domingo, 22 de junio de 2014

el teléfono

- Y, sobre todo, no hables con extraños -fueron las últimas palabras de mamá gato antes de irse de parranda con papá gato
- No se te ocurra abrir la puerta a nadie -dijo papá gato
Y después cerró la puerta. El gatito se quedó solo en la casa. Les había asegurado que estaría bien. De hecho, una parte de él había deseado quedarse solo, ¡por fin! Tal vez podría ver alguna película interesante, tal vez cocinarse algo rico... sí, había muchas cosas deseables que podía hacer. Pero, al mismo tiempo, sentía un temor antiguo a la soledad, una continuación de la niñez, un alargamiento de su dependencia hacia sus padres. ¡Pero ya estaba bien! Podía no ser un gato adulto, pero en todo caso era un gato preparado para quedarse solo en casa, ¡la primera vez en su vida! Había que celebrarlo.
Se dirigió a la cocina. Allí sacó el queso que más le gustaba de la alacena y se sirvió un vaso de leche. Y entonces sonó el teléfono.
"Debe de ser mamá, que quiere asegurarse de que todo está bien", se dijo el joven gato. Fue hasta el teléfono y lo descolgó
- Todo va bien, mamá -respondió automáticamente, sin esperar oír ninguna voz. Pero al otro lado del interlocutor no se oía nada; si acaso, había como una respiración tenue.
- ¿Quién está ahí? -preguntó el gato. Creía que era mi madre quien llamaba, tendrá usted que disculparme, estoy solo en casa -continuó
Entonces cortaron la comunicación.
Pii-pii-piiiiii, se oyó
El joven gato colgó, extrañado. Y sintió que le subía por la espalda un pequeño calambrazo. Era el miedo de algo desconocido, estaba llegando.
"No tenía que haber dicho que estaba solo en casa. Soy un idiota", se dijo. Y tuvo ganas de insultarse más veces a sí mismo. Pero, en lugar de eso, intentó concentrarse en la cocina, en el queso que había sacado de la alacena y en el vaso de blanca leche que le esperaba sobre la mesa.
- Leche, ¡me encanta la leche! -dijo en voz alta. Quería ahuyentar sus temores.
A la media hora, ya había olvidado por completo la llamada de teléfono. Estaba viendo un programa estúpido en la televisión, pero se sentía bien porque sus padres, normalmente, le hubieran enviado ya a la cama.
Sonó el teléfono una segunda vez.
El gatito se levantó, sintiendo que se revivía el recuerdo del temor que antes había sufrido.
"No hay por lo que asustarse" -se dijo
Descolgó el teléfono:
- ¿Diga?
Y pasó lo que más temía: otra vez no le contestaba nadie. Tan solo se oía una respiración tenue. Pero si esta antes había sido casi inaudible, ahora no había forma de no escucharla. De hecho, parecía contener en sí un ronco rugido de rabia oculta, como un monstruo que le acechara en las sombras de sus sentidos. El gato colgó rápidamente. Volvió a la tele, pero ahora ésta estaba apagada y de ella también surgía un murmullo como de una respiración que esperara a que él se diera la vuelta para atacar...

- Mira, se ha quedado dormido frente a la tele -le dijo mamá gato a su marido
- Tenías que habérle dicho antes que se fuera a la cama -le reprochó papá gato
- ¿No te dije que no funcionó bien la llamada? Podía oírle a él, pero no él a mí. Y el muy tontito dijo así, a ciegas, que estaba solo en casa. Por lo menos no le ha pasado nada malo.
- Salvo tener unas pesadillas horrorosas -le corrigió el marido, que estaba mirando a su hijo
- ¿Cómo lo sabes?
- Mira -le indicó el marido
Las garras del pequeño habían destrozado el reposabrazos del sillón y una radio estaba tirada en el suelo. La cara del joven gato denotaba un gran sufrimiento. Y de la radio surgía un sonido entrecortado, chirriante, como la tenue respiración de un monstruo.


viernes, 20 de junio de 2014

la rata en la cloaca

Una ratita una vez salió por la alcantarilla y miró lo que le rodeaba. Era una calle de la ciudad, atardecía y había muchos peatones. Y uno de ellos la vio. Fue corriendo hasta ella y, antes de que la rata pudiera reaccionar, le soltó una tremenda patada con la que la rata fue volando por los aires.
- ¡¡una rata!! -gritó una señora que estaba a un par de metros pero que se asustó tanto como si la rata le hubiera caído entre diente y diente y le estuviera arrancando la lengua.
La rata comenzó a correr, asustada. El que le había propinado el patadón fue corriendo hasta ella, pero la rata logró escabullirse bajo un coche y, debajo de él, se metió otra vez por una alcantarilla.
- ¿Cómo te fue ahí afuera? -le preguntó otra rata unos días más tarde.
La ratita expedicionaria tenía un recuerdo muy malo de su salida. Aún le dolían algunas vértebras que -sospechaba- se le habían roto durante el encontronazo con el peatón. Pero no sabía cómo contarle sus experiencias a la curiosa. Así que tan solo se atusó el bigote y, haciendo como que veía a alguien conocido a sus espaldas, se excusó y se largó de inmediato.
- ¿Qué te ha contado? -preguntó otra rata que había presenciado la entrevista de lejos.
- Por lo visto hay muchas cosas que ver ahí afuera. Hay tantas que no sabía ni por dónde empezar a contarme.
- ¿Y también comida? -preguntó la recién llegada
Y ahora fue el turno de la interpelada de atusarse el bigote y de, tras mirar por encima del hombro de la otra como a un conocido de lejos, se fue sin decir nada más.

A la semana, la gran mayoría de las ratas que nunca había pisado el exterior creía firmemente que se trataba de un lugar maravilloso donde los humanos adoraban a las ratas y las alimentaban con buenas carnes y comidas maravillosas. Muchas querían salir, pero ahora era la época de lluvias y no podían acercarse mucho a las alcantarillas sin riesgo de ahogarse.
Por fin terminó la estación de lluvias y todas, como si se hubieran puesto de acuerdo, intentaron salir a la vez por las alcantarillas.

Fue así como la ciudad se hizo famosa; por televisión podían verse estremecedoras imágenes de auténticas muchedumbres de ratas ocupando calles, casas y, sobre todo, restaurantes y carnicerías. Los habitantes de la ciudad habían huido, pues no sabían como enfrentarse a un ejército tal de ratas, como no fuera con medios que acabarían con su propia ciudad.

En el campamento de refugiados que se había colocado en las afueras, en un parque rodeado de un foso de agua, un día un niño comenzó a tocar la flauta. Se encontraba al margen del foso y, justo en aquel momento, unas ratas se habían acercado a inspeccionar la otra orilla. Pero al oir la música se quedaron como pasmadas escuchando. El niño nunca había tenido ningún público que le escuchara, pues antes de venir al campamento de refugiados su vida era aún más miserable y vivía entre las basuras en el callejón trasero de un restaurante.
Le encantó que alguien escuchara sus melodías con tanta atención.
Y fue así que cada día se ponía a tocar melodías con su flautita a la orilla del foso, mientras al otro lado más y más ratas venían a escucharle.
La gente del campamento, en cambio, aborrecían la música que traía las ratas a tal cercanía del campamento.
Un día, decidieron democráticamente echar al niño fuera del campamento. Lo hicieron y ya no supieron más de él.
- Habrá muerto entre las ratas -se decían algunos que, dándoselas de compasivos, querían limpiar su conciencia.
Pero ellos también le olvidaron.
Y, sin embargo, a la semana las ratas ya se habían ido de la ciudad. Algunos decían que las habían visto siguiendo a un niño que tocaba la flauta por los caminos y montes, mientras las ratas le procuraban comida y compañía y le instaban a que nunca parara.
Un nuevo cielo visitaba a una nueva tierra...

domingo, 15 de junio de 2014

el gran edificio

Sobre el planeta kamisón solo había una gran construcción. Era un gran edificio construido en medio de la nada. Y era tan grande como para albergar a todos los habitantes del planeta.
Un edificio inmenso.
Alrededor del edificio estaban los campos de labor. Las tierras de cultivo ocupaban grandes hectáreas a lo largo y ancho del planeta. Allí se trasladaban casi instantáneamente gracias a los trasmutadores de materia instalados por todo el mundo.
El edificio eran alto, altísimo. Cuanto más se subía en el edificio, mejor se vivía. Abajo se hacinaban la mayoría de los habitantes de kamisón y malvivían como podían en cuartuchos a donde apenas llegaba luz. Además, los vecinos de arriba tenían la costumbre -muy desagradable- de tirar todos sus vertidos por la ventana. La suciedad se iba acumulando y en algunos lugares había logrado bloquear las ventanas.
- No podéis seguir tirando vuestra porquería en nuestros patios -les recriminaban los vecinos de abajo a los de arriba.
Pero los de arriba sabían como tratar a los representantes de vecinos. Les regalaban juguetitos y les prometían buscar soluciones. Los juguetes duraban menos que las promesas, pues estas se alargaban de un año a otro.
Los que habitaban las partes medias del edificio no sabían muy bien qué partido tomar; a veces apoyaban a los de arriba, a veces a los de abajo.
Un día a un niño de arriba se le cayó la pelota hacia uno de los patios inferiores. En vez de comprarse otra, que era lo más lógico en aquellos lugares, el niño decidió ir a buscarla. Esto era algo así como buscar una piedra pequeñita en el fondo del mar.
Pero los niños son idealistas, sentimentales y no demasiado inteligentes.
Sin consultar a sus padres, se escapó. Construyó una cuerda y descendió hacia los niveles inferiores. A medida que bajaba, se encontraba con nuevas gentes y nuevos modos, pero todos le parecían similares a los que había conocido allá arriba.
- Estoy buscando mi pelotita -les explicaba a los niños que encontraba, los únicos con los que podía comunicarse a gusto.
Pero la pelota no aparecía y el niño seguía buscándola. Sus padres también se preocuparon, pero no por la pelota sino por el niño. Hacía semanas que no aparecía y la policía no parecía tener ninguna pista.
- ¿No se habrá caído por una ventana? -preguntaba un policía al comisario.
Pero nadie había reportado ninguna caída, además de que era difícil caerse del edificio por los campos antigravitatorios que se activaban en cuanto un objeto pesado caía con gran velocidad.

Pasaron los años. El niño que buscaba la pelotita se convirtió en un joven curioso y poco hablador que no dejaba de bajar a niveles inferiores del edificio, si bien ya no sabía muy bien por qué. Pero un día tuvo morriña y ganas de volver. Y sacó de su bolsillo el receptor que podría llevarle a casa. Con él llamó a su padre.
- ¡Soy yo, papá! -le dijo- ¡Quiero volver a casa!
Pero el padre, que había perdido un niño, no reconoció a aquel joven que indudablemente le llamaba de los niveles inferiores.
- ¿Quién te llama, cariño? -le preguntó su esposa desde la otra habitación
- Nadie -respondió él, apagando su aparato.

jueves, 12 de junio de 2014

la tormenta

- no molestes a papá, que le duele la cabeza
La familia de osos se había refugiado en la cueva, donde hacía un poco más de fresco que en el exterior. El bochorno era insoportable; la tormenta acechaba, pero no acababa de descargar.
Papá oso se sentía de mal humor, embobado y con ganas de dormir. Además, le picaba la nariz.
- ¿Hoy vamos a visitar a los tíos? -preguntó osezno
Papá oso no respondió. Había cerrado los ojos y la voz de su hijo le llegó como un murmullo lejano. Tan solo gruñó.
- Va a llover. ¡Y yo estoy tan cansada!
Y ella también sintió que la fatiga le cerraba los ojos.
Así fue como acabaron los dos adultos durmiendo justo antes de la tormenta. Se diría que el aire contenía un hechizo especial que les obligaba a dormir.
Un trueno les hizo despertar a los dos a la vez.
- ¿Dónde está osito? -preguntó la madre casi al instante.
Papá oso se asomó hacia el exterior de la cueva. La lluvia caía torrencialmente, pero seguía haciendo tanto calor como antes.
- Habrá ido a dar una vuelta -le dijo a su señora
- Pero con esta lluvia, si se aceca a los ríos, puede ser peligroso -respondió ella, angustiada.
A él le hubiera gustado contradecirla pero, en el fondo, entendía que podía tener razón. Así que dijo:
- Voy a buscarlo
Y salió a la lluvia. El agua era refrescante pero los ojos le picaban. Y había mucho ruído por todas partes: toda una sinfonía de tormenta de verano.
Se dirigió hacia el río.
Pronto encontró a osito. Estaba encaramado a una rama y veía como la lluvia caía sobre el río. El sonido era allí más agudo y delicado que en el interior del bosque.
La rama en la que el pequeño estaba encaramado no parecía nada segura, y cada vez que el osezno cambiaba de posición se cimbreaba peligrosamente. El padre estuvo a punto de advertirle con un gruñido enfadado, pero se contuvo. No quería asustar al pequeño y que se cayera al agua. El río estaba crecido y las aguas se movían peligrosamente.
Se acercó poco a poco.
Su hijo contemplaba ensimismado las aguas que había debajo de él. Su padre imaginó que era su propio reflejo lo que contemplaba, martilleado por la intensa lluvia.
Y entonces se rompió la rama con un sonoro "clac" y el pequeño osezno se cayó al agua. El padre se abalanzó hacia el río, pero antes de que llegara ya su hijo estaba saliendo del agua.
- ¡Hola, papi! -exclamó
El padre le ayudó a alejarse del agua. La alegría del pequeño le había desarmado, aún sentía la resaca del susto que había pasado peor ya no sentía necesidad de enfadarse.
- ¿Qué mirabas en el agua? -le preguntó por fin
El hijo se tomó unos segundos antes de responder.
- Mi reflejo en el río. ¡Las gotas de lluvia no paraban de moverlo! Y, sin embargo, se parecía mucho mucho a mí. Pero...
- Pero no era tú -completó su padre la frase
El hijo asintió.
Aún se quedaron los dos un rato más allí en la lluvia. Hasta que por fin papá oso dijo:
- Será mejor que volvamos o tu madre se va a preocupar.
Ya no le dolía la cabeza ni sentía el peso de la tormenta.

martes, 10 de junio de 2014

el señor de las pinzas

- Mamá, ¿me das un par de pinzas? Ya se me han acabado las otras - ¡Juan, ya basta de jugar con las pinzas! ¿No ves que no me queda ninguna? Busca otra cosa con la que jugar. - ¿Algo como un ordenador? El papá de Juan, que en aquel momento perdía el tiempo en internet, refunfuñó. - No molestes a tu padre, que está trabajando -regañó la madre a Juan. Luego le arrebató a su hijo el cesto de las pinzas, que este ya había cogido ilusionado. - ¡Ni una más! -repitió - ¡Pero, mami...! -suplicó el pequeño Le gustaban las pinzas. Sobre todo desde que su tío le enseñara a fabricar con ellas pequeñas pistolas. Para eso hacía falta que las pinzas fueran de madera, pero justamente en su casa TODAS las pinzas eran de madera. - Con este cesto de pinzas tu padre y yo hubiéramos batido a todos los vecinos del barrio -le había dicho su tío la semana anterior, mientras con ojos brillantes miraba al cesto de pinzas. Luego se volvió hacia la mamá de Juan: - Lola, ¿cómo es posible que en esta casa haya pinzas de madera? Creí que ya no las fabricaban, que ahora todo es de plástico en este mundo. Su tío Ernesto era un fanático ecologista. A veces había aparecido en el telediario nacional, subido a una barca que pretendía expulsar a gigantescas plataformas de acero de los mares. - Aparecieron en la casa cuando nos mudamos aquí. Se ve que mi abuela las compró pero después se olvidó de ellas, como de tantas otras cosas y cuando nosotros llegamos había tres paquetes de pinzas como nuevos. Son paquetes grandes y solo hemos abierto uno de ellos. -había respondido su cuñada. El recuerdo de que aún había dos paquetes por explorar se adueñó del ánimo de Juan. Dejó de rechistar y pensó: “esta noche, cuando todos duerman, iré a buscarlas” Y, en efecto, aquella noche cuando todos dormían Juan abrió los ojos. La luna llena iluminaba su cuarto, ¡qué luna más grande! Todas las sombras del cuarto parecían vivas y hechizadas. Fue hasta el trastero donde se almacenaban las pinzas. Extrañamente, estaba iluminado. Y es que un ratoncito estaba allí, al lado de una pequeña vela, llorando. - ¿qué te sucede? -le preguntó Juan - Alguien me ha robado mis tesoro. Era una herencia para mí muy querida, pues fue algo que me regaló la reina del queso. Cuando vio la cara de incomprensión de juan, explicó: - Así llamamos los ratones a la señora que vivía aquí. Porque has de saber que, en su tiempo, ella fue una niñoa que nos salvó a los ratones de un gran mal. Y en pago de su ayuda le dimos unas pinzas mágicas que, ay, ahora han desaparecido. En ese momento Juan se despertó y decidió, con esa vehemencia infantil tan pura, que desde aquel momento sería... el señor de las pinzas. y eso que no entendía del todo bien qué significaba semejante título. Pero era un comienzo.

el presidente

Un hombre está mirando un cartel. Y no es el único, porque hay mucha gente alrededor. Pero ellos, más que mirar, admiran el cartel; él, en cambio, observa cómo ha quedado el contraste del cartel en aquel lugar. De fondo hay unos edificios grises y el cartel, siendo en blanco y negro, ofrece poco contraste. Pero cuando diseñó el cartel ya pensaba en eso, y hay una amable armonía en todo el conjunto. Además, cuenta con ese ramalazo de color en medio del anuncio que da un vuelco a todo el contenido.
Es un gran cartel. Uno de los mejores. Y lo ha hecho él.
Lo que nadie sabe es que la ausencia de colores en el cartel, aparte de aquel acento casi impuesto a ciegas, no son tan intencionados como él querría. Para decirlo sin rodeos, se trata de un hombre que no puede ver los colores. Para él la vida es una gran película antigua con un sonido estridente.
Es un artista. Haciendo de la necesidad virtud había conseguido hacerse un nombre. Diseñaba carteles fantásticos.
Se estaba haciendo rico.
Pero hubo en mes en el que comenzaron a disminuir las llamadas a su oficina. Al mes siguiente la disminución de encargos pasó de ser "una ligera crisis acorde con el momento económico" a "este barco empieza a hacer aguas"
Llamó a consejo a sus analistas, y estos le dieron cuenta de una horrible verdad: tenía un competidor. Se trataba de un artista joven que se había formado en la calle, literalmente, pintando grafitis en los túneles del centro, en los trenes de las afueras y en lo alto de los monumentos. Pero ahora le iba muy bien.
- Tiene un estilo muy colorido -le dijo uno de los analistas, incapaz de ver el dolor que aquel simple comentario inflingía a su jefe.
Pero nuestro protagonista no había llegado a donde estaba con solo cruzarse de brazos, sino a base de trabajo. Se dio cuenta de que tenía que aprovechar la influencia que aún poseía para cambiar de actividad. Y decidió presentarse a las elecciones.
Él mismo diseñó sus carteles y su campaña. Sabía conectar con la sensibilidad de las masas, y pronto se convirtió en uno de los favoritos para la alcaldía. Después de la alcaldía, llegó a ser ministro. Y después alcanzó su sueño más profundo: ser el presidente de la República.
Durante toda su carrera hasta la presidencia, su estrategia siempre había sido la de convertirse en el paladín de las tradiciones y de la vida falta de colores: sus carteles eran en blanco y negro y sus discursos recordaban a las películas clásicas del cine americano.
- She s looking at you, baby -decían sus seguidores a modo de contraseña entre ellos, parafraseando a Humpry Bogart en Casablanca.
Pero en cuanto llegó a la presidencia, decidió que quería ser más colorido. Y por eso se rodeó de un equipo de asesores que hacían lo posible por transformar su imagen en algo pop, joven, nuevo.
Como le gustó lo de ser presidente, dio un golpe de estado y se convirtió en dictador.
Un día le contaron que unos jóvenes estaban creando un nuevo partido político en la sombra. Por de pronto ya habían diseñado unos panfletos donde  estaba la proclama que quería distinguirlos, impresa en primera página:
- ¡Por una vida en blanco y negro!
El dictador no supo si había colores en aquel panfleto, igual que no sabía si existían alrededor suyo. Pero el mensaje del texto estaba claro. Miró a sus capitanes del ejército y les dio la siguiente orden:
- Encuéntren a estos fascinerosos y córtenles la cabeza.

domingo, 8 de junio de 2014

la función

Le habían invitado-obligado a ir a la función de su hermana. Ella todavía era una niña; él, un adolescente rebelde. El auditorio estaba lleno de padres deseosos de reír la menor carantoña de sus hijos. El arte se escondía bajo los pliegues de la sencillez de los pequeños, y lo más importante no era el baile -lleno de torpezas, olvidos y despistes- como el esfuerzo que las pequeñas almitas ponían en hacerlo.
A su pesar, él también se quedó mirando a las figuritas que bailaban. Y no pudo evitar reírse cuando una pequeñuela se puso a saludar a sus papás en medio del escenario, o cuando dos se hicieron tal lío con las manos que un profesor hubo de subir al tablado para atenderlas.
Su hermanita lo hizo muy bien. Estaba seria, concentrada, pero con todo no dejaba de equivocarse y de llamar la atención. Le gustó, le encantó.
Y entonces se le ocurrió que él también quería actuar.
- Debe de haber un "algo" en el ambiente -se dijo
Su cuerpo le pedía ponerse a bailar. Se levantó de golpe.
- ¿Dónde vas? -le preguntó su madre
Pero él no escuchaba, sino que se dirigió al escenario justo cuando habían salido los últimos bailarines. Subió las escaleras y allí se quedó, observando al público que le miraba esperando un desenlace. El foco le enfocó, pensando que estaba dentro del espectáculo. Caminó al centro del tablado y la luz le siguió.
- Música -pidió
Pero no hubo reacción. El encargado de sonido no entendía de dónde había salido aquel ni por qué estaba plantado en medio del escenario sin que nadie se lo llevara. Pero los profesores no querían llamar la atención con tanto niño.
Finalmente salió la dueña de la academia, sonriendo. Le tocó la espalda y le señaló las escaleras por las que podía salir.
A estas alturas, hasta el público se daba cuenta de que algo raro ocurría. Y entonces él, aprovechando que le había aparecido una compañía inesperada, comenzó a bailar con ella.
- ¿Pero qué estás haciendo?!! -exclamó ella a la vez que se deshacía de él.
Muchos padres se levantaron entonces de sus asientos. Pero el primero que llegó a los pies del escenario era su propio padre, quien le dijo
- Vamos, baja de allí -se daba cuenta de que algo raro le pasaba a su hijo y no quería forzarle.
- Solo quiero bailar -dijo este con voz triste
No parecía agresivo. La dueña de la academia, oyéndolo, se acercó y le dijo:
- Pues bailemos -y gesticuló la palabra "música" al encargado de sonido.
Comenzó a sonar un vals y el joven bailó con la profesora. Todos se calmaron, aunque todos se quedaron con la idea de que aquel joven estaba mal de la cabeza.

Cuando volvían a casa, su padre le preguntó:
- ¿A qué ha venido eso?
- Tenía ganas de hacer lo que quería y de forzarme a hacerlo... sin tener en cuenta las opiniones de los otros.
El padre guardó silencio uno momento reflexionando su respuesta. La madre y su hermana también estaban calladas. Por fin respondió, pero le costaba poner en palabras todo lo que tenía en mente:
- Hacer lo que uno quiere, tan a contracorriente de todo a lo que otros están acostumbrados, tiene un precio, hijo mío. Necesitamos de los otros y cuando nos aislamos del mundo nos quedamos en deuda. No digo que no haya que hacerlo de vez en cuando, aunque solo sea por no dejarse llevar demasiado por la marea, pero ten cuidado, porque actos así llevan a la amargura y la locura.
- ¿Y qué puedo hacer, entonces?
El padre le miró y le guiñó el ojo:
- No te tomes tan en serio. Riéte de ti mismo y todo volverá a estar bien.