martes, 30 de diciembre de 2014

el conejo viajero

Érase un conejo que viajaba por el mundo. A su lado siempre se encontraba un pequeño ratón. El conejos se llamaba don Raimundo; el ratón, Esteban. Eran inseparables.
En una ocasión fueron a visitar a la tía de don Raimundo. Se encontraba esta en sus últimos momentos. Cerca de ella vivía el mayor de los hermanos de Esteban el ratón.
La tía murió a los pocos días cuando aún se hospedaban los dos amigos en la casa. Y, con esas casualidades que la naturaleza brinda de vez en cuando, el hermano mayor de Esteban sufrió un accidente en el trabajo; de resultas enfermó del tétanos, contra el que no estaba vacunado. Y en apenas unas semanas ya lo estaban enterrando.
Don Raimundo, que apenas se había recuperado tras la muerte de su tía, se desveló por su amigo para acompañarle en el dolor.
A los dos meses de estos sucesos, el cuerpo abuhado de policías recibió una llamada muy extraña: se trataba de don Raimundo, a quien habían encontrado por la calle deambulando como un sonámbulo. La policía lo llevó a su casa y allí descubrieron el cadáver aún caliente de Esteban.
- ¡Yo lo maté, yo lo maté! -confesó don Raimundo -fui yo quien le pedí que preparara una taza de té.
A primera vista, parecía que al ratón se le había caído el té y que luego se había derramado sobre el charco. Vamos, un accidente de lo más tonto y una muerte estúpida. El golpe en la nuca había acabado con el joven.
La policía intento consolar a don Raimundo. Y es que a nadie le cabía en la cabeza que quisiera matar a su amigo o que lo hubiera hecho intencionadamente. Al contrario, el psicólogo del cuerpo, un pájaro carpintero muy viejo y muy sabio, intentó quitarle cualquier sentimiento de culpa.
- Es un accidente. Fue un accidente. Repítelo cada día. Debes repetirlo.
Y toda esta información le llegó, más o menos adulterada, a la joven ardilla Sherlica, que se encontró con don Raimundo en un barco que atravesaba el canal de la mancha. Como era un ardilla metomentodo, siguió a don Raimundo en sus travesías parisinas, y así descubrió que llevaba el cuadro de un famoso pintor que quería vender.
Entonces Sherlica se puso a investigar, y descubrió que Esteban no había sufrido ningún accidente, sino que don Raimundo lo había asesinado a sangre fría y luego se había dado a aquella actuación. Y el motivo no era otro que el de apoderarse de aquel cuadro, que a Esteban le había legado su hermano moribundo hacía unos meses.
Sherlica quiso denunciar todo esto a al cuerpo abuhado, pero estos no quisieron hacerle caso. "Caso cerrado, caso cerrado"
Por eso fue que Sherlica se voló los sesos con una magnum.
Para llamar la atención.

viernes, 26 de diciembre de 2014

el rico

- Lo que no sé es para qué queremos tanto dinero si no podemos utilizarlo.
No le escuchó sino que siguió contando las ganancias sobre la mesa.
- ¿Me has oído? -preguntó su sobrino
- Todo llegará, llegará... llegará -murmuró su tío, avaricioso, contando los billetes mientras murmuraba la última palabra.
El joven tragó saliva y dijo aquello para lo que llevaba todo el día armándose de valor:
- Esta tirde queiro ir la cine -dijo, trabucándose con las palabras
- Llegará, llegará... llegará -respondió su tío, repescando la última palabra que otra vez fue a perderse en las profundidades del silencio.
- Al cine -repitió su sobrino.
Su tío levantó la mirada. El joven tragó saliva.
- ¿Para que te sirve la conciencia?
El joven no supo qué responder. No entendía.
- Para modelarla. Y lo mismo el dinero, jovencito. La pobreza es el reino de la mayoría y nosotros nos mantenemos aparte con el dinero acumulado. ¿Quieres ir al cine? Adelante. Tienes dinero para gastarlo, ¡gástalo! Pero no dejes de trabajar para obtenerlo.
- ¿Te parece bien que vaya? ¡Guau eso es genial! No me lo esperaba. ¡Gracias, tío! Además de que no iré solo.
Pero ya el tío se había vuelto a enfrascar en sus cuentas.
La puerta se abrió de repente y entraron los tres renacuajos:
- ¡Hola, tío Donald! -gritaron al unísono.
Su tío se los llevó rápidamente de allí. No quería que pusieran de mal humor al viejo.
- ¿Para qué habéis venido? -preguntó afuera
- Íbamos por la calle, patinando...  -comenzó uno
- Y nos encontramos a Daisy -siguió otro
- Y nos dijo que, si tenías suficiente valor para preguntárselo al viejo, iríais al cine.
Entonces los tres, al únisono, exclamaron:
- ¿Es verdad?
Donald sonrió con suficiencia.
- ¿Que si yo tengo valor para preguntarle algo así al viejo? Ni se lo pregunté. Simplemente le informé para que luego no se estuviera preguntando dónde andaba.
- ¿Y qué hace ahora el viejo?
- Está ahí adentro, contabilizando su conciencia, como siempre.
Al rato se fueron todos. Donald les prometió a sus sobrinos comprarles unas golosinas. En cuanto cerraron la puerta, Gilito abrió la suya y, viendo que no había moros en la costa, corrió hacia el teléfono.
- ¿Telepizza? Quiero una cuatro quesos, bien grande. Hoy espero a una invitada.
Luego colgó. Aquel día esperaba a la viejecita que se había encontrado recientemente en el banco. Se habían citado en la oficina y, cuando ya desesperaba para quitarse de encima a su sobrino, este había salido con el plan del cine. Menos mal.
Desde que había conocido a la señora todo su dinero le sabía a poco. Menos que a poco: a nada.

martes, 23 de diciembre de 2014

la libretita de hello kitty

- Dígame cuándo se produjo el... robo- eligió la palabra con cuidado.
- Ya se lo he contado a su compañero. Iba bajando por la calle cuando vi, en la esquina de enfrente, a un chulo pegando a su puta. Entonces me paré aquí, en la esquina, para gritarles que pararan. Maldita sea, quería ser un buen ciudadano. Como esos que salen en las películas, ¿sabe usted?
- Me hago a la idea -contestó el policía. Iba de paisano, así que el denunciante supuso que sería alguien con un cargo más alto que el común de los picoletos. De un bolsillo comenzó a sacar algo.
"Cigarrillos, imagino", pensó el buen ciudadano en medio de su declaración. Pero en su lugar apareció una libretita para tomar notas de color rosa. En la pequeña portada estaba pintada una hello kitty y debajo, en letras fosforecentes, "Hello Kitty". Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos.
- ¿Qué decía? -acertó a preguntar al fin
- Le animo a que prosiga, caballero. Se ha quedado usted en la esquina, vociferando a una pareja que había visto en la esquina de enfrente.
El otro siguió, aunque no podía apartar la mirada de la libretita.
- Sí... entonces surgieron como de la nada el grupo de latinos...
- Estarían a la vuelta de la esquina y le verían a usted gritar -intervino el policía
- ¿Cómo dice? -preguntó el joven mirando la libretita
- Prosiga, se lo ruego
- Sí, bueno, pasaría como usted dice. Para el caso, cuando me quise dar cuenta estaban alrededor mío empujándome y riéndose de mí. ¿Quiere usted saber lo que decían?
- Dígamelo
- "¡Qué pasa superman! ¿Dónde te has dejado la capa?" y cosas así.
- Entiendo
- Yo entonces... me asusté. Me ordenaron bajarme los pantalones y ponerme a cagar allí...
Se produjo un incómodo silencio. No hacía falta preguntarle si había obedecido, pues un excremento humano aún estaba allí, a unos metros de ellos.
- Y entonces me dieron esa piedra y me obligaron a que la lanzara contra el escaparate. Ya sabe usted el resto.
Sí, lo sabía, habían entrado en la tienda y se habían llevado lo que habían podido. Y no solo eso, al irse se habían llevado también los pantalones del agredido.
- Tendrá que acompañarme a comisaría para firmar la declaración.
El otro asintió. Le habían prestado unos pantalones que le quedaban demasiado grandes y su figura era patética.
"Y encima se sorprende porque llevo una libretita de "hello kitty"" Pensó el inspector.
"Será idiota"

lunes, 22 de diciembre de 2014

A medio camino

- ¿No te cansas nunca de estar volando así, de arriba abajo? -le preguntó el diablillo que hacía de portero
- Uno se acostumbra -respondió Altazov, el búho mensajero.
Y después de esto emprendió vuelo. Sus grandes ojos vieron alejarse las puertas del infierno y a aquel desgraciado que tenía que estar en la puerta para bienvenir a los incautos.
"Hace falta ser idiota para lanzarse al infierno. Son infelices en vida y solo les queda seguir cobrando lo que han cosechado"
En el pico llevaba una brizna sacada de unas de las hierbas que crecían allí, en la puerta del inframundo. Y su misión era llevarla lo más cerca posible del estrado de San Pedro, frente a las puertas celestiales. Claro que no podía atravesarlas.
Los ángeles recogían aquella brizna y con ella fabricaban flores picantes con las que se alfombraban las carreteras del purgatorio. O así se se lo habían contado a Altazov, él nunca lo había visto.
- ¿No te cansas de estar volando así, de abajo arriba? -le preguntó un angelito que suplía a San Pedro cuando este se iba a interceder por alguien. Pero no por muchos, no era santo de gran devoción, pese a lo mucho de lo que se hablaba de él.
- Uno se acostumbra -repitió Altazov
Como muchos otros días, se preguntó por su misión. "¿Por qué yo?" Y hoy imaginó que eran por sus ojos. "Con mis grandes ojos he visto demasiadas cosas como para entrar en el cielo, pero no he cometido ninguna de ellas y no puedo condenarme al infierno"
Al infierno llevaba una piedra pequeñitas, de las muchas que había enfrente de las puertas celestiales. Con ellas construían las arcadas y los soportales de los edificios del infierno. Pero nadie podía habitar allí y, sin embargo, el lugar tenía su belleza.
Claro que él no lo había visto nunca, pero se lo habían contado.
De camino al infierno se sintió cansado y, vislumbrando un árbol que colgaba en un risco, se posó allí un instante. No había pasado ni un segundo cuando sintió nuevamente la urgencia de volar.
- Al fin y al cabo me encanta volar -se dijo
Y siguió bajando hasta las puertas del infierno. Allí estaba hoy el mismísimo Lucifer, pasando revista al portero. En cuanto le vio, se volvió a él:
- ¿Cuándo te vas a quedar aquí, Altazov?
- Lo mío no es entrar en ningún lado. ya lo sabe usted -le respondió el búho con dignidad.
- Tal vez ese ir volando de un lado a otro sea tu castigo, Altazov, tu infierno. ¿No se te ha ocurrido?
Y el búho sintió miedo. Cogió la primera brizna que encontró y se marchó volando.
- Pero a mí me encanta volar -se dijo, mientras ascendía- Tal vez esto sea mi cielo.
Y luego se afirmó en el pensamiento
- ¡Sí! -exclamó- ¡Esto es mi cielo!
Y siguió volando hacia las puertas de la eternidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

la bombilla fundida

- ¡¡Ay!!
Exclamó el pequeño mirlo.
- Tu hijo se ha golpeado otra vez. ¿Cuándo vas a arreglar esa bombilla?
Tontomás, el papá, miró a su señora un poco ofendido.
- ¿No ves que estoy arreglando este nido?
Ella suspiró y luego se echó a volar.
- Sí, vuela lejos -suspiró Tontomás mientras colocaba mejor una rama.
Su hijo salió del agujero del árbol.
- No hay forma de encontrar nada en la despensa, papá.
- ¿Qué querías de la despensa? -preguntó Tontomás
- Nueces del valle, aquellas que recolecté cuando fui a visitar a los abuelos. Mamá me ha dicho que las había almacenado ahí abajo. ¿Cuándo vas a arre...? -pero su padre le interrumpió
- Espera aquí. Te conseguiré las nueces. ¿Cuántas quieres?
- Dos nueces estará bien, pa.
Tontomás se marchó y al rato se oyó una exclamación:
- ¡Ay! ¡Maldita bombilla!
Y luego un ruído como de cristales rotos. El hijo imaginó a su padre golpeando la bombilla fundida en un acceso de rabia.
"Por lo menos que no se corte", pensó
Al poco salió el padre con cara de mal humor. Pero no había sangre por ningún lado.
- Aquí tienes. Y ahora, si no te importa, me gustaría trabajar un poco tranquilamente en el nido.
- Como tú quieras, pa -respondió el joven. Y, abriendo las alas, se marchó.
Tontomás colocaba las ramas en su nido de primavera. Este era el nido que, un poco más expuesto, servía para calentarse al sol cuando el tiempo mejoraba. Y, aunque ya hacía una semana de la llegada del buen tiempo, Tontomás no había tenido tiempo para arreglarlo hasta aquel día.
- En esta casa no hay forma de trabajar tranquilo.
Estaba colocando la ramita más importante de todas, aquella que servía para fijar bien el nido en la rama del árbol. Era la parte más delicada del trabajo. Lentamente la fue insertando cuando un ruído le sobresaltó.
- ¡Hola, vecino!
Era el gorrión que vivía en un árbol vecino. Tenía una voz estridente. El susto le había salido caro a Tontomás, pues se le cayó la rama de las manos y con él todo el nido que fue a parar al suelo con un golpe sordo.
- ¡Mil demonios! -exclamó
Y luego comenzó a despotricar contra el vecino, quien se fue de allí rápidamente.
- Paciencia, ten paciencia Tontomás. Si no, no vas a terminar nunca -se dijo
Bajó hasta el suelo y recogió el nido. Lentamente, fue volando con él de una rama a otra hasta que llegó a aquella en donde vivían. Lo colocó.
- Podía haber sido peor, podía haber sido peor -se repitía como un Mantra
Lo que no había podido subir era la rama de sostén. Pero recordó que en el almacén tenía una ramita muy buena, ligera y resistente y con forma de "y". Fue hasta allí pero pronto se encontró a oscuras. La bombilla estaba fundida y se golpeó en la cabeza. Además, por el suelo había casquillos de la bombilla de cuando la golpeara antes y se cortó en un pie.
Maltrecho, salió afuera. Se vendó la herida y, antes de que pasara una hora, ya había cambiado la bombilla. Luego miró al nido.
Aún faltaba mucho para terminarlo, pero colocó su mejor palo en la base, aquel que había ido a buscar al almacén.
- Mañana seguiré.

Cuando su esposa volvió, se encontró con su marido esperándola con una flor en la boca. Tenía un pie vendado y unos ojos contritos.
- Perdona -le dijo, tras alcanzarle la flor
- Yo también te quiero -contestó ella.











jueves, 18 de diciembre de 2014

Hambre

La hormiga llevaba toda una pluma a cuestas.
- ¿Dónde quiere ir esta hormiguita? -preguntó el pequeño Tim
La hormiguita en cuestión, muy decidida, cargaba con la pluma que a Tim le habían regalado por su cumpleaños el año pasado. Pero solo hacía un mes que le permitían utilizarla.
- No es un rotulador ni un lápìz. Si aprietas, la romperás- le conminaba su madre
Tim pensaba que tampoco podía apretar los rotuladores, pero no dijo nada. ¡Si sus padres supieran lo que le costaba escribir! No era ni fácil ni divertido. No apretaba por decisión, sino por desesperación de ver que las letras, poco a poco, surgían de su lápiz.
- ¿Queda mucho para la comida?
- Lo mismo que antes... menos un minuto. Sigue mirando a la hormiga -le recomendó su padre, asomando la cabeza sobre el periódico.
Era Sábado y cocinaba mamá. Pero muchas veces se retrasaba porque quería hacer demasiadas cosas a la vez. O al menos así le decía su padre. A él, le decía, también le ponía de mal humor retrasos en la comida. Y para sobrellevarlo mejor tenía un secreto, el mismo que había compartido con su pequeño Tim:
- Me entretengo con otra cosa y me concentro tanto que olvido que tengo hambre.
Tim había decidido fijarse en la hormiga. Pero la barriga le hacía ruídos.
- Mi barriga también tiene hambre -dijo
Su madre se volvió entonces hacia él con gesto enfadado. Tenía una cuchara de madera en la mano con la que había estado removiendo la sopa. Pero antes de que estallara, su padre se levantó:
- Es posible que haya muchas barrigas con hambre en el mundo, Tim, y todas están pidiendo comida. Nosotros solo tenemos que esperar unos minutos más para que se callen. ¿No es así, cariño?
Ella sonrió irónicamente y se volvió a su puchero.
- ¿Cómo le va a esa hormiga? -le preguntó, agachándose. Y luego, por lo bajo, le dijo:
- No logro concentrarme en mi periódico. Tal vez la hormiga sea mejor para los dos.
- Se quiere llevar mi pluma estilográfica a su nido. Me pregunto para que la querrán.
- Pues esa pregunta es muy fácil. ¿Para qué crees que querrán una pluma? La pregunta debería ser, ¿y de dónde sacan el papel?
Tim le miró con gesto enfadado, pero luego decidió seguir el juego. Le encantaban las historias:
- ¿Las hormigas escriben?
- ¡Y tanto! -dijo su padre. Fíjate que ellas se organizan muy bien, y tienen una reina para mandar, hormigas soldado para pelear, obreras para buscar comida y todo lo que se les mande... ¡y escribanas! Que son las hormigas que están todo el día escribiendo. En general usan unas pajitas así, pequeñitas, que nosotros apenas podríamos ver. Pero a veces la reina quiere escribir algo importante y le llevan una pluma de los humanos. Como esta.
- Pero hasta para la reina esta pluma es demasiado grande.
- ¿Y qué has creído que hace una reina? No hace nada, Tim, más que mandar. Esta pluma ella nunca la tocará, sino que la montarán sobre un armario y 24 hormigas obreras la empujarán para que...
- ¡A comer! -les interrumpió mamá.

(y así se fueron, porque el que escribe, otra vez, ha contado mal el tiempo y aún quedarían 4 min para terminar...)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La prisa de don Pepito

- Pero vámonos, ¡vámonos! ¿Se puede saber a qué estás esperando ahora?
Don Pepito miró a su señora con atención y rabia contenidas. Muchos habrían pensado que una historia que había comenzado de forma tan romántica como la suya había de mantenerse así durante todos los días de sus cortas vidas. Porque las hormigas no viven mucho tiempo.
Pero a doña Pepa, que había cogido el nombre por su marido, las cosas no le habían resultado fáciles tras el primer año de enamoramiento. No podía dejar de echar de menos todas las cosas, lujos y compañía, que la habían rodeado cuando era reina. Y, aunque ninguno de los dos se atrevía a decirlo, compartían la misma duda: ¿habrían elegido lo mismo en el pasado de saber lo que les deparaba el futuro?
- No hace falta que te pongas nerviosa
- No estoy nerviosa -espetó doña Pepa
Pero sí lo estaba. Y la actitud de don Pepito lo único que lograba era enervarla más.
(hoy el cuento será de diez minutos, que he de irme a trabajar y he contado mal el tiempo)
Él lo sabía, y mientras que ella se había ido convirtiendo en un ser cada vez más alterado, él se había ido calmando. Lo que podría ser un antídoto para su señora se convertía en un arma afilada con la que le hacía ver lo poco que la tomaba en serio.
- Cuando eras una joven soldado te dabas más prisa bajo mis órdenes.
- Cuando eras una joven reina estabas acostumbrada a que todos te obedecieran al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Ella se calló y se mordió una antena. Sentía ganas de llorar.
- Es verdad -confesó por fin
- ¿Qué es verdad? -preguntó él con aire indiferente. Se había terminado de poner su quinta bota y ya estaba listo para salir. Hacía poco que había llovido y el terreno estaba enfanganado. Iban a visitar a unas moscas verdes que, aunque de olor desagradable, invitaban a mucha gente a sus fiestas y la joven pareja -apartada de la sociedad en los comienzos- ya se había acostumbrado a ir allí.
- Que de reina estaba acostumbrada a muchas cosas. Tonterías, imagino.
Algo se conmovió dentro de él. Fue hasta ella y la mordió con cariño una antena.
- Para mí siempre serás mi reina -le susurró
- No quiero reinar en ningún otro sitio -le dijo ella, repitiendo el talismán que en tantas noches de placer y entrega le había susurrado.
Y volvieron a entrar en casa, olvidando a las moscas verdes y su fiesta.