viernes, 28 de febrero de 2014

la autopista en el desierto de cristal

- Dime qué quieres que haga y lo haré -lo dijo en tono serio. Tan serio, que sus antenas se tensaron como finas torres saliendo de su redoneada y brillante cabeza.
- No serás capaz -le respondió el otro
Por nacimiento, habían sido excluídos de cualquier posibilidad para copular con una hembra; por eso, como muchos otros similares a ellos, dedicaban sus esfuerzos a cultivar amistades a prueba de bomba. Eran románticos entre sí, pero era un romanticismo asexual. El mismo romanticismo que poseen las estrellas entre sí.
- No hay nada de lo que no sea capaz. Dime qué quieres que haga y lo haré -repitió
Lo intentaría y aquello sería la prueba de fuego de su amistad. Si volvían victoriosos, no habría nada que los detuviera. ¿Quién sabe? Tal vez la reina se fijara en ellos y pudieran participar en el rito de la copulación.
- Conoces el desierto de cristal -comenzó entonces a explicarle. El otro apenas se atrevía a moverse: ¡por fin tendría una prueba digna de su deseo de amistad!
- Sí -dijo, sintiendo la tensión del momento -lo he visto de lejos.
- Quiero que vayamos por uno de sus caminos
¡Así que era eso! Los caminos del desierto de cristal. Pocos habían ido y vuelto para contarlo. Decían que continuaban hasta el infinito y que no paraban de entrelazarse y enredarse, como si estuvieran vivos, como si no tuvieran más deseo que el de perder a los viandantes.
- Vamos -fue lo único que dijo. Le demostraría que estaba a la altura de sus palabras. ¿No había dicho que haría cualquier cosa? Era el momento de demostrarlo.
Los dos se pusieron en camino. En el desierto de cristal habían cuatro soles, pero los cuatro estaban apagados ahora. Tan solo les llegaba una tenue luz de un desierto cercano.
No fue difícil llegar a las inmediaciones de los caminos blancos. Cuatro grandes sendas se internaban en aquel infinito de reflejos.
- ¿Qué camino tomaremos? -quiso preguntar. Pero no dijo nada. Demostraría que sabía dónde se metía, que era el guía adecuado, el compañero firme, el buen amigo.
Apenas habían comenzado a andar cuando dos de los cuatro soles comenzaron a iluminar con fuerza, como si alguien los hubiera encendido.

***

- Encontré los palillos para los oídos. Estaban en el baño -le dijo la pequeña Lucía a su madre.
- ¿Y qué es eso que tienes en el dedo? -preguntó ella, extrañada
- Migas -respondió la pequeña.
La madre no la entendió, así que fue ella misma al cuarto de baño. Encendió las cuatro luces. La cabina de la ducha seguía siendo la reina del cuarto de baño, con sus limpias paredes de cristal y los trazados de blancas silueta simulando enredaderas que la cruzaban de un lado a otro. Por fin encontró lo que buscaba. Dos pequeñas manchitas negras estaban aplastadas sobre la silueta blanca. Una de ellas aún movía sus piernecitas en cuerpo cercenado por el tronco.
- ¡Ah, hormigas! -dijio la madre, entendiendo por fin lo que la pequeña le había dicho.

jueves, 27 de febrero de 2014

el catarro del señor conejo

El señor conejo siempre decía que había que cuidar del jardín con mucho cuidado. Que había que regar las zanahorias diariamente. Si el sol era demasiado fuerte, el señor conejo ponía un gran paraguas que le había regalado un topo que viajaba por allí y que no lo utilizaba demasiado. El señor conejo no tenía grandes zanahorias, ni eran famosas por nada en especial. Pero en el vecindario lo conocían como "el de las zanahorias, el señor conejo" y él mismo tenía esperanzas de, algún día, llegar a las competiciones internacionales de zanahorias.
- Pero lo importante es estar en la brecha. Trabajar -le había dicho no más hacía dos días a la señora cigueña, que pasaba por ahí.
Había días que llovía demasiado, y entonces el señor conejo cuidaba que no se formaran charcos en su pequeña huerta. Incluso echaba un ojo al riachuelo que había colindando su finquita, no fuera que se llenara demasiado y le inundara sus huertas.
El vecino el señor oso hormiguero, que tenía canónigos en su jardín, envidiaba al señor conejo por su dedicación.
- Usted sí que tiene vocación de jardinero -le decía.
Y el señor conejo sacaba pecho y se sentía a sus anchas.
Pero un día el señor conejo se levantó con catarro. Un catarro tonto, sin fiebre ni nada, pero con una moquera constante que le chorreaba las narices. Como no tenía ninguna gran enfermedad, decidió que había que trabajar. Salió al jardín. Pero en vez de ocuparse de sus preciosas zanahorias, el señor conejo se sentó a la sombra de un árbol.
- ¡Pero qué cansado estoy! -se dijo
Y allí se quedó, dormido. Fue en aquel momento que pasó algo inesperado y para lo que más le hubiera valido la pena estar despierto: un grupo de ratones campestres pasó por el huerto y, como tenían hambre, sacaron de allí algunas zanahorias. Al señor conejo lo vieron allí, durmiendo a la sombra del árbol, pero no les preocupó:
- Será un vagabundo como nosotros que también ha comido algunas zanahorias y ahora duerme la siesta. -se dijeron
Y luego se fueron. En silencio, claro, no fuera que el durmiente se despertara.
Pero el señor conejo se acabó despertando. Y lo primero que vio fue su precioso huerto con aire maltratado.
- ¿Pero qué ha pasado? -comenzó a lamentarse.
Corrió hacia la tierra removida y allí pudo contar los agujeros que ahora cercenaban su césped, allí donde antes había habido espléndidas zanahorias.
- ¡Cuatro zanahorias me han robado! ¡Cuatro soles que tenía aquí creciendo, cuatro campeonas, madres de futuras campeonas!
Y comenzó a llorar. Su vecino el señor oso hormiguero oyó sus lamentaciones y salío a preguntarle que pasaba.
- ¿Pues qué ha de pasar sino que algún desalmado me ha robado zanahorias? -se quejó el conejo, demasiado alterado para controlar la furia y la frustración que le dominaba.
El señor oso hormiguero se mosquó un tanto, pero decidió no darle importancia que, al fin y al cabo, el señor conejo había sufrido una gran desgracia.
- ¿Pero cómo ha podido pasarle a usted eso, usted que siempre están tan vigilante con sus zanahorias?
El conejo le explicó de su catarro y cómo se había quedado dormido bajo el árbol.
- ¡Pues qué! -dijo el oso hormiguero- Otra vez que se encuentre usted bajo de defensas, avíseme y váyase a descansar. Que hacer las cosas a medias con la excusa de la enfermedad es la mejor forma de deshacerlas.
Así habló el oso hormiguero y el conejo no pudo más que callarse, pues sentía que toda la razón la tenía aquel vecino.
El de los canónigos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

el teléfono de la señora muerte II

En estas, Sebastián dió con uno al que convenció con su obsesión. Se llamaba Mario y tenía un cáncer terminal. Nadie iba a verle porque había sido una persona muy egoísta en su juventud, y ni siquiera era rico por lo que no había parientes que se interesaran por su salud.
- Sebastián, conmigo has tenido suerte. Ya verás que le saco el teléfono y, si hablas con ella, no te olvides de decirle algo para mí, que tal vez me puedas resucitar y todo.
Ante un acólito tan dispuesto, Sebastián le prometió el oro y el moro en el caso de que consiguiera el teléfono de la señora muerte.
Aconteció que a Mario le pasó lo que nadie esperaba que le pasara: tuvo un ataque cardiaco. Por suerte se encontraba en el hospital y en seguida tuvo encima a un médico, tres enfermeras y otro enfermo que, en ese momento, estaba de visita por los pasillos, amén de la señora de la limpieza que miraba toda la operación con la atención que solo merecen las buenas telenovelas.
- ¿Dónde está el señor Mario? -preguntó Sebastián cuando ese día se acercó  por el hospital. Aunque tenía prisa porque se muriera, también le gustaba hablar con el único que no le veía como un pájaro de mal agüero.
La enfermera de la entrada, que ya le conocía, le mandó con malas maneras a reanimación. Si no fuera porque el mismo Mario había dado instrucciones para considerar a Sebastián como a un familiar, no le hubiera dicho nada.
Cuando Sebastián entró de un golpe en la habitación, Mario le estaba mirando. Sus ojos le brillaban.
- ¡Lo tengo, lo tengo, Sebastián!
Sebastián estaba que no cabía en sí de gozo.
- Rápido, dímelo... ¿o lo has apuntado? ¿dónde lo tienes?
- No lo he apuntado, sino que lo guardo todo aquí -y con un dedo se señaló la cabeza.
Pero Sebastián, a pesar de la emoción que lo embargaba, no pudo dejar de notar que el dedo temblaba un poco y que la piel del moribundo estaba más pálida de lo normal.
- ¿Pero eso no es muy inseguro? -preguntó- ¿No puede ser que...?
No quería decir lo peor, así que atajó por otro lado:
- ¿y si lo olvidas?
- ¡Bah!, solo son nueve cifras. ¡Imagínate! Nueve cifras, y yo que he sido todo un campeón memorizando números. Pero, ¡oye, Sebastián!, yo apenas tuve tiempo para hablar con ella cuando ella me dio el recado para ti. Dice que ha oído mucho de ti por otros del hospital, y en parte por eso me mandó de vuelta.
- ¡Dímelos! -le interrumpió Sebastián, que veía que la piel de Mario tiznaba a un verde enfermizo y que su voz se hacía más etérea.
- Pues a eso voy, mira...
Y le fue dictando los números. Sin embargo, cuando solo faltaban dos se desmayó. Y al rato comenzó a sonar el aparato que tenía a su lado: ¡el corazón le había vuelto a fallar!
Sebastián salió de allí presa del nerviosismo. ¡Solo le faltaba un número! Valía la pena probar. ¿Cuántas posibilidades había, diez, once? Cuanto antes se pusiera a ello, mejor.
Sacó con manos temblorosas su móvil del bolsillo. Y marcó la primera de las combinaciones:
- Charcutería el donostiarra, ¿dígame? -respondió una voz
Sebastián lanzó un taco y marcó el siguiente número. Pero no hubo suerte; una oficina de brokers, un supermercado, un fontanero... todo un reino de gente viva y coleante que no hacía más que molestarle en su búsqueda. ¡Y por fin solo le quedaba un número por probar! ¿Tal vez se había equivocado Mario? ¿Y si le había gastado una broma? Pensaba con horror en esa posiblidad, cuando una voz le sobresaltó.
- No te gastó ninguna broma
Levantó la vista para ver quién le hablaba. Era un ser encapuchado al que no se le veía el rostro. Una mano la tenía oculta entre los pliegues del manto. La otra, esquelética, sujetaba una gran guadaña.
- No va a hacer falta que me llames, Sebastián. He venido en persona. ¿Qué te parece si vamos a buscar a Mario?
Sebastián no pudo responder. Sentía que su cuerpo no le respondía y solo le llegó en la lejanía, como si un mundo de aguas turbias se interpusiera entre ellos, la voz de una enfermera que pasaba por allí y se inclinaba sobre el trozo de carne que antes había contenido su ser, como un vaso frágil que, una vez roto, derramaba su alma por el suelo:
- ¡Que alguien llame a un médico! -gritaba la enfermera.
Entonces el encapuchado volvió a hablar y si sebastián hubiera sentido sus huesos, estos habrían vibrado con la voz del desconocido:
- Será mejor que nos vayamos ya, Sebastián. Seguro que hay muchas cosas de las que quieres hablar. Pero no te preocupes. Tenemos tiempo. Mucho tiempo.
"Tiempo" lanzó la conciencia de Sebastián como un último aleteo antes de sumergirse en el mar del olvido.

domingo, 23 de febrero de 2014

el teléfono de la señora muerte I

- La muerte no tiene teléfono -dijo el niño en la consulta del dentista. La madre se rió, la enfermera se rió, una anciana que estaba leyendo el "hola" también se rió. Pero había un niño que no se rió.
Era un niño moreno y con pelo rizado, granos en la cara, manos largas y huesudas, ojos grandes, gafas de pasta. A su lado estaba su madre, vestida toda de negro y toda huesos. Apretaba fuertemente su mandíbula mientras miraba con severidad a toda la gente de la consulta.
"La muerte no tiene teléfono", resonaban en la cabeza del niño aquellas palabras. Se llamaba Sebastián. Miró a su madre con intención de preguntarle más sobre aquella frase y por qué se habían reído tanto los otros. Pero no ella, no su madre, que nunca se reía. Y, como tantas otras veces, Sebastián reprimió el deseo que tenía de preguntarle nada. Demasiadas veces solo había recibido la respuesta "no preguntes tonterías", restallando en su conciencia como un látigo.
Pero no olvidó aquella frase casual.
Pasó el tiempo. Su madre murió cuando él aún era estudiante; su querida y odiada madre había desaparecido de la faz de la tierra.
"De mí no quedará nada. Hasta tu recuerdo se desvanecerá, Sebastián", le dijo en su lecho de muerte.
Pero Sebastián apenas podía escucharla. En la cercanía de la muerte que se cernía sobre su madre, sus oídos estaban llenos de aquella frase de su niñez: "la muerte no tiene teléfono".
En el cementerio a su madre solo la despidieron él, el sepulturero y una tía de su madre que venía en silla de ruedas y que parecía no entender cómo era posible que su sobrina se hubiera muerto antes que ella. No hubo servicio religioso por expreso deseo de la difunta. "De mí no quedará nada", había dicho.
Y fue allí cuando le llegó la idea a Sebastián, una idea que daría forma a su vida de aquel momento en adelante: "encontraré el teléfono de la muerte, la llamaré y hablaré con ella y no vendrá a por mi´".
Su tarea no era fácil; el mismo Hércules no hubiera sabido por dónde empezar. ¿Tal vez las páginas amarillas? ¿La base de datos de Hacienda? ¿La agenda de un organizador de concursos de la tele?
Sebastián se puso a ello. Y pasaron los años. Era especialista en visitar a los moribundos, de suerte que ya lo conocían en los hospitales y tanatorios como ave de mal agüero, pues solo visitaba los desahuciados.
A los moribundos los entrevistaba esperando sacar de la conversación alguno de los números malditos. Y a algunos incluso les encomendaba la tarea de darles el recado a la muerte en el momento en que esta apareciera: "Sebastián quiere hablar contigo" o "Sebastián quiere llamarte" o "Sebastián quiere tu teléfono".

viernes, 21 de febrero de 2014

el gigante cascadientes ii

solo que aquella estaba cerrada. ¿qué hacer? Sentía tanto miedo que le pareció que había enloquecido de repente. Aquel ser grande y terrible se acercaba a gran velocidad. ¿A dónde huir? Ya se agachaba y estiraba una mano con la que atraparlo. Cascadientes estaba tan aterrorizado que no podía ni moverse.
En aquel momento se oyó un pequeño grito. El gigante se volvió hacia aquel sonido, pero no pudo distinguir nada. Y es que se trataba del pequeño pitufo buenasfuentes que intentaba llamar la atención del megagigante. Solo que aquel podía oírle pero no verle.
- ¡Aquí, ven aquí! -le gritó buenasfuentes.
Cascadientes aprovechó la distracción para esconderse rápidamente. ¿Cómo haría para cruzar la puerta? ¡Pues con la llave, naturalmente, la misma que le habían dado antes de entrar en el laberinto! "Una buena llave siempre viene a mano", le había dicho el guardián del laberinto en su puerta. Entonces no le había dado importancia pero ahora, ¡qué diferencia tener esa llave de no tenerla!
Aprovechando que el megagigante aún estaba buscando a buenasfuentes, Cascadientes corrió hasta la puerta. Sacó la llave de su bolsillo y la metió allí.
- ¡Espérame! -oyó que le gritaban.
Era buenasfuentes que venía corriendo. Detrás venía el megagigante, incapaz de ver al pequeño buenasfuentes pero sin ningún problema para distinguir a cascadientes pegado junto a la pequeña puerta.
El miedo dio alas a cascadientes, que sin pensarlo dos veces abrió la puerta y se metió por ella. Luego comenzó a cerrarla.
- ¡No cierres, espérame! -le gritó buenasfuentes
¿Qué hacer? El megagigante podía alcanzarle en cualquier momento. ¿Cómo atreverse a esperar al pitufo? Un pitufo... como aquellos a los que despreciaba, de los que se creía mejor. Un pitufo que el megagigante parecía incapaz de encontrar. Pero un pitufo que se había arriesgado por él.
- ¡Espérame! -le gritaba el pitufo
Y entonces, Cascadientes, superando el miedo que le atenazaba, hizo algo muy valiente. Volvió a abrir la puerta y salió por ella. Allá venía buenasfuentes corriendo y el megagigante detrás.
- ¡De prisa! -le gritó al pitufo, y dejó que aquel entrara primero. Después se metió él rápidamente y, justo cuando la gran mano del megagigante les alcanzaba, cerró la puerta tras de sí. Pero en vez de oír la mano golpeando o destrozando la puerta. lo que les llegó a sus oídos fue una extraña frase
"los cisnes ya pueden volar", dijo el gigante. Y luego lo repitió otra vez.
"los cisnes ya pueden volar".
Cascadiente sy el pitufo buenasfuentes volvieron por dónde habían venido. Al llegar al otro lado, contaron su aventura al guardián, que les miraba con ojos pacíficos.
- ¿Y qué fue lo que dijo el gigante cuando os escapasteis? -preguntó
- Que los cisnes ya podían volar. ¿No es extraño? -respondió buenasfuentes
- No. Eso es el mayor elogio que podía hacer. Él es amigo de nuestra raza. Nunca os hubiera hecho nada. Habéis superado la prueba. Y con creces.

Y desde aquel día cascadientes no volvió a burlarse de los pitufos. Se convirtió en un respetable gigante e hizo amistad con buenasfuentes. Acabó teniendo una gran tienda de charcutería y allí, bajo el cartel, tenía un lema escrito: "La grandeza no se mide por el tamaño, sino por el corazón"

jueves, 20 de febrero de 2014

el gigante castadientes I

Le gustaba ser un gigante. Corría detrás de los enanos hasta que no quedaba ninguno a la vista.
- ¡Ja! -les gritaba para asustarles
Se sentía fuerte. Y joven, y lleno de vida.
- No deberías asustar a los pitufos -le reprochaba la nana.
Los pitufos eran la gente pequeña, la que apenas le llegaba a la rodilla. Vivían juntos en el pueblo, pero eran los gigantes los dueños de las tiendas de comestibles y los encargados de hacer la guerra a los gigantes vecinos. Los pitufos, en cambio, se dedicaban a la banca y a hacer vestidos para los gigantes. Ellos mismos se vestían solo con harapos. En cambio, los gigantes gustaban de adornarse con sofisticados trajes llenos de colorido.
Pero el gigante no hacía caso a la nana. Al fin y al cabo ella también era un pitufo. Cuando el gigante tenía siete años ya era más alto que ella. Y ahora le triplicaba en tamaño. Pero la respetaba por la fuerza de la costumbre.
En cambio los otros gigantes le dejaban hacer.
- Ya llegará su día en el laberinto -advertía su tío a tu madre, la única que se preocupaba por el comportamiento de su hijo.
El día del laberinto era el día en el que el gigante se haría mayor de edad. Después de eso se pondría al trabajaría en algún establecimiento de comida o de guerra. Y más tarde el pueblo entero aunaría fuerzas para que el gigante fuera el dueño de su propia tienda, nueva si no había ninguna vacante. Esto no era tan raro como pueda parecer, pues frecuentemente los gigantes salían a guerrear con los gigantes vecinos. Por su parte, los pitufos no gustaban de tener demasiados hijos y, aunque su población crecía más rápido que la de los gigantes, a nadie llegaba nunca a preocuparle.
"El laberinto debe de ser una gran prueba. Seré digno hijo de mi padre", pensaba nuestro gigante para sí. Y la madre tenía prisa porque llegara aquel día, pues los abusos de su hijo hacia los pitufos eran cada vez más graves. Incluso se había atrevido a quemarle la barba al gran pitufo, el jefe de todos los pequeños. A duras penas habían conseguido calmarle y evitar una rebelión que hubiera sido penosa para todos.
Por fin llegó el día del laberinto. Al gigante le pusieron al lado a un pitufo que también había de licenciarse aquel día.
"Este pobre pitufo va a quedar mal cuando vea lo que es tener un valiente gigante al lado suyo", pensó el joven gigante.
Así entraron en el laberinto, que comenzaba siendo una puerta en el palacio central. De allí arrancaba un túnel que seguía durante kilómetros.
"¿Será esta oscuridad todo lo que hay que temer?" Se preguntaba el joven gigante, confiado. Al pitufo no le oía más que la respiración; parecía nervioso.
"A este le va a dar un infarto antes de llegar al final", se dijo
Por fin apareció una luz en el fondo. Era una puerta. La abrieron con cuidado y fueron a parar a una gran sala. Una sala mayor que cualquiera que el gigante hubiera visto nunca. Delante de ellos había un gran arco de piedra, y por allí apareció ahora un ser que nuestra gigante nunca había creído posible que existiera. ¡Era un gigante aún mayor! Y decir "aún mayor" se queda corto, porque nuestro orgulloso gigante apenas llegaba al dedo meñique del pie de aquel tremendo ser.
Del susto que le dio se le escapó un grito. Entonces aquel megagigante reparó en él. Y castadientes comenzó a correr asustado hacia la puerta del túnel, solo que aquella estaba

miércoles, 19 de febrero de 2014

la cena en el pelo

- ¡Recógete el pelo para cenar! -volvió a decirle el padre.
- ¿Para qué? A mí me gusta llevarlo así, suelto
Y con un gesto femenino lo volteó hacia atrás. Luego se lo colocó tras las orejas. El pelo le caía hasta más abajo de los hombros.
El padre miró con cara desesperada a la madre, que estaba fregando. Su hija tenía 6 años, pero con modales pre-adolescentes del todo inesperados.
- ¿Tú también eras así de pequeña? -le preguntó el hombre a su mujer
- Yo estoy fregando -le respondió la otra, dándole la espalda
La pequeña lo miró con aire satisfecho.
- Si no te recoges el pelo, se te va a llenar de comida -insistió él
- ¿Y cuál es el problema con eso? -preguntó ella, testaruda -Si no paro de ducharme. ¡Me ducho más que tú!
La madre reprimió una carcajada desde el fregadero. Él se llevó dos dedos a los ojos y luego dijo:
- Cuando se te queda comida en el pelo, los animales vienen a cenar en tu pelo cuando estás durmiendo.
Aquello sí que interesó a la pequeña.
- ¿Y qué animales vienen? -preguntó
- Pues el gato del vecino, sin ir más lejos, vino anoche.
- ¿Y cómo es que no lo oí?
- Los gatos saben moverse en silencio. Yo le dejé hacer porque no quería molestarte. Bastante le era dificil comer sin hacer ruído.
- ¿Y se comió la comida de mi pelo?
- Toda, toda la comida. Y cuando terminó vino a la cocina para que le diéramos un tazón de leche.
La niña se rió con ganas.
Esa noche intentó aguantar despierta un poco más, pero no pudo con el sueño y acabó dormida en un santiamén. A la mañana siguiente, en el desayuno, le preguntó a su padre:
- ¿Anoche también vino el gato?
- No solo vino el gato sino que trajo compañía; ¿te acuerdas de ese otro gato que hay en la calle con el que a veces se echa a tomar el sol?
- Pero si ahora no hace sol, papá.
- Es verdad, pero con todo se sigue reuniendo con él. Pues se conoce que anoche le invitó a cenar a tu pelo, y así estaban los dos, comiendo ricamente todo lo que te habías dejado caer en el pelo y, de postre, lo que se cayó en tu camisa.
- Vamos, saliendo los dos que ya es hora de ir al colegio -dijo la mamá, echándolos de la casa.
Aquella noche, durante la cena, la pequeña tampoco se recogió el pelo.
- ¿No te vas a recoger el pelo? -le preguntó su papá. -Mira que después vienen los animales a comer en él.
- No me lo creo -dijo la pequeña con aire decidido
Aquella noche durmió y soñó que una gran rana verde con corona y todo venía a su cama a dormir. A la mañana siguiente preguntó a su padre:
- ¿Anoche han vuelto a venir los gatos?
El padre pareció reflexionar un poco antes de responder:
- ¿Quieres que te diga la verdad? -le preguntó
Ella asintió vehementemente con su cabecita.
- Anoche no vinieron los gatos -dijo él
La pequeña suspiró satisfecha, aunque no pudo evitar sentir algo de pena.
- No vinieron los gatos sino los monos del zoo. Por lo menos había cuatro monos en tu camita. ¡Cuatro monos sin hacer ni un ruído! No te creas que eso es algo fácil. Se ve que a los gatos se les ha soltado la lengua y están contando por ahí que aquí se puede cenar gratis.
Ella se rió
- ¡Vengan, vengan todos al restaurante de la niña que come sin recogerse el pelo! -exclamó el padre
Aunque la mamá no estaba porque ese día ella se había ido antes, el papá no quiso entretenerse más y al poco ya estaban en el coche, dirigiéndose al colegio y al trabajo.
Por la noche, cuando ya estaban en la mesa, fue la madre quien sacó el tema:
- Creo que ya es hora de dejarse de tonterías con lo del pelo. ¡Cuanta comida va a parar ahí!
- Mira que después vendrán los monos o quien sabe quién a comer en tu pelo.
- No digas tonterías, papá -respondió la pequeña
Otra vez intentó no dormir aquella noche. No quería creerse lo que le contaba su papá pero... ¿y si era verdad? Tenía ganas de ver a los monos o a los gatos. Pero no pudo resistir el sueño y acabó durmiendo, soñando con un pájaro que volaba tan alto que llegaba a la luna. Pero como tenía mucha sed se fue a una estrella a buscar agua.
Era la mañana del Sábado y sus papá aún estaban en la cama cuando ella fue a buscarle. Su papá todavía estaba dormido. La mamá estaba leyendo una revista en la cama.
- ¿Y quién ha venido anoche? ¿Quién? -le preguntó, zarandeándo a su padre.
El padre se tomó un momento para despertarse. Luego le dio un beso a su hijita y le preguntó a su mujer:
- ¿Crees que debo decírselo?
- ¡Dímelo, dímelo! -exclamaba la pequeña
- Será mejor que lo hagas. Así no puedo leer -respondió la mamá.
- Pues esta noche ha venido... no, no te lo vas a creer.
- ¿Quién, quién? -insistía la pequeña
- Aún no puedo creerme que se llegara a tu habitación sin hacer ruído. ¡Y todo por una simple cena! Debe de estar muy buena la comida de tu pelo.
- ¿Pero quién ha venido?
- El elefante del zoo, ese ha venido. ¿No te parece increíble?
La niña comenzó a reírse, imaginando a un elefante metido en su pequeño cuarto, con la trompa urgando entre su pela para comerse los restos de la cena mientras ella dormía. De buen humor se fue a su cuarto y se vistió. Su papá entonces le pidió que fuera a buscar el periódico al buzón. Ella salió, muy contenta, pero no habia más que dado un par de pasos afuera cuando volvió adentro toda asustada:
- ¿Qué te pasa, cariño? -le preguntó su mamá
- Ahí afuera, en el césped, ¡hay un huella de un animal enorme!
- Seguramente es del elefante. Ya entrar en silencio le costaría lo suyo, pero un animal tan grande por fuerza tenía que dejar alguna huella.

Y desde aquel día la pequeña siempre se recogió el pelo antes de sentarse a comer.
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