lo que Paco más quería era ser un poco más gordo. Siempre había sido el flaco de la clase, el flaco del barrio, el flaco de la ciudad.
- Oye, flaco, a ver cuándo te dan de comer
Y no sabían que su madre lo atiborraba de comida. Pero que tenía un problema hormonal, por eso no podía engordar. La piel se le arrugaba en torno al rostro y le caía fláccida en la barbilla. Tenía nueve años pero ya se le notaba la nuez. No era un monstruo, pero iba camino de serlo.
Un día un niño nuevo llegó al barrio. Vino con su familia, y ocuparon una casa vecina a la de Paco. Al día siguiente apareció por la escuela. Era un niño gordo. Su madre hubiera dicho regordete, rechoncho o feliz. Pero estaba gordo.
La maestra buscó un sitio donde sentarle, y muy a su pesar hubo de colocarlo al lado de Paco el flaco. En seguida comenzaron las risotadas del resto de la clase.
- ¡Pues no sé por qué os reís! -les reprendió la maestra. Pero en realidad sí que lo sabía y sería algo que comentaría después con sus compañeros durante el café, en la sala de profesores. "No tenía otra opción más que la de ponerlos juntos. Pero teníais que haberlos visto, ¡eran tan cómicos! A duras penas no me he reído yo también"
Paco el flaco intentó no intercambiar palabra con el gordito, al que llamaban Pepito. Sus padres habían intentado que su apodo al menos sonara a algo pequeño, ya que las grasas del infante decían lo contrario.
Pepito, en cambio, sí que tenía necesidad de hablar con alguien.
- ¿Y tú cómo lo haces para estar tan flaco?
Paco le miró sorprendido. ¿También lo iba a pisotear un recién llegado?
- ¿Y tú tan gordito? -le respondió con acidez
Pero Pepito no se molestó.
- No lo sé. Debe de ser un problema hormonal, porque yo no como tanto -dijo con sencillez
- No creo que esas grasas tengan mucho que ver con las hormonas. Yo, en cambio...
Y Pepito le entendió sin necesidad de que Paco tuviera que contar más.
- ¿Y se meten contigo por eso? -preguntó delicadamente el recién llegado
Paco asintió.
- Conmigo también. Pero, ¿sabes qué? Hagamos un pacto.
- ¿Un pacto? -preguntó incrédulo Paco
Pepito se puso serio:
- Un paco entre nosotros dos. Para que ya nadie mire nunca ni lo que a ti te falta ni lo que a mí me sobra. ¿Qué te parece?
A Paco le brillaban los ojos. ¿De dónde había salido aquel niño?
- ¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó indeciso
- Cada vez que alguien se meta con nosotros, nos acordaremos del otro. Yo de ti, tú de mí. Y nos reíremos, ¡nos reíremos más que nadie!
Y desde aquel día se hicieron grandes amigos. No siempre consiguieron conservar la sangre fría como para reírse de todas las burlas, pero su amistad ganó todas las fases de la vida y no había nadie que viera a uno sin pensar en el otro. Entre ellos había algo tan especial que deslumbraba y no dejaba ver una nimiedad tan grande o tan pequeña como la cantidad de grasa que había en el cuerpo.
Y eso que era un problema hormonal.
lunes, 31 de marzo de 2014
domingo, 30 de marzo de 2014
la ciudad pijama ii
Pero nadie hizo mucho caso de los animales. La ingeniería genética estaba entonces tan avanzada que ya se habían creado especies de animales adaptadas a todas las necesidades humanas. Tenían un deje artificial, pero eran muy obedientes.
Para cuando el gran fundador murió, los pijamitas se habían extendido por todo el orbe. Pero en todo el planeta no había lugar más sagrado que la Gran Habitación de don Pepe, allí donde había comenzado su incansable labor. Esta era una sucia habitación de un hostal de tres al cuarto, regido por doña María Jiménez, una casera a la que la historia hubiera relegado al olvido si no hubiera sido por su encuentro con don Pepe. Fue ella la primera discípula del gran maestro.
Durante un siglo no se tocó nada en la habitación; el lugar se reverenciaba y solo un selecto grupo de personas tenía el privilegio de visitarla cada año. Pero al cabo del siglo había partes del cuarto que habían de ser remodeladas.
Fue así como descubrieron que, debajo de la cama en la que don Pepe se echaba sus siestas nocturnas, había un pequeño agujero tras un rodapie. Y al investigar, hallaron algo que nadie esperaba encontrar. Se trataba de una arrugada receta médica y un autógrafo de don Pepe.
La receta tenía prescrita unas drogas para dormir, las más poderosas que se usaban cien años antes. Y en el autógrafo del Fundador, estas líneas:
"El doctor ya no sabe qué darme para que concilie el sueño. Hoy me habló de ocupar mis horas de insomnio con algún trabajo. Menudo idiota, ¿a quién se le ocurre trabajar cuando lo que toca es dormir?. Y, sin embargo, su sugerencia me ha dado una idea. Mañana comenzaré a ponerla en práctica. Dejaré aquí este papel como testigo del principio del experimento"
Aquellas palabras soliviantaron a la alta cúpula de los pijamitas, que decidió ocultar las motivaciones que habían impulsado al fundador.
Pero ellos mismos, enterados del secreto, comenzaron a ponerse el pijama alguna que otra noche.
Por si acaso.
Para cuando el gran fundador murió, los pijamitas se habían extendido por todo el orbe. Pero en todo el planeta no había lugar más sagrado que la Gran Habitación de don Pepe, allí donde había comenzado su incansable labor. Esta era una sucia habitación de un hostal de tres al cuarto, regido por doña María Jiménez, una casera a la que la historia hubiera relegado al olvido si no hubiera sido por su encuentro con don Pepe. Fue ella la primera discípula del gran maestro.
Durante un siglo no se tocó nada en la habitación; el lugar se reverenciaba y solo un selecto grupo de personas tenía el privilegio de visitarla cada año. Pero al cabo del siglo había partes del cuarto que habían de ser remodeladas.
Fue así como descubrieron que, debajo de la cama en la que don Pepe se echaba sus siestas nocturnas, había un pequeño agujero tras un rodapie. Y al investigar, hallaron algo que nadie esperaba encontrar. Se trataba de una arrugada receta médica y un autógrafo de don Pepe.
La receta tenía prescrita unas drogas para dormir, las más poderosas que se usaban cien años antes. Y en el autógrafo del Fundador, estas líneas:
"El doctor ya no sabe qué darme para que concilie el sueño. Hoy me habló de ocupar mis horas de insomnio con algún trabajo. Menudo idiota, ¿a quién se le ocurre trabajar cuando lo que toca es dormir?. Y, sin embargo, su sugerencia me ha dado una idea. Mañana comenzaré a ponerla en práctica. Dejaré aquí este papel como testigo del principio del experimento"
Aquellas palabras soliviantaron a la alta cúpula de los pijamitas, que decidió ocultar las motivaciones que habían impulsado al fundador.
Pero ellos mismos, enterados del secreto, comenzaron a ponerse el pijama alguna que otra noche.
Por si acaso.
viernes, 28 de marzo de 2014
la ciudad pijama I
la ciudad pijama debía mucho a su fundador. Lo que comenzó siendo una extravagancia pronto se contagió a otras ciudades. Ya no solo era la fiebre del momento, sino algo más. Poblaciones enteras cambiando, cambió el país y las costumbres que lo regían, las leyes se adaptaron a los nuevos modos...
Pero en ningún lugar era tan fuerte el culto como en la ciudad donde había nacido y crecido el fundador, Pepe Rodríguez Cifuentes.
Fue don Pepe el primero en salir a la calle en pijama. Por las noches, se acostaba con la chaqueta y la corbata puesta y se levantaba de vez en cuando para trabajar.
"La realidad es un sueño", era su máxima. Y en su biografía se puede leer cómo le echaron de su antiguo trabajo y no sufrió más que incomprensión por parte de sus paisanos. Incluso le llegaron a encerrar en el manicomio; allí no solo no enfermó sino que ganó adeptos que sanaron de su locura con su máxima "La realidad es un sueño".
El pijama fue influyendo tanto en la vida de los "pijamitas", como se les llamaba, que muchas veces se quedaban trabajando de noche, perfectamente trajeados, mientras por el día se escondían del sol para pegarse unas grandes siestas.
Fueron justamente las siestas las que propagaron más el movimiento. A nadie le gusta trabajar cuando los otros están durmiendo. El gobierno, preocupado por dar una imagen progresista, se apresuró a promulgar leyes que defendieran a los pijamistas. Lo cual llevó a que muchos realizaran el rito de conversión, tras el que las organizaciones del culto los acogían y, por ende, las leyes proteccionistas del gobierno. Así, una empresa no podía echar a nadie en razón de su sexo, raza o pijamismo. Si alguien optaba por ir a trabajar en pijama y echarse grandes siestas sobre su escritorio... bien, estaba en su derecho.
Hubo empresas que se fueron al garete durante aquellos años solo porque más de la mitad de sus empleados se pasaban el tiempo durmiendo buena parte de la jornada laboral. Y aquella que se atrevía a despedir a alguno de los pijamistas, se arriesgaba a un juicio, mala fama en la prensa, gastos de abogado, gastos de sobornos, etc.
Por eso las nuevas empresas que estaban más marcadas por el signo de los tiempos abrieron por la noche, cuando los pijamistas estaban obligados a trabajar o, a lo menos, a llevar chaqueta y corbata.
La única queja seria la plantearon los ecologistas ante aquel cambio de tornas: durante siglos, si no milenios, los animales se habían adaptado para comportarse como animales durante la noche, cuando el hombre dormía. Pero ahora todo se había vuelto del revés.
Una hermosa manifestación que recorrió el centro de la ciudad tenía a todos los animales de alrededor como protagonistas. Había caballos que llevaban orgullosos carteles de "dejadnos en paz", perros que en el collarín tenían una voz que decía "¿Pero es que nunca nos vais a dejar tranquilos?"
Pero en ningún lugar era tan fuerte el culto como en la ciudad donde había nacido y crecido el fundador, Pepe Rodríguez Cifuentes.
Fue don Pepe el primero en salir a la calle en pijama. Por las noches, se acostaba con la chaqueta y la corbata puesta y se levantaba de vez en cuando para trabajar.
"La realidad es un sueño", era su máxima. Y en su biografía se puede leer cómo le echaron de su antiguo trabajo y no sufrió más que incomprensión por parte de sus paisanos. Incluso le llegaron a encerrar en el manicomio; allí no solo no enfermó sino que ganó adeptos que sanaron de su locura con su máxima "La realidad es un sueño".
El pijama fue influyendo tanto en la vida de los "pijamitas", como se les llamaba, que muchas veces se quedaban trabajando de noche, perfectamente trajeados, mientras por el día se escondían del sol para pegarse unas grandes siestas.
Fueron justamente las siestas las que propagaron más el movimiento. A nadie le gusta trabajar cuando los otros están durmiendo. El gobierno, preocupado por dar una imagen progresista, se apresuró a promulgar leyes que defendieran a los pijamistas. Lo cual llevó a que muchos realizaran el rito de conversión, tras el que las organizaciones del culto los acogían y, por ende, las leyes proteccionistas del gobierno. Así, una empresa no podía echar a nadie en razón de su sexo, raza o pijamismo. Si alguien optaba por ir a trabajar en pijama y echarse grandes siestas sobre su escritorio... bien, estaba en su derecho.
Hubo empresas que se fueron al garete durante aquellos años solo porque más de la mitad de sus empleados se pasaban el tiempo durmiendo buena parte de la jornada laboral. Y aquella que se atrevía a despedir a alguno de los pijamistas, se arriesgaba a un juicio, mala fama en la prensa, gastos de abogado, gastos de sobornos, etc.
Por eso las nuevas empresas que estaban más marcadas por el signo de los tiempos abrieron por la noche, cuando los pijamistas estaban obligados a trabajar o, a lo menos, a llevar chaqueta y corbata.
La única queja seria la plantearon los ecologistas ante aquel cambio de tornas: durante siglos, si no milenios, los animales se habían adaptado para comportarse como animales durante la noche, cuando el hombre dormía. Pero ahora todo se había vuelto del revés.
Una hermosa manifestación que recorrió el centro de la ciudad tenía a todos los animales de alrededor como protagonistas. Había caballos que llevaban orgullosos carteles de "dejadnos en paz", perros que en el collarín tenían una voz que decía "¿Pero es que nunca nos vais a dejar tranquilos?"
miércoles, 26 de marzo de 2014
la presa
El joven lobo vio a su presa; era la primera vez que salía solo de caza. Sus hermanos le acompañaban o eso pensaba él. Pero después de cruzar el río, se dio cuenta de que estaba solo, no le estaban siguiendo.
Pero podría con aquella presa. Era un ciervo, un joven ciervo que, tal y como le pasaba a él, apenas había entrado en la madurez. Una pequeña cornamenta ya asomaba en su cráneo.
El lobo estaba contra el viento. Se movía silenciosamente; sus hermanos decían que parecía un gato montés por lo sigiloso. Y era verdad. Sabía que podía llegar a ser un gran cazador solo por eso.
Cuando el ciervo bajó otra vez la cabeza para arrancar unas hierbas, el lobo se lanzó y le cayó encima. Tenía que matarlo rápido antes de que se le escapara, pero su falta de práctica le hizo fallar el bocado. El ciervo aprovechó aquellos instantes para implorar piedad:
- ¡No me mates, lobo! No lo hagas y sabrás algo que te beneficiará toda tu vida.
El lobo sabía que no debía mirar a los ojos de la presa, pero sin querer sus miradas se cruzaron. Entonces gruñó y le dejó seguir hablando.
- Sé que soy tu primera presa. Lo puedo sentir. Tú yo tenemos la misma edad, lobo. Pero has de saber que, si salvas a tu primera presa, te asegurarás una vida longeva. Serás el que más viva de entre todos tus hermanos.
El lobo gruñó pero, finalmente, le dejó ir.
La profecía se cumplió. El lobo llegó a ser el jefe del clan y el cazador más temido de los contornos. Nunca más concedió clemencia a ninguna otra presa. Envejeció y, aunque su pelo se tornó a gris y su piel se arrugó, no perdió fuerza ni sufrieron sus dientes. Murieron sus padres, sus hermanos y su familia. El resto de la manada lo veía como una leyenda, pero no se atrevían a acercarse a él.
El lobo cazaba solo.
Y un día atacó a un gran ciervo que tenía una gran cornamenta. Era un ciervo noble y fuerte. Cuando iba a asestarle el golpe mortal, el ciervo exclamó:
- ¡Eres tú!
El lobo también pareció reconocerle. Y el ciervo continuó:
- Yo soy aquel joven ciervo con el qu eun día mostraste clemencia. Hazlo hoy también y te prometo que tu vida se alargará aún más, que siempre conservarás tu fuerza y que...
Pero el lobo no le dejó terminar. De un mordisco certero le cortó la yugular. No quería seguir oyéndolo, solo quería calmar su hambre.
Y morir en paz.
Pero podría con aquella presa. Era un ciervo, un joven ciervo que, tal y como le pasaba a él, apenas había entrado en la madurez. Una pequeña cornamenta ya asomaba en su cráneo.
El lobo estaba contra el viento. Se movía silenciosamente; sus hermanos decían que parecía un gato montés por lo sigiloso. Y era verdad. Sabía que podía llegar a ser un gran cazador solo por eso.
Cuando el ciervo bajó otra vez la cabeza para arrancar unas hierbas, el lobo se lanzó y le cayó encima. Tenía que matarlo rápido antes de que se le escapara, pero su falta de práctica le hizo fallar el bocado. El ciervo aprovechó aquellos instantes para implorar piedad:
- ¡No me mates, lobo! No lo hagas y sabrás algo que te beneficiará toda tu vida.
El lobo sabía que no debía mirar a los ojos de la presa, pero sin querer sus miradas se cruzaron. Entonces gruñó y le dejó seguir hablando.
- Sé que soy tu primera presa. Lo puedo sentir. Tú yo tenemos la misma edad, lobo. Pero has de saber que, si salvas a tu primera presa, te asegurarás una vida longeva. Serás el que más viva de entre todos tus hermanos.
El lobo gruñó pero, finalmente, le dejó ir.
La profecía se cumplió. El lobo llegó a ser el jefe del clan y el cazador más temido de los contornos. Nunca más concedió clemencia a ninguna otra presa. Envejeció y, aunque su pelo se tornó a gris y su piel se arrugó, no perdió fuerza ni sufrieron sus dientes. Murieron sus padres, sus hermanos y su familia. El resto de la manada lo veía como una leyenda, pero no se atrevían a acercarse a él.
El lobo cazaba solo.
Y un día atacó a un gran ciervo que tenía una gran cornamenta. Era un ciervo noble y fuerte. Cuando iba a asestarle el golpe mortal, el ciervo exclamó:
- ¡Eres tú!
El lobo también pareció reconocerle. Y el ciervo continuó:
- Yo soy aquel joven ciervo con el qu eun día mostraste clemencia. Hazlo hoy también y te prometo que tu vida se alargará aún más, que siempre conservarás tu fuerza y que...
Pero el lobo no le dejó terminar. De un mordisco certero le cortó la yugular. No quería seguir oyéndolo, solo quería calmar su hambre.
Y morir en paz.
lunes, 24 de marzo de 2014
el sol, la tierra, el tiempo
Comenzaba la primavera.
Los animales del bosque se habían reunido para un picnic. Unos habían traído ballas silvestres, otro moras, aquel unas hojas tiernas, el de más allá un confite de insectos...
También habían traído a sus pequeños consigo. Aquel día no habría nadie que les molestara. La paz era obligatoria en el primer día de la primavera.
Los pequeños saltaban y jugaban entre sí: cachorros castores con una liebre al "corre que te pillo" y cervatillos charlando con pequeños erizos con púas tiernas y flexibles.
Tras la comida, dieron el paseo habitual de todo el grupo.
"No me gustan las actividades de grupo", decía el jabalí, siempre un poco gruñón. Pero, con todo, también se apuntó, como cada año.
El camino era un antiguo sendero que subía hasta una colina que dominaba a las demás. Los pequeños caminaban en tropel alrededor del gran ciervo, pues en su cornamenta estaba posado el búho más viejo de todos, aquel a quien llamaban el gran anciano, que era un gran sabio. Y desde allí les hablaba, les contaba cuentos e historias de tiempos antiguos. En todas sus narraciones, siempre terminaba con la frase,
"y todo bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
Los pequeños estaban demasiado concentrados en el meollo de la historia como para darse cuenta de que todas terminaban con aquella sentencia. Pero el pequeño urogallo se dio cuenta y la preguntó al búho:
- ¿Qué significa eso del sol, la tierra y el tempo?
- El tiempo, pequeño, no el tempo -le corrigió el búho- Pero no puedo explicarte bien qué es. Las palabras apenas llegan para rozar la superficie de... de una misteriosa fuerza que nos une a todos.
Los pequeños sintieron que allí se escondía algún misterio, pero antes de que pudieran preguntar nada más pasó algo inesperado. Desde las primeras filas de la procesión se fue creando el silencio, allí donde antes había habido un ininterrumpido barullo. Y es que en el camino se encontraba un viejo lobo mirando al horizonte, por donde el sol se ponía. Se quedaron callados pero ninguno sintió miedo del viejo lobo, que ni aún en un día normal hubiera logrado atemorizarles, tal era el aspecto de su vejez.
El sol teñía el inferior de las nubes de un color anaranjado, el mismo que limbaba las copas de los árboles, y parecía que se llevara en su puesta todos los recuerdos que se habían acumulado durante el día.
Con un silencioso respeto la procesión pasó por detrás del viejo lobo. Nadie se atrevió a interrumpirle. Cuando ya lo había dejado atrás, el pequeño urogallo murmuró
"bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
El búho lo miro complacido y ya nadie se atrevió a preguntar más. Lo habían entendido.
Los animales del bosque se habían reunido para un picnic. Unos habían traído ballas silvestres, otro moras, aquel unas hojas tiernas, el de más allá un confite de insectos...
También habían traído a sus pequeños consigo. Aquel día no habría nadie que les molestara. La paz era obligatoria en el primer día de la primavera.
Los pequeños saltaban y jugaban entre sí: cachorros castores con una liebre al "corre que te pillo" y cervatillos charlando con pequeños erizos con púas tiernas y flexibles.
Tras la comida, dieron el paseo habitual de todo el grupo.
"No me gustan las actividades de grupo", decía el jabalí, siempre un poco gruñón. Pero, con todo, también se apuntó, como cada año.
El camino era un antiguo sendero que subía hasta una colina que dominaba a las demás. Los pequeños caminaban en tropel alrededor del gran ciervo, pues en su cornamenta estaba posado el búho más viejo de todos, aquel a quien llamaban el gran anciano, que era un gran sabio. Y desde allí les hablaba, les contaba cuentos e historias de tiempos antiguos. En todas sus narraciones, siempre terminaba con la frase,
"y todo bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
Los pequeños estaban demasiado concentrados en el meollo de la historia como para darse cuenta de que todas terminaban con aquella sentencia. Pero el pequeño urogallo se dio cuenta y la preguntó al búho:
- ¿Qué significa eso del sol, la tierra y el tempo?
- El tiempo, pequeño, no el tempo -le corrigió el búho- Pero no puedo explicarte bien qué es. Las palabras apenas llegan para rozar la superficie de... de una misteriosa fuerza que nos une a todos.
Los pequeños sintieron que allí se escondía algún misterio, pero antes de que pudieran preguntar nada más pasó algo inesperado. Desde las primeras filas de la procesión se fue creando el silencio, allí donde antes había habido un ininterrumpido barullo. Y es que en el camino se encontraba un viejo lobo mirando al horizonte, por donde el sol se ponía. Se quedaron callados pero ninguno sintió miedo del viejo lobo, que ni aún en un día normal hubiera logrado atemorizarles, tal era el aspecto de su vejez.
El sol teñía el inferior de las nubes de un color anaranjado, el mismo que limbaba las copas de los árboles, y parecía que se llevara en su puesta todos los recuerdos que se habían acumulado durante el día.
Con un silencioso respeto la procesión pasó por detrás del viejo lobo. Nadie se atrevió a interrumpirle. Cuando ya lo había dejado atrás, el pequeño urogallo murmuró
"bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
El búho lo miro complacido y ya nadie se atrevió a preguntar más. Lo habían entendido.
domingo, 23 de marzo de 2014
el lenguaje de las piedras
Las piedras hablan entre sí. Esto es algo que pocos humanos saben, porque los humanos son gente apresurada que viven en apenas un suspiro para las piedras; cuando ellas terminan de decir una sola palabra, ya han pasado generaciones de humanos.
Pero, en una ocasión, había una piedra que tenía más prisa que las otras por hablar. Sobre todo tenía prisa proque le contestaran a una pregunta. Era algo que siempre le había preocupado:
- ¿Cómo morimos las piedras?
La piedra era joven y llena de aristas. Su madre había sido un tremendo meño que, de lo alto de una montaña, se despeñó con ocasión de unas fuertes lluvias. En su caída aplastó plantas e insectos, auyentó a efímeros seres con cuernos y... dio a luz a un montón de piedrecitas, a la vez que fecundó todas aquellas sobre las que cayó.
De entre aquellas piedrecitas destacaba nuestra piedra preguntona.
El problema surgió con el lenguaje, pues las piedras no tenían ninguna palabra para "morir", pues ninguna de ellas moría, o no en el sentido que los seres acuosos le dan al término. La vida de una piedra es un transmutarse continuamente en otras más pequeñas, o en amalgamarse con otras durante un tiempo.
Así que la piedra preguntona estuvo probando diferentes combinaciones de palabras y sonidos con las que expresar el sentido que quería a su frase. No fue una tarea fácil y le llevó más tiempo del que sería posible contar. Durante millones de años formuló su pregunta, pues cada palabra le costaba pronunciarla cien mil años. Y durante aquel tiempo el río cambio de curso, las montañas de forma, la vegetación de preferencias, el clima de estaciones.
Pero había dicho lo que quería decir. Se encontraba satisfecha. Las piedras a su alrededor que habían estado pendientes de sus palabras durante tanto tiempo se apresuraron a pasar el mensaje a las piedras vecinas para ver si alguna daba con la respuesta adecuada.
Tras muchísimo tiempo, cuando nuestra piedrecita vivía ahora en un desierto y no era más que un pequeño grano de arena -ella, de cuyo abuelo se decía que había estado en la cima de una montaña- le llegaron rumores de una respuesta. ¡ Una respuesta, por fin!
Y llegó, pero no de la forma que ella esperaba.
Un día la tierra comenzó a calentarse más de lo normal, y a partir de allí ya no cejó aquel continuo calentamiento. Y luego un terremoto como ninguno que había vivido la empujó hacia un enorme cráter de donde comenzó a surgir un volcán. La boca del volcán se abrió justo debajo de donde se encontraba la piedrecita, y fue así que el volcán se la tragó, la fundió y la mató. Para cuando la volvió a escupir era otro ser, otra piedra.
Y esta nueva piedra también tenía una pregunta, casi como una reminiscencia de una reencarnación anteiror. Y la pregunta era:
- ¿Cómo nacemos las piedras?
Pero, en una ocasión, había una piedra que tenía más prisa que las otras por hablar. Sobre todo tenía prisa proque le contestaran a una pregunta. Era algo que siempre le había preocupado:
- ¿Cómo morimos las piedras?
La piedra era joven y llena de aristas. Su madre había sido un tremendo meño que, de lo alto de una montaña, se despeñó con ocasión de unas fuertes lluvias. En su caída aplastó plantas e insectos, auyentó a efímeros seres con cuernos y... dio a luz a un montón de piedrecitas, a la vez que fecundó todas aquellas sobre las que cayó.
De entre aquellas piedrecitas destacaba nuestra piedra preguntona.
El problema surgió con el lenguaje, pues las piedras no tenían ninguna palabra para "morir", pues ninguna de ellas moría, o no en el sentido que los seres acuosos le dan al término. La vida de una piedra es un transmutarse continuamente en otras más pequeñas, o en amalgamarse con otras durante un tiempo.
Así que la piedra preguntona estuvo probando diferentes combinaciones de palabras y sonidos con las que expresar el sentido que quería a su frase. No fue una tarea fácil y le llevó más tiempo del que sería posible contar. Durante millones de años formuló su pregunta, pues cada palabra le costaba pronunciarla cien mil años. Y durante aquel tiempo el río cambio de curso, las montañas de forma, la vegetación de preferencias, el clima de estaciones.
Pero había dicho lo que quería decir. Se encontraba satisfecha. Las piedras a su alrededor que habían estado pendientes de sus palabras durante tanto tiempo se apresuraron a pasar el mensaje a las piedras vecinas para ver si alguna daba con la respuesta adecuada.
Tras muchísimo tiempo, cuando nuestra piedrecita vivía ahora en un desierto y no era más que un pequeño grano de arena -ella, de cuyo abuelo se decía que había estado en la cima de una montaña- le llegaron rumores de una respuesta. ¡ Una respuesta, por fin!
Y llegó, pero no de la forma que ella esperaba.
Un día la tierra comenzó a calentarse más de lo normal, y a partir de allí ya no cejó aquel continuo calentamiento. Y luego un terremoto como ninguno que había vivido la empujó hacia un enorme cráter de donde comenzó a surgir un volcán. La boca del volcán se abrió justo debajo de donde se encontraba la piedrecita, y fue así que el volcán se la tragó, la fundió y la mató. Para cuando la volvió a escupir era otro ser, otra piedra.
Y esta nueva piedra también tenía una pregunta, casi como una reminiscencia de una reencarnación anteiror. Y la pregunta era:
- ¿Cómo nacemos las piedras?
sábado, 22 de marzo de 2014
el pajaro tuerto
En el bosque todo los pájaros cantaban, ¡llegaba la primavera! Todos, sí, menos uno. Era el pájaro tuerto. Uno hubiera dicho que para él siempre era invierno.
Las mamás amenazaban a sus pequeños con el pájaro tuerto para que se acabaran su comida o para que se durmieran a la hora.
- Si no te comes la comida, vendrá el pájaro tuerto a por ella.
Pero el pájaro tuerto no sabía nada de eso. Vivía solo, sí, pero no había elegido hacerlo. La vida le había llevado por ese camino. Y ahora, de alguna forma, parecía muy tarde para cambiar.
La gente le temía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Uno de sus ojos había desaparecido tras un encuentro con un gato: él aún era pequeño cuando sucedió.
- No se te ocurra acercarte a ese jardín -le había dicho su madre
Pero él se olvidó de sus consejos. Y por eso curioseó en el jardín y la casa del final del pueblo. Allí había una niña que le silbaba y jugaba con él cuando el pajarito se posaba en el alfeizar de su ventana.
Pero un día el gato le saltó encima. No lo vio venir y aún se sintió afortunado de que solo se hubiera cobrado un ojo. Podía haber sido la vida.
- Así aprenderás -le había dicho uno de sus hermanos
Pero él todavía echaba de menos a la niña. Pensaba que todo había sido un accidente, y que la amistad con aquella encantadora humana bien valía un poco de riesgo.
Sin embargo, cuando volvió al alféizar de la ventana, tras asegurarse que el gato andaba bien lejos, la niña no solo no jugó con él, sino que lo ahuyentó; llamó llorando a su nana, quejándose del monstruo que se había posado en su ventana.
El accidente le había desfigurado.
Y no solo fue la niña la única que le rehuía, sino todos los pájaros. Sus familiares se esforzaban por disimular su malestar, pero los otros simplemente le evitaban. Así que se internó en partes del bosque donde había pocos pájaros y allí gastaba sus horas.
Un día que estaba cantando su soledad aparecieron unos niños de excursión por la zona. No la vieron, pero sí le oyeron.
- ¡Qué canto más bonito! -se dijeron. Y para oírle se quedaron allí sentados toda la tarde.
El pájaro tuerto se quedó sorprendido. ¡Tenía compañía! Les gustaba como cantaban. Y decidió cantar como nunca antes lo había hecho. En sus trinos relató la emoción con la que comenzó a vivir, la alegría de saberse amado y el gozo de la primavera. Luego su canto recayó en el accidente que tanto le había marcado, en el rechazo de la niña y de todos los seres que se encontraba. Lúgubremente, finalizó su tonada con la soledad que embargaba su corazón.
Los niños escuchaban maravillados. A uno de ellos se le resbalaban las lágrimas.
- Quedémonos aquí a dormir -propuso otro.
Y así durmieron. El pájaro tuerto les cantó nanas silvanas de tiempos inmemoriables bajo las que, uno a uno, fueron cayendo dormidos.
A la mañana siguiente despertaron. Todo el bosque estaba en silencio.
- ¿Dónde se habrá ido el pájaro que tan bien nos cantó ayer al atardecer? -se preguntó uno
Entonces dieron con el cadáver de un pajarito negro que había caído entre las piedras de la fogata del campamento.
- ¡Mira! -dijo uno- ¿no será este pobrecito? Habrá venido para calentarse al fuego
Pero otro lo movió con el palo y, viendo su cara desfigurada, dijo,
- Imposible. Este es un monstruo de un solo ojo. ¿Por qué no lo quemamos?
El resto de niños aplaudió a la idea. Solo el que lo había encontrado sintió pena, y se propuso guardar las cenizas que quedaran de aquel pájaro para siempre llevarlas consigo.
Las mamás amenazaban a sus pequeños con el pájaro tuerto para que se acabaran su comida o para que se durmieran a la hora.
- Si no te comes la comida, vendrá el pájaro tuerto a por ella.
Pero el pájaro tuerto no sabía nada de eso. Vivía solo, sí, pero no había elegido hacerlo. La vida le había llevado por ese camino. Y ahora, de alguna forma, parecía muy tarde para cambiar.
La gente le temía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Uno de sus ojos había desaparecido tras un encuentro con un gato: él aún era pequeño cuando sucedió.
- No se te ocurra acercarte a ese jardín -le había dicho su madre
Pero él se olvidó de sus consejos. Y por eso curioseó en el jardín y la casa del final del pueblo. Allí había una niña que le silbaba y jugaba con él cuando el pajarito se posaba en el alfeizar de su ventana.
Pero un día el gato le saltó encima. No lo vio venir y aún se sintió afortunado de que solo se hubiera cobrado un ojo. Podía haber sido la vida.
- Así aprenderás -le había dicho uno de sus hermanos
Pero él todavía echaba de menos a la niña. Pensaba que todo había sido un accidente, y que la amistad con aquella encantadora humana bien valía un poco de riesgo.
Sin embargo, cuando volvió al alféizar de la ventana, tras asegurarse que el gato andaba bien lejos, la niña no solo no jugó con él, sino que lo ahuyentó; llamó llorando a su nana, quejándose del monstruo que se había posado en su ventana.
El accidente le había desfigurado.
Y no solo fue la niña la única que le rehuía, sino todos los pájaros. Sus familiares se esforzaban por disimular su malestar, pero los otros simplemente le evitaban. Así que se internó en partes del bosque donde había pocos pájaros y allí gastaba sus horas.
Un día que estaba cantando su soledad aparecieron unos niños de excursión por la zona. No la vieron, pero sí le oyeron.
- ¡Qué canto más bonito! -se dijeron. Y para oírle se quedaron allí sentados toda la tarde.
El pájaro tuerto se quedó sorprendido. ¡Tenía compañía! Les gustaba como cantaban. Y decidió cantar como nunca antes lo había hecho. En sus trinos relató la emoción con la que comenzó a vivir, la alegría de saberse amado y el gozo de la primavera. Luego su canto recayó en el accidente que tanto le había marcado, en el rechazo de la niña y de todos los seres que se encontraba. Lúgubremente, finalizó su tonada con la soledad que embargaba su corazón.
Los niños escuchaban maravillados. A uno de ellos se le resbalaban las lágrimas.
- Quedémonos aquí a dormir -propuso otro.
Y así durmieron. El pájaro tuerto les cantó nanas silvanas de tiempos inmemoriables bajo las que, uno a uno, fueron cayendo dormidos.
A la mañana siguiente despertaron. Todo el bosque estaba en silencio.
- ¿Dónde se habrá ido el pájaro que tan bien nos cantó ayer al atardecer? -se preguntó uno
Entonces dieron con el cadáver de un pajarito negro que había caído entre las piedras de la fogata del campamento.
- ¡Mira! -dijo uno- ¿no será este pobrecito? Habrá venido para calentarse al fuego
Pero otro lo movió con el palo y, viendo su cara desfigurada, dijo,
- Imposible. Este es un monstruo de un solo ojo. ¿Por qué no lo quemamos?
El resto de niños aplaudió a la idea. Solo el que lo había encontrado sintió pena, y se propuso guardar las cenizas que quedaran de aquel pájaro para siempre llevarlas consigo.
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