Una vez una liebre que paseaba por el bosque encontró una gran calabaza. Era una calabaza silvestre que había crecido allí sin que nadie la viera. Y era grande, muy grande, con ese color entre amarillo y anaranjado que la hacía resaltar sobre todo lo que le rodeaba.
"He aquí una gran calabaza", pensó la liebre.
Así que cogió la calabaza con idea de llevársela a la señora liebre.
"Ella me hará una sopa con esta calabaza. Y quedaré fuertísimo después de comérmela. Tan fuerte, que podré ganar el campeonato. Tan fuerte como para ganar muchos campeonatos seguidos"
Y es que cada año las liebres del lugar organizaban un campeonato para ver quién era la más rápida. Nuestra liebre rara vez llegaba entre los diez primeros y se sentía avergonzada por ello. Su mujer lo trataba siempre de consolar:
- Unos son más rápidos, otros más altos, otros más listos... no se puede tener todo, cariño
Pero lo que de verdad molestaba a la liebre era no ser especial en nada: ni el más rápido, ni el más listo, ni el más imaginativo...
- Si hubiera un premio al más mediocre, seguro que lo ganaría -le decía a su mujer.
- ¿Así que me casé con un mediocre? -le solía responder la señora liebre, ofendida.
Sin embargo, la señora liebre no podia comprenderle bien, pues ella era la mejor de las liebres en lo que se refería a la cocina: cocinaba de maravilla.
- Me va a hacer una sopa estupenda -se decía nuestra liebre
Pero el camino era largo y al rato la calabaza le comenzó a resultar demasiado pesada.
- Solo llevarla a casa me va a cansar demasiado. -se dijo
Entonces vio algo negro junto al camino; era un saco oscuro con el que alguien había estado llevando las papas.
"Ahí podré meter la calabaza"Y, en efecto, la gran y naranja calabaza entraba a la perfección en el saco. La liebre cogió luego el saco y se lo echó al hombro.
"Lo extraño es que pesa lo mismo que antes. De alguna manera, creía que pesaría menos"
Pero, con todo, se puso a andar. Al rato ya no pudo más y se sentó a la vera del camino. Cuando le tocó ponerse en marcha otra vez, sintió que el saco con la calabaza pesaba mucho para ella.
"Llevar las dos cosas es una insensatez. Será mejor que me decida por una" Naturalmente, eligió el saco, que era mucho menos pesado.
Cuando llegó a su casa saludó a su mujer:
- ¡mira lo que he traído! -exclamó mostrándole el saco vacío con olor a papas.
- ¿y las papas que tenía dentro? -preguntó la mujer
- ¡Nada de papas! Dentro había una calabaza. Una gran calabaza capaz de alimentar a un regimiento de liebres y con la que me hubieras hecho una sopa estupenda. Y con esa sopa habría ganado el campeonato. ¡Pero no solo uno! Me habría hecho famoso ganando campeonatos con la sopa que hubieras hecho.
- ¿Y dónde está ahora esa famosa calabaza? Me gustaría echarle un vistazo
La liebre entonces miró al saco y se dio cuenta de que no había ninguna calabaza por la sencilla razón de que no había querido traerla.
- ¿Sabes qué? Es mejor no destacar demasiado. ¿Quién quiere ganar una carrera? Esta vida es buena y pacífica; cambiarla solo traería nuevos problemas.
Y, desde entonces, la liebre no volvió a hablar de los campeonatos. Pero a veces tenía la mirada perdida y su esposa, que le conocía bien, sabía que en aquel momento estaba rememorando el tubérculo que un día encontró en el campo.
"Con ella habría sido el más fuerte" decían sus ojos.
martes, 29 de abril de 2014
lunes, 28 de abril de 2014
El león sin barba
En la sabana africana, una vez había un león algo especial; al igual que sus compañeros, era fiero y peligroso. Le gustaba tener todo un harén de leonas alrededor suyo y sentarse al atardecer africano para jugar con los pequeños. Pero había algo que lo distinguía de todos su congéneres: no tenía barba.
Y no es que hubiera ocurrido ningún accidente. Simplemente no le gustaba:
- El pelo siempre se me metía en la boca para comer -decía
Y por eso iba regularmente al peluquero; era un lagarto de nombre Celestino que tenía una hermosa peluquería entre dos árboles de la sabana.
Las leonas no estaban del todo convencidas sobre el look de su macho. Pero era un león tan fiero y masculino que se habían acostumbrado su extraña presencia y, solo cuando estaban a solas cotilleando entre ellas, se atrevían a sacar el tema:
- Nunca sé muy bien si le estoy mirando a la cara o al culo -se reía una de ellas
- ¡Calla, que te va a oír! -decía la mayor del grupo- ya sabes lo susceptible que es con el tema de la barba.
La verdad es que el león no sabía nada sobre lo que opinaban los demás. Nadie se atrevía a decirle la verdad, ni siquiera los jóvenes que le retaban de vez en cuando para hacerse con su manada.
Un día que el león se paseaba solo se encontró con un árbol combado hasta que sus ramas casi tocaban el suelo.
- ¿y qué le pasará a este árbol? -se preguntó
Y fue hasta allí. La razón de que el árbol estuviera combado hasta casi romperse era un elefante que, apoyado sobre él, lloraba.
- Vas a romper el árbol, compañero -le dijo el león con condescendencia. El elefante podía ser más grande, pero él era el rey de la selva.
- ¡Buaaa! -lloró aún más fuerte el elefante.
El león entonces se marchó sin decir nada más. No quería perder el tiempo con un llorica. Al cabo llegó a un bosquecillo donde un grupo de monos estaban parloteando y riéndose.
- ¡Mira, un mono a cuatro patas! -se rieron de él
Los monos no tenían respeto por nada ni nadie, menos por un rey. Y no era la primera vez que el león escuchaba sus chanzas. Como siempre, no respondió, sino que hizo además de seguir su camino.
- ¡Dios da pan al que no tiene dientes! -se rió otro
Entonces el leon se paró. Y aunque odiaba la idea de hablar con los monos, su curiosidad fue más fuerte.
- ¿Por qué decís eso?
- ¿Y por qué va a ser, cara-de-culo? ¿Acaso no has visto al elefante que lloraba allí detrás?
- ¡Como siga llorando así, nos va a dejar sin árboles!
- ¡Y entonces podrías atraparnos! ¿No te gustaría eso? -se rió un tercero
- Sí, he visto el elefante. Parecía triste -concedió el león, haciendo como que no había oído el insulto (y, sin embargo, se le había clavado mejor que una cervatana con veneno)
- ¿Sabes por qué está triste, cara-de-culo? -se rió otro
El león no contestó pero puso cara de indiferencia.
- ¡Porque quiere lo que tú desprecias! Ese elefante tonto llora porque no puede tener melena. ¿Te imaginas a un elefante con la barba de un león?
- ¡No puede ser más ridículo que un león con la barba de un elefante! se rió otro
El león se alejó de allí. Se alejó también de la región y se fue a vivir a otra parte de la sabana, abandonando a todos los suyos detrás.
Eso sí: por el camino, se dejó crecer otra vez la melena
domingo, 27 de abril de 2014
la pluma errante
Había una vez una pluma que, cansada del escritorio donde había estado tantos años, decidió recorrer mundo. Aprovechando una urraca que gustaba de robar cosas brillantes, la pluma le hizo señas y se hizo ver. La urraca se dejó seducir y se llevó la pluma en su pico de ébano.
Tal y como la pluma contaba, la urraca se cansó rápido de llevarla; su pasión no podía ser más que pasajera, así que la pluma cayó sobre la caja de una pizza que en ese momento estaba entregando un motero de telepizza. Justo antes de entregar la pizza se dio cuenta de la presencia de la pluma y, rápidamente, se la metió en el bolsillo.
- Son quince con treinta -le dijo al joven estudiante que le abrió la puerta. De fondo se oían risas y voces femeninas.
"Qué fastidio. Me hubiera gustado quedarme en la fiesta", se dijo la pluma.
El interior del bolsillo del motero de telepizza no olía bien; aquella chaqueta la habían utilizado muchos y el que la llevaba ahora no tenía costumbre de lavarla. Una mancha de grasa traslucía la tela hasta el interior del bolsillo.
Cuando el joven volvió a la tienda, se quitó la chaqueta y se vistió con sus ropas. En el último momento se acordó de su pluma
- Casi me olvido de lo que encontré. ¡Mira, Juan! -le gritó a un compañero- Me la he encontrado sobre una caja de una pizza. Debe de habérsele caído a alguien del edificio.
Su compañero no dijo nada sino que le miró con gesto ausente.
El pizzero llegó a su casa casi al mismo tiempo que su madre.
- Mira lo que he encontrado, mamá -le dijo
- Parece una buena pluma. ¿No la habrás robado? -le preguntó la madre con suspicacia.
- ¿Por quién me tomas? -se quejó el hijo.
La madre suspiró y se fue a la cocina. Al rato llegó su hermano mayor.
- Mira, Pedro, lo que me he encontrado
- ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Vas a escribir una novela? -le preguntó sarcástico su hermano, que trabajaba como encargado en una ferretería.
- ¿Y por qué no? -se dijo el pizzero. Así que se fue a su mesa y, sacando un papel sucio de entre unos viejos apuntes, escribió arriba del todo: "novela". Pero luego no supo que más poner. Al rato abrió la pluma para ver cuánta tinta le quedaba y después se puso a observarla atentamente. ¡Era una hermosa pluma!
Oyó llegar a su padre. A los diez minutos, ya se estaba gritando con su hermano. "Cada vez tardan menos en enfadarse", se dijo. Y se levantó para cerrar la puerta. Luego se acostó en la cama y se quedó dormido.
Sobre la mesa la pluma miraba a la hoja sobre la que estaba escrita "novela". ¡Cuántas cosas podría escribir! Pero ella sola no podía, necesitaba que el motero la viera, la utilizara, la gastara.
"Podríamos crear mil mundos" se dijo con tristeza.
Y luego comenzó a mirar hacia la ventana, esperando atraer a alguna urraca soñadora con su brillo dorado.
Tal y como la pluma contaba, la urraca se cansó rápido de llevarla; su pasión no podía ser más que pasajera, así que la pluma cayó sobre la caja de una pizza que en ese momento estaba entregando un motero de telepizza. Justo antes de entregar la pizza se dio cuenta de la presencia de la pluma y, rápidamente, se la metió en el bolsillo.
- Son quince con treinta -le dijo al joven estudiante que le abrió la puerta. De fondo se oían risas y voces femeninas.
"Qué fastidio. Me hubiera gustado quedarme en la fiesta", se dijo la pluma.
El interior del bolsillo del motero de telepizza no olía bien; aquella chaqueta la habían utilizado muchos y el que la llevaba ahora no tenía costumbre de lavarla. Una mancha de grasa traslucía la tela hasta el interior del bolsillo.
Cuando el joven volvió a la tienda, se quitó la chaqueta y se vistió con sus ropas. En el último momento se acordó de su pluma
- Casi me olvido de lo que encontré. ¡Mira, Juan! -le gritó a un compañero- Me la he encontrado sobre una caja de una pizza. Debe de habérsele caído a alguien del edificio.
Su compañero no dijo nada sino que le miró con gesto ausente.
El pizzero llegó a su casa casi al mismo tiempo que su madre.
- Mira lo que he encontrado, mamá -le dijo
- Parece una buena pluma. ¿No la habrás robado? -le preguntó la madre con suspicacia.
- ¿Por quién me tomas? -se quejó el hijo.
La madre suspiró y se fue a la cocina. Al rato llegó su hermano mayor.
- Mira, Pedro, lo que me he encontrado
- ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Vas a escribir una novela? -le preguntó sarcástico su hermano, que trabajaba como encargado en una ferretería.
- ¿Y por qué no? -se dijo el pizzero. Así que se fue a su mesa y, sacando un papel sucio de entre unos viejos apuntes, escribió arriba del todo: "novela". Pero luego no supo que más poner. Al rato abrió la pluma para ver cuánta tinta le quedaba y después se puso a observarla atentamente. ¡Era una hermosa pluma!
Oyó llegar a su padre. A los diez minutos, ya se estaba gritando con su hermano. "Cada vez tardan menos en enfadarse", se dijo. Y se levantó para cerrar la puerta. Luego se acostó en la cama y se quedó dormido.
Sobre la mesa la pluma miraba a la hoja sobre la que estaba escrita "novela". ¡Cuántas cosas podría escribir! Pero ella sola no podía, necesitaba que el motero la viera, la utilizara, la gastara.
"Podríamos crear mil mundos" se dijo con tristeza.
Y luego comenzó a mirar hacia la ventana, esperando atraer a alguna urraca soñadora con su brillo dorado.
viernes, 25 de abril de 2014
Ratoncito aprender a tocar el piano
- ¡hoy es mi primer día de clase! Estoy nervioso y emocionado. ¡Qué ganas!
- ¿Y no tienes miedo? -le preguntó su madre
- ¿Miedo? ¿De qué? -respondió el ratoncito
Mamá ratona no dijo nada más. Estaban ante la puerta del profesor de piano y aquel era su primer día. La mamá toco el timbre y, en lo que esperaban a que les abrieran la puerta, comenzó a decir:
- Si quieres ser un día tan bueno como tu tío Paco, lo más importante no es que tengas buen oído, ni que te guste mucho el piano, ni que haya gente que quiera escucharte. No, lo más importante es...
En aquel momento se abrió la puerta. Por allí salió la barba del viejo señor hurón, el profesor de piano de todos los niños del barrio.
- Constancia y trabajo, esa son las dos claves para tener éxito -completó el viejo la frase de mamá ratón, a quien había oído a través de la mosquitera que hacía de puerta.
A decir verdad, al ratoncito no le hacía mucha gracia que tuvieran que dar clase con aquel anciano. Pero no había otra: su mamá no había querido buscar otro profesor que aquel que le inspiraba más confianza. Pero mamá no entendía: cuando habían vuelto del concierto de piano de su tío Paco, ratoncito tuvo claro a qué quería dedicar el resto de su vida: sería pianista. ¡Cuánta pasión desbordaban los dedos de su tío! Toda la sala pareció quedarse pequeña ante la inmensidad de la música. hubo momentos en los que ratoncito sintió que las lágrimas se le amontonaban en los ojos. Pero, ¿qué podía saber de eso su madre o, aún peor, aquel viejo profesor de piano que tenía que apoyarse en un bastón para andar? ¿qué pasión podía inspirar un anciano?
- Lo primero es aprender a hacer escalas. Las escalas te enseñarán las dos mejores virtudes de un pianista, ¿sabes cuáles son? Te daré una pista: las has oído hace menos de un minuto -le dijo el profesor cuando el ratoncito se acomodó frente al piano.
- ¿Constancia y trabajo? -preguntó el ratoncito con duda
- ¡eso es! Me alegro de que lo recuerdes. Ahora vamos con esas escalas. Mira como has de poner los dedos.
En la casa todo olía a viejo: los muebles gastados, las paredes empapeladas con el estilo de moda cincuenta años atrás, el suelo de madera gastado, las alfombras desteñidas... y un olor a alcánfor viejo que impregnaba todo lo que entraba en la casa. El profesor parecía emanar aquel olor.
El ratoncito se sintió estafado. ¡Él, que quería volar por las alturas del arte, obligado a comenzar de una forma tan baja, tan ... mundana!
Entonces sonó el teléfono. el profesor descolgó en el pasillo.
- Sí, ¿eres tú? me alegro de que llames para acordate de tu viejo profesor. ¿Y sabes quién ha venido hoy? Sí, ¿y por eso llamas? Espera que te lo paso.
Le dio el inalámbrica al ratoncito, que no imaginaba quién podía querer hablar con él en aquel lugar.
- ¿Ratoncito? soy yo, tú tío Paco -sonó por el auricular. Solo quería animarte en tu primer día de clase con quien fue mi profesor y me dio el mejor consejo que nunca me han dado. ¿sabes cuál?
- Constancia y trabajo -dijo entonces el ratoncito, sintiendo que bajo aquellas palabras se escondía toda la magnificencia del arte.
Su vida cambió en aquel instante.
- ¿Y no tienes miedo? -le preguntó su madre
- ¿Miedo? ¿De qué? -respondió el ratoncito
Mamá ratona no dijo nada más. Estaban ante la puerta del profesor de piano y aquel era su primer día. La mamá toco el timbre y, en lo que esperaban a que les abrieran la puerta, comenzó a decir:
- Si quieres ser un día tan bueno como tu tío Paco, lo más importante no es que tengas buen oído, ni que te guste mucho el piano, ni que haya gente que quiera escucharte. No, lo más importante es...
En aquel momento se abrió la puerta. Por allí salió la barba del viejo señor hurón, el profesor de piano de todos los niños del barrio.
- Constancia y trabajo, esa son las dos claves para tener éxito -completó el viejo la frase de mamá ratón, a quien había oído a través de la mosquitera que hacía de puerta.
A decir verdad, al ratoncito no le hacía mucha gracia que tuvieran que dar clase con aquel anciano. Pero no había otra: su mamá no había querido buscar otro profesor que aquel que le inspiraba más confianza. Pero mamá no entendía: cuando habían vuelto del concierto de piano de su tío Paco, ratoncito tuvo claro a qué quería dedicar el resto de su vida: sería pianista. ¡Cuánta pasión desbordaban los dedos de su tío! Toda la sala pareció quedarse pequeña ante la inmensidad de la música. hubo momentos en los que ratoncito sintió que las lágrimas se le amontonaban en los ojos. Pero, ¿qué podía saber de eso su madre o, aún peor, aquel viejo profesor de piano que tenía que apoyarse en un bastón para andar? ¿qué pasión podía inspirar un anciano?
- Lo primero es aprender a hacer escalas. Las escalas te enseñarán las dos mejores virtudes de un pianista, ¿sabes cuáles son? Te daré una pista: las has oído hace menos de un minuto -le dijo el profesor cuando el ratoncito se acomodó frente al piano.
- ¿Constancia y trabajo? -preguntó el ratoncito con duda
- ¡eso es! Me alegro de que lo recuerdes. Ahora vamos con esas escalas. Mira como has de poner los dedos.
En la casa todo olía a viejo: los muebles gastados, las paredes empapeladas con el estilo de moda cincuenta años atrás, el suelo de madera gastado, las alfombras desteñidas... y un olor a alcánfor viejo que impregnaba todo lo que entraba en la casa. El profesor parecía emanar aquel olor.
El ratoncito se sintió estafado. ¡Él, que quería volar por las alturas del arte, obligado a comenzar de una forma tan baja, tan ... mundana!
Entonces sonó el teléfono. el profesor descolgó en el pasillo.
- Sí, ¿eres tú? me alegro de que llames para acordate de tu viejo profesor. ¿Y sabes quién ha venido hoy? Sí, ¿y por eso llamas? Espera que te lo paso.
Le dio el inalámbrica al ratoncito, que no imaginaba quién podía querer hablar con él en aquel lugar.
- ¿Ratoncito? soy yo, tú tío Paco -sonó por el auricular. Solo quería animarte en tu primer día de clase con quien fue mi profesor y me dio el mejor consejo que nunca me han dado. ¿sabes cuál?
- Constancia y trabajo -dijo entonces el ratoncito, sintiendo que bajo aquellas palabras se escondía toda la magnificencia del arte.
Su vida cambió en aquel instante.
miércoles, 23 de abril de 2014
el maquillaje de la señora rata
Había una vez una señora ratita que era muy presumida. Esto quiere decir que no paraba de mirarse en el espejo y de preguntarse cosas cómo "¿estoy así mejor? ¿o tal vez así?". Su marido era una rata mucho mayor, el médico del barrio, apreciada entre los vecinos. Se había casado con la ratita tras sentirse fuertemente enamorado hacia ella. Ella parecía contener todo lo que a él le había sido negado o ya le quedaba demasiado lejos: alegría con una alta dosis de frivolidad, despreocupamiento y juventud. El doctor era un médico muy serio que todo lo analizaba con los ojos de la ciencia.
- Pero vamos a ver, señora mofeta. Si a usted no le duele nada, ¿por qué ha venido hasta la consulta? No lo entiendo. Si no fuera usted tan mayor creería que se ha enamorado. Pero no, apenas se tiene usted en pie y me está dos horas en la sala de espera. Creáme que habría querido atenderla antes, pero todos los que estaban antes que usted tenían cita conmigo y, por tanto, prioridad.
Eso decía aquella mañana el doctor, mientras su señora ratita estaba en casa, frente al espejo, y se preguntaba "¿así estoy más guapa?".
- Es que no me queda nadie con quien hablar, doctor. Y usted siempre es tan atento conmigo ... -se excusaba la señora mofeta
El doctor se echaba a reír un poco.
- Lo que yo decía, ¡se enamorado usted y nada menos que de su doctor!
Entonces la señora mofeta también se rió.
- Pero mire que yo ya estoy casado. Tendrá que buscarse a otro joven para sus galanteos.
El doctor estaba lejos de ser joven o de sentirse como tal. A la vieja señora mofeta le gustaba estar con él, como a muchos de sus pacientes. Se sentía cómoda.
Mientras tanto, por la puerta trasera de la casa del doctor se escabulló la ratita presumida. La esperaba su galán, una joven rata que había conocido una semana antes en una fiesta nocturna.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó la ratita, al ver la cara espantada del galán- ¿Ya no te parezco bonita?
El galán no supo que responder. Tan solo sonrió tontamente.
- Ya sé que hoy no me he puesto maquillaje. Quería probar un look más natural. Como el tuyo. ¿No somos acaso ratas, todos nosotros? ¿para qué disimular? ¿Y no te parezco más bonita?
- Diferente -consiguió articular el otro
- Eso es porque ahora tengo personalidad. ¿Dónde vamos hoy?
Pero el galán se inventó una excusa de última hora y se largó de allí rápidamente, dejando a la ratita triste y apesadumbrada.
Por la tarde el doctor volvió a su casa. Siempre se apresuraba para entrar en su estudio antes que hablar con su señora, pues hacía mucho que la distancia que había entre los dos le pesaba, así como el silencio que poco a poco se había impuesto entre ellos.
Pero aquel día la ratita estaba llorando en el salón. El doctor se dejó llevar por la compasión y, yendo hasta ella, comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.
- ¡Mírame! ¿No te parezco horrible? Hoy no me he puesto maquillaje -dijo la ratita entre lágrimas.
Pero el doctor respondió:
- Sin todas esas cremas y entre esas lágrimas brilla la ratita de la que me enamoré. ¿No crees que ya hemos estado lejos el tiempo suficiente?
Entonces ella se echó a sus brazos, llorando:
- Juntos... -le susurró en la vieja oreja del doctor.
y desde aquel día así estuvieron, juntos, y ya no hubo problema que los superara.
- Pero vamos a ver, señora mofeta. Si a usted no le duele nada, ¿por qué ha venido hasta la consulta? No lo entiendo. Si no fuera usted tan mayor creería que se ha enamorado. Pero no, apenas se tiene usted en pie y me está dos horas en la sala de espera. Creáme que habría querido atenderla antes, pero todos los que estaban antes que usted tenían cita conmigo y, por tanto, prioridad.
Eso decía aquella mañana el doctor, mientras su señora ratita estaba en casa, frente al espejo, y se preguntaba "¿así estoy más guapa?".
- Es que no me queda nadie con quien hablar, doctor. Y usted siempre es tan atento conmigo ... -se excusaba la señora mofeta
El doctor se echaba a reír un poco.
- Lo que yo decía, ¡se enamorado usted y nada menos que de su doctor!
Entonces la señora mofeta también se rió.
- Pero mire que yo ya estoy casado. Tendrá que buscarse a otro joven para sus galanteos.
El doctor estaba lejos de ser joven o de sentirse como tal. A la vieja señora mofeta le gustaba estar con él, como a muchos de sus pacientes. Se sentía cómoda.
Mientras tanto, por la puerta trasera de la casa del doctor se escabulló la ratita presumida. La esperaba su galán, una joven rata que había conocido una semana antes en una fiesta nocturna.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó la ratita, al ver la cara espantada del galán- ¿Ya no te parezco bonita?
El galán no supo que responder. Tan solo sonrió tontamente.
- Ya sé que hoy no me he puesto maquillaje. Quería probar un look más natural. Como el tuyo. ¿No somos acaso ratas, todos nosotros? ¿para qué disimular? ¿Y no te parezco más bonita?
- Diferente -consiguió articular el otro
- Eso es porque ahora tengo personalidad. ¿Dónde vamos hoy?
Pero el galán se inventó una excusa de última hora y se largó de allí rápidamente, dejando a la ratita triste y apesadumbrada.
Por la tarde el doctor volvió a su casa. Siempre se apresuraba para entrar en su estudio antes que hablar con su señora, pues hacía mucho que la distancia que había entre los dos le pesaba, así como el silencio que poco a poco se había impuesto entre ellos.
Pero aquel día la ratita estaba llorando en el salón. El doctor se dejó llevar por la compasión y, yendo hasta ella, comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.
- ¡Mírame! ¿No te parezco horrible? Hoy no me he puesto maquillaje -dijo la ratita entre lágrimas.
Pero el doctor respondió:
- Sin todas esas cremas y entre esas lágrimas brilla la ratita de la que me enamoré. ¿No crees que ya hemos estado lejos el tiempo suficiente?
Entonces ella se echó a sus brazos, llorando:
- Juntos... -le susurró en la vieja oreja del doctor.
y desde aquel día así estuvieron, juntos, y ya no hubo problema que los superara.
el césped artificial
La hierba artificial
Sobre el cesped artificial estaban las dos herramientas, un pequeño rastrillo y una pequeña escoba. A un lado estaban algunos arbustos y pequeños árboles. En uno de ellos colgaba la comida para los pájaros.
Los niños dormían.
Más arriba, en la parte antigua del jardín, estaba el césped normal. Contaba con muchas calvas y los niños se divertían arrancando la hierba en grandes pedazos. Los niños sentían que la tiraban del pelo a su hermana mayor o pequeña. Las niñas sentían que una gran muñeca gigante les prestaba los cabellos para que se los arrancaran y, en un imposible futuro, se los peinaran.
- Mírame -susurró el césped artifical- Los niños me han dejado con algunas ramitas encima. ¡No hay derecho! ¿Cuándo esperan limpiarme?
El césped artifical tenía la costumbre de quejarse.
- Pero estás limpio. Y bonito -le respondió el otro césped
- Sí, eso es verdad. Vengo de una gran tienda. ¿Y tú de dónde vienes?
No era la primera vez que el césped artifical le planteaba esa pregunta al otro. Como siempre, el césped normal no supo qué responder. Nunca había sido un gran césped y los dueños de la guardería ya desesperaban de tenerlo limpio y homogéneo. Cuando comenzaba el invierno y caían frías lluvias sobre la ciudad, comenzaban a formarse hoyos y pequeños agujeros. El barro cubría el césped en muchas partes. Y los niños correteando o con las pequeñas bicicletas...
- ¡Ah, perdona! -le dijo entonces el césped artifical- olvidaba que tú no vienes de ninguna gran tienda. Claro que con solo mirarte ya podría haberlo adivinado.
El otro césped no dijo nada. Era verdad y, por lo tanto, no había nada que decir.
El verano se acercaba y muchas pequeñas florecillas surgían en los márgenes del césped. Y alguna también lograba sobrevivir un par de días en el propio césped, hasta que algún niño la descubría, la pisaba o la arrancaba.
Era un caluroso día de primavera. Y ocurrió lo que muchas veces pasa en primavera: de repente las nubes se amontonaron. Se avecinaba una tormenta. Se levantó el viento.
- Sopla el viento -dijo el césped artifical, seguro de sí mismo porque sus pequeñas hebras artificiales apenas notaban el paso de un vendabal. Pero al otro césped no podía pasarle lo mismo.
Entonces comenzó a llover. El agua llegó hasta la tierra y se filtraron los grandes goterones entre los verdes tallos del césped. Era un agua fresca y nueva que colmaba la sed del césped. De él se desprendió un suave aroma. Los insectos se refugiaron, las lombrices de tierra se regocijaron. Los pájaros se aprestaron a llenar el buche.
El césped se sintió feliz entre el agua, el viento y la tormenta.
Y el artificial, aunque no dijo nada, se sintió celoso. Él solo se estaba mojando.
martes, 22 de abril de 2014
autopista hacia el cielo
los encapuchados habían apresado a todos los animales y los habían puesto a trabajar en lo mismo: una gran carretera que se alargaba como una gran línea blanca sobre valles y colinas, sobre hierbas y desiertos, que se internaba en la selva, que se llenaba de arena en las costas, que cortaba ríos con pequeños puentes y estrechos de mar con grandes puentes colgantes.
- ¡No puedo más! -decía en aquel momento una pantera.
Apenas había acabado de hablar cuando surgió uno de los encapuchados, salió como salido de la nada y con un látigo pardo y rojo de sangre seca golpeó a la pantera en el hocico. El felino enseñó los dientes durante un instante, el momento justo para que el látigo le restallara en la lengua, salpicando sangre. Y luego el encapuchado se fue.
No es que fueran invisibles, sino que siempre se colocaban por detrás del rabillo del ojo, a un paso del ángulo muerto de la mirada. Tenían forma humanoíde pero no eran hombres, pues ellos eran quienes habían extinguido a la raza humana. Ni primates porque los monos no sufrían mejor destino que los demás.
Un elefante que hasta hacía poco había estado pensando en sublevarse y rebelarse contra el opresor, se lo pensó dos veces tras ver a la pantera sangrante que se esforzaba por tirar de un carro de piedras. Comenzó a trabajar más rápidamente.
- Lo que yo me pregunto es a dónde va esta carretera del infierno -le susurró un gato gris al cuervo que le habían encadenado al cuello.
Encadenaban pájaros a los animales para que ayudaran a levantarse a los que estaban demasiado exaustos. Si el animal moría, los encapuchados mataban a los pájaros que lo acompañaban. Por eso, cuando los pájaros eran encadenados al rinoceronte, lo tomaban como una sentencia de muerte.
- Eso es lo que todos nos preguntamos. Pero tú sigue llevando esas piedras, que ya se acerca el hipopótomo para aplastar esta parte de la carretera.
- Sí. Nuestra magnífica apisonadora animal -se burló el gato
Pero lo que habían tenido por el rinoceronte no era más que un carro tirado por dos burros. La novedad hizo que todos dejaran de trabajar. Los encapuchados no los castigaron por eso.
- Si quieren que miremos lo que hay en el carro, entonces es que es un castigo peor -comentó el gato
En el carro había un gran cartel de color amarillo. De allí lo sacaron unos monos encadenados y lo colocaron en el suelo, al lado de la carretera.
- ¡Mira, gato! -susurró el cuervo- por fin vamos a saber a dónde nos dirigimos, hacia dónde va esta carretera.
El gato también estaba excitado.
Entonces uno de los primates sacó del carro una pequeña jaula en la que había encerrado un ratón con una venda en los ojos. Tras mojar en tinta la cola del ratón, dejó que este buscara su camino sobre la superficie del cartel. El ratón deambuló de un lado a otro por el cartel hasta que dio con el borde y se bajó del cartel. Su cola había escrito unos jeroglíficos ininteligibles.
Después levantaron el cartel y siguieron trabajando. Ahora ya sabían a dónde se dirigía la carretera.
- ¡No puedo más! -decía en aquel momento una pantera.
Apenas había acabado de hablar cuando surgió uno de los encapuchados, salió como salido de la nada y con un látigo pardo y rojo de sangre seca golpeó a la pantera en el hocico. El felino enseñó los dientes durante un instante, el momento justo para que el látigo le restallara en la lengua, salpicando sangre. Y luego el encapuchado se fue.
No es que fueran invisibles, sino que siempre se colocaban por detrás del rabillo del ojo, a un paso del ángulo muerto de la mirada. Tenían forma humanoíde pero no eran hombres, pues ellos eran quienes habían extinguido a la raza humana. Ni primates porque los monos no sufrían mejor destino que los demás.
Un elefante que hasta hacía poco había estado pensando en sublevarse y rebelarse contra el opresor, se lo pensó dos veces tras ver a la pantera sangrante que se esforzaba por tirar de un carro de piedras. Comenzó a trabajar más rápidamente.
- Lo que yo me pregunto es a dónde va esta carretera del infierno -le susurró un gato gris al cuervo que le habían encadenado al cuello.
Encadenaban pájaros a los animales para que ayudaran a levantarse a los que estaban demasiado exaustos. Si el animal moría, los encapuchados mataban a los pájaros que lo acompañaban. Por eso, cuando los pájaros eran encadenados al rinoceronte, lo tomaban como una sentencia de muerte.
- Eso es lo que todos nos preguntamos. Pero tú sigue llevando esas piedras, que ya se acerca el hipopótomo para aplastar esta parte de la carretera.
- Sí. Nuestra magnífica apisonadora animal -se burló el gato
Pero lo que habían tenido por el rinoceronte no era más que un carro tirado por dos burros. La novedad hizo que todos dejaran de trabajar. Los encapuchados no los castigaron por eso.
- Si quieren que miremos lo que hay en el carro, entonces es que es un castigo peor -comentó el gato
En el carro había un gran cartel de color amarillo. De allí lo sacaron unos monos encadenados y lo colocaron en el suelo, al lado de la carretera.
- ¡Mira, gato! -susurró el cuervo- por fin vamos a saber a dónde nos dirigimos, hacia dónde va esta carretera.
El gato también estaba excitado.
Entonces uno de los primates sacó del carro una pequeña jaula en la que había encerrado un ratón con una venda en los ojos. Tras mojar en tinta la cola del ratón, dejó que este buscara su camino sobre la superficie del cartel. El ratón deambuló de un lado a otro por el cartel hasta que dio con el borde y se bajó del cartel. Su cola había escrito unos jeroglíficos ininteligibles.
Después levantaron el cartel y siguieron trabajando. Ahora ya sabían a dónde se dirigía la carretera.
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