martes, 16 de septiembre de 2014
el contador de piedras
El contador de piedras
Querido mar,
hoy he terminado con una región más. Y he contado todas y cada una de las piedras. Son las mismas piedras que tu vas a inundar, las mismas sobre las que reposarás. Para cuando tú llegues aquí, las cosas habrán cambiado mucho pero las piedras seguirán siendo ellas. Algunas estarán más rotas y otras se aglutinarán para formar unas mayores. Pero con este inventario que yo he hecho, no habrá ninguna que no tenga su propio árbol genealógico.
Es verdad que a las más pequeñas he tenido que agruparlas en familias. Sus presencias eran repúblicas tan diminutas que mis ojos no sabían distinguir a quienes las componían. Es similar a lo que a ti te pasará cuando llegues aquí: ¡eres tan grande! Y todo lo que se queda en tu fondo es algo diminuto, perdido. Pero en esta ocasión habrá uno que ha contado muchas de las piedras que mojarás. no todas, no. Me haría falta una vida mucho más larga para eso. Pero no lamentaré por las horas que no viviré ni por las cosas que no haré, sino por las que he vivido, por las que he hecho.
Antes de hablarte de cada piedra, te diré algo sobre cómo son en general. Porque hay piedras que son peñas en lo alto de un desfiladero, esperando a que una riada o un desprendimiento socave del todo sus cimientos y caiga por fin como semilla fértil sobre la tierra, estallando como una jugosa granada sobre todo el que se encuentre debajo, dejando que sus hijos rueden y recorran terreno, como gigantes juguetones en un patio de juegos.
Y otras piedras son pequeñas y tímidas. Se esconden detrás de las más vulgares; pero ellas guardan en sí transparencias y colores de los que tú nunca has podido saber, mar. Y yo, cuando las contaba, las cogía en la mano y casi me parecía que reían femeninamente, como si les hiciera cosquillas. Les gustaba que las pusiera frente al sol, que les diera vueltas con la mano, que las acariciara, que las probara con la lengua. ¿Salada, terrosa, ácida?
Luego están las angulosas. Son piedras cortantes, jóvenes como adolescentes que quieren probarse en la vida. Cuando las miro sé lo que están deseando: que me descalze y que camine sobre ellas, como un fakir de un cuento indio. Pero yo no me dejo engatusar, sino que las cojo con cuidado y les hablo con respeto. Y entonces se calman.
Luego están los cantos rodados. Los de los ríos son más habladores que los del mar. A estos últimos ya los conoces bien: son una orden monacal de suicidas que siempre están repitiendo tu nombre, esperando que los cubras de una vez por todas.
De ellos no hablaré.
Los cantos de los ríos son frescos como una mañana de deshielo.
no puedo seguir escribiéndote, mar, porque ya llega la enfermera. Registrará si esta vez me he traído alguna piedra al cuarto. Pobres locos, creen que solo busco piedras por placer. No saben que me comunico con ellas.
Y que juntos esperamos tu venida.
El día en el que el mar llegó. Ese será mi día.
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