la vaca
Y así siguieron discutiendo. Cada uno decía lo que le parecía más importante. Hasta que por fin una lagartija que siempre estaba moviéndose de un lado a otro, una lagartija bien nerviosa, se fijó en que había un animal que no decía nada:
- ¿Tú no dices nada, burrito? ¿Qué te pasa esta noche?
El levantó la mirada y todos vieron que sus ojos brillaban, como si hubiera estado llorando. Pero era algo imposible, porque el único animal que llora es el hombre.
- ¿No sabéis lo que me ha pasado hoy? -preguntó. -Hoy subió sobre mis espaldas el Rey de la Creación. Juntos hemos entrado por las puertas de la ciudad mientras todos nos aclamaban. Y antes de despedirse de mí me ha abrazado. ¿Qué más podría pedir?
Y entonces todos entendieron por qué el burrito tenía los ojos húmedos. Era feliz.

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