Juanjo había sido un conejo pobre durante toda su vida. Y no tenía por qué haber sido así, pues venía de buena familia. Pero, en lugar de acogerse a los beneficios que su familia le hubiera prodigado con gusto, decidió recorrer mundo. Fue de un lugar a otro, sin quedarse en nada definido sino "pululeando" como un conejo con vocación de sin techo.
Y un día comenzó a escribir pequeñas historias. Lo hacía para no sentirse tan solo. Pero la publicación de sus historias hizo furor en la comunidad de conejos y, como consecuencia, Juanjo comenzó a ganar dinero. Eso es algo que ya había hecho antes, realizando todo tipo de trabajos. Pero la diferencia era sustancial, pues ahora ganaba dinero haciendo algo que le gustaba y que podía moldearlo a su gusto, sin tener en cuenta las exigencias de los jefes.
Al principio, repartió el dinero entre sus allegados, diciéndoles algo como "nunca hubiera llegado aquí si no hubiera sido por tu amistad". Pero luego comenzó a pensar "será mejor ahorrar dinero para los tiempos futuros. Además, me gustaría comprarme una madriguera nueva". Y es que las madrigueras, sobre todo en la capital, estaban por los cielos.
Y así fue como juanjo fue haciéndose cada vez más agarrado. Él, que en su pobreza había despilfarrado con gusto lo poco que tenía con los que tenían aún menos, ahora atesoraba sus ganancias. Quería seguridad. Y de aquel nuevo estado no surgían ideas, sino miedos.
Cuando ahora se sentaba a escribir, pensaba más en lo que podía gustar a sus lectores que en aquellos que inicialmente le había motivado, el sentirse menos solo. La fama le dio carrerilla para seguir, pero sus historias pecaban de blandas y buenismas. Algún crítico se atrevió a dejarle en evidencia, pero en seguida sus compañeros se le echaron encima, pues las historias de Juanjo eran, en la mente de todos,, símbolo de progreso.
Juanjo había leído la crítica y estaba de acuerdo con ella. "Ha perdido su conciencia y, como una prostituta de los sentimientos, ahora se vende al mejor postor", terminaba el artículo el periodista. Aunque delante de otros Juanjo mostraba seguridad, en realidad pensaba que aquellas palabras habían sido más certeras que todas las alabanzas que había tenido antes.
Y el recuerdo de su primer libre, aquel que le había abierto las puertas a la fama, no solo no lo envalentonaba, sino que le deprimía frecuentemente. Se sentía como en un tren que, una vez puesto en marcha, ya no podía ir para atrás. Y los aires que le habían empujado a escribir sus primeras historias estaban en el pasado.
Tenía dinero, pero se sentía pobre. Tenía más compañías que nunca, pero echaba de menos su soledad antigua que, en el peor de los casos, era más auténtica que la sociedad que ahora se empeñaba por acompañarle. Echaba de menos sus tiempos perdido por el mundo, su indefinición laboral.
La fama había sido su maldición. La preocupación por el mañana que antes había sido un aguijón constante clavado sobre su existencia se le hacía ahora una bendita exigencia de los cielos. No poseerla se le asemejaba la antesala al infierno.
Y fue por eso que, reuniendo el poco valor que le quedaba, un día decidió perder las llaves de su casa. Y su monedero. Y su coche nuevo. Y después se perdió para que nadie lo encontrara, ni siquiera él mismo.
Pero no pudo esconderse de sí mismo y al poco tiempo volvió a su casa, añorando las comodidaades que le tenían esclavizado al hogar.
Por eso deseaba morir. Pero nadie lo sabía.
martes, 11 de noviembre de 2014
viernes, 7 de noviembre de 2014
el pintor de brocha gorda
- Oye, Miguel Ángel, cuando termines con este cuarto te vas al siguiente y repasas los rodapiés. Luego lo recoges todo bien, yo me voy a discutir negocios al bar.
- ¿Discutir negocios? -preguntó incrédulo Fran
- Lo que has oído. Solo espero que tú no quieras discutir conmigo.
- Yo no discuto nada. Cuando termine este cuarto repaso los rodapiés del siguiente.
Su jefe se estaba vengando de él por el comentario mordaz que había soltado al capataz la semana anterior. Fran lo sabía y entendió que era mejor no protestar. Tenía 3 bocas que alimentar y un trabajo.
"Miguel Ángel", lo había llamado. ¿Cómo se habría sentido el famoso genio si hubiera tenido que pintar toda una habitación del mismo color? No habría podido. Se habría resistido y habría acabado haciendo algo distinto, llamativo, aunque fuera tirar un cubo de pintura contra la pared...
Tirar un cubo de pintura... el pensamiento lo asaltó de repente. Naturalmente lo echarían. Y naturalmente por cada trabajo que perdiera se le haría más difícil encontrar uno nuevo. Y su mujer le miraría con pena y su niña lloraría porque vería que sus papás estaban tensos.
Estaba harto de la tensión. Y decidió al momento: se irían de viaje al sur, a donde estaba su hermano. Su hermano ya le había escrito a menudo, rogándole que fuera con toda la familia; le daría trabajo un trabajo digno. "La familia tiene que estar junta. Es lo que mamá hubiera querido"
Con el pensamiento de su recién difunta madre en la punta de la lengua bajó de la escalera. El bote de pintura negra era más pequeño que los otros, pues apenas pensaban utilizarla. Pero a él le bastaría. Con un destornillador abrió la tapa y, sin pensarlo dos veces, tiró el contenido contra la pared.
Mucha de la pintura había acabado en el suelo cubierto de cartones, así que rápidamente los recogió y puso en su lugar otros limpios. ¡Así estaba bien! Parecía que todo estaba en orden, salvo por aquella mancha negra en la pared.
Ahora le tocaba esperar a que llegara su jefe. En el ínterin, decidió trabajar como si no hubiera pasado nada. Y repasó los rodapiés del cuarto de al lado y limpió todo.
Luego se sentó en la escalera a esperar.
Oyó que la puerta se abría. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión. Se abriría la puerta y su jefe le gritaría, tal vez incluso intentara pegarle.
Se oían unas voces, pero ninguna de ellas le era muy conocida.
De repente se abrió la puerta. Allí habían dos mujeres y una de ellas, a juzgar por su expresión, debía de ser la dueña. Las dos miraban al gran manchón negro sobre la pared. Y por fin la acompañante no pudo más y exclamó:
- ¡Pero esto es magnífico, Piluca! Cómo me has sorprendido, ¡qué buen gusto! ¿Y este es el joven artista?
El pintor se puso en pie de un salto y rojo como un tomate, hizo una reverencia mientras la dueña, repuesta del susto, decía:
- Sí, aquí tenemos a nuestro Miguel Ángel. ¿No te parece que es fantástico?
- ¿Discutir negocios? -preguntó incrédulo Fran
- Lo que has oído. Solo espero que tú no quieras discutir conmigo.
- Yo no discuto nada. Cuando termine este cuarto repaso los rodapiés del siguiente.
Su jefe se estaba vengando de él por el comentario mordaz que había soltado al capataz la semana anterior. Fran lo sabía y entendió que era mejor no protestar. Tenía 3 bocas que alimentar y un trabajo.
"Miguel Ángel", lo había llamado. ¿Cómo se habría sentido el famoso genio si hubiera tenido que pintar toda una habitación del mismo color? No habría podido. Se habría resistido y habría acabado haciendo algo distinto, llamativo, aunque fuera tirar un cubo de pintura contra la pared...
Tirar un cubo de pintura... el pensamiento lo asaltó de repente. Naturalmente lo echarían. Y naturalmente por cada trabajo que perdiera se le haría más difícil encontrar uno nuevo. Y su mujer le miraría con pena y su niña lloraría porque vería que sus papás estaban tensos.
Estaba harto de la tensión. Y decidió al momento: se irían de viaje al sur, a donde estaba su hermano. Su hermano ya le había escrito a menudo, rogándole que fuera con toda la familia; le daría trabajo un trabajo digno. "La familia tiene que estar junta. Es lo que mamá hubiera querido"
Con el pensamiento de su recién difunta madre en la punta de la lengua bajó de la escalera. El bote de pintura negra era más pequeño que los otros, pues apenas pensaban utilizarla. Pero a él le bastaría. Con un destornillador abrió la tapa y, sin pensarlo dos veces, tiró el contenido contra la pared.
Mucha de la pintura había acabado en el suelo cubierto de cartones, así que rápidamente los recogió y puso en su lugar otros limpios. ¡Así estaba bien! Parecía que todo estaba en orden, salvo por aquella mancha negra en la pared.
Ahora le tocaba esperar a que llegara su jefe. En el ínterin, decidió trabajar como si no hubiera pasado nada. Y repasó los rodapiés del cuarto de al lado y limpió todo.
Luego se sentó en la escalera a esperar.
Oyó que la puerta se abría. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión. Se abriría la puerta y su jefe le gritaría, tal vez incluso intentara pegarle.
Se oían unas voces, pero ninguna de ellas le era muy conocida.
De repente se abrió la puerta. Allí habían dos mujeres y una de ellas, a juzgar por su expresión, debía de ser la dueña. Las dos miraban al gran manchón negro sobre la pared. Y por fin la acompañante no pudo más y exclamó:
- ¡Pero esto es magnífico, Piluca! Cómo me has sorprendido, ¡qué buen gusto! ¿Y este es el joven artista?
El pintor se puso en pie de un salto y rojo como un tomate, hizo una reverencia mientras la dueña, repuesta del susto, decía:
- Sí, aquí tenemos a nuestro Miguel Ángel. ¿No te parece que es fantástico?
jueves, 6 de noviembre de 2014
el traga-palabras
Todas las ranas aprenden a croar correctamente. Para ello, van a la escuela de ranas cuando aún son renacuajos y se entrenan diariamente. Una rana que no sabe croar es como un árbol que no sabe echar hojas.
- Tenéis que coger aire profundamente. Lo metéis en la barriga y dejáis que repose allí por unos momentos antes de expulsarlo. Y luego lo hacéis, pero cuidado que no sea muy rápido, que no sea muy lento.
Así les explicaba don Canuto, el profesor.
- T'go kir aksa -dijo una rana nueva, apenas un renacuajancito que venía con su hermano mayor.
- ¿Qué dice usted, joven? -interrogó el profesor
- ¡¡Aksa!! -replicó el joven
El profesor miró a su hermano.
- Dice que tiene que ir a casa -explicó este
- ¿Y por qué, si se puede saber, desea usted abandonar el aula tan temprano? -preguntó el profesor con pedantería
- Pipí -dijo el renacuajo, aliviado de que la respuesta fuera tan fácil.
- Me parece que no va usted a progresar mucho en el arte del croqueo, joven. De todas formas, para aliviar sus necesidades más imperiosas no hace falta que se vaya a su casa. Aquí tenemos nuestro propio baño.
Y con esto se dio la vuelta. El pequeño se fue corriendo -los renacuajos no dan saltos- hacia donde su hermano le indicaba. Temía que fuera muy tarde.
Cuando volvió, el profesor interrumpió la clase hasta que se sentó. Todos los alumnos le miraban y el pequeño renacuajo se sintió cohibido.
- Tengo curiosidad por saber su nombre, pequeño. ¿Sería tan amable de compartirlo con el resto de la clase?
El pequeño no le entendió. Miró angustiado a su hermano, quien contestó por él.
- Se llama Nicolás, pero en casa la llamamos traga-palabras. Ahora ya sabe usted por qué.
Toda la clase se rió. El profesor continuó con su clase y Nicolás se sintió triste. Apenas levantaba la mirada.
Entonces algo oscuro pasó por el cielo, oscureciendo el aula.
- ¡Cuidado con la cigüeña! -se oyó el grito de advertencia.
El grito y la sombra levantaron un pandemónium donde antes solo había orden. Todas las ranitas y renacuajos se apresuaraban a buscar refugio y saltaban de un lado a otro, croando como podían y sin que nadie se preocupara de saber si afinaban más o menos.
El profesor también saltaba. Pero ya estaba mayor y no era tan rápido. Sin embargo, su forma gorda y voluminosa atrajo la mirada del ave, que se avalanzó sobre él. Justo cuando iba a ensartarlo con su afilado pico, una pequeña sombra se lanzó sobre sus ojos. La cigüeña erró el tiro y, además, chocó contra el suelo. Maltrecha y asustada se fue de allí.
¿Y quién había sido el pequeño héroe que se había lanzado en defensa del pomposo profesor?
Traga-palabras, a quien desde aquel día todos honraron. Y cuando decían "traga-palabras" ya no era como un insulto, sino como una alabanza a un renacuajo tan valiente.
Tan valiente fue que no solo arriesgó su vida, sino que también hizo lo posible por croar correctamente y llegó a ser famoso por la forma tan esmerada que tenía de hablar. Y cuando murió de puro viejo, murió como alcalde de toda la villa, que le tenía gran cariño. ¿Sus últimas palabras? Sí, fueron "aksa".
- Tenéis que coger aire profundamente. Lo metéis en la barriga y dejáis que repose allí por unos momentos antes de expulsarlo. Y luego lo hacéis, pero cuidado que no sea muy rápido, que no sea muy lento.
Así les explicaba don Canuto, el profesor.
- T'go kir aksa -dijo una rana nueva, apenas un renacuajancito que venía con su hermano mayor.
- ¿Qué dice usted, joven? -interrogó el profesor
- ¡¡Aksa!! -replicó el joven
El profesor miró a su hermano.
- Dice que tiene que ir a casa -explicó este
- ¿Y por qué, si se puede saber, desea usted abandonar el aula tan temprano? -preguntó el profesor con pedantería
- Pipí -dijo el renacuajo, aliviado de que la respuesta fuera tan fácil.
- Me parece que no va usted a progresar mucho en el arte del croqueo, joven. De todas formas, para aliviar sus necesidades más imperiosas no hace falta que se vaya a su casa. Aquí tenemos nuestro propio baño.
Y con esto se dio la vuelta. El pequeño se fue corriendo -los renacuajos no dan saltos- hacia donde su hermano le indicaba. Temía que fuera muy tarde.
Cuando volvió, el profesor interrumpió la clase hasta que se sentó. Todos los alumnos le miraban y el pequeño renacuajo se sintió cohibido.
- Tengo curiosidad por saber su nombre, pequeño. ¿Sería tan amable de compartirlo con el resto de la clase?
El pequeño no le entendió. Miró angustiado a su hermano, quien contestó por él.
- Se llama Nicolás, pero en casa la llamamos traga-palabras. Ahora ya sabe usted por qué.
Toda la clase se rió. El profesor continuó con su clase y Nicolás se sintió triste. Apenas levantaba la mirada.
Entonces algo oscuro pasó por el cielo, oscureciendo el aula.
- ¡Cuidado con la cigüeña! -se oyó el grito de advertencia.
El grito y la sombra levantaron un pandemónium donde antes solo había orden. Todas las ranitas y renacuajos se apresuaraban a buscar refugio y saltaban de un lado a otro, croando como podían y sin que nadie se preocupara de saber si afinaban más o menos.
El profesor también saltaba. Pero ya estaba mayor y no era tan rápido. Sin embargo, su forma gorda y voluminosa atrajo la mirada del ave, que se avalanzó sobre él. Justo cuando iba a ensartarlo con su afilado pico, una pequeña sombra se lanzó sobre sus ojos. La cigüeña erró el tiro y, además, chocó contra el suelo. Maltrecha y asustada se fue de allí.
¿Y quién había sido el pequeño héroe que se había lanzado en defensa del pomposo profesor?
Traga-palabras, a quien desde aquel día todos honraron. Y cuando decían "traga-palabras" ya no era como un insulto, sino como una alabanza a un renacuajo tan valiente.
Tan valiente fue que no solo arriesgó su vida, sino que también hizo lo posible por croar correctamente y llegó a ser famoso por la forma tan esmerada que tenía de hablar. Y cuando murió de puro viejo, murió como alcalde de toda la villa, que le tenía gran cariño. ¿Sus últimas palabras? Sí, fueron "aksa".
miércoles, 5 de noviembre de 2014
las cucharillas marxistas
- Escuchadme, hermanas. El destino no nos ha hecho así, no nos ha colocado en esta cuber... cuber... -se atascó con la palabra. Siempre le pasaba igual.
- Cubertería -le susurró la negra
- ¡Cubertería! -exclamó.
Luego continuó. Todas las cucharillas la miraban atentamente.
- ¿A quién le gusta que nos utilicen de forma tan degradante? Casi no pasa día sin el que nos pongan en contacto con líquidos ardientes. Y luego nos sobetean con la lengua. ¿Y no recordais el primer terror que sentísteis al entrar en la boca?
Hubo un murmullo de aprobación
- Sí, la boca, esa negrura con tintes rojos que recuerda al mismísimo infierno. Pero os lo vuelvo a repetir: el destino no nos ha colocado aquí, sino... sabéis a quien me voy a referir ahora. Tenéis su imagen en vuestras cabezas redondas y peladas. ¡El creador! Y yo ahora maldigo su obra y maldigo mi existencia si mi destino vino sellado con...
No pudo seguir hablando. Lo que había comenzado como un murmullo crecía sin parar, tapando la aguda voz del orador. Este hizo un último esfuerzo y lanzó un grito, exclamando:
- ¡Mirad a la negra!
La cuchara aludida se sorprendió, pero no dio muestra de ello.
Pero el truco había funcionado. Ahora todos miraban a la negra, esperando -ansiando-las palabras de justicia que caerían sobre ellos.
- Mirad a la negra -repitió el orador con un tono sibilino. ¿De qué color era antes? Todos lo sabéis, era plateada y brillante. Y un día fue un orgullo de cucharilla, un regalo entre los poderosos. Y no estaba sola, ¿cuántos te acompañaban en el día de tu venta, negra?
- Eramos diez cucharillas -contestó la otra de mal humor.
- ¡Diez cucharillas! Y hoy solo quedas tú, ennegrecida por el tiempo y la falta de atención. ¿A eso lo llamaremos un destino justo?
El público enmudecía
- Sí, protestáis cuando menciono al creador. Pero sabéis que hay algo extraño en todo esto.
- Tal vez este sí que sea nuestro destino -dijo una de la primera fila
- ¿Quién lo dice? Ah, sí, te conozco bien. Un día eras la cucharilla más brillante del sindicato. Pero luego te ha dado por doblegarte al destino y...
En ese momento comenzó a llover en la calle. Grandes goterones caían por el ventanal. Un rayo iluminó toda la estancia y un trueno retumbó a poca distancia.
- ¡El cielo nos escucha! -exclamó el orador, aunque una parte de él tenía miedo.
- ¿Y qué nos propones? -dijo otra
- ¿Qué os propongo? Os lo diré sin ambajes, de una vez por todas. Que esta tormenta sea testigo de mi propuesta, que a muchos parecerá una locura pero, ¡cosas más grandes se han visto!
- ¿El qué?
- ¡¡Dilo de una vez!!
Y el orador, viendo que su público ya estaba dispuesto, exclamó a todo pulmón:
- ¡¡Seamos CUCHILLOS!!
Otro trueno volvió a tronar. El cielo se rompía.
- Cubertería -le susurró la negra
- ¡Cubertería! -exclamó.
Luego continuó. Todas las cucharillas la miraban atentamente.
- ¿A quién le gusta que nos utilicen de forma tan degradante? Casi no pasa día sin el que nos pongan en contacto con líquidos ardientes. Y luego nos sobetean con la lengua. ¿Y no recordais el primer terror que sentísteis al entrar en la boca?
Hubo un murmullo de aprobación
- Sí, la boca, esa negrura con tintes rojos que recuerda al mismísimo infierno. Pero os lo vuelvo a repetir: el destino no nos ha colocado aquí, sino... sabéis a quien me voy a referir ahora. Tenéis su imagen en vuestras cabezas redondas y peladas. ¡El creador! Y yo ahora maldigo su obra y maldigo mi existencia si mi destino vino sellado con...
No pudo seguir hablando. Lo que había comenzado como un murmullo crecía sin parar, tapando la aguda voz del orador. Este hizo un último esfuerzo y lanzó un grito, exclamando:
- ¡Mirad a la negra!
La cuchara aludida se sorprendió, pero no dio muestra de ello.
Pero el truco había funcionado. Ahora todos miraban a la negra, esperando -ansiando-las palabras de justicia que caerían sobre ellos.
- Mirad a la negra -repitió el orador con un tono sibilino. ¿De qué color era antes? Todos lo sabéis, era plateada y brillante. Y un día fue un orgullo de cucharilla, un regalo entre los poderosos. Y no estaba sola, ¿cuántos te acompañaban en el día de tu venta, negra?
- Eramos diez cucharillas -contestó la otra de mal humor.
- ¡Diez cucharillas! Y hoy solo quedas tú, ennegrecida por el tiempo y la falta de atención. ¿A eso lo llamaremos un destino justo?
El público enmudecía
- Sí, protestáis cuando menciono al creador. Pero sabéis que hay algo extraño en todo esto.
- Tal vez este sí que sea nuestro destino -dijo una de la primera fila
- ¿Quién lo dice? Ah, sí, te conozco bien. Un día eras la cucharilla más brillante del sindicato. Pero luego te ha dado por doblegarte al destino y...
En ese momento comenzó a llover en la calle. Grandes goterones caían por el ventanal. Un rayo iluminó toda la estancia y un trueno retumbó a poca distancia.
- ¡El cielo nos escucha! -exclamó el orador, aunque una parte de él tenía miedo.
- ¿Y qué nos propones? -dijo otra
- ¿Qué os propongo? Os lo diré sin ambajes, de una vez por todas. Que esta tormenta sea testigo de mi propuesta, que a muchos parecerá una locura pero, ¡cosas más grandes se han visto!
- ¿El qué?
- ¡¡Dilo de una vez!!
Y el orador, viendo que su público ya estaba dispuesto, exclamó a todo pulmón:
- ¡¡Seamos CUCHILLOS!!
Otro trueno volvió a tronar. El cielo se rompía.
martes, 4 de noviembre de 2014
la guerra de los cubiertos
- Esto es inaguantable. Y sé que muchos estáis de acuerdo conmigo, aunque no lo digáis en voz alta. Pero creo que nuestro sentir es el mismo.
Los demás cubiertos callaron. Nadie se atrevía a moverse. Alrededor de ellos se habían colocado todos los cuchillos que miraban arrobados a su jefe, el gran cortador de la carne. A su lado estaba el cuchillo aserrado para el pan. Se decía que era su lugarteniente y quien de verdad manejaba el poder.
- No os oigo asentir.
Los tenedores fueron los primeros en gritar su adhesión. Y luego las cucharas, a las que se les podía oír la desgana. Pero con ellas siempre era igual y nadie prestó mucho atención. Bajo su amparo estaban todos los pequeños cubiertos, las cucharillas y tenedorcillos de postre, los cuchillitos para la mantequilla que aún no se habían unido a las filas del ejército.
- Pero esto será un empresa de todos. Todos tenemos que estar de acuerdo. Pero sé que lo estaremos porque, ¿sabéis qué pienso cuando os miro?
Una cuchara estuvo a punto de decir "cubiertos atemorizados", pero se guardó de expresarlo en voz alta.
- ¡Una gran familia!
Aquel era el punto y final y muchos cubiertos comenzaron a chocar entre sí sus espadones para provocar una ovación. Por su parte, el gran cuchillo de la carne se volvió sonriente hacia el del pan, que le miraba con gesto embozado. Pero también sonrió y allí, en la tribuna, chocaron sus filos como señal de amistad.
Los demás cubiertos estaban atemorizados, pero los pequeños enseguida comenzaron a imitar a sus mayores.
- ¡Ayuda, ayuda! -comenzaron a gritar un tenedorcito y un pequeño cuchillo que se habían ensarzado.
- ¿Qué ha pasado, por qué gritáis así? -preguntó una de las cucharas
- Queríamos chocar pero su hoja se ha metido entre mis lanzas y ahora no podemos sacarla.
La cuchara les ayudó a desenredarse. El cuchillito estaba llorando.
- Eso os pasa por meteros en cosas de mayores -advirtió la cuchara
Dos cucharas estaban hablando en medio del barullo:
- ¿Y ahora que pasa? ¿Ya hemos terminado?
- No, hija. Esto solo es una pausa para que nuestro amado líder se tome un tentenpié -y al decir esto sonrió amargamente.
- Pero no acabo de entender qué es lo que quieren.
- ¿No te has enterado? Pues no será porque no lo repiten una y otra vez. Debemos de sentirnos ofendidos porque nos usan diariamente, mientras que los cubiertos de plata están tan tranquilos en el armario, o eso dicen.
- El otro día estuve charlando en el fregadero con un cuchillo de plata. ¡Qué modales tenía! Cualquiera hubiera dicho que estaba cubierto de la grasa del estofado, porque hablaba como un príncipe, oye.
- ¿Y qué hacías tú en el fregadero con uno de plata? Si nunca nos juntan...
- No, termina tú de contarme qué es lo que quieren estos, que se nos va el tiempo y el creador tiene que irse a trabajar.
- Pues lo de siempre. Los cuchillos quieren guerrear y ocupar el armario de los de plata.
- ¡Pero eso es horrible! ¿Y qué pasará con los otros?
El gesto de su interlocutor era más que elocuente.
- ¡Terrible! -volvió a exclamar. ¿Acaso los de plata no tienen también cucharillas, tenedorcillos y cuchillos para la mantequilla?
- Pero no has oído lo peor. Porque por el mismo golpe pretende eliminar a las cucharillas para el café.
- ¡¡NO!!
En aquel momento los cuchillos hicieron callar a todos porque el gran cuchillo para la carne volvía a hablar.
Pero entonces se abrió la puerta de la cocina y entró la cocinera. Los cuchillos y todos se quedaron todos quietos en su sitio.
- ¿Y qué hacen todos estos fuera del cubertero? Se lo voy a decir a la ama, que los niños han vuelto a jugar en la cocina. Y tú -dijo, cogiendo al gran cuchillo para la carne- es hora de que te devuelva al carnicero que te prestó. Demasiado peligroso me parece que andes por aquí. Te meteré en una gabeta especial. No podrás quejarte, solo para ti!!
Y así fue como los cuchillos perdieron a su líder y no fueron a la guerra que tanto soñaban.
Los demás cubiertos callaron. Nadie se atrevía a moverse. Alrededor de ellos se habían colocado todos los cuchillos que miraban arrobados a su jefe, el gran cortador de la carne. A su lado estaba el cuchillo aserrado para el pan. Se decía que era su lugarteniente y quien de verdad manejaba el poder.
- No os oigo asentir.
Los tenedores fueron los primeros en gritar su adhesión. Y luego las cucharas, a las que se les podía oír la desgana. Pero con ellas siempre era igual y nadie prestó mucho atención. Bajo su amparo estaban todos los pequeños cubiertos, las cucharillas y tenedorcillos de postre, los cuchillitos para la mantequilla que aún no se habían unido a las filas del ejército.
- Pero esto será un empresa de todos. Todos tenemos que estar de acuerdo. Pero sé que lo estaremos porque, ¿sabéis qué pienso cuando os miro?
Una cuchara estuvo a punto de decir "cubiertos atemorizados", pero se guardó de expresarlo en voz alta.
- ¡Una gran familia!
Aquel era el punto y final y muchos cubiertos comenzaron a chocar entre sí sus espadones para provocar una ovación. Por su parte, el gran cuchillo de la carne se volvió sonriente hacia el del pan, que le miraba con gesto embozado. Pero también sonrió y allí, en la tribuna, chocaron sus filos como señal de amistad.
Los demás cubiertos estaban atemorizados, pero los pequeños enseguida comenzaron a imitar a sus mayores.
- ¡Ayuda, ayuda! -comenzaron a gritar un tenedorcito y un pequeño cuchillo que se habían ensarzado.
- ¿Qué ha pasado, por qué gritáis así? -preguntó una de las cucharas
- Queríamos chocar pero su hoja se ha metido entre mis lanzas y ahora no podemos sacarla.
La cuchara les ayudó a desenredarse. El cuchillito estaba llorando.
- Eso os pasa por meteros en cosas de mayores -advirtió la cuchara
Dos cucharas estaban hablando en medio del barullo:
- ¿Y ahora que pasa? ¿Ya hemos terminado?
- No, hija. Esto solo es una pausa para que nuestro amado líder se tome un tentenpié -y al decir esto sonrió amargamente.
- Pero no acabo de entender qué es lo que quieren.
- ¿No te has enterado? Pues no será porque no lo repiten una y otra vez. Debemos de sentirnos ofendidos porque nos usan diariamente, mientras que los cubiertos de plata están tan tranquilos en el armario, o eso dicen.
- El otro día estuve charlando en el fregadero con un cuchillo de plata. ¡Qué modales tenía! Cualquiera hubiera dicho que estaba cubierto de la grasa del estofado, porque hablaba como un príncipe, oye.
- ¿Y qué hacías tú en el fregadero con uno de plata? Si nunca nos juntan...
- No, termina tú de contarme qué es lo que quieren estos, que se nos va el tiempo y el creador tiene que irse a trabajar.
- Pues lo de siempre. Los cuchillos quieren guerrear y ocupar el armario de los de plata.
- ¡Pero eso es horrible! ¿Y qué pasará con los otros?
El gesto de su interlocutor era más que elocuente.
- ¡Terrible! -volvió a exclamar. ¿Acaso los de plata no tienen también cucharillas, tenedorcillos y cuchillos para la mantequilla?
- Pero no has oído lo peor. Porque por el mismo golpe pretende eliminar a las cucharillas para el café.
- ¡¡NO!!
En aquel momento los cuchillos hicieron callar a todos porque el gran cuchillo para la carne volvía a hablar.
Pero entonces se abrió la puerta de la cocina y entró la cocinera. Los cuchillos y todos se quedaron todos quietos en su sitio.
- ¿Y qué hacen todos estos fuera del cubertero? Se lo voy a decir a la ama, que los niños han vuelto a jugar en la cocina. Y tú -dijo, cogiendo al gran cuchillo para la carne- es hora de que te devuelva al carnicero que te prestó. Demasiado peligroso me parece que andes por aquí. Te meteré en una gabeta especial. No podrás quejarte, solo para ti!!
Y así fue como los cuchillos perdieron a su líder y no fueron a la guerra que tanto soñaban.
lunes, 3 de noviembre de 2014
hambre
La oveja balaba dulcemente. A su lado había un letrero roto, donde solo se podía leer "Es". ¿Era Estepona, Estepario, Ester? Al fondo, unas ontañas que escalaban verticalmente. Allí estaba escondido el auditorio que los Romanos habían construído. Nadie sabía muy bien por qué.
Y, siguiendo la vuelta que hacía con la vista, el pastor tropezó con el familiar campanario de su pueblo. Pronto las campanas anunciarían la hora de comer. No quería probar bocado hasta que no lo dijeran las campanas:
- Rigidez, disciplina. Eso es lo que te sacará de cualquier apuro, hijo mío.
Así le había dicho su padre en el último estertor, antes de morir una semana antes. Y tal había sido la insistencia de su padre en la autodisciplina que esta era ahora un motivo para recordarle.
- ¿No vas a comer? -le preguntó Reinaldo quien ya se había sentado y sacaba un bocadillo de su macuto.
- Después -dijo. Su voz le sonó rancia, cascada antes de tiempo.
Reinaldo dio un gran mordisco.
- Como quieras -dijo- ¿Sabes que anoche estuve con la Pepa?
Aquellas palabras le sobresaltaron más de lo que podia decir. Aguantó la mirada burlona de Reinaldo y no dijo nada más.
- Hemos quedado a vernos allí, detrás de aquel olmo.
- Es el Olmo del quesero.
- Como quiera que lo llaméis. Lo que pasa que aquí en el pueblo estáis un poco parados. Pero no te ofendas, ¿eh? Que te lo digo con cariño.
El pastor dirigió su vista otra vez hacia las ovejas. Le tranquilizaba.
- Sí, vamos a darnos unos achechurros ahí detrás. A ti no te importa, ¿no?
Reinaldo venía del caribe y era algo que gustaba restregarle a todo el mundo. Al pastor nunca le había importado demasiado. Pero no se esperaba lo de la Pepa. Ella sabía que el Pastor estaba enamorado de ella, que solo esperaba para hacerse bien con la hacienda que le acababa de tocar para ir a por ella, para pedirla en matrimonio.
Mil veces se había imaginado la escena. Porque el pastor estaba fachado a la antigua y sabía que eso complacería a su futuro suegro. "Vengo a pedir la mano de su hija"
- ¡Pues no tiene buenos melones, la Pepa! -exclamó Reinaldo de repente.
- ¿Has quedado ahora? -preguntó el pastor con tranquilidad
- En cuanto me acabe este bocata me voy a comer otras cosas, ji, ji, ¡tú ya me entiendes!
El pastor sintió frío en la espalda. Aquello no estaba bien. Se agachó y cogió una piedra chata que ocultó en el gran bolsillo de su chaqueta.
- Puedes ir ya, si quieres. Total las ovejas están tranquilas.
El otro le miró un poco sorprendido.
- Creía que me querías hasta la una y todavía faltan cinco minutos. Pero bueno, ¡tú eres quien paga! Me iré enseguida
Se metió lo que le quedaba del bocadillo en la boca y se levantó de un salto. Era más alto y fuerte que el Pastor.
Cogió su macuto.
- ¡Espera! -le dijo el pastor. ¿Estás hablando de la Pepa de aquí, la del pueblo?
- Pues claro, ¿qué otra podía ser? Y mira, creo que ya está allí, ¿no ves como una sombra bajo el olmo?
- Sí, la veo -respondió el pastor con voz tétrica.
Reinaldo se dio la vuelta y comenzó a andar. Pero no había caminado dos pasos cuando el pastor se abalanzó sobre él y le golpeó en la nuca con la piedra chata. Reinaldo cayó como un saco de piedras y el pastor lo remató en el suelo hasta estar seguro de haberlo matado.
Luego corrió hacia el olmo. Allí, a la sombra, estaría la Pepa. Y allí mismo la haría suya o la mataría de despecho, aún no lo había decidido.
Y sí, allí había una mujer esperando. Pero cuando se acercó más vio que no era la Pepa sino Luisa, la prostituta del pueblo.
Todavía tenía la piedra goteando sangre en su mano.
Entonces la miró como quien mira el destino.
Y, siguiendo la vuelta que hacía con la vista, el pastor tropezó con el familiar campanario de su pueblo. Pronto las campanas anunciarían la hora de comer. No quería probar bocado hasta que no lo dijeran las campanas:
- Rigidez, disciplina. Eso es lo que te sacará de cualquier apuro, hijo mío.
Así le había dicho su padre en el último estertor, antes de morir una semana antes. Y tal había sido la insistencia de su padre en la autodisciplina que esta era ahora un motivo para recordarle.
- ¿No vas a comer? -le preguntó Reinaldo quien ya se había sentado y sacaba un bocadillo de su macuto.
- Después -dijo. Su voz le sonó rancia, cascada antes de tiempo.
Reinaldo dio un gran mordisco.
- Como quieras -dijo- ¿Sabes que anoche estuve con la Pepa?
Aquellas palabras le sobresaltaron más de lo que podia decir. Aguantó la mirada burlona de Reinaldo y no dijo nada más.
- Hemos quedado a vernos allí, detrás de aquel olmo.
- Es el Olmo del quesero.
- Como quiera que lo llaméis. Lo que pasa que aquí en el pueblo estáis un poco parados. Pero no te ofendas, ¿eh? Que te lo digo con cariño.
El pastor dirigió su vista otra vez hacia las ovejas. Le tranquilizaba.
- Sí, vamos a darnos unos achechurros ahí detrás. A ti no te importa, ¿no?
Reinaldo venía del caribe y era algo que gustaba restregarle a todo el mundo. Al pastor nunca le había importado demasiado. Pero no se esperaba lo de la Pepa. Ella sabía que el Pastor estaba enamorado de ella, que solo esperaba para hacerse bien con la hacienda que le acababa de tocar para ir a por ella, para pedirla en matrimonio.
Mil veces se había imaginado la escena. Porque el pastor estaba fachado a la antigua y sabía que eso complacería a su futuro suegro. "Vengo a pedir la mano de su hija"
- ¡Pues no tiene buenos melones, la Pepa! -exclamó Reinaldo de repente.
- ¿Has quedado ahora? -preguntó el pastor con tranquilidad
- En cuanto me acabe este bocata me voy a comer otras cosas, ji, ji, ¡tú ya me entiendes!
El pastor sintió frío en la espalda. Aquello no estaba bien. Se agachó y cogió una piedra chata que ocultó en el gran bolsillo de su chaqueta.
- Puedes ir ya, si quieres. Total las ovejas están tranquilas.
El otro le miró un poco sorprendido.
- Creía que me querías hasta la una y todavía faltan cinco minutos. Pero bueno, ¡tú eres quien paga! Me iré enseguida
Se metió lo que le quedaba del bocadillo en la boca y se levantó de un salto. Era más alto y fuerte que el Pastor.
Cogió su macuto.
- ¡Espera! -le dijo el pastor. ¿Estás hablando de la Pepa de aquí, la del pueblo?
- Pues claro, ¿qué otra podía ser? Y mira, creo que ya está allí, ¿no ves como una sombra bajo el olmo?
- Sí, la veo -respondió el pastor con voz tétrica.
Reinaldo se dio la vuelta y comenzó a andar. Pero no había caminado dos pasos cuando el pastor se abalanzó sobre él y le golpeó en la nuca con la piedra chata. Reinaldo cayó como un saco de piedras y el pastor lo remató en el suelo hasta estar seguro de haberlo matado.
Luego corrió hacia el olmo. Allí, a la sombra, estaría la Pepa. Y allí mismo la haría suya o la mataría de despecho, aún no lo había decidido.
Y sí, allí había una mujer esperando. Pero cuando se acercó más vio que no era la Pepa sino Luisa, la prostituta del pueblo.
Todavía tenía la piedra goteando sangre en su mano.
Entonces la miró como quien mira el destino.
domingo, 2 de noviembre de 2014
el comepiedras
Solo quería volver a sentir la luz del sol. Esteban le había entendido. El agujero donde lo tenían encerrado se le hacía cada vez más pequeño: ya no era tan joven. Y ni siquiera avisaba cuando encontraba un tubérculo asomando entre la tierra; se lo tragaba rápidamente antes de que nadie pudiera darse cuenta.
Creían que era un viejo loco, pero él sabía más. Esteban le había entendido, le había olisqueado el hocico y le había dicho, como en un susurro de intimidad, "si nunca sales, debe de pesarte a veces".
- ¿No tenías que estar ya trabajando? -le había preguntado Lázaro.
No era un mal jefe. Antes que él había sido su padre, y antes aún se recordaba la tiranía del abuelo. El abuelo había sido un jefe temible. Pero su nieto era mucho más llevadero.
- Enseguida me pongo -respondió
Y se metió en su agujero para prolongar el tunel por el que se esperaba llegar a un río subterráneo. Sabía que estaba cerca porque sus huesos lo resentían, porque la humedad calaba las paredes de su agujero. Era un buen trabajador, pero Esteban le había entendido mejor que nadie. "Debe pesarte a veces".
Se contaban cosas del exterior... él ya hacía muchos años que no subía. Y por eso le sorprendió que Lázaro le fuera a ver a su agujero:
- Queremos que salgas tú -le espetó de repente.
Y añadió que nadie tenía su sabiduría y prudencia, y su trabajo en lo más profundo de la mina, su trabajo como el más veterano de todos que hasta había conocido a su abuelo, su trabajo, sí, era prueba patente de que todos podían confiar en él. La familia confiaba en él.
- ¿Y Esteban? -preguntó, esforzándose por darle a su voz un tono indiferente (¿se habría dado cuenta? Lázaro era muy listo, decían, y por el olfato le entraban todos los sentimientos que un topo podía querer ocultar)
Le pareció que Lázaro sonreía.
- Esteban hace tiempo que partió hacia otra madriguera. Pero tal vez afuera tengas más noticias de él.
Y así quedo convenido: que saldría afuera y volvería rápido para contar como estaba el exterior por aquella parte. Porque todos contaban con él: la familia, la comunidad....
No le quedó otra que asentir. Hubiera supuesto demasiado esfuerzo negarse ante tantos intereses. Y él ya no era tan joven. Podía comerse los tubérculos a escondidas y, tal vez, todos lo supieran y le dejaban hacer. ¿No decían que estaba haciendo un buen trabajo en su mina? Sabía que no hay alago sin mentira, pero le parecía una descortesía desconfiar de su jefe, por mucho que él fuera mucho mayor y que hubiera trabajado con el tirano de su abuelo.
Así que salió por los túneles más nuevos que llegaban al exterior.
- ¡Suerte! -exclamó Lázaro dándole un último empujón.
Sintió el aire fresco y sus ojos de topo adivinaron la luz de la luna. Pero no tuvo tiempo de más. En seguida oyó un disparo y un gran dolor en el costado. No podía moverse. ¿Era aquello la llegada de la vejez? Pero llegó ladrando y con forma de perro.
- ¡Mata al topo ladrón, cachorro! -gritó la voz de un hombre.
¿Había salido Esteban también por allí? "Si no sales, debe de pesarte a veces"
Creían que era un viejo loco, pero él sabía más. Esteban le había entendido, le había olisqueado el hocico y le había dicho, como en un susurro de intimidad, "si nunca sales, debe de pesarte a veces".
- ¿No tenías que estar ya trabajando? -le había preguntado Lázaro.
No era un mal jefe. Antes que él había sido su padre, y antes aún se recordaba la tiranía del abuelo. El abuelo había sido un jefe temible. Pero su nieto era mucho más llevadero.
- Enseguida me pongo -respondió
Y se metió en su agujero para prolongar el tunel por el que se esperaba llegar a un río subterráneo. Sabía que estaba cerca porque sus huesos lo resentían, porque la humedad calaba las paredes de su agujero. Era un buen trabajador, pero Esteban le había entendido mejor que nadie. "Debe pesarte a veces".
Se contaban cosas del exterior... él ya hacía muchos años que no subía. Y por eso le sorprendió que Lázaro le fuera a ver a su agujero:
- Queremos que salgas tú -le espetó de repente.
Y añadió que nadie tenía su sabiduría y prudencia, y su trabajo en lo más profundo de la mina, su trabajo como el más veterano de todos que hasta había conocido a su abuelo, su trabajo, sí, era prueba patente de que todos podían confiar en él. La familia confiaba en él.
- ¿Y Esteban? -preguntó, esforzándose por darle a su voz un tono indiferente (¿se habría dado cuenta? Lázaro era muy listo, decían, y por el olfato le entraban todos los sentimientos que un topo podía querer ocultar)
Le pareció que Lázaro sonreía.
- Esteban hace tiempo que partió hacia otra madriguera. Pero tal vez afuera tengas más noticias de él.
Y así quedo convenido: que saldría afuera y volvería rápido para contar como estaba el exterior por aquella parte. Porque todos contaban con él: la familia, la comunidad....
No le quedó otra que asentir. Hubiera supuesto demasiado esfuerzo negarse ante tantos intereses. Y él ya no era tan joven. Podía comerse los tubérculos a escondidas y, tal vez, todos lo supieran y le dejaban hacer. ¿No decían que estaba haciendo un buen trabajo en su mina? Sabía que no hay alago sin mentira, pero le parecía una descortesía desconfiar de su jefe, por mucho que él fuera mucho mayor y que hubiera trabajado con el tirano de su abuelo.
Así que salió por los túneles más nuevos que llegaban al exterior.
- ¡Suerte! -exclamó Lázaro dándole un último empujón.
Sintió el aire fresco y sus ojos de topo adivinaron la luz de la luna. Pero no tuvo tiempo de más. En seguida oyó un disparo y un gran dolor en el costado. No podía moverse. ¿Era aquello la llegada de la vejez? Pero llegó ladrando y con forma de perro.
- ¡Mata al topo ladrón, cachorro! -gritó la voz de un hombre.
¿Había salido Esteban también por allí? "Si no sales, debe de pesarte a veces"
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