- No me digas que no es divertido
Pero él no contestó. Cogió carrerilla y lanzó una patada contra el retrovisor del coche. Fue un buen golpe y al instante el retrovisor se quedó colgando como una araña a la que solo le quedara una cuerda.
- ¡Ya eres todo un maestro! Desde tu primer día.
- Llegarás lejos -dijo otro
- Todo lo lejos que puedes llegar con nosotros -añadió entre risas un tercero antes de darle una patada al retrovisor de una citroen berlingo.
Comenzó a sonar la alarma del citroen y el grupo la emprendió a la carrera.
- ¡Al solar de Gutiérrez! -dijo el líder.
Atravesaron un par de calles más, cada vez más solitarias. En una de ellas había solo un coche aparcado. Amanecía.
- Dale tú a ese -le comandó el jefe.
El coche estaba solo en la calle y tenía una ventanilla abierta. Enfrente había una puerta entornada; el dueño llegaría en cualquier momento.
El coche no era lujoso: un fiat punto de color rojo. Pero la pintura ya estaba gastada y faltaba, al menos, un guardacubos.
Todo esto lo vio en el mismo instante en el que sentía frío por la espalda; ¿y si lo cogían? Era su primer día y era adrenalínico. Saberse dentro de aquel grupo le embriagaba.
- Es bueno que conozcas gente de por aquí cuanto antes -le había dicho su padre en cuanto llegaron al barrio.
¿Y si lo cogían y lo llevaban a la comisaría de su padre? Él se encargaría de que no lo tuvieran preso mucho tiempo
Se acercó al coche mientras los demás se adelantaban. Miró hacia la puerta entornada del edificio: nadie.
Los demás ya habían llegado a la esquina. Le esperaban. ¡Ahora o nunca!
Cogió un poco de carrerilla y, ¡zas!, su pie se estrelló contra el retrovisor. ¡Ahora a salir corriendo! Pero comenzó a sonar una extraña alarma. Del coche salía el llanto de un niño.
¡Un bebé en el coche! Le miró un momento para comprobar que se encontraba bien y luego salió disparado. Cuando ya estaba en la esquina, le pareció ver por el rabillo del ojo que de la casa salía corriendo el padre. Para cuando se diera cuenta de que tenía un retrovisor menos, ya estarían lejos.
- ¿Qué ha sido eso? -resopló en medio de la carrera uno de sus compinches.
Cuando llegaron al solar de Gutiérrez se sentó con la cabeza entre las manos.
- Era un bebé -dijo entre dientes, como si ahora respondiera a una pregunta.
Pero los otros no le hacían caso. De debajo de una vieja silla de tres patas que estaba tirada en el suelo habían sacado un interview. La chica de la portada no tenía camisa.
Él se levantó y, sin decir una palabra, se marchó de allí.
- ¿Dónde vas tú? -oyó que le preguntaba el líder.
No contestó. Lo siguiente que notó fue una patada en la espalda.
Fue el preludio de una paliza.
Y cuando llegó a su casa, magullado y sangrante, supo que, a pesar de todas sus heridas, se sentía libre.
Más libre que nunca.
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