miércoles, 29 de octubre de 2014

El pájaro solitario


La bandada de patos emigraba hacia el sur; el invierno se había adelantado dos semanas y habían partido antes de lo previsto. El amanecer a un lado, el ocaso al otro y todo de frente. Pararían en las charcas habituales.
- ¿No haríamos mejor partiendo antes del amanecer? Así no nos sorprenderían los truenos de los hombres.
El que preguntaba era un pato que apenas había cumplido la mayoría de edad para un pato. Y estaba interpelando a otro que, aunque no mucho mayor que él, ya todo consideraban un pato adulto por pleno derecho.
El pato adulto lo miró sorprendido, como si no acabara de entender la pregunta:
- ¿Qué es lo que quieres que hagamos?
El joven pato retiró su propuesta rápidamente, pero ya era tarde y el daño estaba hecho. Desde aquel día todos los patos lo miraron como un revolucionario y alguien que “no tiene el mismo pico que todos”, como decían cuando había alguno que se creía superior (o destacadamente inferior) al resto.
Al pato en cuestión, al que llamaremos colorín, le molestaba a la par que le agradaba su segregación del grupo. En realidad, no se veía bien con ellos.
- Pero no eres ningún patito feo, sino uno como todos nosotros -le recordaba su tío emanuel. La historia del patito feo que se había convertido en cisne era muy popular, aunque entre patos se contaba a la inversa: un pato criado entre cisnes hasta el día que descubre que es un pato y, por extensión, toda su patura.
- No quiero ser un patito feo -respondía él a su tío. Este formaba parte del comité dirigente del grupo y era uno de los que encabezaba la bandada en su migración anual.
Y no podía nombrar ninguna diferencia real con los otros; al igual que todos, tenía exquisito gusto culinario. Le gustaba cantar y reírse con una buena broma. Era de carácter machista, pero intentaba al mismo tiempo ser suave con el sexo opuesto. ¿Qué fallaba? Una pieza dentro de él andaba desarreglada. Una parte de su alma no dejaba de clamar “no eres de aquí, no eres de aquí”. Entonces movía nervioso una de sus patitas y esperaba que la angustia que por momento le inundaba pasara rápido y que nadie la notara. No quería ser un patito feo.
Un día, mientras volaban, una tormenta se abalanzó sobre ellos. El grupo aterrizó rápidamente y, tras recontarse, descubrieron la falta de colorín. ¿Dónde se habíai metido?
Entonces uno de sus hermanos señaló al cielo. Un rayo iluminó de repente la sombra de un pato que volaba desesperadamente, huyendo de la tormenta.
Y cuando al día siguiente amaneció, colorín se descubrió volando solo, alejado de todos los suyos, de sus parientes, de sus amigos... de sus ilusiones.

y se sintió libre.

lunes, 27 de octubre de 2014

las campanas del pueblo fantasma

Allí no vivía nadie más que un par de cigueñas viejas. Hacían pareja, pero su edad avanzada les impedía tener más hijos. Sin embargo, compartían gustosas el nido en lo alto del viejo campanario.
El pueblo estaba en ruinas. De la iglesia, lo único que se tenía en pie era parte de la torre: una de sus fachadas ya estaba caída, echa un burruño de piedras, escombros y maderas en la base.
En el pueblo solo se oía un sonido: el viento sibilante de las tardes de otoño. El resto de estaciones aguardaba en silencio la sinfonía otoñal y las cigueñas también lo oían con gusto.
Donde mejor acústica había era en el extremo sur del pueblo, justo donde acababa una antigua calleja y comenzaba el bosquecillo de acacias.
- Aún recuerdo cuando don Diego plantó las primeras acacias -dijo una de las cigueñas.
Estaban ambas posadas en lo alto de uno de los árboles y se preparaban para escuchar aquel silencioso gemir de la naturaleza que, cada tarde de aquel otoño, les hacía volver sobre su memoria. Porque quien vive en la memoria vive la niñez imposible de los ancianos.
- Yo no conocí a don Diego. Tú y yo aún no nos conocíamos -le contestó la otra cigueña.
Y era verdad. Había venido de un pueblo cercano que, lejos de extinguirse a la vida, bullía de ella y ya tenía aspiraciones para que, en el catastro, lo llamaran "pequeña ciudad". Entonces había conocido a su marido; en aquel entonces todavía quedaba alguna vida en el pueblo, algún viejo que se resistía a morir bajo el imperio del sol. Y a ella le había encantado aquella paz.
Pero desde que se había mudado habían pasado muchos años.
- Me gustaría tener más noticias de nuestros hijos
- Ya les conoces. Tienen sus propios hijos. ¿Para qué querrían dar noticia a un par de vejetes como nosotros?
La madre no respondió. Había cosas que un padre no podría entender nunca; su carne estaba tan dividida como cada uno de sus pequeños. ¿Que ya eran madres, padres? Para ella siempre serían sus "pequeños", pues cada parte de su cuerpo era pequeña respecto al todo. Y sus hijos eran parte de ella. Sus "pequeños".
Se levantó un poco de tiempo.
- ¡Ya llega! -dijo la vieja cigueña a su compañera
Ella aún tenía el pensamiento en sus pequeños y en el tiempo futuro, ¿cuándo los vería otra vez? Mientras que él, poco a poco, había tornado tanto su vista en el pasado que el futuro inmediato no era más que la sombra del hábito. Pero ambos se encontraban en el presente del viento sibilino, de las tardes de otoño, de la espera bajo un acedal que don Diego, hacía ya tantos años, había plantado.
- Ahora parará un segundo y luego llegará.
Así era siempre; el viento era precedido por un pequeña ráfaga que movía las hojas de los acebos. Estas se regocijaban. Las bayas tintineaban, los insectos zumbaban con interés, la savia se detenía unos instantes.
- Me gustaría verles. Otra vez, al menos antes... antes de morir -dijo la vieja cigueña, pensando todavía en sus retoños. Apenas susurraba.
-  Hoy el sol se está poniendo un poco más temprano. El invierno se adelanta, querida. ¡Pero escucha! ¿No lo oyes llegar?
Y sí, de la sierra castellana llegó el viento que bajaba por los barrancos, por los cauces abandonados, por las carreteras y ciudades llenas de bullicio y se internó por planicies de cultivos, por pedregales y ruinas de la historia... y llegó cargado de tiempo y destino al pueblo abandonado de las cigueña. Se metió por las callejuelas y silbó como un fantasma del mundo.
Entonces, notando un extraño sopor en los ojos, una cigueña le dijo a la otra:
- ¿No notas hoy algo diferente? Como si las campanas de la iglesia estuvieran tocando.
Y es que, en efecto, sonaban las campanas como un sueño distante, como una playa lejana, como un mundo aparte.
Pero cuando miró a su compañera, la cigueña vio que dormía.
- Duermes, querida -dijo, con cariño
Y sintió que sus ojos también se cerraban solos. Sonriendo, se durmió.
Y ninguno de los dos volvió a despertar.
El viento abandonó el pueblo donde ya no quedaba ninguna vida.

viernes, 24 de octubre de 2014

El fracasado ii

La pantera se relamió. Sabía que los otros cazadores vendrían a buscar a su compañero y debía llevarse el cuerpo de allí. ¡Pero hacía tanto que no comía! A duras penas resistió sus deseos y comenzó a arrastrar el cuerpo. Era muy pesado, pero por fin logró meterlo en una hondonada done, más tranquilamente, comió a su gusto.
A veces era interrumpida por la llegada de los carroñeros. Los buitres eran cada vez más osados.
- ¡Esta carne es mía! -gruñó
- Danos un poco, pantera -dijo un buitre. Y volando al raso casi le tocó con el ala. La pantera se dio la vuelta para desgarrarla en el aire, pero sin duda es lo que las aves estaban esperando, pues bastó para que se despistara un segundo y ya había otro buitre volando con una de las piernas.

- Carroñeros. Habéis tenido suerte con esa pierna, pero no contéis con llevaros nada más. Os daré un consejo: daros por satisfechas o esta carne os va a ser demasiado cara.
Pero los buitres no se amilanaron. Llevándose la pierna a lo alto de un árbol, comenzaron a devorarla. Por fin uno de ellos se volvió hacia la pantera y le espetó:
- ¿No sabes a quién estás comiendo, pantera?
- Un humano -dijo ella entre gruñidos
- Te comes al soñador -dijo el buitre
Y luego volvió a su festín. Al rato habían terminado y otra vez jugaron a despistar a la gran pantera. Por fin, y a costa de una herida en un ala, consiguieron llevarse una mano.
- La próxima vez será la última, os lo advierto -dijo la pantera
Pero los buitres no le prestaron atención y comieron sus restos. Entonces otro de los buitres se volvió hacia el felino:
- El soñador mira hacia el sol y hacia las estrellas. ¿Sabes qué hace, pantera?
La pantera no contestó. Intentaba tragar cuanto más mejor y en el menor tiempo posible, pues temía que le robaran más comida y también pensaba que los cazadores ya no tardarían en dar con su rastro.
Otro buitre contestó por ella:
- Pues pregunta, pantera. No para de preguntar. Una pregunta para la que solo tú diste respuesta.
Entonces todos los buitres, hartos ya de su comida, comenzaron a dar vueltas en torno a la pantera. A lo lejos, los cazadores que buscaban a su compañero los vieron volando y supieron lo que significaban.
- La pregunta es "¿cuándo? ¿cuándo nací, cuándo moriré?" Y tú respondiste a las dos preguntas, pantera -cantaba uno de los buitres
- ¿Cuándo, cuándo, cuándo? -graznaban los otros.
- ¿Cuándo moriré? -se preguntó entonces la pantera, sorprendida ante su propio pensamiento. El soñador estaba en ella.
En aquel momento, uno de los cazadores gritó y todas las lanzas apuntaron hacia la pantera. Una de ellas le atravesó la garganta mientras otra le dio en el costado.
Y así murió. 
Los buitres se fueron volando. El aire invisible era infinito. 

jueves, 23 de octubre de 2014

el fracasado

Salio de la cueva. Un nuevo amanecer. Había amainado el viento y solo una leve brisa movía los árboles.
- ¿Qué estás mirando? -le espetó su esposa, detrás de él.
- No sé- respondió
- Papa está soñando otra vez -dijo uno de los pequeños
- Siempre está soñando- dijo otro
La voz de su esposa tronó:
- ¡Suficiente!
Se hizo el silencio
- Hay cosas que aquí no se nombran
Y él se dio la vuelta un instante antes de, con un pequeño salto, salir de la cueva. La hierba aún estaba fresca por el rocío.
Su suegro y el resto del clan le esperaban para comenzar la caza. Un grupo de mamuts pasaba por allí en su migración anual.
- Hoy ganaremos al dios peludo -dijo su cuñado
La familia de su esposa era la gobernante. Y él se sentía muchas veces fuera de lugar, bien que no supiera darle nombre a sus sentimientos.
- ¿Cómo va tu invento, genio? -le preguntó Gontar, antiguo compañero de juegos y, hoy, casado con otra de las hijas del jefe. Otro cuñado, vamos, solo que este tenía además un nombre.
- Lento -respondió en un susurro
Lo cierto es que se sentía defraudado. Tenía ideas en la cabeza, pero ninguna parecía lo bastante buena como para cristalizar, lo bastante seria para que los demás pensaran de él algo más que "soñador sin ningún futuro"
"A mí me basta conque sepas cazar bien. Y aún eso te cuesta. No sé si sabrías desenvolverte si no estuviéramos los demás para ayudarte", le había dicho su suegro pocos días antes. Había sido malo, pero no inesperado. Si tan solo se hubiera parado ahí. "pero esas ideas que tienes no te llevarán a ninguna parte. No eres tan inteligente, y lo que puedas hacer solo te sirve a ti y a nadie más"
Aquello había sido deprimente, sobre todo porque se acercaba mucho a la verdad.
Salieron a cazar. Se movía silenciosamente: era lo único que sabía hacer bien. Su brazo no tenía tanta fuerza como el de sus compañeros e incluso había alguna mujer más fuerte que él. Sus tácticas no eran especiales ni brillantes, y pocos le hacían caso cuando se atrevía a proponer algo.
¿Por qué no podía conformarse con ser un simple cazador?
Pero no, tenía ese hambre interna, ese demonio que le obligaba a soñar despierto, a desear futuros que nunca llegarían.
- ¡Ahora! -gritó el jefe
Y todos se lanzaron a la carrera, gritando y ondeando en el aire grandes antorchas con las que los mamuts emprendieron una salvaje estampida.
Corría a la retaguardia de todos y por eso nadie vio como se cayó. Una raíz se había enredado en su piel. Voló por los aires y cuando chocó contra el suelo notó como se le rompía un pie. Había caído entre unos matorrales y tardarían en dar con él. Pero hubo otro que sí le descubrió.
Era una pantera y le miraba con sorpresa y rabia. Sabía el destino que le aguardaba. Pero no se asustó, o no tanto como esperaba.
- Así que esto es el fin de todas las ideas -dijo, y casi sonrió antes de que el felino se abalanzara sobre él.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La puesta de sol



- ¿Y a dónde se va el sol? -preguntó la pequeña hormiga “huesuda”, siempre curiosa
- A dormir -le explicó el escarabajo Rintoncete.
Antes de que pudiera proseguir, el escarabajo la cortó:
- Y ya no me preguntes más por hoy, que estoy cansado y es hora de que ambos volvamos a la madriguera. Seguro que tus hermanos te están echando de menos.
Nada más decirlo, se arrepintió de haber soltado tamaña tontería. Los hermanos de huesuda se contaban por miles de miles, y ninguno iba a reparar en el destino de la más curiosa de las hormigas.
Pero a Huesuda no le molestó el comentario. Ya estaba acostumrada a que la gente no supiera nada sobre la vida de las hormigas. Muchos creían que, ante tal número de hermanos, no habría cariño fraternal entre ellos. Pero era al contrario y, cada vez que se topaban dos por el camino, se acariciaban con las antenas.
Se despidió de Rintoncete y se marchó hacia el hormiguero. No había podido soltar su última pregunta pero aún le bullía en la cabeza: ¿cómo eran las sábanas de la cama del sol? Le costaba imaginar que el sol tuviera frío, pero tampoco le cabía en la cabecita que alguien se acostara sin arroparse antes.
- ¿Cómo es tu cama, sol? -preguntó con su vocecita. Y alzó la vista hacia el horizonte, allá entre las ramas de las altas hierbas. Pero era tan pequeñita que no vio nada.
El hormiguero de “huesuda” estaba en un árbol. Comenzó a subir por el tronco, por la parte que estaba más iluminada. Y, cada vez que podía, alzaba su vocecita y le preguntaba al sol:
- ¿Y cómo es tu camita?
Las hojas del árbol se movieron un poco con el viento, y aunque el sol se adivinaba aún no era posible verlo en su plenitud. Y no hubo respuesta.
Su hormiguero estaba a la altura de las ramas más bajas, pero “Huesuda” siguió subiendo. La luz del sol había tornado a un naranja melancólico.
“Huesuda” llegó a lo más alto del árbol y desde allí miró hacia el sol. Pero su luz era tan fuerte, aún al atardecer, que quedó cegada por ellas. Sin embargo, no se asustó.
- ¿Quién te arropa a ti, solecito? -preguntó con voz tímida
Y, esta vez sí, el sol contestó con voz sauve pero potente; con voz profunda y cercana; con la voz llena de una vida que nunca deja de existir en plenitud, ni un solo instante.
- Las estrellas, hormiguita, las estrellas
Y en los ojos ciegos de huesuda ella vio estrellas en la noche.

Sonrió.

lunes, 20 de octubre de 2014

las lámparas de la mina

- Creo que me he perdido -se dijo el conejito. Se habían alejado mucho de la madriguera y se habían metido por los "agujeros malditos", así se los había nombrado su madre dos semanas antes. "Si no quieres que me de un infarto, nunca te metas por ahí". Pero la curiosidad había sido más fuerte por lo que había estado explorándolos. ¿Hasta dónde llegarían?
Solo uno de sus hermanos le acompañaba, Benja, el más pequeño de todos.
- ¿Y no podemos volver? -le preguntó la vocecita de su hermanito. Janko sintió que estaba luchando contra el pánico, como él mismo. Solo que a él hablar en voz alta y plantear el problema al que se enfrentaban le tranquilizaban.
- Lo haremos, Benja, pero no sé cuándo. Solo nos queda seguir hacia adelante.
No podía verle la cara, pero imaginaba que Benja mostraría en ella tanto terror como él.
- De acuerdo -le oyó decir.
Y siguieron bajando por el agujero. Si no hubiera habido ningún derrumbamiento, todo habría sido mucho más fácil. Habrían vuelto, como siempre lo hacían, tras un rato de andar perdidos por los "agujeros malditos" pues Janko nunca perdía la orientación. Pero ahora la vuelta era imposible.
- Aquí llegamos a un agujero más grande -dijo.
Y, en efecto, la madriguera desembocaba en una antigua mina abandonada. Por un lado del camino olieron el agua y bebieron un poco.
- Este gran camino seguro que lleva a la salida. ¡Ya verás! -le aseguró Janko a su hermano pequeño.
De repente, una voz les sobresaltó:
- ¿Quién anda ahí? -exclamó alguien en la oscuridad.
Reencontrando una voz que ya le parecía perdida en el vacío de su miedo, Janko respondió:
- Dos conejos... perdidos -añadió con un hilo de voz.
- Eso habrá que verlo -dijo la voz
Se acercó, pero los conejos no solo no le veían sino que no lograban identificar su olor.
- ¿Quién eres? -preguntó por fin janko
Por toda respuesta, se oyó el frotar de un fósforo y, al poco, una lámpara ardía.
- ¡Señor topo! -exclamaron al unísono Janko y Benja.
- Así que sois vosotros. Hago bien en llevar esta lámpara siempre conmigo, aunque ya sabéis que a mí no me hace falta.
Los conejos recordaron cómo el señor topo se sentía muy orgulloso de su ceguera y de su capacidad para orientarse sin los ojos, "ese par de apéndices que no hacen más que engañar".
- ¿Puede usted indicarnos el camino para salir afuera? -preguntó Janko
- ¿Afuera? ¿Y para qué quieres ir afuera? Nunca ha salido nada bueno del exterior. Mejor haríais en quedaros aquí.
- Pero nosotros no podemos orientarnos tan bien como usted en el interior de la tierra -dijo Janko
El halago funcionó.
- Bueno, seguidme. ¡Pero no toquéis nada!
Después de eso se puso a guiarles. Por el camino pasaron por una sala que estaba llena de lámparas, todas apagadas y muchas de ellas rotas.
- ¿Qué es esto? -preguntó Benja, que ya se sentía mejor
- Mi hobby. ¡Pero no toques nada! -volvió a repetir
Al rato, se volvió hacia ellos
- Seguid por aquí y llegaréis a la salida. A mí no me apetece que me vea el cara amarilla.
- ¿Y ese quién es? -preguntó Benja
- El sol, Benja -le susurró Janko
- ¿Y por qué tiene todas esas lámparas ahí detrás?
- No es tu asunto. Ahora iros, tengo cosas que hacer.
Los conejos se fueron, contentos de poder regresar a la superficie.
En lo tanto, el señor topo volvió a la sala de lámparas. En una mesita estaba arreglando una de ellas. Se sentó y al poco prendió fuego en la mecha del quinqué. La lámpara comenzó a arder con suavidad. El señor topo apenas veía la lucecita pero sentía el calor que emanaba.
- Otra luz en la lejanía -se dijo
Y sonrió, satisfecho.

sábado, 18 de octubre de 2014

la motero

- Mi moto no será grande. Pero será azul y hará mucho ruído. YA verás cómo se me ponen las orejas cuando vaya por la ciudad a toda velocidad.
Así le contaba la conejita mimi sus sueños a sus amigos. "Cuando sea mayor" era un capítulo interminable para los jóvenes conejos. Venían de tres camadas diferentes de tres conejas que habían parido en lo smismos días, como si los hados se hubieran puesto de acuerdo para crear, repentinamente, aquella joven comunidad. Todos sumaban casi treinta conejos y la líder, sin discusión, era Mimi. Ya su aspecto era diferente a los demás, pues sus manchas negras estaban colocadas de tal forma que parecía llevar un antifaz y las orejas negras encuadraban su rostro. Pero siempre había sido la líder también en sus juegos. Era la primera en curiosear todo lo que se ponía por delatne, y muchos en el barrio ya la llamaban "la atrevida". Cuando los zorros llegaban al barrio, era la última en buscar refugio. Y se decía que el señor lobo, amo de la ciudad, la miraba con buenos ojos. De lo que hubiera podido haber entre ellos no se decía nada y todo se dejaba a los silencios que se formaban entre frase y frase. Mayores barbaridades se habían visto en la ciudad.
- Dicen que el señor lobo ha hecho llamar a "la atrevida" a su casa en las montañas -decía la mofeta barbero
- Por Dios, ¡pero qué tiempos vivimos! -decía un perro sabueso, viejo y con muchos pliegues en la piel,  que siempre presumía de haber sido de los primeros que llegaron al barrio.
"Y entonces era un buen barrio. Éramos pobres, pero dignos", decía a menudo, olvidando toda lapodredumbre quegenera la relación entre pobres que se quieren buscar la vida y ricos que temen que les sea arrebatada. Y el mismo sabueso tenía en su más recóndita memoria escondida la caza que había dado a un conejo ladrón al que, en el instante de la captura, mató en un delirio de rabia y animalidad.
Mimi hacía oídos sordos a las habladurías. En efecto, el señor lobo la cortjaba.
- Pero es todo un caballero -se decía por las noches con voz infantil. En una semana ya enraría en edad de procrear y, aunque se sentía una niña, sabía que los demás ya estaban mirándola con otros ojos. Y también el señor lobo.
- Y no pasa nada porque me corteje -se dijo, haciendose eco de su tía que estaba encantada con el rumor.
Una semana antes de su cumpleaños, el señor lobo la invitó a una fiesta. mimi llegó y pronto se dio cuenta de que había muy pocos invitados y que estos se fueron rápido a sus casas, dejándola sola con el señor lobo.
- Debes probar este champán -dijo el señor lobo.
Un zorro era el secretario del lobo y Mimi no se atrevía a dejar la compañía del gran jefe.
"Pero no me tocará", se dijo.
Pero el señor lobo sí que la tocó y, si no se propasó, fue solo porque tenía algo más en mente.
- Mañana vente, tengo algo para ti -le dijo
- Pero si aún falta una semana para mi cumpleaños -dijo ella
Y aunque Mimi se prometió que no volvería y que no había lobo que la manoseara, lo cierto es que al diá siguiente volvió para no hacer esperar al chófer que el señor lobo le había mandado.
El señor lobo la recibió y la condujo hasta su regalo de cumpleaños: era una gran moto azul.
- ¡Es preciosa! -exclamó Mimi. Y, en aquel momento, el señor lobo supo que él había ganado un regalo mayor, aunque más breve, que el placer de una nueva motocicleta. Y se relamió, mientras Mimi le contemplaba con ternura.