miércoles, 24 de septiembre de 2014

la cafetería de los ruídos

El vaso de agua bailaba al compás de sus movimientos sobre la mesa. Eran movimientos enérgicos. "Las líneas han de ser continuas", se decía. Era el conejo Cajerón y quería ser dibujante.
- Te espera un futuro negro. ¿No te das cuenta de la cantidad de artistas que, hoy en día, se mueren de hambre? -le había dicho su esposa
- Tu siempre tan animante -respondió Cajerón
Aprovechaba que sus hijitos tenían clase de música para meterse en un bar, pedir un vaso de agua o de leche bien blanca y ponerse a dibujar. Dibujaba bastante mal.
"Al menos me doy cuenta de lo que me falta", se decía, intentando inspirarse un optimismo que, por doquier, le faltaba.
Sus hijos estudiaban distintos instrumentos. Era una camada de cinco conejitos.
El mayor, Aparicio, tocaba la trompeta.
Dibujó una trompeta con pinta de serpiente y que, a la vez, era una serpiente con pinta de trompeta.
"Esto tiene futuro", se dijo para animarse.
El siguiente, Prudencio, tocaba el violín.
Dibujó en su cuaderno un violín que era como una vaca de grandes caderas tomando el té.
Luego estaba la pequeña Cafeína, quien había optado por el arpa.
Su dibujo del arpa le salió bastante ajustado. Tanto es así, que decidió colocarle un angelito al lado. "Un angelito para Cafeína", se dijo. Pero, aunque el arpa le había quedado muy bien, el angelito le quedó muy raro. "Como una botella de champán viejo", se dijo.
Siguió pensando en sus hijos.
El cuarto era Hiemín, el rebelde. Y tocaba el tambor.
"Este lo pintaré bien", se dijo. Pero la circunferencia le quedó demasiado achatada. Como si alguien se hubiera sentado encima de ella. Por eso pintó luego un hipopótamo sobre el tambor. Y no es que nunca hubiera visto un hipopótamo, pero se lo imaginó.
Por último, el benjamín, Postrito. Era el último que había salido del vientre de su madre y siempre estaba llorando. Había elegido estudiar la flauta.
"Lo malo es que es una flauta travesera, ¿y cómo dibujo eso?"
Al final dibujó una gran raya horizontal sobre la que había algunos puntos negros.
"Un dibujo para interpretar, pero el que mejor me ha quedado" se dijo. De entre todos sus hijos, sentía una debilidad especial por Postrito.
- Me trae la cuenta, por favor -le rogó al camarero.
Este era una zorrita muy maquillada a la que le gustaba pasar el rabo por delante de los clientes. Tenía una cola muy peluda.
- Enseguida -dijo de mal humor
Y recogió todo lo que estaba en la mesa. De un rápido movimiento, arrugó todos los papeles que estaban encima y se los llevó antes de que Cajerón pudiera decir ni pío.
- ¡Mis dibujos! -exclamó por fin
La zorra le daba la espalda, pero al oírle gritar aquello se le encaró de mala gana
- ¿Quiere algo?
- Me ha cogido usted mis dibujos. Todos ellos.
- ¿Eso eran dibujos? Vale más que se busque usted otra profesión -dijo. Luego se volvió a dar la vuelta moviendo ostentosamente su peluda cola.
- Y no olvide pagarme antes de irse.
Y Cajerón, por un momento, se sintió miserable. Pero cuando salio por la puerta cogió aire, miró al cielo y se dijo.
"Me queda mucho por aprender. Mejor no mirar atrás. La siguiente vez lo dibujaré... ¡aún mejor!"

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