miércoles, 3 de septiembre de 2014
La papelera
- ¿Podemos ir a esa papelera? -preguntó el joven ratoncito a su padre. Era su primer día en la ciudad, fuera de la madriguera. Durante años había oído a sus hermanos hablando sobre las papeleras de la ciudad y de las aventuras que habían tenido en ellas. Ahora por fin él había dado el salto. Sus hermanos ya se habían dispersado; su padre se había quedado con él para enseñarle el oficio.
- Demasiado limpia -le respondió secamente su padre
“Ratón de pocas palabras, te llaman. De pocas no, ¡de ninguna!” Se quejaba su madre cuando por la noche soltaba todo el torrente de imágenes que había ido acumulando durante el día. Él la escuchaba seriamente, sin apenas casi ni mover el rabo.
Ella, habladora y nerviosa. Él, de pocas (o ninguna) palabras y siempre calmado.
“Tu papá no es frío. Él te quiere. Pero no deja que los sentimientos intervengan en sus decisiones” le había dicho su madre antes de partir, en voz alta, esperando que su esposo la escuchara.
- ¿Y a esa otra papelera? -preguntó el ratoncito.
- Ocupada -sentenció su padre sin mirar siquiera a donde el ratoncito señalaba.
“Padre de pocas palabras”, se dijo a sí mismo el ratoncito.
Era de noche, “la mejor hora para salir a buscar comida. Los humanos duermen y en la ciudad no hay búhos. Hay gatos peligrosos, pero se les ve venir. No como las aves. ¡Cuídate de los búhos!” Le había explicado su padre la semana anterior.
- Te vas a cansar hablando -había soltado su madre desde la cocina. Había sido una de las parrafadas más largas que su congenitor le había dado.
Así que no había nadie por las calles. Por fin encontraron una papelera rebosante de basura. Parte de la comida estaba tirada por el suelo. A tan solo unos metros, algún humano borracho había vomitado.
- ¿Eso es vómito? -preguntó el ratoncito
su padre asintió:
- Así es como los humanos entran en la mayoría de edad.
- ¿Vomitan?
Asintió otra vez
- durante muchos años, hasta que por fin alcanzan la madurez. Entonces solo de vez en cuando.
Después de olisquear un poco la comida del suelo, su padre le mandó arriba, a la papelera.
- ¿Y si me caigo?
Pero él no respondió. Tan solo le señaló la papelera.
El ratoncito comenzó a subir y, aunque sufrió de vértigo alguna vez, logró llegar hasta arriba sin grandes contratiempos.
- ¡qué vista! -exclamó al llegar
- No grites. Explora el terreno.
La papelera estaba bastante bien surtida, así que después de saquearla volvieron a la madriguera con comida para la nueva camada.
- ¿Qué tal ha ido? -preguntó mamá ratón a su esposo aquella noche, cuando ya todos los pequeños estaban durmiendo.
- Es un buen chico -respondió él.
Y, aunque todo estaba a oscuras, mamá ratón supo que estaba sonriendo. Orgulloso.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario