- Vámonos a dar una vuelta, Panda.
- No puedo -contestó el pequeño conejito. Su pelaje blanco y sus manchas negras le habían ganado el apodo.
Levantó la vista hacia sus amiguetes, todos ellos conejos de la vecindad de su misma edad, junto a tres de sus hermanos.
- Debo...
- ¡Leer! -le interrumpió el que le había invitado- ¿Es que nunca te cansas?
- Por supuesto que me canso -confesó él.
- ¿Y entonces por qué lo haces? -le preguntó una conejita un poco más joven que se había unido al grupo recientemente. No conocía a Panda y le parecía sumamente misterioso (y romántico) que aquel conejo eligiera quedarse leyendo en vez de irse de fiesta.
Panda miró confuso a su libro. Le gustaba mucho aquella conejita y no quería que se lo leyera en su mirada.
- Solo me quedan veinte páginas. Tal vez luego os encuentre. ¿Por dónde vais a estar?
- Déjalo, shakespeare, ya nos has venido con el mismo cuento antes. Quédate con tus libros.
Se marcharon. Sus hermanos le miraron con especial desprecio. "Avergüenzas a la familia", parecían decir.
Panda les miró un segundo más y luego siguió con la lectura. De repente lo interrumpió una vocecita:
- ¿Por qué no te has ido con los demás? -era una conejita hermana pequeña de la que le gustaba. ¿Cómo se llamaba? Trató de recordar.
- Estoy leyendo -contestó
Pero la otra no se conformó con la respuesta.
- ¿Y?
¡Parda! Ese era su nombre. Como él, los colores de su pelaje se lo habían impuesto. No era muy agraciada y Panda sintió pena.
- Me gusta leer. Supongo que me gusta más leer que salir de fiesta.
La conejita asintió.
- Yo también los encuentro aburridos. Así que tenemos otra cosa en común.
A Panda no le gustaba que se dijera que la coneja de sus sueños era aburrida. Ni siquiera por su hermana.
- No he dicho eso -repuso friamente. Pero luego cayó en la cuenta de lo que había dicho la conejita- ¿Y qué otra cosa crees que tenemos en común?
Ella se rió enseñando sus dientecitos. ¡Dios mío, solo era una niña!
- Pues nuestros nombres. Ambos empiezan por Pa.
Él también se rió:
- Creí que ibas a decir que ambos tenemos nuestros nombres por nuestro pelaje -confesó.
Ella se puso seria:
- A mucha gente le ponen el nombre por lo que parece que es y no por lo que realmente es.
Se quedó unos momentos callada, como madurando lo que acababa de decir. Luego miró alegremente a Panda en los ojos.
- ¡Tengo que irme! -anunció
Y se fue dando saltos
Panda volvió a enfrascarse en la lectura. Pero ahora ya no podía pasar de la misma página. Constantemente olvidaba lo que había leído. ¿Era posible que ya no le interesara? Y su mirada se volvía al camino por donde la pequeña Parda había desaparecido.
De repente el libro ya no era tan entretenido.
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