Sus padres le dejaron disfrutar solo de su primer día en el exterior:
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo
A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá
lunes, 24 de noviembre de 2014
miércoles, 19 de noviembre de 2014
los baños de argel
- ¿Y a ese por qué lo tienen ahí?
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
lunes, 17 de noviembre de 2014
el niño rebelón
Una vez, un niño se rebeló contra el ángel que lo tenía en brazos.
- ¡¡Tú no eres mi madre!!
Le gritaba en la oreja. Y esto lo hacía continuamente, pues ambos formaban parte de una pequeña escultura que, sobre el organillo roto del salón, reposaban día y noche, cogiendo polvo y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Y el ángel guardaba silencio. Tampoco él estaba del todo convencido con lo de llevar eternamente a un niño así, rebelde, a cuestas. Además, el niño ya no era un bebé y pesaba lo suyo.
Claro que, como ambos eran estatuas de arcilla que, seca, se endurecía, pues les costaba mucho moverse. Con todo, el niño rebelón se las arreglaba para soltar pequeños puntapiés sobre los riñones del ángel.
"Este niño es una cruz" Pensaba el ángel.
Las figurillas no tenían tanta prestancia como para resaltar en el salón; todo lo más, sumaban para dar a la sala un aire de sencillez elegante y colores desérticos. Como la sala estaba en una casa que se situaba en una fría ciudad europea en un país verde, montañoso y con mucha agua, pues el contraste era agradable. El mismo contraste que se encontraría en las plantas que adornaran un patio andaluz en un desierto. Porque hay patios andaluces en el desierto, por muy raro que parezca. Pero ese es otro tema.
Un día la niña de la casa tiró un cojín por el aire. El cojín golpeó el viejo organillo y las dos figuras de la estatua, ¡pataplás!, cayeron al suelo. Fue con tanta suerte el golpe que las dos quedaron separadas y poco fue lo que cada una de ella dejó en su antiguo compañero. El papá de la niña pensó en arreglar el conjunto pero la niña se encrapichó con el niño roto. Este parecía un niño sentado en ninguna parte y vestido con un pijama de arena. Y pronto se encontró acompañando a las muñecas alrededor de una mesita de té.
Las muñecas eran muy maternales y querían hacerse cargo de un bebé tan recién llegado. Todos los bebés -pensaban-eran tiernos por naturaleza. Y todas las muñecas -sentían-tenían vocación de madres.
Sin embargo, el bebé no se encontraba a gusto entre ellas y apenas soltaba palabra.
Por su parte el ángel se encontró abandonado en el desván. Pues un ángel roto que no tiene a nadie a quien sostener es muy probable que termine en el desván, como fue el caso de éste.
Y por las noches, cuando ya las muñecas dormían, el bebé se descubría a veces pensando en su antigua vida, en el ángel y en cómo le sostenía. "Supongo que le echo de menos", pensaba en sus ratos de mayor madurez. "Siempre me estaba sosteniendo"
Y el ángel, en el cuarto oscuro, sonreía las mismas noches cuando miraba a las esquinas sombrías del trastero y se decía, en un susurro, "ah, esto sí que es vida".
- ¡¡Tú no eres mi madre!!
Le gritaba en la oreja. Y esto lo hacía continuamente, pues ambos formaban parte de una pequeña escultura que, sobre el organillo roto del salón, reposaban día y noche, cogiendo polvo y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Y el ángel guardaba silencio. Tampoco él estaba del todo convencido con lo de llevar eternamente a un niño así, rebelde, a cuestas. Además, el niño ya no era un bebé y pesaba lo suyo.
Claro que, como ambos eran estatuas de arcilla que, seca, se endurecía, pues les costaba mucho moverse. Con todo, el niño rebelón se las arreglaba para soltar pequeños puntapiés sobre los riñones del ángel.
"Este niño es una cruz" Pensaba el ángel.
Las figurillas no tenían tanta prestancia como para resaltar en el salón; todo lo más, sumaban para dar a la sala un aire de sencillez elegante y colores desérticos. Como la sala estaba en una casa que se situaba en una fría ciudad europea en un país verde, montañoso y con mucha agua, pues el contraste era agradable. El mismo contraste que se encontraría en las plantas que adornaran un patio andaluz en un desierto. Porque hay patios andaluces en el desierto, por muy raro que parezca. Pero ese es otro tema.
Un día la niña de la casa tiró un cojín por el aire. El cojín golpeó el viejo organillo y las dos figuras de la estatua, ¡pataplás!, cayeron al suelo. Fue con tanta suerte el golpe que las dos quedaron separadas y poco fue lo que cada una de ella dejó en su antiguo compañero. El papá de la niña pensó en arreglar el conjunto pero la niña se encrapichó con el niño roto. Este parecía un niño sentado en ninguna parte y vestido con un pijama de arena. Y pronto se encontró acompañando a las muñecas alrededor de una mesita de té.
Las muñecas eran muy maternales y querían hacerse cargo de un bebé tan recién llegado. Todos los bebés -pensaban-eran tiernos por naturaleza. Y todas las muñecas -sentían-tenían vocación de madres.
Sin embargo, el bebé no se encontraba a gusto entre ellas y apenas soltaba palabra.
Por su parte el ángel se encontró abandonado en el desván. Pues un ángel roto que no tiene a nadie a quien sostener es muy probable que termine en el desván, como fue el caso de éste.
Y por las noches, cuando ya las muñecas dormían, el bebé se descubría a veces pensando en su antigua vida, en el ángel y en cómo le sostenía. "Supongo que le echo de menos", pensaba en sus ratos de mayor madurez. "Siempre me estaba sosteniendo"
Y el ángel, en el cuarto oscuro, sonreía las mismas noches cuando miraba a las esquinas sombrías del trastero y se decía, en un susurro, "ah, esto sí que es vida".
sábado, 15 de noviembre de 2014
calefaccion en el coche
las dos moscas, muertas de frio, lograron meterse, en el ultimo momento, por la ventanilla del coche.
Dona Paca habia salido a comprar panuelos y, aunque la tienda estaba cerca, habia cogido el coche: el invierno, que habia llegado con retraso, ahora se apresuraba para ponerse al dia. Y las dos moscas, caseras, habian salido con la dona y otras siete companeras.
- Estoy harto de estas moscas -decia dona paca muchas veces al telefono. Y es verdad que en su casa vivian muchas.
- Dejame matarlas con un spray -decia el tonto de su hijo, invariablemente, las pocas veces que venia de visita a casa.
- Antes me matas a mi que las matas a ellas con ese espray -decia dona paca, tocandose el mono.
Siempre que hablaba de la muerte se tocaba el mono.
Las siete companeras de las moscas habian caido en el camino, pero dos se habian salvado metiendose a tiempo con dona paca en el coche.
- Pues aqui tambien hace un frio que pela -dijo una
- Brrrr -respondio la otra, castaneando
Dona Paca no debia de sentirse muy diferente porque, en cuanto arranco el coche, puso la calefaccion.
- Demonio de frio -murmuro. Y de la guantera saco una botella de licor.
- Tenemos que calentarnos. Si me para algun policia idiota, se lo explicare. Pero los policias idiotas no salen en dias como hoy.
Le dio un buen trago a la botella y unas gotas salpicaron sobre el volante. Alli estaban acurrucadas las dos moscas.
- Mira, esta bebiendo. Tal vez sea bueno para el frio -dijo una. Y su companera solo respondio:
- Brrrr -porque tenia mucho frio
Pero las dos bebieron un poquito de licor. Sin embargo, no estaban tan acostumbradas como Dona Paca y al poco se sintieron mareadas.
- Creo que voy a vomitar -dijo la unica que hablaba.
- Brrrr -respondio la otra
- Tienes razon. No se puede ni vomitar cuando no hay nada en la barriga.
El coche arranco y la aceleracion les pego el cuerpecito al salpicadero.
- Agarrate que nos caemos -dijo una
Cuando llegaron al aparcamiento de la tienda, no salieron para seguir a la dona. Nadie hubiera podido convencerlas para que abandonaran el coche.
- Demonio de frio -dijo la mosca habladora, parasafreando a la vieja.
Y al rato dijo:
- Tengo ganas de bailar
Y se puso a volar de un lado a otro. La otra pronto se reunio con ella. Pero como estaban un poco pispadillas, pues su vuelo era aun mas erratico que el erratico vuelo de una mosca sobria. Pero se divertian volando.
- Mira que picado! -exclamaba una
Y la otra ya no se quejaba del frio, sino que volaba con alegria.
Cuando la vieja volvio de la compra con el paquete de panuelos, vio las dos moscas sobre el salpicadero. Muertas.
- Estoy harta de estas moscas -dijo
Y de un manotazo las echo fuera, sobre la nieve. Y alli se quedaron, dos puntitos negros en el gran manto blanco que, como un honorable viejo que cubriera las verguenzas de su nieta, se extendia sobre la tierra del hombre.
Dona Paca habia salido a comprar panuelos y, aunque la tienda estaba cerca, habia cogido el coche: el invierno, que habia llegado con retraso, ahora se apresuraba para ponerse al dia. Y las dos moscas, caseras, habian salido con la dona y otras siete companeras.
- Estoy harto de estas moscas -decia dona paca muchas veces al telefono. Y es verdad que en su casa vivian muchas.
- Dejame matarlas con un spray -decia el tonto de su hijo, invariablemente, las pocas veces que venia de visita a casa.
- Antes me matas a mi que las matas a ellas con ese espray -decia dona paca, tocandose el mono.
Siempre que hablaba de la muerte se tocaba el mono.
Las siete companeras de las moscas habian caido en el camino, pero dos se habian salvado metiendose a tiempo con dona paca en el coche.
- Pues aqui tambien hace un frio que pela -dijo una
- Brrrr -respondio la otra, castaneando
Dona Paca no debia de sentirse muy diferente porque, en cuanto arranco el coche, puso la calefaccion.
- Demonio de frio -murmuro. Y de la guantera saco una botella de licor.
- Tenemos que calentarnos. Si me para algun policia idiota, se lo explicare. Pero los policias idiotas no salen en dias como hoy.
Le dio un buen trago a la botella y unas gotas salpicaron sobre el volante. Alli estaban acurrucadas las dos moscas.
- Mira, esta bebiendo. Tal vez sea bueno para el frio -dijo una. Y su companera solo respondio:
- Brrrr -porque tenia mucho frio
Pero las dos bebieron un poquito de licor. Sin embargo, no estaban tan acostumbradas como Dona Paca y al poco se sintieron mareadas.
- Creo que voy a vomitar -dijo la unica que hablaba.
- Brrrr -respondio la otra
- Tienes razon. No se puede ni vomitar cuando no hay nada en la barriga.
El coche arranco y la aceleracion les pego el cuerpecito al salpicadero.
- Agarrate que nos caemos -dijo una
Cuando llegaron al aparcamiento de la tienda, no salieron para seguir a la dona. Nadie hubiera podido convencerlas para que abandonaran el coche.
- Demonio de frio -dijo la mosca habladora, parasafreando a la vieja.
Y al rato dijo:
- Tengo ganas de bailar
Y se puso a volar de un lado a otro. La otra pronto se reunio con ella. Pero como estaban un poco pispadillas, pues su vuelo era aun mas erratico que el erratico vuelo de una mosca sobria. Pero se divertian volando.
- Mira que picado! -exclamaba una
Y la otra ya no se quejaba del frio, sino que volaba con alegria.
Cuando la vieja volvio de la compra con el paquete de panuelos, vio las dos moscas sobre el salpicadero. Muertas.
- Estoy harta de estas moscas -dijo
Y de un manotazo las echo fuera, sobre la nieve. Y alli se quedaron, dos puntitos negros en el gran manto blanco que, como un honorable viejo que cubriera las verguenzas de su nieta, se extendia sobre la tierra del hombre.
viernes, 14 de noviembre de 2014
El anillo de los nibelungos
En
casa, la música sonaba a todo volumen. Matías aprovechaba que no
había ningún adulto ni ningún hermano ultra-responsable en diez
kilómetros a la redonda para dedicarse a su gran placer: la música.
Y aunque toda la famila era aficionada a la música del siglo XX
(papá Jazz, su madre pop, su hermano rock and roll) él había
descubierto su gran pasión en la música clásica. Pero mientras
otros niños de su edad gustaban de poner, a todo volumen, la radio
con el top-hit, Matías sentía el mismo impulso... pero con Brahms y
sus boscosas sinfonías, con Beethoven en medio de la tormenta, con
Vivaldi el ímputo, con Mozart el jugueteo sensual... ponía la
música a todo volumen y cerraba los ojos. Cuando los volvía a
abrir, muchas veces los tenía cubiertos de lágrimas y se sentía
exausto.
Y
todo había comenzado con Wagner aquella noche en la discoteca.
Estaba
con sus nuevos amigos del instituto en una discoteca del centro. Y un
vecino de un edificio cercano, harto de que le inundaran la sala de
estar con decibelios de pobreza intelectual, había decidido
contratacar. Llamar a la policía no servía de nada, así que se
compró unos grandes altavoces y, cuando la discoteca martilleaba su
chunda-chunda y “how good i feel with you” en su enésima
variación, el vecino respondía con Tchaikovsky, Schuman, Mahler
cuando estaba de humor extraño y, si se sentía violento, Wagner.
Y
así fue como Matías se encontró rodeado del anillo de los
Nibelungos una noche en la que su chavala le había dado largas por
un malentendido en facebook y, tras beber más wiski-cola de la
cuenta, había salido entre dos coches para vomitar.
Y
la música, aún con la borrachera, lo había cautivado.
Aún
ahora reservaba a Wagner para las ocasiones especiales. Con él había
desarrollado lo que muchos “connaiseur” practicaban con el buen
vino, el caviar más auténtico o un whysky añejo añejo: solo de
vez en cuando y en las grandes ocasiones.
Y
fue con él que descubrió la verdad más oculta que escondía en su
pecho hasta para sí mismo. La verdad que le transformó por cuanto
respondía a tantas preguntas de su ser: que lo que quería morir
para, así, vivir libremente.
jueves, 13 de noviembre de 2014
el pez espada
En una tienda del centro, había un gran acuario con muchos pececitos.
El acuario era toda una atracción en el barrio y muchos se acercaban
hasta aquella parte de la urbe para contemplar a los peces. Como es de
imaginar, los peces nadaban silenciosamente y no prestaban atención a la
expectación creada. Incluso habían colocado una cámara de vídeo para
grabarlo en tiempo real: mucha gente lo veía en internet.
En todas las historias hay un desdichado, que a veces es un héroe y otras un villano. Nunca se sabe al principio.
En esta historia, nuestro desdichado es el chico encargado de limpiar el acuario. Y es que limpiar un acuario de dimensiones normales ya lleva su tiempo; pero en este, donde habría cabido un delfín, la cosa llevaba su tiempo.
El chico se llama "Rolo". Vive solo con su madre, su padre les abandonó hace tiempo. Tanto, que él ni siquiera le recordaba y cuando se lo imaginaba le ponía mucho pelo en todas partes. En su cabeza, el fugado papá era pariente del orangután. Pero no tan guapo.
A Rolo no le gustaba su trabajo. Pero aquello era un secreto: todos los compañeros creían que disfrutaba con su labor y hasta su misma madre estaba engañada. Y es que él se guardaba mucho de mostrar siempre un rostro sonriente y hacerse el complacido con la tarea, pues no quería perder aquella fuente de ingresos.
Con el dinero Rolo quería ir a la universidad. Su madre, jubilada precozmente, no podía permitírselo.
Lo curioso es que Rolo mismo tenía que recordarse que el trabajo no le gustaba y que le abocaba a la desesperación. Pues de tanto simular encontrarse bien, contento y servicial con todos... pues una parte de él se lo acababa creyendo.
Y es por eso que Rolo aprendió a hacer un ejercicio que, antes de volver a su casa, le recordaba su puesto en el mundo: cuando ya todos se habían ido de la tienda y el acuario estaba limpio y reluciente, Rolo tomaba una silla, apagaba casi todas las luces y se sentaba frente al acuario, detrás de la cámara que estaba, constantemente, grabando vida y milagros de los pequeños animales acuáticos.
Rolo miraba fijamente al acuario, como si fuera una televisión. Y luego se imaginaba que él era un pequeño pez flotando entre los demás. Pero entonces se escondía detrás de una piedra o de una maqueta de un barco pirata hundido. Y cuando salía de allí ya no era el pececito de antes, sino un pez grande y con una boca llena de dientes y afilada: un pez espada. Y así se iba comiendo un pececito tras otro. Estos corrían -nadaban, más bien- asustados, pero nada se escapaba a Rolo-el-pez-espada. Cuando por fin estaba lleno, Rolo dejaba escapar a algunos y les decía, con la boca aún llena de espinas y escamas por los peces que había comido: "os dejaré vivir... hoy. Pero mañana tal vez cambie de opinión"
Luego Rolo se iba a su casa: les daba la última comidita a los pececitos, apagaba todas las luces, se despedía del loro "pepo" que estaba sobre el mostrador, cerraba bien con llave y se iba.
Por el camino, invariablemente, se encontraba con un mendigo que, a la puerta de una iglesia, pedía limosna. Y Rolo, como cada día, buscaba el euro que había salvado ese día y, con un gesto tímido, se lo daba.
En todas las historias hay un desdichado, que a veces es un héroe y otras un villano. Nunca se sabe al principio.
En esta historia, nuestro desdichado es el chico encargado de limpiar el acuario. Y es que limpiar un acuario de dimensiones normales ya lleva su tiempo; pero en este, donde habría cabido un delfín, la cosa llevaba su tiempo.
El chico se llama "Rolo". Vive solo con su madre, su padre les abandonó hace tiempo. Tanto, que él ni siquiera le recordaba y cuando se lo imaginaba le ponía mucho pelo en todas partes. En su cabeza, el fugado papá era pariente del orangután. Pero no tan guapo.
A Rolo no le gustaba su trabajo. Pero aquello era un secreto: todos los compañeros creían que disfrutaba con su labor y hasta su misma madre estaba engañada. Y es que él se guardaba mucho de mostrar siempre un rostro sonriente y hacerse el complacido con la tarea, pues no quería perder aquella fuente de ingresos.
Con el dinero Rolo quería ir a la universidad. Su madre, jubilada precozmente, no podía permitírselo.
Lo curioso es que Rolo mismo tenía que recordarse que el trabajo no le gustaba y que le abocaba a la desesperación. Pues de tanto simular encontrarse bien, contento y servicial con todos... pues una parte de él se lo acababa creyendo.
Y es por eso que Rolo aprendió a hacer un ejercicio que, antes de volver a su casa, le recordaba su puesto en el mundo: cuando ya todos se habían ido de la tienda y el acuario estaba limpio y reluciente, Rolo tomaba una silla, apagaba casi todas las luces y se sentaba frente al acuario, detrás de la cámara que estaba, constantemente, grabando vida y milagros de los pequeños animales acuáticos.
Rolo miraba fijamente al acuario, como si fuera una televisión. Y luego se imaginaba que él era un pequeño pez flotando entre los demás. Pero entonces se escondía detrás de una piedra o de una maqueta de un barco pirata hundido. Y cuando salía de allí ya no era el pececito de antes, sino un pez grande y con una boca llena de dientes y afilada: un pez espada. Y así se iba comiendo un pececito tras otro. Estos corrían -nadaban, más bien- asustados, pero nada se escapaba a Rolo-el-pez-espada. Cuando por fin estaba lleno, Rolo dejaba escapar a algunos y les decía, con la boca aún llena de espinas y escamas por los peces que había comido: "os dejaré vivir... hoy. Pero mañana tal vez cambie de opinión"
Luego Rolo se iba a su casa: les daba la última comidita a los pececitos, apagaba todas las luces, se despedía del loro "pepo" que estaba sobre el mostrador, cerraba bien con llave y se iba.
Por el camino, invariablemente, se encontraba con un mendigo que, a la puerta de una iglesia, pedía limosna. Y Rolo, como cada día, buscaba el euro que había salvado ese día y, con un gesto tímido, se lo daba.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
la tiza mágica
Un niño se encontró una tiza blanca en la calle. La calle estaba sucia; por allí había mucha fiesta nocturna y, por tanto, vómito, orina e infelicidad. También había mucho ruido: era una de las calles más transitadas de la ciudad.
El niño pasaba por allí todas las mañanas de camino al colegio o al taller de su tío. Su tío tenía un garaje y cuidaba de él. O, más bien, recibía ayudas estatales por él, pero no pasaba mucho de allí. En el colegio lo habían llamado un par de veces como tutor del niño; y no porque en el colegio el niño contara con ningún amigo ni el interés de ningún profesor, que solo veían en él "un objeto inerte destinado al fracaso".
Pero esta historia es sobre la tiza que el niño, a quien llamaremos Bob o Roberto. La tiza en cuestión era mágica, y el niño estaba por descubrirlo.
Su casa no quedaba lejos. Armado con la tiza blanca el niño se puso de rodillas frente a ella y durante unos instantes se quedó pensativo. Un vecino que lo vio pensó que al niño le había dado un aire y se proponía rezar en medio de la calle. De rodillas, como en Fátima. ¿Tal vez habría visto a la Virgen? ¿Tal vez la estaba viendo? ¿Habría algún mensaje secreto?
Pero todas las esperanzas del vecino se hicieron humo cuando vio que el niño, en realidad, solo estaba pensando qué iba a dibujar. Porque no tardó mucho en ponerse a pintar con la tiza sobre la acera. La calle era un gran lienzo y las pinturas las sacaba de su casa que, a estos efectos, venía a ser como su paleta y su gama de colores: allí estaban las borracheras de su tío y las putas que traía a casa. Y también la ventana en la que bob se apostaba para mirar hacia el horizonte, para sentir en los días lluviosos las gotas tintineando sobre el cristal.
Por eso dibujó unas montañas lejanas sobre las que había unos grandes nubarrones; la tiza, siendo blanca, pintó los nubarrones de gris. Más suerte tuvo con la nieve de la montaña. También había allí una cueva recóndita donde se escondía un pariente del yeti.
Tras las montañas, el niño dibujó... ¡un desierto! Y allí morían muchos de sed. Era un desierto largo, amarillo y de sombras fuertes y marcadas. Por la noche hacía tanto frío que las piedras se resquebrajaban y los lagartos se amontonaban todos en la madriguera para darse un poco de calor. En cuanto salía el sol cada uno iba por su cuenta.
Y después del desierto el niño pintó una casa con un tejado rojo y un perro en la entrada. En el jardín había un señor con bigote podando el césped. Y en la ventana se veía la cocina y una guapa señora con un delantal, sonriendo mientras hacía los buñuelos.
Todo esto lo pintó la tiza blanca.
Porque era mágica.
El niño pasaba por allí todas las mañanas de camino al colegio o al taller de su tío. Su tío tenía un garaje y cuidaba de él. O, más bien, recibía ayudas estatales por él, pero no pasaba mucho de allí. En el colegio lo habían llamado un par de veces como tutor del niño; y no porque en el colegio el niño contara con ningún amigo ni el interés de ningún profesor, que solo veían en él "un objeto inerte destinado al fracaso".
Pero esta historia es sobre la tiza que el niño, a quien llamaremos Bob o Roberto. La tiza en cuestión era mágica, y el niño estaba por descubrirlo.
Su casa no quedaba lejos. Armado con la tiza blanca el niño se puso de rodillas frente a ella y durante unos instantes se quedó pensativo. Un vecino que lo vio pensó que al niño le había dado un aire y se proponía rezar en medio de la calle. De rodillas, como en Fátima. ¿Tal vez habría visto a la Virgen? ¿Tal vez la estaba viendo? ¿Habría algún mensaje secreto?
Pero todas las esperanzas del vecino se hicieron humo cuando vio que el niño, en realidad, solo estaba pensando qué iba a dibujar. Porque no tardó mucho en ponerse a pintar con la tiza sobre la acera. La calle era un gran lienzo y las pinturas las sacaba de su casa que, a estos efectos, venía a ser como su paleta y su gama de colores: allí estaban las borracheras de su tío y las putas que traía a casa. Y también la ventana en la que bob se apostaba para mirar hacia el horizonte, para sentir en los días lluviosos las gotas tintineando sobre el cristal.
Por eso dibujó unas montañas lejanas sobre las que había unos grandes nubarrones; la tiza, siendo blanca, pintó los nubarrones de gris. Más suerte tuvo con la nieve de la montaña. También había allí una cueva recóndita donde se escondía un pariente del yeti.
Tras las montañas, el niño dibujó... ¡un desierto! Y allí morían muchos de sed. Era un desierto largo, amarillo y de sombras fuertes y marcadas. Por la noche hacía tanto frío que las piedras se resquebrajaban y los lagartos se amontonaban todos en la madriguera para darse un poco de calor. En cuanto salía el sol cada uno iba por su cuenta.
Y después del desierto el niño pintó una casa con un tejado rojo y un perro en la entrada. En el jardín había un señor con bigote podando el césped. Y en la ventana se veía la cocina y una guapa señora con un delantal, sonriendo mientras hacía los buñuelos.
Todo esto lo pintó la tiza blanca.
Porque era mágica.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)