- Mamá, ¿las hormigas tienen prisa?
Las preguntas de su hijo eran cada vez más raras
- No. No tienen ninguna prisa. Simplemente trabajan y trabajan y llevan todo tipo de comida a su madriguera.
- Me ha parecido ver a una corriendo -dijo el niño
- En cuanto llegue tu padre, nos vamos -le avisó ella. Ya tenía el oído duro para las fantasías de su hijo menor.
Iban a salir a comer una pizza y después un helado. El plan era muy atrayente y pronto el pequeño olvidó lo que creía haber visto.
Pero en el mundo de las hormigas, sí estaba pasando algo fuera de lo normal. La larga fila de hormigas que iban y venían estaba siendo rebasada por una hormiga "con prisa". Iba vestida con un pequeño pantaloncito y estiraba las patas todo lo que podía para dar grandes saltos.
- ¿Y esa dónde va? -se decían las trabajadoras
- Mejor que no lo encuentre una soldado o lo va a pasar mal -dijo otra
- Una loca -terció una última.
Pero la hormiga corredora no escuchaba a nadie más que a una sensación de libertad que le asaltaba siempre que corría. Y ahora contaba con el permiso de la reina para correr.
"Pero solo cada dos días", le había dicho. Se había colado en el palacio sin que la vieran y esquivando a las desconfiadas hormigas-soldados. Incluso se disfrazó como un soldado para llegar hasta la reina. Y a ella le había gustado su arrojo.
No tenía ningún destino fijo. Corría siguiendo la larga fila de hormigas por una suerte de instinto. Aquel era su primer día y muchas la criticaban siguiéndola con la vista. ¡Bah, ya se acostumbrarían! Pero lo cierto es que le molestaba que la miraran así. Le hacía perder concentración y, por la tanto, aquel sentimiento de placidez. Por eso se desvió de la fila de hormigas y se adentró en tierras desconocidas. Al principio se encontraba con algún que otro explorador; eran hormigas que hacían de avanzadilla y buscaban la comida que los destacamentos organizados vendrían a buscar más tarde. Pero incluso estos fueron desapareciendo a medida que se alejaba más.
Y entonces lo encontró. Era más grande que ella -eso no era difícil- y tenía una forma angulada e irregular. Se paró a observarla y dio la vuelta alrededor. Estaba hecho de papel y algún humano había estado recortándola de la hoja. Por fin cayó en la cuenta: era una letra recortada y pintada de negro. Era la letra "T".
- En mi salón quedaría muy bien -se dijo la hormiga.
"en el baño", dijo otra voz dentro de sí
"es muy pesada, no puedes llevártela", dijo otra más
"lo que es seguro es que no puedes correr con ella", siguió razonando
Pero a la hormiguita le gustaba aquella gran letra.
Cuando volvieron de la pizza, el pequeño se caía de sueño. Pero se despertó de repente cuando descubrió que una de las letras que había estado recortando para el colegio había caído al suelo y ahora se encontraba colonizada. Miró con su lupa, y allí vio que una hormiga vestida con calzas como las de los tenistas estaba acostada en la cruz de la T. Parecía complacida consigo misma.
- A mí también me gusta que estés aquí -le dijo el pequeño. Y la puso con cuidado en su mesilla de noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario