- Mamá, ¿las hormigas tienen prisa?
Las preguntas de su hijo eran cada vez más raras
- No. No tienen ninguna prisa. Simplemente trabajan y trabajan y llevan todo tipo de comida a su madriguera.
- Me ha parecido ver a una corriendo -dijo el niño
- En cuanto llegue tu padre, nos vamos -le avisó ella. Ya tenía el oído duro para las fantasías de su hijo menor.
Iban a salir a comer una pizza y después un helado. El plan era muy atrayente y pronto el pequeño olvidó lo que creía haber visto.
Pero en el mundo de las hormigas, sí estaba pasando algo fuera de lo normal. La larga fila de hormigas que iban y venían estaba siendo rebasada por una hormiga "con prisa". Iba vestida con un pequeño pantaloncito y estiraba las patas todo lo que podía para dar grandes saltos.
- ¿Y esa dónde va? -se decían las trabajadoras
- Mejor que no lo encuentre una soldado o lo va a pasar mal -dijo otra
- Una loca -terció una última.
Pero la hormiga corredora no escuchaba a nadie más que a una sensación de libertad que le asaltaba siempre que corría. Y ahora contaba con el permiso de la reina para correr.
"Pero solo cada dos días", le había dicho. Se había colado en el palacio sin que la vieran y esquivando a las desconfiadas hormigas-soldados. Incluso se disfrazó como un soldado para llegar hasta la reina. Y a ella le había gustado su arrojo.
No tenía ningún destino fijo. Corría siguiendo la larga fila de hormigas por una suerte de instinto. Aquel era su primer día y muchas la criticaban siguiéndola con la vista. ¡Bah, ya se acostumbrarían! Pero lo cierto es que le molestaba que la miraran así. Le hacía perder concentración y, por la tanto, aquel sentimiento de placidez. Por eso se desvió de la fila de hormigas y se adentró en tierras desconocidas. Al principio se encontraba con algún que otro explorador; eran hormigas que hacían de avanzadilla y buscaban la comida que los destacamentos organizados vendrían a buscar más tarde. Pero incluso estos fueron desapareciendo a medida que se alejaba más.
Y entonces lo encontró. Era más grande que ella -eso no era difícil- y tenía una forma angulada e irregular. Se paró a observarla y dio la vuelta alrededor. Estaba hecho de papel y algún humano había estado recortándola de la hoja. Por fin cayó en la cuenta: era una letra recortada y pintada de negro. Era la letra "T".
- En mi salón quedaría muy bien -se dijo la hormiga.
"en el baño", dijo otra voz dentro de sí
"es muy pesada, no puedes llevártela", dijo otra más
"lo que es seguro es que no puedes correr con ella", siguió razonando
Pero a la hormiguita le gustaba aquella gran letra.
Cuando volvieron de la pizza, el pequeño se caía de sueño. Pero se despertó de repente cuando descubrió que una de las letras que había estado recortando para el colegio había caído al suelo y ahora se encontraba colonizada. Miró con su lupa, y allí vio que una hormiga vestida con calzas como las de los tenistas estaba acostada en la cruz de la T. Parecía complacida consigo misma.
- A mí también me gusta que estés aquí -le dijo el pequeño. Y la puso con cuidado en su mesilla de noche.
sábado, 13 de septiembre de 2014
martes, 9 de septiembre de 2014
el lector
- Vámonos a dar una vuelta, Panda.
- No puedo -contestó el pequeño conejito. Su pelaje blanco y sus manchas negras le habían ganado el apodo.
Levantó la vista hacia sus amiguetes, todos ellos conejos de la vecindad de su misma edad, junto a tres de sus hermanos.
- Debo...
- ¡Leer! -le interrumpió el que le había invitado- ¿Es que nunca te cansas?
- Por supuesto que me canso -confesó él.
- ¿Y entonces por qué lo haces? -le preguntó una conejita un poco más joven que se había unido al grupo recientemente. No conocía a Panda y le parecía sumamente misterioso (y romántico) que aquel conejo eligiera quedarse leyendo en vez de irse de fiesta.
Panda miró confuso a su libro. Le gustaba mucho aquella conejita y no quería que se lo leyera en su mirada.
- Solo me quedan veinte páginas. Tal vez luego os encuentre. ¿Por dónde vais a estar?
- Déjalo, shakespeare, ya nos has venido con el mismo cuento antes. Quédate con tus libros.
Se marcharon. Sus hermanos le miraron con especial desprecio. "Avergüenzas a la familia", parecían decir.
Panda les miró un segundo más y luego siguió con la lectura. De repente lo interrumpió una vocecita:
- ¿Por qué no te has ido con los demás? -era una conejita hermana pequeña de la que le gustaba. ¿Cómo se llamaba? Trató de recordar.
- Estoy leyendo -contestó
Pero la otra no se conformó con la respuesta.
- ¿Y?
¡Parda! Ese era su nombre. Como él, los colores de su pelaje se lo habían impuesto. No era muy agraciada y Panda sintió pena.
- Me gusta leer. Supongo que me gusta más leer que salir de fiesta.
La conejita asintió.
- Yo también los encuentro aburridos. Así que tenemos otra cosa en común.
A Panda no le gustaba que se dijera que la coneja de sus sueños era aburrida. Ni siquiera por su hermana.
- No he dicho eso -repuso friamente. Pero luego cayó en la cuenta de lo que había dicho la conejita- ¿Y qué otra cosa crees que tenemos en común?
Ella se rió enseñando sus dientecitos. ¡Dios mío, solo era una niña!
- Pues nuestros nombres. Ambos empiezan por Pa.
Él también se rió:
- Creí que ibas a decir que ambos tenemos nuestros nombres por nuestro pelaje -confesó.
Ella se puso seria:
- A mucha gente le ponen el nombre por lo que parece que es y no por lo que realmente es.
Se quedó unos momentos callada, como madurando lo que acababa de decir. Luego miró alegremente a Panda en los ojos.
- ¡Tengo que irme! -anunció
Y se fue dando saltos
Panda volvió a enfrascarse en la lectura. Pero ahora ya no podía pasar de la misma página. Constantemente olvidaba lo que había leído. ¿Era posible que ya no le interesara? Y su mirada se volvía al camino por donde la pequeña Parda había desaparecido.
De repente el libro ya no era tan entretenido.
- No puedo -contestó el pequeño conejito. Su pelaje blanco y sus manchas negras le habían ganado el apodo.
Levantó la vista hacia sus amiguetes, todos ellos conejos de la vecindad de su misma edad, junto a tres de sus hermanos.
- Debo...
- ¡Leer! -le interrumpió el que le había invitado- ¿Es que nunca te cansas?
- Por supuesto que me canso -confesó él.
- ¿Y entonces por qué lo haces? -le preguntó una conejita un poco más joven que se había unido al grupo recientemente. No conocía a Panda y le parecía sumamente misterioso (y romántico) que aquel conejo eligiera quedarse leyendo en vez de irse de fiesta.
Panda miró confuso a su libro. Le gustaba mucho aquella conejita y no quería que se lo leyera en su mirada.
- Solo me quedan veinte páginas. Tal vez luego os encuentre. ¿Por dónde vais a estar?
- Déjalo, shakespeare, ya nos has venido con el mismo cuento antes. Quédate con tus libros.
Se marcharon. Sus hermanos le miraron con especial desprecio. "Avergüenzas a la familia", parecían decir.
Panda les miró un segundo más y luego siguió con la lectura. De repente lo interrumpió una vocecita:
- ¿Por qué no te has ido con los demás? -era una conejita hermana pequeña de la que le gustaba. ¿Cómo se llamaba? Trató de recordar.
- Estoy leyendo -contestó
Pero la otra no se conformó con la respuesta.
- ¿Y?
¡Parda! Ese era su nombre. Como él, los colores de su pelaje se lo habían impuesto. No era muy agraciada y Panda sintió pena.
- Me gusta leer. Supongo que me gusta más leer que salir de fiesta.
La conejita asintió.
- Yo también los encuentro aburridos. Así que tenemos otra cosa en común.
A Panda no le gustaba que se dijera que la coneja de sus sueños era aburrida. Ni siquiera por su hermana.
- No he dicho eso -repuso friamente. Pero luego cayó en la cuenta de lo que había dicho la conejita- ¿Y qué otra cosa crees que tenemos en común?
Ella se rió enseñando sus dientecitos. ¡Dios mío, solo era una niña!
- Pues nuestros nombres. Ambos empiezan por Pa.
Él también se rió:
- Creí que ibas a decir que ambos tenemos nuestros nombres por nuestro pelaje -confesó.
Ella se puso seria:
- A mucha gente le ponen el nombre por lo que parece que es y no por lo que realmente es.
Se quedó unos momentos callada, como madurando lo que acababa de decir. Luego miró alegremente a Panda en los ojos.
- ¡Tengo que irme! -anunció
Y se fue dando saltos
Panda volvió a enfrascarse en la lectura. Pero ahora ya no podía pasar de la misma página. Constantemente olvidaba lo que había leído. ¿Era posible que ya no le interesara? Y su mirada se volvía al camino por donde la pequeña Parda había desaparecido.
De repente el libro ya no era tan entretenido.
viernes, 5 de septiembre de 2014
El horario
Era el día en el que entregaban los nuevos horarios, pero para el castorcillo no era un buen día.
- ¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó Joe-mírame-los-dientes.
Los ojos del castorcillo Cactos estaban rojos y su nariz roja. Los bigotes los tenía caídos. El pelaje despeinado.
- Cata’o -contestó
- ¿Cómo has dicho? -preguntó Joe-mírame-los-dientes acercando su carota y sus relucientes paletas.
- ¡Cata’o! -exclamó Cactos
- ¿Estás enfermo? -logró calibrar el otro
Cactos asintió.
- Hoy creo que nos van a repartir los horarios. ¿No estás nervioso?
Cactos le miró con aire lejano. ¿Nervioso? no tenía fuerzas.
Al rato llegó el jefe de su sección. Era un castorcillo que siempre miraba por las reglas. Y como en estas se recomendaba amabilidad con los empleados, pues se interesó por el estado de Cactos:
- ¿Y a ti qué te pasa?
En lugar de responder, Cactos dio un pequeño empellón a Joe-mírame-los-dientes, quien se dio la vuelta y dijo:
- Está enfermo.
- ¿Muy enfermo?
Cactos negó con la cabeza.
- Bien, necesido que tengas la cabeza clara para el nuevo horario...
- ¿Los va a entregar ahora? -preguntó Joe-mírame-los-dientes, interrumpiéndole
El capataz se sintió importante. Asintió al tiempo que sacaba unos nuevos papeles de su bolso.
- Aquí tenéis -dijo, alcanzándoselos
Cactos lo miró con atención
- ¿Satisfecho? -preguntó el capataz en un alarde de interés. La pregunta era retórica. ¿Cómo podría alguien no estar contento con los horarios que el capataz entregaba?
- Ba’ura -replicó Cactos de mal humor
- ¿Qué has dicho? -preguntó el capataz
Pero en aquel momento Cactos estornudó. El horario quedó pringado de su mucus, al tiempo que él se sonaba estrenduosamente.
- Está enfermo, capataz. Pero por supuesto está satisfecho -intervino Joe-mírame-los-dientes.
Cactos le miró por encima del pañuelo. El capataz miró por última vez a Cactos y al nuevo horario pringado de mocos y se despidió:
- Bueno, a seguir cortando madera, que no nos pagan para estar cruzado de brazos.
Y se marchó.
- I’iota -refunfuñó Cactos
- ¿Tan malo es tu horario? -preguntó Joe-mírame-los-dientes
Por toda respuesta Cactos se lo alcanzó. joe-mírame-los-dientes lo cogió con una mano cuidadosamente y le echó un rápido vistazo.
- Pero... fíjate, ¡nunca coincidimos! -exclamó, comparándolo con el suyo.
- Cactos refunfuñó algo inteligible.
Entonces la actiud de Joe-mírame-los-dientes cambió.
- En ese caso, debo decirte que me alegro. Nunca me gustó trabajar contigo, Cactos.
y se marchó, dejando a Cactos sorprendido a pesar de su catarro.
“Bueno, irá a que sea otro el que le mire esas paletas tan limpias que tiene” pensó. Y se sonó estronduosamente.
jueves, 4 de septiembre de 2014
el burrito de jerusalén
Por la noche, los animales de Jerusalén organizaron una pequeña velada. Los dueños dormían, la ciudad descansaba.
- Hoy mi amo ha conseguido mucho dinero en el mercado. Es posible que me compre una yegua. ¡Estoy tan nervioso! -dijo un joven caballo cuyo dueño era un famoso comerciante de la ciudad.
- Sí, ya te he visto de lejos. A mí me montaba el cinturón y estábamos pasando guardia por el mercado. ¡Hay demasiados ladrones en esta ciudad! Pero de joven uno solo sueña con las carreras.
Una vaca intervino.
- Debes aprender de tus mayores, potrillo
Al bronco no le gustó nada que le llamaran potrillo. Chasqueó la lengua y golpeó el suelo con sus cascos.
- ¿Tenéis mucho trabajo los soldados? -preguntó un monito que siempre andaba adulando a los animales que servían a los romanos. Todos sabían que era un monito ladrón que, a cuenta de su jefe, siempre estaba birlando dineros aprovechándose de su agilidad y de su cara inocente.
Otro caballo de la guarnición romana lo miró ofendido.
- Un día te cogeremos con las manos en la masa -le advirtió
- Por supuesto, por supuesto -dijo el monito y se retiró en la noche.
En medio de ellos ardían los rescoldos de una gran hoguera que los pastores habían hecho. No había ningún animal que supiera hacer fuego, pero a todos les gustaba pegarse al hogar y recibir el calorcito de las brasas.
- En la vida hay que saber buscarse el alimento -dijo una gallina
- ¿Y quién te ha preguntado a ti, gallina? -le dijo un murciélago que se había posado en una rama boca abajo.
- Buscar el alimento, pero también saber encontrarlo... ¡donde sea! -dijo un ratoncito
- Tonterías. Lo importante es volar sin que nadie te vea y llegar bien lejos -volvió a intervenir el murciélago.
- ¿Y para qué todo eso? Lo importante es el honor -dijo el caballo del centurión.
- La tranquilidad -resaltó la vaca
Y así siguieron discutiendo. Cada uno decía lo que le parecía más importante. Hasta que por fin una lagartija que siempre estaba moviéndose de un lado a otro, una lagartija bien nerviosa, se fijó en que había un animal que no decía nada:
- ¿Tú no dices nada, burrito? ¿Qué te pasa esta noche?
El levantó la mirada y todos vieron que sus ojos brillaban, como si hubiera estado llorando. Pero era algo imposible, porque el único animal que llora es el hombre.
- ¿No sabéis lo que me ha pasado hoy? -preguntó. -Hoy subió sobre mis espaldas el Rey de la Creación. Juntos hemos entrado por las puertas de la ciudad mientras todos nos aclamaban. Y antes de despedirse de mí me ha abrazado. ¿Qué más podría pedir?
Y entonces todos entendieron por qué el burrito tenía los ojos húmedos. Era feliz.
- Hoy mi amo ha conseguido mucho dinero en el mercado. Es posible que me compre una yegua. ¡Estoy tan nervioso! -dijo un joven caballo cuyo dueño era un famoso comerciante de la ciudad.
- Sí, ya te he visto de lejos. A mí me montaba el cinturón y estábamos pasando guardia por el mercado. ¡Hay demasiados ladrones en esta ciudad! Pero de joven uno solo sueña con las carreras.
Una vaca intervino.
- Debes aprender de tus mayores, potrillo
Al bronco no le gustó nada que le llamaran potrillo. Chasqueó la lengua y golpeó el suelo con sus cascos.
- ¿Tenéis mucho trabajo los soldados? -preguntó un monito que siempre andaba adulando a los animales que servían a los romanos. Todos sabían que era un monito ladrón que, a cuenta de su jefe, siempre estaba birlando dineros aprovechándose de su agilidad y de su cara inocente.
Otro caballo de la guarnición romana lo miró ofendido.
- Un día te cogeremos con las manos en la masa -le advirtió
- Por supuesto, por supuesto -dijo el monito y se retiró en la noche.
En medio de ellos ardían los rescoldos de una gran hoguera que los pastores habían hecho. No había ningún animal que supiera hacer fuego, pero a todos les gustaba pegarse al hogar y recibir el calorcito de las brasas.
- En la vida hay que saber buscarse el alimento -dijo una gallina
- ¿Y quién te ha preguntado a ti, gallina? -le dijo un murciélago que se había posado en una rama boca abajo.
- Buscar el alimento, pero también saber encontrarlo... ¡donde sea! -dijo un ratoncito
- Tonterías. Lo importante es volar sin que nadie te vea y llegar bien lejos -volvió a intervenir el murciélago.
- ¿Y para qué todo eso? Lo importante es el honor -dijo el caballo del centurión.
- La tranquilidad -resaltó la vaca
Y así siguieron discutiendo. Cada uno decía lo que le parecía más importante. Hasta que por fin una lagartija que siempre estaba moviéndose de un lado a otro, una lagartija bien nerviosa, se fijó en que había un animal que no decía nada:
- ¿Tú no dices nada, burrito? ¿Qué te pasa esta noche?
El levantó la mirada y todos vieron que sus ojos brillaban, como si hubiera estado llorando. Pero era algo imposible, porque el único animal que llora es el hombre.
- ¿No sabéis lo que me ha pasado hoy? -preguntó. -Hoy subió sobre mis espaldas el Rey de la Creación. Juntos hemos entrado por las puertas de la ciudad mientras todos nos aclamaban. Y antes de despedirse de mí me ha abrazado. ¿Qué más podría pedir?
Y entonces todos entendieron por qué el burrito tenía los ojos húmedos. Era feliz.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
La papelera
- ¿Podemos ir a esa papelera? -preguntó el joven ratoncito a su padre. Era su primer día en la ciudad, fuera de la madriguera. Durante años había oído a sus hermanos hablando sobre las papeleras de la ciudad y de las aventuras que habían tenido en ellas. Ahora por fin él había dado el salto. Sus hermanos ya se habían dispersado; su padre se había quedado con él para enseñarle el oficio.
- Demasiado limpia -le respondió secamente su padre
“Ratón de pocas palabras, te llaman. De pocas no, ¡de ninguna!” Se quejaba su madre cuando por la noche soltaba todo el torrente de imágenes que había ido acumulando durante el día. Él la escuchaba seriamente, sin apenas casi ni mover el rabo.
Ella, habladora y nerviosa. Él, de pocas (o ninguna) palabras y siempre calmado.
“Tu papá no es frío. Él te quiere. Pero no deja que los sentimientos intervengan en sus decisiones” le había dicho su madre antes de partir, en voz alta, esperando que su esposo la escuchara.
- ¿Y a esa otra papelera? -preguntó el ratoncito.
- Ocupada -sentenció su padre sin mirar siquiera a donde el ratoncito señalaba.
“Padre de pocas palabras”, se dijo a sí mismo el ratoncito.
Era de noche, “la mejor hora para salir a buscar comida. Los humanos duermen y en la ciudad no hay búhos. Hay gatos peligrosos, pero se les ve venir. No como las aves. ¡Cuídate de los búhos!” Le había explicado su padre la semana anterior.
- Te vas a cansar hablando -había soltado su madre desde la cocina. Había sido una de las parrafadas más largas que su congenitor le había dado.
Así que no había nadie por las calles. Por fin encontraron una papelera rebosante de basura. Parte de la comida estaba tirada por el suelo. A tan solo unos metros, algún humano borracho había vomitado.
- ¿Eso es vómito? -preguntó el ratoncito
su padre asintió:
- Así es como los humanos entran en la mayoría de edad.
- ¿Vomitan?
Asintió otra vez
- durante muchos años, hasta que por fin alcanzan la madurez. Entonces solo de vez en cuando.
Después de olisquear un poco la comida del suelo, su padre le mandó arriba, a la papelera.
- ¿Y si me caigo?
Pero él no respondió. Tan solo le señaló la papelera.
El ratoncito comenzó a subir y, aunque sufrió de vértigo alguna vez, logró llegar hasta arriba sin grandes contratiempos.
- ¡qué vista! -exclamó al llegar
- No grites. Explora el terreno.
La papelera estaba bastante bien surtida, así que después de saquearla volvieron a la madriguera con comida para la nueva camada.
- ¿Qué tal ha ido? -preguntó mamá ratón a su esposo aquella noche, cuando ya todos los pequeños estaban durmiendo.
- Es un buen chico -respondió él.
Y, aunque todo estaba a oscuras, mamá ratón supo que estaba sonriendo. Orgulloso.
martes, 2 de septiembre de 2014
el vándalo
- No me digas que no es divertido
Pero él no contestó. Cogió carrerilla y lanzó una patada contra el retrovisor del coche. Fue un buen golpe y al instante el retrovisor se quedó colgando como una araña a la que solo le quedara una cuerda.
- ¡Ya eres todo un maestro! Desde tu primer día.
- Llegarás lejos -dijo otro
- Todo lo lejos que puedes llegar con nosotros -añadió entre risas un tercero antes de darle una patada al retrovisor de una citroen berlingo.
Comenzó a sonar la alarma del citroen y el grupo la emprendió a la carrera.
- ¡Al solar de Gutiérrez! -dijo el líder.
Atravesaron un par de calles más, cada vez más solitarias. En una de ellas había solo un coche aparcado. Amanecía.
- Dale tú a ese -le comandó el jefe.
El coche estaba solo en la calle y tenía una ventanilla abierta. Enfrente había una puerta entornada; el dueño llegaría en cualquier momento.
El coche no era lujoso: un fiat punto de color rojo. Pero la pintura ya estaba gastada y faltaba, al menos, un guardacubos.
Todo esto lo vio en el mismo instante en el que sentía frío por la espalda; ¿y si lo cogían? Era su primer día y era adrenalínico. Saberse dentro de aquel grupo le embriagaba.
- Es bueno que conozcas gente de por aquí cuanto antes -le había dicho su padre en cuanto llegaron al barrio.
¿Y si lo cogían y lo llevaban a la comisaría de su padre? Él se encargaría de que no lo tuvieran preso mucho tiempo
Se acercó al coche mientras los demás se adelantaban. Miró hacia la puerta entornada del edificio: nadie.
Los demás ya habían llegado a la esquina. Le esperaban. ¡Ahora o nunca!
Cogió un poco de carrerilla y, ¡zas!, su pie se estrelló contra el retrovisor. ¡Ahora a salir corriendo! Pero comenzó a sonar una extraña alarma. Del coche salía el llanto de un niño.
¡Un bebé en el coche! Le miró un momento para comprobar que se encontraba bien y luego salió disparado. Cuando ya estaba en la esquina, le pareció ver por el rabillo del ojo que de la casa salía corriendo el padre. Para cuando se diera cuenta de que tenía un retrovisor menos, ya estarían lejos.
- ¿Qué ha sido eso? -resopló en medio de la carrera uno de sus compinches.
Cuando llegaron al solar de Gutiérrez se sentó con la cabeza entre las manos.
- Era un bebé -dijo entre dientes, como si ahora respondiera a una pregunta.
Pero los otros no le hacían caso. De debajo de una vieja silla de tres patas que estaba tirada en el suelo habían sacado un interview. La chica de la portada no tenía camisa.
Él se levantó y, sin decir una palabra, se marchó de allí.
- ¿Dónde vas tú? -oyó que le preguntaba el líder.
No contestó. Lo siguiente que notó fue una patada en la espalda.
Fue el preludio de una paliza.
Y cuando llegó a su casa, magullado y sangrante, supo que, a pesar de todas sus heridas, se sentía libre.
Más libre que nunca.
Pero él no contestó. Cogió carrerilla y lanzó una patada contra el retrovisor del coche. Fue un buen golpe y al instante el retrovisor se quedó colgando como una araña a la que solo le quedara una cuerda.
- ¡Ya eres todo un maestro! Desde tu primer día.
- Llegarás lejos -dijo otro
- Todo lo lejos que puedes llegar con nosotros -añadió entre risas un tercero antes de darle una patada al retrovisor de una citroen berlingo.
Comenzó a sonar la alarma del citroen y el grupo la emprendió a la carrera.
- ¡Al solar de Gutiérrez! -dijo el líder.
Atravesaron un par de calles más, cada vez más solitarias. En una de ellas había solo un coche aparcado. Amanecía.
- Dale tú a ese -le comandó el jefe.
El coche estaba solo en la calle y tenía una ventanilla abierta. Enfrente había una puerta entornada; el dueño llegaría en cualquier momento.
El coche no era lujoso: un fiat punto de color rojo. Pero la pintura ya estaba gastada y faltaba, al menos, un guardacubos.
Todo esto lo vio en el mismo instante en el que sentía frío por la espalda; ¿y si lo cogían? Era su primer día y era adrenalínico. Saberse dentro de aquel grupo le embriagaba.
- Es bueno que conozcas gente de por aquí cuanto antes -le había dicho su padre en cuanto llegaron al barrio.
¿Y si lo cogían y lo llevaban a la comisaría de su padre? Él se encargaría de que no lo tuvieran preso mucho tiempo
Se acercó al coche mientras los demás se adelantaban. Miró hacia la puerta entornada del edificio: nadie.
Los demás ya habían llegado a la esquina. Le esperaban. ¡Ahora o nunca!
Cogió un poco de carrerilla y, ¡zas!, su pie se estrelló contra el retrovisor. ¡Ahora a salir corriendo! Pero comenzó a sonar una extraña alarma. Del coche salía el llanto de un niño.
¡Un bebé en el coche! Le miró un momento para comprobar que se encontraba bien y luego salió disparado. Cuando ya estaba en la esquina, le pareció ver por el rabillo del ojo que de la casa salía corriendo el padre. Para cuando se diera cuenta de que tenía un retrovisor menos, ya estarían lejos.
- ¿Qué ha sido eso? -resopló en medio de la carrera uno de sus compinches.
Cuando llegaron al solar de Gutiérrez se sentó con la cabeza entre las manos.
- Era un bebé -dijo entre dientes, como si ahora respondiera a una pregunta.
Pero los otros no le hacían caso. De debajo de una vieja silla de tres patas que estaba tirada en el suelo habían sacado un interview. La chica de la portada no tenía camisa.
Él se levantó y, sin decir una palabra, se marchó de allí.
- ¿Dónde vas tú? -oyó que le preguntaba el líder.
No contestó. Lo siguiente que notó fue una patada en la espalda.
Fue el preludio de una paliza.
Y cuando llegó a su casa, magullado y sangrante, supo que, a pesar de todas sus heridas, se sentía libre.
Más libre que nunca.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Cafe caliente
- He encontrado unos precios increíbles para viajar
Y fue con esta frase que comenzamos el periplo. Los precios no eran lo que mi hijo decía, ¡eran aún mejores! ¿Volar al otro lado del globo por solo cien euros?
- No vayamos a la mejor oferta. Uno nunca sabe -le dije a mi mujer. Ella estaba por ir a visitar Nueva Zelanda para ver los paisajes del Señor de los Anillos. En realidad, para ver los lugares que había santificado la huella de Orlando Bloom, uno de los actores principales, por quien estaba colada coladísima. Incluso lo mencionaba en sus sueños.
Y no fuimos a N Z. Tengo un instinto rácano que me avisa de que, cuando algo parece muy bueno, seguro que tiene algún lado malo. Las decepciones están en función del dinero que pagas y de las expectativas que creas. ¿Y si Orlando bloom no estaba en ese momento por las islas? ¿y si ni siquiera lo reconocíamos porque había engordado 40 kilos y huía de las cámaras que retrataban su infame estado?
Fuimos al Caribe. O esa era la idea. ¡30 euros cada uno! Ida y vuelta, un precio que no podía tener competidor.
Cuando llegamos al aeropuerto todavía teníamos miedo de haber sido estafados.
- Creo que esa gente también vuela con nosotros -me dijo mi hija pequeña, mi princesita
La “Gente” que mi hija señalaba era una muchedumbre de personas que, como nosotros, portaba la gorra amarilla que la compañía nos había mandado por correo con el críptico mensaje de “asegúrese de llevarla puesta en el aeropuerto”. Eran cientos de miles. De hecho, parecía que el aeropuerto les pertenecía. Era difícil encontrar a alguien que no tuviera la gorrita.
¿Cuántos aviones tenía la compañía?
Sin embargo, todo fue desarrollándose normalmente: embarcamos nuestro bolso de mano familiar (el único que se permitía con la oferta) y nos dieron la tarjetas de embarque.
- ¿Qué asiento te ha tocado? -pregunté a mi señora
- 26 -respondió ella
Extrañamente, me pareció que había como un eco porque detrás de mi alguien había dicho el mismo número. Pero al volverme solo me encontré con una familia de gordos. El padre era un ser inmenso, peludo y sudoroso y con perilla diabólica. Cuando me volví estaba mirando a mi mujer con un gesto que, en el momento, me pareció agresivo.
Gracias al mayor de mis hijos nos colocamos en un buen sitio en la fila. Pero al volverme para atrás vi que la fila era interminable.
- Deben de tener muchos aviones para nosotros. Por eso es tan barato -le susurré a mi mujer.
nos sentamos en el avión.
- El 26 -le dijo mi mujer a la azafata.
y esta la llevó hasta un sitio que... ya estaba ocupado!!
- Perdone señora, pero creo que eso es mi sitio -le dijo mi mujer.
La vieja era un poco sorda, pero conseguimos llamar la atención de una azafata.
- Los dos son correctos. Basta conque se aprieten un poquito y ya verán. Van a entrar de maravilla.
Entonces vi que el gran gordo se aproximaba por el pasillo.
- Pero esto es inhumano -le dije a la azafata.
- Para nada, caballero. Además, si usted ha leído nuestra publicidad sabrá que hay algo que nos distingue de cualquier otra compañía. Algo que sabrá apreciar.
Farfullé un insulto que ella no pareció oír, porque continuó:
- Tenemos café expreso para todos loos pasajeros. Auténtico café italiano...
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