Cuando David (David pero deivid, vamos, en yankilandia) salio ese día de su casa, no imaginaba que su vida iba a cambiar en solo un día. Y allí está él, un niño de unos 8 años caminando como un solitario por las calles del barrio residencial estadounidense. Vamos, aburriéndose y pensando en el siguiente plan para ganarse un castigo como Dios manda...¿qué castigo? Digamos algo más sobre Deivid.
Deivid no tenía ningún padre alcohólico ni ninguna madre depresiva. Su hermana mayor no era especialmente cruel.
Pero Daivid se aburría. Sus padres eran lo más corrientes que había hecho la sociedad americana en sus últimos años. Por eso Daivid se inventaba travesuras con las que recibir castigos adecuados. Pero no tenía suerte, sus padres eran... especiales para ser exageradamente pacientes.
Cuando rompió el televisor tirando del cable con saña, pese a los gritos de advertencia de sus padres, en medio de la cena y ante la presencia de "granpa"... bueno, pues su padre, después de emitir un suspiro estúpido, tan solo había dicho "Bueno, en el fondo tampoco nos hacía falta".
Y cuando metió en la lavadora los balines de su escopeta de juguete y así se atascó el filtro, se rompió el motor y cosas que hicieron al técnico mirar a su madre como si viera a un fantasma... y aún confesando su culpa, a su madre no se le ocurrió otra cosa que decir más que "pero te queremos, baby".
Y cuando publicó en internet el diario de su adorable hermanita, ésta no supo más que agradecérselo. "Eres el mejor, hermanito, ahora Robert ha sabido lo que me gustaba... ¡y hoy se me ha declarado!"
¿En qué familia de locos le había tocado vivir?
Sin embargo, la noche anterior había sucedido algo diferente. Cuando todos creían que él estaba dormido, se había levantado y había bajado al salón. Era extraño, pero no había nadie en la casa. Y entonces descubrió que la chimenea que siempre estaba rota ya no estaba en su lugar, se había movido. Y donde antes estuviera ahora había una puerta con unas escaleras que daban a un sótano oscuro. Se coló por las escaleras y las bajó con cuidado. Le parecía oír murmullos allí abajo, ¿qué podía ser? En el último recodo asomó la cabeza y lo que vio le llenó de asombro.
Sus padres y su hermanita estaban sentados en torno a un bolso negro. A veces hablaban entre sí en una lengua extraña y apenas murmurando. El bolso negro era viejo, estaba raído y desgastado.
viernes, 31 de enero de 2014
jueves, 30 de enero de 2014
la nieve en el garaje
Un día pasó algo inesperado. Estaba dentro del garaje, montando unas piezas para la televisión, jugando con el tubo catódico, los tornillos del espectrum y los frenos de la bicicleta, cuando de repente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Y entonces miré por encima de las cajas que se amontonaban en la mesa. Esas cajas que van cogiendo cada vez más sitio en el garaje, antaño un lugar cómodo y espaciado, hoy apenas un mal trastero estrecho y oscuro. Las cajas no solo se habían hecho con el control de la mesa, sino también con el del armario. Allí antes había habido sacos de dormir, raquetas, mantas viejas, una tienda de campaña, maderamen para estanterías, cables sueltos y piezas de coche, llaves hexagonales y tetradimensionales... pero un día la cajas llegaron allí. Empezaron por la zona más alta del armario, aquella a la que hacía años que nadie metía mano. Y luego fueron bajando poco a poco, hasta hacerse con el control de toda la estructura. Había sido aquel su primer avance serio en el garaje y desde allí se habían expandido por otras partes. Pero aquel era su núcleo, de alguna forma, y no había quién se atreviera a meter mano allí.
- Niños, en esa parte ni se entra. Y, si es posible, ni se comenta -les decía a mis hijos.
Y cuando lo hacía me esforzaba por aparentar un tono despreocupado, casi bromista. Si sospecharan en mí cualquier cosa parecida al temor, enseguida querrían retarlo y hacer la trastada que más podía disgustarme. Pequeños diablillos.
En la parte alta del armario las cajas se habían ennegrecido. Un extraño hubiera dicho que era debido a la humedad, pero yo sabía que era porque allí se concentraba el control de aquel naciente imperio. Un día me echarían del garaje, y más adelante tocaría la casa. Y tal vez la calle, la ciudad, el país... ¿quién sabe hasta dónde puede llegar su ambición? Lo que no contaba era con el método que iban a utilizar.
Cuando levanté mi vista sobre las cajas de la mesa, me pareció que estas aguantaban la risa a duras penas. Y es que en la parte alta del armario, allí donde antes las cajas se amontonaban ennegrecidas, ahora había... una nube. Una nube ominosa, si alguna vez hubo alguna. Una nube cargada de mala idea y de mala leche, que son dos primos hermanos.
Poco a poco se extendieron por todo el garaje. Y al momento comenzó a nevar. La nieve caía copiosa sobre mis herramientas y mis gafas se empañaron por el frío. Pero no me di por vencido. No quería abandonar el lugar así que me tiré encima una de las mantas viejas que servía de almohadón y seguí trabajando, como si nada hubiera sucedido. Pero podía sentir que las cajas no se iban a dar por vencidas, podía sentir la tensión que reinaba entre ellas y la emoción ante la posibilidad de reducir a su primer enemigo: yo.
La visibilidad era escasa. En una ocasión me descubrí destornilleándome el dedo gordo. El frío lo había vuelto insensible y todo estaba perdido de sangre.
- ¡Volveré! -rugí con toda la cólera que fui capaz de acumular.
Y me marché corriendo a la cocina a curarme la herida. Pero cuando volví -apenas habían pasado cinco minutos- me encontré conque la puerta estaba cerrada. Habían conseguido echarme. Pegando el oído a la puerta, me pareció sentir que estaban de fiesta: su primera gran victoria en la casa.
Esa noche me acosté en silencio. Mi mujer debió de ver mi cara de pocos amigos porque tampoco me dijo nada. Pero yo tenía ganas de llorar. Sobre todo cuando descubrí que en el armario, debajo de mi pijama, había una caja.
Acechando. Era la vanguardia.
- Niños, en esa parte ni se entra. Y, si es posible, ni se comenta -les decía a mis hijos.
Y cuando lo hacía me esforzaba por aparentar un tono despreocupado, casi bromista. Si sospecharan en mí cualquier cosa parecida al temor, enseguida querrían retarlo y hacer la trastada que más podía disgustarme. Pequeños diablillos.
En la parte alta del armario las cajas se habían ennegrecido. Un extraño hubiera dicho que era debido a la humedad, pero yo sabía que era porque allí se concentraba el control de aquel naciente imperio. Un día me echarían del garaje, y más adelante tocaría la casa. Y tal vez la calle, la ciudad, el país... ¿quién sabe hasta dónde puede llegar su ambición? Lo que no contaba era con el método que iban a utilizar.
Cuando levanté mi vista sobre las cajas de la mesa, me pareció que estas aguantaban la risa a duras penas. Y es que en la parte alta del armario, allí donde antes las cajas se amontonaban ennegrecidas, ahora había... una nube. Una nube ominosa, si alguna vez hubo alguna. Una nube cargada de mala idea y de mala leche, que son dos primos hermanos.
Poco a poco se extendieron por todo el garaje. Y al momento comenzó a nevar. La nieve caía copiosa sobre mis herramientas y mis gafas se empañaron por el frío. Pero no me di por vencido. No quería abandonar el lugar así que me tiré encima una de las mantas viejas que servía de almohadón y seguí trabajando, como si nada hubiera sucedido. Pero podía sentir que las cajas no se iban a dar por vencidas, podía sentir la tensión que reinaba entre ellas y la emoción ante la posibilidad de reducir a su primer enemigo: yo.
La visibilidad era escasa. En una ocasión me descubrí destornilleándome el dedo gordo. El frío lo había vuelto insensible y todo estaba perdido de sangre.
- ¡Volveré! -rugí con toda la cólera que fui capaz de acumular.
Y me marché corriendo a la cocina a curarme la herida. Pero cuando volví -apenas habían pasado cinco minutos- me encontré conque la puerta estaba cerrada. Habían conseguido echarme. Pegando el oído a la puerta, me pareció sentir que estaban de fiesta: su primera gran victoria en la casa.
Esa noche me acosté en silencio. Mi mujer debió de ver mi cara de pocos amigos porque tampoco me dijo nada. Pero yo tenía ganas de llorar. Sobre todo cuando descubrí que en el armario, debajo de mi pijama, había una caja.
Acechando. Era la vanguardia.
martes, 28 de enero de 2014
el señor cronómetro
el señor cronómetro siempre tenía prisa.
- ¿Pero qué te pasa? Si todavía quedan quince minutos para que empiece el colegio -le decía su mamá, la señora minutejo.
- Me recuerda a mi abuelo cuenta atrás
- ¿También tenía prisa? -preguntó la señora minutejo
- Prisa... pero siempre llegaba tarde, no importaba lo pronto que saliera.
- ¡Por eso yo tengo que irme ya! -decía cronómetro.
Y se iba al colegio. Cuando entraba por los pasillos todos le miraban; tenía ese color negro plástico y dos grandes botones en la cabeza, además de una gran pantalla sobre la que relucían los números que no hacían más que correr.
- ¡Ahí está el cabezón del cronómetro! -decía su archienemigo el reloj de sol, que con aquella nariz tan larga se las daba de superior.
Lo peor era que a cronómetro le daba la impresión de que todos pensaban como él. Y le dolía. Pero el malestar se le fue al momento cuando pasó cerca de la más guapa de todo el edificio, la señorita reloj de arena. Había en ella algo muy sensual, una especie de espera calculada, un desgranarse lenta pero constantemente que hacía que los números del cronómetro tuvieran aún más prisa por llegar.
- ¿Cómo vamos? -le preguntó su único amigo, el reloj musical, cuando se encontró con él en la taquilla.
- Con prisa, con prisa -respondió el cronómetro. ¿Con quién tenemos clase? -preguntó
- Imagínate... lo peor -le respondió su amiguete con aire dramático.
Aquello solo podía significar clase de náutica interestelar con el peor de todos los profesores, el más duro e inflexible, aquel al que nadie había visto sonreír y del que se sospechaba que andaba a deshora, el peor de los pecados. Se trataba de su altísima majestad y reverencia el reloj de cuco, más conocido como Don Cucú.
Cronómetro se sentó antes que ningún otro en su mesa. Al rato llegaron sus compañeros y, por último, Don Cucú. Se hizo un silencio dramático con su entrada. Y aunque ya habían dado las horas, pasó lo más inésperado.
Mientras el maestro les miraba con desprecio, la puertecita de su frente se abrió y por allí salió su aliado, dispuesto a dar el Cucú con el que martirizaba a los alumnos. Pero no en aquella ocasión, pues cuando el pajarito salió al aire dispuesto a pregonar las verdades del control sobre el tiempo, abrió la boca y desplegó las alas pero... no pasó nada. De su garganta no salió ningún sonido. Estaba afónico.
Y entonces cronómetro se rió. No pudo reprimirse, ¿cómo hacerlo ante la cara de fastidio que había puesto don Cucú? Se rió, pero fue el único en hacerlo. Un gran silencio reinaba en toda la clase. Entonces el temido profesor se volvió hacia él y...
- ¡Pero vas a despertar de una vez! -era su padre, quien le zarandeaba en la mesa del desayuno. Se había quedado dormido mientras comía. Pero a su alrededor no había caras enfadadas, sino que su madre le miraba con felicidad y lágrimas en los ojos, mientras su padre sonreía tiernamente.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
- Hoy, hijo mío, por fin vas a llegar tarde al colegio. Estoy orgulloso de ti.
- ¿Pero qué te pasa? Si todavía quedan quince minutos para que empiece el colegio -le decía su mamá, la señora minutejo.
- Me recuerda a mi abuelo cuenta atrás
- ¿También tenía prisa? -preguntó la señora minutejo
- Prisa... pero siempre llegaba tarde, no importaba lo pronto que saliera.
- ¡Por eso yo tengo que irme ya! -decía cronómetro.
Y se iba al colegio. Cuando entraba por los pasillos todos le miraban; tenía ese color negro plástico y dos grandes botones en la cabeza, además de una gran pantalla sobre la que relucían los números que no hacían más que correr.
- ¡Ahí está el cabezón del cronómetro! -decía su archienemigo el reloj de sol, que con aquella nariz tan larga se las daba de superior.
Lo peor era que a cronómetro le daba la impresión de que todos pensaban como él. Y le dolía. Pero el malestar se le fue al momento cuando pasó cerca de la más guapa de todo el edificio, la señorita reloj de arena. Había en ella algo muy sensual, una especie de espera calculada, un desgranarse lenta pero constantemente que hacía que los números del cronómetro tuvieran aún más prisa por llegar.
- ¿Cómo vamos? -le preguntó su único amigo, el reloj musical, cuando se encontró con él en la taquilla.
- Con prisa, con prisa -respondió el cronómetro. ¿Con quién tenemos clase? -preguntó
- Imagínate... lo peor -le respondió su amiguete con aire dramático.
Aquello solo podía significar clase de náutica interestelar con el peor de todos los profesores, el más duro e inflexible, aquel al que nadie había visto sonreír y del que se sospechaba que andaba a deshora, el peor de los pecados. Se trataba de su altísima majestad y reverencia el reloj de cuco, más conocido como Don Cucú.
Cronómetro se sentó antes que ningún otro en su mesa. Al rato llegaron sus compañeros y, por último, Don Cucú. Se hizo un silencio dramático con su entrada. Y aunque ya habían dado las horas, pasó lo más inésperado.
Mientras el maestro les miraba con desprecio, la puertecita de su frente se abrió y por allí salió su aliado, dispuesto a dar el Cucú con el que martirizaba a los alumnos. Pero no en aquella ocasión, pues cuando el pajarito salió al aire dispuesto a pregonar las verdades del control sobre el tiempo, abrió la boca y desplegó las alas pero... no pasó nada. De su garganta no salió ningún sonido. Estaba afónico.
Y entonces cronómetro se rió. No pudo reprimirse, ¿cómo hacerlo ante la cara de fastidio que había puesto don Cucú? Se rió, pero fue el único en hacerlo. Un gran silencio reinaba en toda la clase. Entonces el temido profesor se volvió hacia él y...
- ¡Pero vas a despertar de una vez! -era su padre, quien le zarandeaba en la mesa del desayuno. Se había quedado dormido mientras comía. Pero a su alrededor no había caras enfadadas, sino que su madre le miraba con felicidad y lágrimas en los ojos, mientras su padre sonreía tiernamente.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
- Hoy, hijo mío, por fin vas a llegar tarde al colegio. Estoy orgulloso de ti.
lunes, 27 de enero de 2014
la flor del espino II
Así que la mujer, desairada por la poca hombría que mostraba su marido, comenzó a traer cada vez más buenos amigos a casa. Lo que ella quería es que su hombre cogiera una escopeta y arreglara las cosas con valentía.
Pero el otro la dejaba hacer.
La mujer, harta, exigió un divorcio en la que ella era la parte afectada, psicológicamente afectada. El juez la compadeció y, aprovechando que su futuro ex-marido no quería dar ninguna guerra, el abogado consiguió que se quedara con el piso. El coche fue a parar al hombre, pero al volver de los juzgados descubrió que se lo habían robado.
El cúmulo de desgracias se cebaba en el hombrecito que un día había sido oficinista de pequeñas oficinas.
En el barrio lo conocían, porque aunque ya no vivía allí -ahora la que había sido su mujer vivía en el piso con el primo del abogado, que había sido un gay reconocido hasta que la encontró a ella y... pero esa es otra historia- ...decíamos que no vivía en la casa pero sí en el parque. Frente al árbol que tenía su planta querida nuestro protagonista se sentaba y dejaba pasar las horas.
Pronto su aspecto fue el de un mendigo; había olvidado ducharse, no se cambiaba de ropa y apenas hablaba con sus familiares y amigos que, desesperados, alguna vez lo habían obligado a comportarse de forma normal. Pero él siempre volvía a aquel lugar como un fantasma desvaído que viviera a los pies de aquel árbol.
Y así pasó el tiempo. La planta trepadora se secaba a ojos vista, pero esto no preocupaba a nuestro hombrecito. Las ramitas y las hojas que se caían de aquella las recolectaba con cuidado y se las metía en el bolsillo.
Una noche cayó una gran tormenta de verano sobre la ciudad. Los truenos se oían tan cercanos que hasta asustaban. Nadie quería estar afuera con aquel tiempo, nadie... menos el oficinista que seguía sentado en un banco del parque, indiferente al agua que surcaba su demacrado rostro.
Incluso su ex-mujer sintió algo parecido a la pena al verle desde la ventana del salón.
- Está loco -le susurró su actual marido por detrás.
Y ella se dio la vuelta. No quería ver más.
Aquella noche la tormenta continuó, pero poco antes de amanecer amainó y un espléndido sol comenzó a dibujarse sobre el cielo de la ciudad. Era Sábado y unos niños fueron al parque a jugar. Y entonces descubrieron dos cosas increíbles que habían sucedido: sobre el agujero del árbol, la planta trepadora, fea y con espinas, había dado una pequeña flor que se abría a la mañana. Y sobre el banco de enfrente había un hombre tumbado, el oficinista. Los niños descubrieron que estaba muerto.
- ¡Hay que avisar a la policía! -gritó uno
Y mientras todos corrían a buscar a un adulto, el más pequeño de ellos sintió más curiosidad que miedo. Miró el rostro del difunto: en él se dibujaba una amable sonrisa llena de esperanza.
Y él también sonrió.
Pero el otro la dejaba hacer.
La mujer, harta, exigió un divorcio en la que ella era la parte afectada, psicológicamente afectada. El juez la compadeció y, aprovechando que su futuro ex-marido no quería dar ninguna guerra, el abogado consiguió que se quedara con el piso. El coche fue a parar al hombre, pero al volver de los juzgados descubrió que se lo habían robado.
El cúmulo de desgracias se cebaba en el hombrecito que un día había sido oficinista de pequeñas oficinas.
En el barrio lo conocían, porque aunque ya no vivía allí -ahora la que había sido su mujer vivía en el piso con el primo del abogado, que había sido un gay reconocido hasta que la encontró a ella y... pero esa es otra historia- ...decíamos que no vivía en la casa pero sí en el parque. Frente al árbol que tenía su planta querida nuestro protagonista se sentaba y dejaba pasar las horas.
Pronto su aspecto fue el de un mendigo; había olvidado ducharse, no se cambiaba de ropa y apenas hablaba con sus familiares y amigos que, desesperados, alguna vez lo habían obligado a comportarse de forma normal. Pero él siempre volvía a aquel lugar como un fantasma desvaído que viviera a los pies de aquel árbol.
Y así pasó el tiempo. La planta trepadora se secaba a ojos vista, pero esto no preocupaba a nuestro hombrecito. Las ramitas y las hojas que se caían de aquella las recolectaba con cuidado y se las metía en el bolsillo.
Una noche cayó una gran tormenta de verano sobre la ciudad. Los truenos se oían tan cercanos que hasta asustaban. Nadie quería estar afuera con aquel tiempo, nadie... menos el oficinista que seguía sentado en un banco del parque, indiferente al agua que surcaba su demacrado rostro.
Incluso su ex-mujer sintió algo parecido a la pena al verle desde la ventana del salón.
- Está loco -le susurró su actual marido por detrás.
Y ella se dio la vuelta. No quería ver más.
Aquella noche la tormenta continuó, pero poco antes de amanecer amainó y un espléndido sol comenzó a dibujarse sobre el cielo de la ciudad. Era Sábado y unos niños fueron al parque a jugar. Y entonces descubrieron dos cosas increíbles que habían sucedido: sobre el agujero del árbol, la planta trepadora, fea y con espinas, había dado una pequeña flor que se abría a la mañana. Y sobre el banco de enfrente había un hombre tumbado, el oficinista. Los niños descubrieron que estaba muerto.
- ¡Hay que avisar a la policía! -gritó uno
Y mientras todos corrían a buscar a un adulto, el más pequeño de ellos sintió más curiosidad que miedo. Miró el rostro del difunto: en él se dibujaba una amable sonrisa llena de esperanza.
Y él también sonrió.
viernes, 24 de enero de 2014
la flor del espino
Había una vez... una joven pareja. Se habían conocido hacía solo unos meses, coincideron en un museo, se pusieron a hablar y, voila!, surgió algo que terminó en boda. Todo era como en un sueño: consiguieron una casita en la zona residencial de la ciudad. Era una casa adosada similar a todas las demás, pero a ellos les encantó. Los vecinos también eran muy simpáticos y de mente abierta, dispuestos a aceptar entre ellos a una famosa locutora de radio y a su marido, de profesión... oficinista.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
miércoles, 22 de enero de 2014
toallas de colores
Tan pronto como dejaron las toallas en la mesa, estas se sintieron incómodas. Había toallas de todos los colores, pero todas tenían el mismo tamaño: azules, naranjas, violetas, verdes, rosas, amarillas... venían de una tienda muy seria y por eso ninguna tenía más motivo que el del propio color.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
lunes, 20 de enero de 2014
kitty odia el rosa
En el mundo donde los cuentos se hacen realidad, vivía la gata kitty. Vivía en una casa separada de los demás. Una casa rosa, por supuesto. Un caminito rosa llegaba hasta la puerta. La puerta era rosa. Las plantas eran rosas. ¡Hasta el césped!
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
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