lunes, 7 de abril de 2014

las cosas creciendo

En la primera ciudad que se fundó en el planeta furibundo ocurrieron cosas tan extrañas que pronto la Tierra mandó a mr. Potato a investigar.
Cuando mr. Potato bajó del avión miró la hora con orgullo. La señora zanahoria le había regalado el reloj, y era un aténtico Casio interestellar, con descuento por velocidad de la luz incluído en su mecanismo.
El chófer que había de recogerle llegó tarde, así que mr. Potato miró su reloj otra vez para cerciorarse de que su concepto temporal estaba en los márgenes de lo normal (o aceptado). La hora parecía correcta, pero indudablemente había algo extraño con el reloj: de repente había crecido.
- Es por eso que no dejan a los aviones entrar en contacto con la atmósfera de este lugar -le explicó una viejecita que había por ahí.
- Al entrar en el aeropuerto, está usted respirando por primera vez el aire de furibundo. Usted, y todas las cosas que le acompañen.
Mr. Potato no le respondió. No le gustaba hablar con extraños.
Cuando llegó el chófer, mr. potato no puro evitar un gesto de sorpresa. El coche que conducía aquel era más grande que una limusina, pero con la apariencia de un seiscientos estirado.
- No me diga nada sobre el coche, que ya lo sé. Esta mañana se me olvidó darle el complejo vitamínico y ha aprovechado para dar un estirón. Al menos así tendré espacio para meter la tienda de campaña cuando vaya a la playa, ¿no le parece? -bromeó el chófer, que era un chico negro como salido de una peli del bronx de nueva york.
Otra vez mr potato no dijo nada. No estaba acostumbrado a dialogar con chóferes que parecían salidos del bronx.
Se pararon a poner gasolina.
- Lo malo es que ahora gasta más que un camión -le explicó el chófer, a quien no parecía molestarle el silencio del enviado oficial de la Tierra.
Mr Potato salió a comprar tabaco. El dependiente también había salido parlanchín. Esta vez se trataba de un oriental que también parecía salido de Nueva York, aunque esta vez de chinatown.
- Tiene usted pinta de terrestre. ¿Me pelmite un consejo? -preguntó
Mr Potato no supo que responder.
- Será mejor que le de el complejo vitamínico a su reloj. Como siga así no podrá llevarlo.
En efecto, el reloj estaba creciendo a velocidades agigantadas y ahora más parecía una pelota de tenis cosida a su muñeca que un pequeño reloj de pulsera interestelar con descuento por la velocidad de la luz incluido en sus cálculos.
Mr Potato compró el complejo vitamínico. Este venía en ampollas, simples ampollas de cristal. Miró con aire confundido al dependiente, quien rompió la ampolla por él y dejó que los vahos se llegaran al reloj hinchado.
- Ahora ya no crecerá más. ¿Ese no era su coche? -le pregunto amablemente el dependiente.
Su limusina con aire de seiscientos estirado se alejaba por la calle. El chófer no había reparado en su ausencia.
- No importa -dijo mr potato- ya he visto suficiente como para mi informe a la tierra. Pero no sé cómo volver.
- Compre uno de estos. Déjelo crecer durante un mes pero ni un día más. Luego dele consistentemente el complejo vitamńico. Y buen viaje.
Y así fue como mr potato salió de la tienda de la gasolinera regido por un chino con aspecto de haber salido del mismísimo chinatown con un cohetes espacial de juguete, apenas más grande que su pulgar.
y mr potato sonreíai ilusiionado. Se sentía como un niño.

domingo, 6 de abril de 2014

la fiesta del topo

El hijo del señor topo había invitado a todos sus amiguetes para una fiesta en la madriguera. Cuando el señor topo volvió con su esposa la señora topa de ver las estrellas y hablar de los viejos tiempos, los invitados aún seguían ahí. De hecho, la fiesta estaba en su máximo apogeo y aún llegaba gente cuando se esforzaban por entrar los dueños de la casa.
- Esos no han hecho cola, ¡oiga! -les gritó un conejo desde la puerta
Los pobres topos estaban horrorizados. Apenas distinguían nada en su propio hogar; habían traído luces con las que desalojar la oscuridad de los rincones más apreciados por la familia de topos. Y ahora todo brillaba y olía a orina, sudor y gente. Un grupo de ardillas cantaba en un pequeño hueco, y sus agudas voces se filtraban por todos los agujeros de la madriguera.
- Esto es una pesadilla, una pesadilla... -decía el señor topo.
Su señora no decía nada. Su vista era aún peor que la de su marido y solo se aferraba a su brazo. Se sentía desvanecer, pero nunca acababa de desmayarse.
- Una pesadilla ... -murmuraba el señor topo cuando su hijo se dio de bruces contra él.
- ¿Papá, eres tú? ¿Ya estáis de vuelta? -dijo, sintiendo la presencia y la ira de su padre, pues él tampoco podía orientarse bien con todas aquellas luces.
- Oye, ¿dónde puedo conseguir unas bebidas? -se interpuso de repente entre ellos un joven erizo
- Eh, tú, no pinches, erizo -le gritó un hurón
El padre agarró a su hijo por el brazo. Apenas le salían las palabras de la boca. Sentía que le daba una apoplejía.
- Termina esto. Ahora.
Su hijo comenzó a lloriquear.
- No sé que ha pasado, papá, de verdad. No conozco ni a la mitad de los que han venido.
- ¿Dónde decías que podía conseguir algo para beber? -insistió el erizo con un vaso vacío en la mano
- Ahora. Ter-mí-na-lo. - sentenció el padre al hijo
- Si quieres terminar la fiesta, yo sé cómo hacerlo -dijo el erizo, metiéndose en la conversación. Pero espero que después me deis algo de beber.
Antes de que el señor topo pudiera decir nada, su hijo suplicó al desconocido:
- ¡Sí, por favor, haz que todos se marchen y te daré toda la bebida que quieras! ¡Pero que se marchen ya!
Entonces el erizo, tras mirar con cierta compasión a la familia, comenzó a gritar:
- ¡¡Fuego!! ¡Fuego en la madriguera! ¡Socorro, me ahogo, me falta aire!
Dicho y hecho. Rápidamente se extendió la voz y ya eran muchos los que sentían que les faltaba aire. Todos corrieron hacia las salidas de la madriguera. Los conejos crearon rápidamente otra salida. Y a la señora topo la pisotearon cientos de pies desesperados por salir.
Aún confundidos por la avalancha de animales que les había pasado por encima, sintieron que el pequeño topo les ayudaba a ponerse en pie.
- Bueno, yo ya he cumplido mi parte. ¿Qué hay de esa bebida?
- Esto es una pesadilla, una pesadilla -volvió a murmurar el padre
Pero ya la señora topo se sentía mejor. Rápidamente comenzó a apagar todas las lámparas que habían dejado por el camino. Luego cerró los nuevos agujeros que habían creado y puso un montón de piedras en la entrada principal, de forma que solo un pequeño topo podía circular por allí.
El erizo recibió su bebida y luego se fue. Toda la familia de topos le mostró un agradecimiento profundo, que caso de haber sabido que el erizo era responsable de muchas de las invitaciones a la fiesta, su agradecimiento habría sido algo menor.
- ¿Estás enfadado conmigo, papá? -preguntó antes de acostarse el pequeño topo a su padre.
Y este, que un minuto antes hubiera gritado a su hijo y le hubiera expulsado de la madriguera para siempre, ahora lo pensó mejor.
- Tú tienes tu lección, nosotros la nuestra. Confiaré en que la has aprendido. Y tu cuidarás para que yo almacene la paciencia como un avaro almacena sus tesoros. Estamos enlazados en esta vida. Eso no cambiará nunca.
Y el pequeño se durmió con una sonrisa en sus labios. Y el padre también se fue a la cama en paz. Tan solo la señora topo no pudo pegar ojo:
- ¿Y si viene algún despistado buscando la fiesta? ¿Será la entrada lo suficientemente estrecha?
Y toda la noche se preguntó lo mismo

sábado, 5 de abril de 2014

la reunion de los malos

- Todos sabéis por qué nos hemos reunido - dijo el lobo gris
- ¡Sí, ya estamos hartos! -chillaron las hienas
Los enanos se asustaron. Ellos hacían las veces de anfitriones y eran los que habían conseguido un lugar apartado y accesible para todas las bestias que allí estaban reunidas.
Se trataba de una península perdida en Escocia. Cuando había marea alta, se transformaba en una isla. No había hombres que la visitaran y eso la convertía en el mejor lugar. Desde el mar se oyeron las voces de los tiburones:
- ¡Y solo porque comemos carne! Ellos también lo hacen
- Y mucho más que nosotros, me gustaría añadir -dijo un buitre que había venido volando desde muy lejos.
Un enano se levantó y repitió las reglas:
- Os recuerdo que para hablar hay que pedir la banderita roja -y al decir esto agitó un trapito de color que tenía en la mano.
Hasta el momento nadie había solicitado la bandera, pero todos tenían prisa por hablar.
- Para los que han llegado tarde, les recordaré el motivo de la reunión -añadió, mirando en especial a un grupo de cuervos negros y ruidosos que tenían ojos enrojecidos.
Iba a continuar hablando cuando su vista se quedó perdida en un pequeño insecto que le arrebató el trapo rojo.
- ¡No, no, señor escorpión, así no se hace! -le reprendió, recuperando la prenda -cuando yo acabe de hablar, será su turno. Pero no antes.
El escorpión se apartó con aspecto malhumorado. Los que le conocían, reconocieron el tintineo de su peligrosa cola como señal de su enfado.
- Sssssí, yo también quiero hablarssss -dijo una de las serpientes cobra que había venido
- Todos estáis aquí porque no aguantáis más el papel de malos que los humanos os han dado. -continuó el enano. Mi propia especie se ha visto en esa situación, pero por mucho que lo hemos intentado no hemos podido convencerles de lo contrario.
- ¿Acaso es un crimen que nos guste la carne? -clamó un lobo
El resto comenzó a aullar
- ¿Y por qué no hay aquí ninguno de los felinos? -preguntó un murciélago vampiro
- A los humanos les gusta la belleza de los felinos -dijo el enano
- ¿Significa eso que nos toman por feos? -preguntó entonces una piraña, sacando la cabeza del agua
Aquella pregunta alteró a todos, que se pusieron a gritar.
El enano jefe pidió silencio una vez más. El trapo rojo lo tenía uno al que pocos esperaban allí. Era una gran orca. Y dijo lo siguiente:
- Hermanos, yo hasta hace poco era visto como una agradable curiosidad. No inspiraba tanta simpatía como los delfines, pero me respetaban.
Luego añadió con voz triste:
- Eso acabó. Ahora creen que soy grande y peligroso. Pero yo no he cambiado. Son ellos los que cambian, hermanos. El hombre le da a cada uno de sus monstruos interiores el rostro de un animal. Y cada vez tiene más monstruos que afrontar, por eso cada vez somos más los animales criminalizados por él.
- ¿Y qué solución nos queda? -dijo un gran tiburón blanco.
- ¿Solución? La vida no contiene soluciones. Solo tiempo y muerte. Y en ese mundo los humanos también son nuestros hermanos.
Y ya nadie dijo nada más. Cada uno se volvió a su cueva, mar, madriguera, cielo, nido o río.

viernes, 4 de abril de 2014

el cisne negro

Érase una vez una familia de cisnes. Ocurrió que tras la primavera la mamá cisne se sintió un día un poco más pesada y dijo:
- Cariño, creo que estoy embarazada
Papá cisne se alegró y se preocupó. Se alegró porque no había cosa que más le gustara que jugar con los pequeños cisnes. Ya habían tenido antes muchos hijos y no había ninguno con el que no se divirtiera.
Pero también se preocupó, porque los patos habían proliferado mucho en el lago y la comida podía escasear, sobre todo con unas cuantas bocas más a las que alimentar.
Papá cisne decidió no pensar en cosas negativas y en preocuparse solo por lo que trajera el día. Era uno de los consejos más antiguos de la naturaleza, pero con mucha facilidad lo olvidaba.
- Es estupendo, mamá cisne -dijo, recalcando la palabra "mamá".
Y mamá cisne se sintió feliz.
Cuando llego el tiempo, dio a luz cinco maravillosos huevos. Cinco era uno más de los cuatro que solía tener.
- Debe de ser por parte de mi bisabuela, que dicen que siempre tuvo las mayores anidadas del pantano -le explicó a su marido a la mañana siguiente.
- ¿Te has fijado en lo distinto que es uno de ellos? -preguntó él preocupado
Y en verdad uno de los huevos tenía unas extrañas líneas cruzándolo.
- Ese será un artista -sentenció la madre
Cuando se acercó el tiempo de la ruptura de los huevos, el padre estaba muy ansioso. No había día que no interrogara a su mujer sobre el estado de los pequeños:
- ¿Hoy?
Y ella sonreía y le decía:
- Todavía no. No seas impaciente. Pero los siento moverse cuando hablas.
- Papá está aquí... -canturreó el padre
Pero la madre no le dijo que había un huevo donde no había movimiento. Justamente en aquel huevo extraño, en el del "artista". No quería preocupar a su marido. Ella, por su parte, se temía lo peor. Pero lo guardaba para sí.
- Soy la mamá de cinco pequeños -se repetía incesantemente.
Una mañana soleada los huevos comenzaron a romperse. De ellos salieron pequeños cisnes con plumas feas, torpes y gritones. Eran tan pequeños y delicados que su padre temía que una ráfaga de viento los tumbara.
Sin embargo, hubo un huevo que no rompió aquel día. Era el del artista. Su padre lo miró preocupado.
- ¿Por qué crees que no ha roto ya? ¿Estará bien?
Lo cogió con el pico y lo hizo rodar un poquito por la colina.
- Lo que necesita es un pequeño empujón -le explicó a la madre, que lo miraba angustiada.
Por su parte, los pequeños cisnes, cuando vieron como su padre hacía rodar el huevo de su hermano, se pusieron todos a graznar alarmados y corrieron hacia donde estaba el huevo, rodeándolo con sus cuerpecitos.
- ¡Que yo no voy a hacerle nada! -se defendió el padre
El día se nubló de repente. Se acercaba una tormenta. Y fue aquel el momento que el último huevo escogió para romperse. En realidad, solo se rompió un poquito. El ser que había dentro apenas tenía fuerza para quitar toda la cáscara que lo rodeaba.
En seguida su madre lo ayudó. Los hermanitos miraban atentos al último en llegar.
Del huevo salió un pequeño cisne pero... de color negro. Una parte de su cara parecía diferente y un ojo no se le abría. Además, una de sus patas parecía torcida en un extraño ángulo.
La madre comenzó a acariciarle con el pico y los hermanos corrieron hacia él. Pero el padre se quedó durante un instante mirándole, asustado, com incapaz de comprender lo que veían sus ojos.
Entonces el cisne negro, con su ojito tuerto y su cojera, se escapó del abrazo de su madre y fue hasta su padre. Luego se subió sobre uno de sus pies.
El padre ya no dudó más.
- ¡Hijo mío! -exclamó.
Y comenzó a jugar con él.
De todos sus hijos, aquel cisne negro, feo y débil, fue siempre su preferido. Y ya nunca tuvo que preocuparse más por el futuro. El día a día le traía suficiente trabajo... y felicidad.

jueves, 3 de abril de 2014

pildoras para el cansancio

La mofeta estaba cansada. Siempre estaba cansada y lo normal era verla echada bajo el árbol. Por allí solía pasar la ardilla, atareada llevando comida a su madriguera.
- Solo verte me cansa -le decía la mofeta en ocasiones.
La ardilla no respondía nada, pues sentía que no tenía tiempo ni para charlas ociosas. Las ardillas son muy laboriosas.
- ¿No podrías sentarte un poco conmigo? Me mareas. ¿Cuántas veces has pasado ya por aquí?
La ardilla se molestó con el comentario y dió una patada a una ramita. La ramita voló por los aires y fue a golpear una gran rama de un árbol. El arbol era un pino y una de sus piñas ya estaba a punto de caer. El temblor que provocó la ramita que había tirado la ardilla fue suficiente: la piña se cayó en el suelo, asustando a un pájarito que andaba por allí buscando gusanillos. El pajarito alzó a volar sin apenas ver a dónde iba y en su vuelo agitado casi golpeó al señor búo, que dormía mansamente en una rama. Y el señor búo se despertó, sobresaltado, como todo aquel que se despierta de repente.
El señor búo era muy sabio y rápidamente entendió lo que estaba pasando. Voló hasta posarse enfrente de la mofeta, pero no muy cerca por si acaso la mofeta decidía aromatizarle.
- Deberías ir a ver al doctor -le dijo el búo con severidad
- ¿Para qué? -preguntó la mofeta con desgana
- No es normal ese cansancio que tienes -por un momento temió que su tono hubiera sido demasiado agresivo.
- Deberías ver al doctor, te lo digo por tu bien -le dijo con más dulzura
No quería ofender a la mofeta, a la que nadie quiere por enemigo.
- ¿Qué doctor hay en este bosque? -preguntó la otra.
- Ahora tenemos a uno de los hijos del oso dedicado a la medicina. Se pasa la mayor parte durmiendo o comiendo miel, pero tiene buenas ideas. Yo fui por un problema de olfato y enseguida me curó
- ¿Te falla el olfato, señor búo? Tal vez deberías probar con algo fuerte
El búo levantó vuelo enseguida. La mofeta se rió y luego se levantó. Iría a ver al doctor.
El oso estaba vestido con una bata blanca bastante sucia y apenas la miró cuando llegó. Dormitaba bajo el árbol. A su lado había un bote de miel vacía.
- Tengo un problema, doctor -le dijo la mofeta
- Mmmhh -murmuró el oso
- Siempre estoy cansada. ¿Qué puedo hacer?
El oso abrió un ojo y la miró. Una mofeta siempre es algo peligroso. Tendría que quitársela de encima cuanto antes. Recorrió la vista por el claro donde se encontraban y hasta dar con lo que buscaba.
- ¿Ves esas bayas violetas de ahí? -le preguntó a la mofeta
- Sí, pero ... -comenzó a replicar esta
- Si quieres que se te pase el cansancio para siempre, tendrás que tomarte una en cada comida.
Y tras decir eso, se echó a dormir.
La mofeta exclamó:
- ¡Pero es que están muy altas para mí!¿Cómo las voy a coger?
Y el oso, medio dormido, respondió:
- Pues tendrás que trabajar
Y, sin que le oyera la mofeta, farfulló:
- No hay nada como el trabajo para curar el cansancio, querida.
El doctor sabía mucho.

miércoles, 2 de abril de 2014

Amaba a una zorra

Y literalmente. Ella tenía una cola peluda y una mirada traviesa. Nos encontramos cuando los dos andábamos detrás de la misma presa. Era una de mis primeras cazerías, pero no de las suyas.
Enseguida nos comprendimos mutuamente. Dicen que era por la primavera. No lo sé. Solo sé que de repente caí bajo sus encantos. Y que ya no veía más que con sus ojos.
Aquella fue la primera de muchas noches que para mí serían inolvidables. ¡Ella sabía tantas cosas! Era mucho mayor que yo y aquella no era ni con mucho la primera de sus aventuras amorosas. Pero para mí sí lo era.
Primer amor.
Primavera.
Noches largas por la intensidad, cortas para todo lo que hacíamos. Buscábamos lugares apartados. Ella a veces decía no poder más, pero solo era para instigarme a perseguirla, para cobrar nuevas fuerzas.
Y la naturaleza siguió su curso. Quedó embarazada. Los machos de mi raza no suelen preocuparse mucho del embarazo, pero aquello no iba conmigo. Veía como su vientre se abultaba cada vez más. Me preocupaba y a la vez me llenaba de alegría. ¿Iría bien el parto? Ella ya había sido madre en anteriores ocasiones (ya he comentado que tenía mucha más experiencia que yo) pero siempre había riesgos. El señor búo la fue a visitar en una ocasión siguiendo mis ruegos. Le prometí que no le mordería ni intentaría comérmelo, mientras que negarse a visitarla le supondría mi odio eterno.
Y, quien me ha visto, sabe que puedo odiar de una forma sutil, perseverante e imprevista. No conviene tenerme de enemigo.
El búo me dijo que todo iba bien, que cejara de preocuparme.
Con todo, cazaba para ella para que no tuviera que moverse mucho de la madriguera. El tiempo se acercaba. Tenía miedo por ella y por los pequeños. ¿Iría todo bien?
Por las noches hacía guardia frente a la madriguera y estaba atento a cualquier pequeño deseo que pudiera tener la futura madre.
- Tengo sed -me decía a veces
Yo entonces le traía agua del río en un viejo cubo que había encontrado.
Una noche me quedé dormido durante la guardia. ¡Estaba tan cansado!
A la mañana siguiente, me despertó ella.
- Buenos días, papá -me dijo dulcemente
¡Allí estaban mis hijos! Era una camada de pequeños seres medio ciegos que no hacía más que buscar las ubres de su madre.
Pero ella y no ya nunca volvimos a estar como antes. Aquel saludo "buenos días, papá" fue la última cosa dulce que me dijo. Su carácter se agrió conmigo y, a medida que los pequeños crecían, se dejaba ver más y más con otros zorros que pasaban por allí alguna vez. Yo me quedaba cuidando de los pequeños.
- Tienen hambre. ¿Dónde has estado? -le pregunté cuando volvió tardísimo una noche.
Pero ella no se dignó ni a contestarme. En realidad, no hacía falta porque yo ya sabía la respuesta.
Que a quien amaba era a una zorra.
Y que me había hecho padre de seis maravillosas criaturas.
¡Padre! ¡yo!

martes, 1 de abril de 2014

la planta trepadora

En los bordes de la selva nació un día una plantita. Como no estaba del todo en la parte soleada, pues le costaba un poco llegar a la luz. Había muchas otras plantas alrededor, muchas tan jóvenes como ella, y todas querían un poquito de sol para crecer. Los primeros días siempre eran los peores para las plantitas de la selva, pues entonces tenían que pegar un gran estirón y esperar que bastara para llegar al sol.
Nuestra plantita había pegado el estirón y sacado dos hojas. ¡Dos hojas! Con cuidado las había colocado de tal forma que les llegara la luz, casi directa, durante una hora al día.
El tallo de nuestra plantita era delicado y gentil, casi traslúcido al sol. La nervadura de sus hojas infantil, tierna, alegre.
Nuestra plantita creía que podría llegar, que sobreviviría y se convertiría en una gran planta. Y, quien sabe, tal vez en un árbol, un gran árbol de la selva donde los pájaros podrián anidar. Y tal vez, algún día, la copa del árbol que quería llegar a ser se alzaría sobre el resto de otros árboles y podría contemplar el sol cara a cara. Y, lo mejor de todo, por ella la selva avanzaría un poco más, ampliaría sus fronteras. Sería una pionera. ¡Cuántos sueños para la vida!
Cuando comenzó a surgir el capullo de la tercera hoja de la planta pasó algo inusual. Justo a sus pies aparecieron dos hojitas con una forma inusual. Bajo ellas se veían unos tallos nuevos que no eran ni tan esbeltos ni delicados como los de la plantita. ¿Qué podía ser aquel recién llegado? ¿Sobreviviría a los rigores de la selva?
Casi sintió compasión por ella. Pero al día siguiente la pequeña plantita que había salido a sus pies le agarró el tallo con sus ramas. ¡Era una trepadora! Hasta los grandes árboles las temían, pues una vez que comenzaban a trepar ya no había nada que las parara. ¿Qué posibilidades tenía nuestra plantita?
La trepadora hizo honor a su nombre. Poco a poco fue enrollándose alrededor de la plantita. Sus hojas pronto la cubrieron hasta que ni siquiera las hojitas de la plantita pudieron sentir la luz del sol.
La plantita comenzó a morir. La trepadora, dándose cuenta de la languidez que asaltaba a su huésped, se agarró a la primera planta cercana y comenzó a trepar por ella. Pero la nueva huésped no pudo soportar el peso de la crecida trepadora y cayó al suelo con ella. Murió la planta, pero la trepadora siguió buscando más vidas que someter para así poder vivir, aunque sin acordarse de la primera plantita que le había prestado primero el apoyo.
Aquella, sin embargo, también sobrevivió, pues la caída de la trepadora había liberado sus hojas. Y fue una planta que creció hasta llegar a ser un gran árbol en el que los pájaros anidaban. No pudo superar en altura a ninguno de sus congéneres, pero ya no le importó. El susto que se había llevado con la trepadura le quitó cualquier deseo de soñar. Lo único que decía a todo aquel que quisiera escucharla era: "Estoy viva".