- Puedes hacerlo mejor, mucho mejor. Eso es lo que quiere decir.
Se lo decía su compañero, Baboso Fernández, cuando su entrenador salió por la entrada de la madriguera.
- Eres un buen traductor -respondió el aludido, Baboso López Casanova- yo solo he oído insultos. Por lo visto, si en la segunda parte no soy capaz de correr más, seré responsable de todos los males que puedan suceder en la región.
- Lo harás mejor, lo haremos mejor -dijo Fernández
Los dos eran caracoles de carreras. Aquel día competían con los caracoles de la charca de al lado, ¡y en casa! De todos lados habían venido a verlos al circuito. Incluso se había invitado a las ranas, tras antes obligarlas a llevar bozal para que no su lengua no se llevara a ninguno de los contendientes.
- Dejadnos ir, dejadnos ver -habían suplicado
Pero lo que a López Casanova más preocupaba era el entrenador. Él mismo había sido un famoso caracol de carreras, pero una lesión le impedía segregar mucosa por una parte de la cola. En tales condiciones, no podía competir
(quedan 6 min)
- ¿Ha sido usted muy duro cn él, entrenador? -prgutnó la caracola López de Casanova, madre del corredor
- Tan duro como correspondiá
Comenzó el segundo tiempo. Y el entrenador se acordó de cómo él, dejoven, había tenido tanta fuerza como López Casanova, su mejor corredor.
Pero que en una noche loca había visitado la cueva de una caracola y, sin que esta pudiera verle la cara, la había forzado.
Después había húido tan precipitadamente que se había caído por una zanja en la que había un gato. El gato había jugado con él y apenas había vivido para contar su experiencia. El unico recuerdo era su cicatriz, su lesión y el motivo de que ya no corriera más.
Y hoy era su propio hijo quien corría en su lugar. Porque sí, la desafortunada que había recibido su semen era la sñora López De Casanova, l amisma que ahora gritaba, llena de alegría
- vamos baboso Lopez!! Eso es, eres el mejor!
Porque Casanova habí aganado la carrera.
Y el entrenador sintió que algo se le derretía pòr dentro.
"Esta lesión no para de molestarme", se dijo en voz alta.
martes, 30 de septiembre de 2014
sábado, 27 de septiembre de 2014
el saco de dormir
Erase una vez, en la sabana africana, que un joven pastor perdió su saco de dormir. Aquel día hacía viento, un viento muy fuerte, y el saco se fue volando con él. Era un saco azul celeste por fuera y naranja plástico por dentro. Y tenía muchos años.
El pastor tardó mucho en darse cuenta de que había perdido el saco. Y, cuando lo descubrió, se dijo "pues me tendré que arropar con la manta", y así lo hizo.
El saco, en lo tanto, se había enredado en lo alto de un árbol. Hacia allí se acercó una jirafa hambrienta y, cuando vio el saco, sintió despertar su curiosidad.
"¿Y esto para qué es?"
Lo cogió entre los dientes y lo bajó.
- ¿Para qué es eso, mamá? -le preguntó su retoño
En ese momento la estaba observando una jirafa vecina que no hacía más que meterse donde no la llamaban.
- Es un chal, querido. Es un chal azul. ¿Qué tal me sienta?
- Magnífico, mamá
La jirafa entrometida se sintió celosa, a rabiar de celos, porque aquel chal le quedaba muy bien a la otra.
Fue por eso que aquella noche, mientras dormitaban, le robó la bufanda recién adquirida. Lo hico tan rápida y sigilosamente que nadie se dio cuenta.
Salvo su conciencia.
Se fue corriendo con el chal en su boca. El saco de dormir ondeaba en su cabeza y no le permitía ver bien. Por eso pasó lo que pasó: la jirafa pasó por debajo de unos árboles y el saco se enredó en ellos. Entonces los monos aprovecharon para robárselo y la jirafa, sofocada por su conciencia y la carrera, se marchó con las demás antes de que la echaran en falta.
"No volveré a ver esa bufanda", se dijo
Los monos tampoco sabían muy bien qué hacer con el saco de dormir, hasta que uno dio con una idea:
- ¡Es una hamaca para domir! -y, dicho y hecho, enseguida le ataron los extremos. Pero no tenían forma de tumbarse sin caer dentro del saco.
- ¡Así no hay quien descanse! -protestaban
- ¿Quién puede haber diseñado una cama que se cierra sobre uno mismo? -dijio el más listo de ellos. Asi que pensaron en otra solución:
- ¡Es una trampa para cerdos! -dijo un soñador.
Aquello tenía más sentido. Como querían probarla cuanto antes, la colocaron en el suelo enespera de que pasara algún cerdo despistado.
Pero no pasó ningún cerdo, sino un elefante.
- ¡Un gorro para dormir! -exclamó cuando vio el saco allí, tirado en el suelo
Y se puso el saco en la cabeza.
- Solo te faltan gafas y ya serás del todo humano -le dijo su esposa
Aquellos no hizo sino confirmar lo que su marido deseaba, que era buscar más la compañía de los humanos. "Humano", le llamaban a él, y el nombre no le ofendía.
En una de esas ocasiones en las que miraba al hombre de lejos, en esta ocasión en las cercanías de un aldea, se encontró con un cachorro de hombre. Este estaba durmiendo la siesta.
"Parece que tiene frío", se dijo. Y buscó algo para arropar al muchacho, pero no había nada a la vista. Por fin pensó en su gorro y, quitándoselo con la trompa, se lo colocó al muchacho.
Entre sueños, el muchacho se metió dentro del saco y le dio aquel uso para el que estaba pensado desde el principio. Cuando despertó, se sorprendió al encontrarse envuelto en aquella extravagancia.
"Es un regalo de los dioses", se dijo. Y se marchó contento a su pueblo y, sobre todo, habiendo aprendido algo que le daría muchos más ratos de felicidad a lo largo de la vida que le esperaba: que lo que más abrigaba la vida del frío desespero es el agradecimiento.
Al dios escondido, al elefante con un gorro para dormir, a los monos que ponen trampas para los cerdos salvajes, a las jirafas presumidas y, sobre todo, al viento invisible que sopla sobre todos.
El pastor tardó mucho en darse cuenta de que había perdido el saco. Y, cuando lo descubrió, se dijo "pues me tendré que arropar con la manta", y así lo hizo.
El saco, en lo tanto, se había enredado en lo alto de un árbol. Hacia allí se acercó una jirafa hambrienta y, cuando vio el saco, sintió despertar su curiosidad.
"¿Y esto para qué es?"
Lo cogió entre los dientes y lo bajó.
- ¿Para qué es eso, mamá? -le preguntó su retoño
En ese momento la estaba observando una jirafa vecina que no hacía más que meterse donde no la llamaban.
- Es un chal, querido. Es un chal azul. ¿Qué tal me sienta?
- Magnífico, mamá
La jirafa entrometida se sintió celosa, a rabiar de celos, porque aquel chal le quedaba muy bien a la otra.
Fue por eso que aquella noche, mientras dormitaban, le robó la bufanda recién adquirida. Lo hico tan rápida y sigilosamente que nadie se dio cuenta.
Salvo su conciencia.
Se fue corriendo con el chal en su boca. El saco de dormir ondeaba en su cabeza y no le permitía ver bien. Por eso pasó lo que pasó: la jirafa pasó por debajo de unos árboles y el saco se enredó en ellos. Entonces los monos aprovecharon para robárselo y la jirafa, sofocada por su conciencia y la carrera, se marchó con las demás antes de que la echaran en falta.
"No volveré a ver esa bufanda", se dijo
Los monos tampoco sabían muy bien qué hacer con el saco de dormir, hasta que uno dio con una idea:
- ¡Es una hamaca para domir! -y, dicho y hecho, enseguida le ataron los extremos. Pero no tenían forma de tumbarse sin caer dentro del saco.
- ¡Así no hay quien descanse! -protestaban
- ¿Quién puede haber diseñado una cama que se cierra sobre uno mismo? -dijio el más listo de ellos. Asi que pensaron en otra solución:
- ¡Es una trampa para cerdos! -dijo un soñador.
Aquello tenía más sentido. Como querían probarla cuanto antes, la colocaron en el suelo enespera de que pasara algún cerdo despistado.
Pero no pasó ningún cerdo, sino un elefante.
- ¡Un gorro para dormir! -exclamó cuando vio el saco allí, tirado en el suelo
Y se puso el saco en la cabeza.
- Solo te faltan gafas y ya serás del todo humano -le dijo su esposa
Aquellos no hizo sino confirmar lo que su marido deseaba, que era buscar más la compañía de los humanos. "Humano", le llamaban a él, y el nombre no le ofendía.
En una de esas ocasiones en las que miraba al hombre de lejos, en esta ocasión en las cercanías de un aldea, se encontró con un cachorro de hombre. Este estaba durmiendo la siesta.
"Parece que tiene frío", se dijo. Y buscó algo para arropar al muchacho, pero no había nada a la vista. Por fin pensó en su gorro y, quitándoselo con la trompa, se lo colocó al muchacho.
Entre sueños, el muchacho se metió dentro del saco y le dio aquel uso para el que estaba pensado desde el principio. Cuando despertó, se sorprendió al encontrarse envuelto en aquella extravagancia.
"Es un regalo de los dioses", se dijo. Y se marchó contento a su pueblo y, sobre todo, habiendo aprendido algo que le daría muchos más ratos de felicidad a lo largo de la vida que le esperaba: que lo que más abrigaba la vida del frío desespero es el agradecimiento.
Al dios escondido, al elefante con un gorro para dormir, a los monos que ponen trampas para los cerdos salvajes, a las jirafas presumidas y, sobre todo, al viento invisible que sopla sobre todos.
los bailarines nocturnos
Los bailarines nocturnos
- Sal ya, te estamos esperando. ¡sal ya!
Sus amigos le estaban llamando. ¿le dejaría salir su madre? El pajarito revoloteó y chispoporeó.
- De acuerdo, pero no vuelvas tarde
- No lo haré, mamá. ¡Gracias!
Y salió disparado del pequeño agujero que, en el árbol, hacía de nido. Sus amigos lo esperaban en una rama. De noche no era nada aconsejable salir por el bosque; aún eran todos demasiados pequeños ypodían perderse. Pero desde quelo descubrieron no habían podido dejar deir y sus mismos padres habían acabado convencidos. Había sido Pepón, el padre de Chipirita, quien había convencito a todos:
- Los muchachos han de divertirse. Creo que están descubriendo algo nuevo, y hermos de dejarle que lo hagan.
Aún a regañadientes, todos los pájaros de la reunión habían estado de acuerdo. Era mejor concederles el permiso a los pequeños antes de darles una oportunidad para desobedecer.
Todavía estaban lejos cuando les llegó la ḿúsica anhelada. La luz se filtraba entre los árboles. Porque allí los humanos habían construiído un kiosko y, en las calurosas noches de verano, una orquesta tocaba canciones con ritmo y melodía. El grupo de pajarillos se acercaba lo suficiente para que la música les inundara y la luz de los farolillos los bañara. Entonces comenzaban a bailar y a trinar, volando a gran velocidad entre los hilos eléctricos, haciendo loopins alocados en lo alto de la noche.
Solo se permitían descansar al tiempo que la orquesta lo hacía.
- Quisiera venir aquí cada día -dijo una pequeña pajarilla de la que Chipirón estaba enamorado
- yo también -concedió él
En realidad, loque ninguno de los dos quería era crecer. “Crecer”, y todo aquel mundo estaba perdido. ¿Acaso les esperaba algo mejor? Mirando las angustiadas vidas de sus padres, la mayoría lo dudaban.
- Pero al final tendremos que crecer -dijo suavemente Chipirón, dando expresión a sus pensamientos.
La orquesta volvió atocar y los jóvenes, allá abajo, arrancaron a bailar. Y también lo hizo Chipirón y sus amigos. Chipirón se sentía feliz. No imaginaba ningún estado mejor que el de mover rápido las alas, que el de perderse en su sueño a la par que su imaginación volaba aún más rápido.
¿Acaso les esperaba algo mejor como adultos? No, no quería crecer.
- ¡Mira! -exclamó de repente la pajarilla que le acompañaba. - Al final no puede ser tan malo, no te parece, Chipirón?
Y Chipirón miró a donde le señalaba su compañera. Y allí, entre, los árboles más altos y casi ocultos de la luz, estaban los adultos bailando. Cada mamá con cada papá. Y trinaban de gozo.
Chipiorón no podía saberlo, pero el gozo de los adultos era, sicabe, mayor que el de sus retoños. Porque ver a sus hijos bailar al son de la vida es el sabor más dulce e intenso que se puede saborear en esta vida. Aquí en la tierra. Aquí en el cielo.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
la cafetería de los ruídos
El vaso de agua bailaba al compás de sus movimientos sobre la mesa. Eran movimientos enérgicos. "Las líneas han de ser continuas", se decía. Era el conejo Cajerón y quería ser dibujante.
- Te espera un futuro negro. ¿No te das cuenta de la cantidad de artistas que, hoy en día, se mueren de hambre? -le había dicho su esposa
- Tu siempre tan animante -respondió Cajerón
Aprovechaba que sus hijitos tenían clase de música para meterse en un bar, pedir un vaso de agua o de leche bien blanca y ponerse a dibujar. Dibujaba bastante mal.
"Al menos me doy cuenta de lo que me falta", se decía, intentando inspirarse un optimismo que, por doquier, le faltaba.
Sus hijos estudiaban distintos instrumentos. Era una camada de cinco conejitos.
El mayor, Aparicio, tocaba la trompeta.
Dibujó una trompeta con pinta de serpiente y que, a la vez, era una serpiente con pinta de trompeta.
"Esto tiene futuro", se dijo para animarse.
El siguiente, Prudencio, tocaba el violín.
Dibujó en su cuaderno un violín que era como una vaca de grandes caderas tomando el té.
Luego estaba la pequeña Cafeína, quien había optado por el arpa.
Su dibujo del arpa le salió bastante ajustado. Tanto es así, que decidió colocarle un angelito al lado. "Un angelito para Cafeína", se dijo. Pero, aunque el arpa le había quedado muy bien, el angelito le quedó muy raro. "Como una botella de champán viejo", se dijo.
Siguió pensando en sus hijos.
El cuarto era Hiemín, el rebelde. Y tocaba el tambor.
"Este lo pintaré bien", se dijo. Pero la circunferencia le quedó demasiado achatada. Como si alguien se hubiera sentado encima de ella. Por eso pintó luego un hipopótamo sobre el tambor. Y no es que nunca hubiera visto un hipopótamo, pero se lo imaginó.
Por último, el benjamín, Postrito. Era el último que había salido del vientre de su madre y siempre estaba llorando. Había elegido estudiar la flauta.
"Lo malo es que es una flauta travesera, ¿y cómo dibujo eso?"
Al final dibujó una gran raya horizontal sobre la que había algunos puntos negros.
"Un dibujo para interpretar, pero el que mejor me ha quedado" se dijo. De entre todos sus hijos, sentía una debilidad especial por Postrito.
- Me trae la cuenta, por favor -le rogó al camarero.
Este era una zorrita muy maquillada a la que le gustaba pasar el rabo por delante de los clientes. Tenía una cola muy peluda.
- Enseguida -dijo de mal humor
Y recogió todo lo que estaba en la mesa. De un rápido movimiento, arrugó todos los papeles que estaban encima y se los llevó antes de que Cajerón pudiera decir ni pío.
- ¡Mis dibujos! -exclamó por fin
La zorra le daba la espalda, pero al oírle gritar aquello se le encaró de mala gana
- ¿Quiere algo?
- Me ha cogido usted mis dibujos. Todos ellos.
- ¿Eso eran dibujos? Vale más que se busque usted otra profesión -dijo. Luego se volvió a dar la vuelta moviendo ostentosamente su peluda cola.
- Y no olvide pagarme antes de irse.
Y Cajerón, por un momento, se sintió miserable. Pero cuando salio por la puerta cogió aire, miró al cielo y se dijo.
"Me queda mucho por aprender. Mejor no mirar atrás. La siguiente vez lo dibujaré... ¡aún mejor!"
- Te espera un futuro negro. ¿No te das cuenta de la cantidad de artistas que, hoy en día, se mueren de hambre? -le había dicho su esposa
- Tu siempre tan animante -respondió Cajerón
Aprovechaba que sus hijitos tenían clase de música para meterse en un bar, pedir un vaso de agua o de leche bien blanca y ponerse a dibujar. Dibujaba bastante mal.
"Al menos me doy cuenta de lo que me falta", se decía, intentando inspirarse un optimismo que, por doquier, le faltaba.
Sus hijos estudiaban distintos instrumentos. Era una camada de cinco conejitos.
El mayor, Aparicio, tocaba la trompeta.
Dibujó una trompeta con pinta de serpiente y que, a la vez, era una serpiente con pinta de trompeta.
"Esto tiene futuro", se dijo para animarse.
El siguiente, Prudencio, tocaba el violín.
Dibujó en su cuaderno un violín que era como una vaca de grandes caderas tomando el té.
Luego estaba la pequeña Cafeína, quien había optado por el arpa.
Su dibujo del arpa le salió bastante ajustado. Tanto es así, que decidió colocarle un angelito al lado. "Un angelito para Cafeína", se dijo. Pero, aunque el arpa le había quedado muy bien, el angelito le quedó muy raro. "Como una botella de champán viejo", se dijo.
Siguió pensando en sus hijos.
El cuarto era Hiemín, el rebelde. Y tocaba el tambor.
"Este lo pintaré bien", se dijo. Pero la circunferencia le quedó demasiado achatada. Como si alguien se hubiera sentado encima de ella. Por eso pintó luego un hipopótamo sobre el tambor. Y no es que nunca hubiera visto un hipopótamo, pero se lo imaginó.
Por último, el benjamín, Postrito. Era el último que había salido del vientre de su madre y siempre estaba llorando. Había elegido estudiar la flauta.
"Lo malo es que es una flauta travesera, ¿y cómo dibujo eso?"
Al final dibujó una gran raya horizontal sobre la que había algunos puntos negros.
"Un dibujo para interpretar, pero el que mejor me ha quedado" se dijo. De entre todos sus hijos, sentía una debilidad especial por Postrito.
- Me trae la cuenta, por favor -le rogó al camarero.
Este era una zorrita muy maquillada a la que le gustaba pasar el rabo por delante de los clientes. Tenía una cola muy peluda.
- Enseguida -dijo de mal humor
Y recogió todo lo que estaba en la mesa. De un rápido movimiento, arrugó todos los papeles que estaban encima y se los llevó antes de que Cajerón pudiera decir ni pío.
- ¡Mis dibujos! -exclamó por fin
La zorra le daba la espalda, pero al oírle gritar aquello se le encaró de mala gana
- ¿Quiere algo?
- Me ha cogido usted mis dibujos. Todos ellos.
- ¿Eso eran dibujos? Vale más que se busque usted otra profesión -dijo. Luego se volvió a dar la vuelta moviendo ostentosamente su peluda cola.
- Y no olvide pagarme antes de irse.
Y Cajerón, por un momento, se sintió miserable. Pero cuando salio por la puerta cogió aire, miró al cielo y se dijo.
"Me queda mucho por aprender. Mejor no mirar atrás. La siguiente vez lo dibujaré... ¡aún mejor!"
jueves, 18 de septiembre de 2014
Las ranas croando
Era la primera vez que el conejito plantón visitaba la charca, y por eso se sorprendió tanto. Sus hermanos de camada estaban como él, con las orejas estiradas, atentas a todo aquel tronar de la naturaleza.
Por fin uno se atrevió a preguntar:
- ¿Qué ruído es este, papá?
Digo que se atrevió, porque su padre no era conejo al que se pudieran plantear preguntas idiotas.
“Pensad bien antes de preguntar. La mayoría d elas veces, ya sabéis la respuesta y solo os queda confirmarla”, decía cuando estaba de buen humor, a la vuelta de una de sus correrías fuera del granero. Entonces sonreía plácidamente y pasaba una de sus patas peludas por el cuello de mamá, quien parecía encantada con la vuelta del aventurero.
Pero los días que estaba demal humor, les pegaba y mordía o gritaba sin razón.
- ¿Qué crees tú que es? -preguntó el padre
“día indeciso” se dijo el conejito plantón. Era el más callado de sus hermanos y, tal vez por eso, se sentía diferente a todos ellos. Podían tener todos una apariencia parecida, pero distaban de ser similares. Por lo menos en lo que a él se refería.
- Mamá quería que viniéramos aquí contigo -dijo otro, envalentanado porque su padre no había levantado la voz.
- tu madre no sabe lo que quiere -sentenció él con un deje de mal humor
“Amenaza tormenta”, pensó plantón. Supuso que sus padres habrían discutido y que el enfado aún no había cuajado lo suficiente como para que su progenitor descargara en ellos.
“Pero dale tiempo”, pensó con amargura Plantón.
- Ratones, son ratones tocando los tambores -dijo Rintintín, el más gracioso de sus hermanos
El padre se dirigió a él para soltarle una gran colleja. Pero antes de que llegara a destino, otro de sus hermanos saltó con otra idea:
- Es el ruido de las plantas al crecer. Como hay tanta agua... -se excusó
El padre se volvió hacia el que hablaba, confundido. ¿Podían estar hablando en serio?
- Son cigueñas volando bajo -propuso un tercero
- Hormigas con dolor de barriga -dijo otro
El padre se enfadó:
- ¡Basta ya! -gritó- ¿Es que no habéis oído nunca a una rana croar?
En ese momento una rana saltó por encima de él.
- Las ranas saltan, nosotros saltamos. Las ranas croan... -comenzó Bellamur, el poeta
- ¿Croaremos nosotros? -preguntó Rintintín
Y Plantón, que todo veía pero que no decía nada, sintió algo cálido en el estómago. Porque allí, entre las ranas que croaban, descubrió algo que trascendía a todo aquello, algo que ni siquiera su padre podría tocar en cualquier de sus estúpidos enfados:
familia.
martes, 16 de septiembre de 2014
el contador de piedras
El contador de piedras
Querido mar,
hoy he terminado con una región más. Y he contado todas y cada una de las piedras. Son las mismas piedras que tu vas a inundar, las mismas sobre las que reposarás. Para cuando tú llegues aquí, las cosas habrán cambiado mucho pero las piedras seguirán siendo ellas. Algunas estarán más rotas y otras se aglutinarán para formar unas mayores. Pero con este inventario que yo he hecho, no habrá ninguna que no tenga su propio árbol genealógico.
Es verdad que a las más pequeñas he tenido que agruparlas en familias. Sus presencias eran repúblicas tan diminutas que mis ojos no sabían distinguir a quienes las componían. Es similar a lo que a ti te pasará cuando llegues aquí: ¡eres tan grande! Y todo lo que se queda en tu fondo es algo diminuto, perdido. Pero en esta ocasión habrá uno que ha contado muchas de las piedras que mojarás. no todas, no. Me haría falta una vida mucho más larga para eso. Pero no lamentaré por las horas que no viviré ni por las cosas que no haré, sino por las que he vivido, por las que he hecho.
Antes de hablarte de cada piedra, te diré algo sobre cómo son en general. Porque hay piedras que son peñas en lo alto de un desfiladero, esperando a que una riada o un desprendimiento socave del todo sus cimientos y caiga por fin como semilla fértil sobre la tierra, estallando como una jugosa granada sobre todo el que se encuentre debajo, dejando que sus hijos rueden y recorran terreno, como gigantes juguetones en un patio de juegos.
Y otras piedras son pequeñas y tímidas. Se esconden detrás de las más vulgares; pero ellas guardan en sí transparencias y colores de los que tú nunca has podido saber, mar. Y yo, cuando las contaba, las cogía en la mano y casi me parecía que reían femeninamente, como si les hiciera cosquillas. Les gustaba que las pusiera frente al sol, que les diera vueltas con la mano, que las acariciara, que las probara con la lengua. ¿Salada, terrosa, ácida?
Luego están las angulosas. Son piedras cortantes, jóvenes como adolescentes que quieren probarse en la vida. Cuando las miro sé lo que están deseando: que me descalze y que camine sobre ellas, como un fakir de un cuento indio. Pero yo no me dejo engatusar, sino que las cojo con cuidado y les hablo con respeto. Y entonces se calman.
Luego están los cantos rodados. Los de los ríos son más habladores que los del mar. A estos últimos ya los conoces bien: son una orden monacal de suicidas que siempre están repitiendo tu nombre, esperando que los cubras de una vez por todas.
De ellos no hablaré.
Los cantos de los ríos son frescos como una mañana de deshielo.
no puedo seguir escribiéndote, mar, porque ya llega la enfermera. Registrará si esta vez me he traído alguna piedra al cuarto. Pobres locos, creen que solo busco piedras por placer. No saben que me comunico con ellas.
Y que juntos esperamos tu venida.
El día en el que el mar llegó. Ese será mi día.
sábado, 13 de septiembre de 2014
la hormiga corredora
- Mamá, ¿las hormigas tienen prisa?
Las preguntas de su hijo eran cada vez más raras
- No. No tienen ninguna prisa. Simplemente trabajan y trabajan y llevan todo tipo de comida a su madriguera.
- Me ha parecido ver a una corriendo -dijo el niño
- En cuanto llegue tu padre, nos vamos -le avisó ella. Ya tenía el oído duro para las fantasías de su hijo menor.
Iban a salir a comer una pizza y después un helado. El plan era muy atrayente y pronto el pequeño olvidó lo que creía haber visto.
Pero en el mundo de las hormigas, sí estaba pasando algo fuera de lo normal. La larga fila de hormigas que iban y venían estaba siendo rebasada por una hormiga "con prisa". Iba vestida con un pequeño pantaloncito y estiraba las patas todo lo que podía para dar grandes saltos.
- ¿Y esa dónde va? -se decían las trabajadoras
- Mejor que no lo encuentre una soldado o lo va a pasar mal -dijo otra
- Una loca -terció una última.
Pero la hormiga corredora no escuchaba a nadie más que a una sensación de libertad que le asaltaba siempre que corría. Y ahora contaba con el permiso de la reina para correr.
"Pero solo cada dos días", le había dicho. Se había colado en el palacio sin que la vieran y esquivando a las desconfiadas hormigas-soldados. Incluso se disfrazó como un soldado para llegar hasta la reina. Y a ella le había gustado su arrojo.
No tenía ningún destino fijo. Corría siguiendo la larga fila de hormigas por una suerte de instinto. Aquel era su primer día y muchas la criticaban siguiéndola con la vista. ¡Bah, ya se acostumbrarían! Pero lo cierto es que le molestaba que la miraran así. Le hacía perder concentración y, por la tanto, aquel sentimiento de placidez. Por eso se desvió de la fila de hormigas y se adentró en tierras desconocidas. Al principio se encontraba con algún que otro explorador; eran hormigas que hacían de avanzadilla y buscaban la comida que los destacamentos organizados vendrían a buscar más tarde. Pero incluso estos fueron desapareciendo a medida que se alejaba más.
Y entonces lo encontró. Era más grande que ella -eso no era difícil- y tenía una forma angulada e irregular. Se paró a observarla y dio la vuelta alrededor. Estaba hecho de papel y algún humano había estado recortándola de la hoja. Por fin cayó en la cuenta: era una letra recortada y pintada de negro. Era la letra "T".
- En mi salón quedaría muy bien -se dijo la hormiga.
"en el baño", dijo otra voz dentro de sí
"es muy pesada, no puedes llevártela", dijo otra más
"lo que es seguro es que no puedes correr con ella", siguió razonando
Pero a la hormiguita le gustaba aquella gran letra.
Cuando volvieron de la pizza, el pequeño se caía de sueño. Pero se despertó de repente cuando descubrió que una de las letras que había estado recortando para el colegio había caído al suelo y ahora se encontraba colonizada. Miró con su lupa, y allí vio que una hormiga vestida con calzas como las de los tenistas estaba acostada en la cruz de la T. Parecía complacida consigo misma.
- A mí también me gusta que estés aquí -le dijo el pequeño. Y la puso con cuidado en su mesilla de noche.
Las preguntas de su hijo eran cada vez más raras
- No. No tienen ninguna prisa. Simplemente trabajan y trabajan y llevan todo tipo de comida a su madriguera.
- Me ha parecido ver a una corriendo -dijo el niño
- En cuanto llegue tu padre, nos vamos -le avisó ella. Ya tenía el oído duro para las fantasías de su hijo menor.
Iban a salir a comer una pizza y después un helado. El plan era muy atrayente y pronto el pequeño olvidó lo que creía haber visto.
Pero en el mundo de las hormigas, sí estaba pasando algo fuera de lo normal. La larga fila de hormigas que iban y venían estaba siendo rebasada por una hormiga "con prisa". Iba vestida con un pequeño pantaloncito y estiraba las patas todo lo que podía para dar grandes saltos.
- ¿Y esa dónde va? -se decían las trabajadoras
- Mejor que no lo encuentre una soldado o lo va a pasar mal -dijo otra
- Una loca -terció una última.
Pero la hormiga corredora no escuchaba a nadie más que a una sensación de libertad que le asaltaba siempre que corría. Y ahora contaba con el permiso de la reina para correr.
"Pero solo cada dos días", le había dicho. Se había colado en el palacio sin que la vieran y esquivando a las desconfiadas hormigas-soldados. Incluso se disfrazó como un soldado para llegar hasta la reina. Y a ella le había gustado su arrojo.
No tenía ningún destino fijo. Corría siguiendo la larga fila de hormigas por una suerte de instinto. Aquel era su primer día y muchas la criticaban siguiéndola con la vista. ¡Bah, ya se acostumbrarían! Pero lo cierto es que le molestaba que la miraran así. Le hacía perder concentración y, por la tanto, aquel sentimiento de placidez. Por eso se desvió de la fila de hormigas y se adentró en tierras desconocidas. Al principio se encontraba con algún que otro explorador; eran hormigas que hacían de avanzadilla y buscaban la comida que los destacamentos organizados vendrían a buscar más tarde. Pero incluso estos fueron desapareciendo a medida que se alejaba más.
Y entonces lo encontró. Era más grande que ella -eso no era difícil- y tenía una forma angulada e irregular. Se paró a observarla y dio la vuelta alrededor. Estaba hecho de papel y algún humano había estado recortándola de la hoja. Por fin cayó en la cuenta: era una letra recortada y pintada de negro. Era la letra "T".
- En mi salón quedaría muy bien -se dijo la hormiga.
"en el baño", dijo otra voz dentro de sí
"es muy pesada, no puedes llevártela", dijo otra más
"lo que es seguro es que no puedes correr con ella", siguió razonando
Pero a la hormiguita le gustaba aquella gran letra.
Cuando volvieron de la pizza, el pequeño se caía de sueño. Pero se despertó de repente cuando descubrió que una de las letras que había estado recortando para el colegio había caído al suelo y ahora se encontraba colonizada. Miró con su lupa, y allí vio que una hormiga vestida con calzas como las de los tenistas estaba acostada en la cruz de la T. Parecía complacida consigo misma.
- A mí también me gusta que estés aquí -le dijo el pequeño. Y la puso con cuidado en su mesilla de noche.
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