Noté que me mareaba. Y me sentía cansado, como si hubiera corrido un maratón, como si me hubieran dado esa paliza que temía merecer. No tengo demasiados vicios, pero los que tengo son suficientes como para empujarme a un callejón, que me desnuden manos extrañas y agresivas, y luego recibir golpeas, patadas, puñetazos. Con el rostro ensangrentado pediría clemencia, llamaría a mi mamá, mis llantos en mi rostro adulto y amorfo por los golpes...
Mi cuerpo se sentía fatigado. Era la hora de le enfermedad. Me arrastré hasta la cama y allí le comuniqué a mi esposa el sino que me esperaba:
- Este catarro ha derivado en gripe. Me sube la fiebre.
Mi esposa, tras veinte años de convivencia, me puede odiar. Pero todo cae dentro del hábito, de la costumbre, de la vida marital que no quiere cambios, ni para bien ni para mal. Sus palabras no son cariñosas, sino exactas como exacto es el reloj que atrasa en cada hora siete minutos.
- Te traeré la caja
Sí, la caja. En una pequeña caja de zapatos guardo los hábitos del enfermo, todo aquello que a lo largo de los años he ido descubriendo que me gusta tener en la cabecera de mi cama en los momentos de dolor. Y allí está, algo raída por el tiempo, pintada de un gastado rojo y azul por un lado, cuando nuestro pequeño derramó allí sus pinturas... Y dentro la novela de woodehouse, el crucifijo de mamá, los boliches que gané en mi infancia, un Dar Vader manco y no sé qué más. Siempre hay algo que me sorprende en la caja. Y está el sobre.
El sobre es grande y verdoso. Lo abro con cuidado, ¿qué cosas habré escrito dentro? Sí, hay un fajo de papeles y un bolígrafo. De entre todos los folios hay uno de color rojo; está pidiendo atención.
Ya estoy tumbado cómodamente en la cama, sintiendo escalofríos a medida que me sube la fiebre. Pero hay una urgencia extraña en mí que me obliga a leer el papel rojo, el folio diferente del sobre verde, el sobre de la caja manchada por nuestro pequeño, años ha, de rojo y azul. Leo:
Ya lo has olvidado, pero cada vez que te sube la fiebre pierdes una parte de tu memoria. Escribe aquí las palabras y las frases que te ayudarán a recuperarla del laberinto del olvido.
Sin más que añadir, un saludo,
Tú mismo, a punto de caer enfermo
Y en el fajo de papeles contemplo palabras que reavivan las brasas de un tiempo pasado que ya no volverá. Pero no me entretengo leyendo. La fiebre viene a apoderarse de mí, no tengo mucho tiempo. Comienzo a escribir palabras y frases conforme me llegan al pensamiento, acciones de mi niñez, mis primeros enamoramientos, fracasos, viajes y accidentes, tabaco, aquella fiesta en un lugar tan cerrado, la niña que esperaba al autobús jugando con los cristales de la parada, el anuncio...
Mi mano se habrá caído en medio del fervor de las letras. He dormido, he dormido mientras la fiebre hacía presa de mí, mientras los paracetamoles me atontaban, he dormido vencido por el sueño.
Y cuando me despierto me encuentro mejor, mucho mejor. ¡Tengo hambre! Ya es de día, he estado sudando toda la noche pero ya pasó lo peor.
Mi esposa está atareada en la cocina. Silba una canción y casi la encuentro bonita. Me gusta esta en su compañía.
A mi lado hay una caja con libros y cosas, y en ella un sobre verde. ¿Para qué será? No tengo tiempo para verlo. ¡Hay que vivir!
viernes, 14 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
catarro de ideas
ritmo ritmo ritmo... hacía tiempo que no escribía en mi dosis. Me la he estado administrando de otra forma, a base de cuentos diarios. Pero hoy, que no me apetecía nada escribir, está bien que vuelva a esta dosis, esta dosis privadas, estas palabras tontas que quedan entre yo, yo y yo... y algún otro yo que todavía quedará por ahí.
Bailan los dedos una tarantella sobre el teclado del ordenador.
Tiquitacatiquitacatiquitaca.
Y de las pulsaciones, letras -símbolos. Y de las letras, palabras -símbolos. Y de las palabras... ya se sabe.
Hoy tonteé con una acuarela que luego quería ser témpera y luego dibujo al ordenador. Todo un primor de indecisiones. ¡Tomi idiota! Quieres hacerlo... "bien", pon cara de débil idiota, "perdón es que yo no quiero molestar", pintura sin carácter, acobardada, "perdón, perdón, que no quiero molestar". Demonios, falta de carácter, mariquita. Y todavía te insultas esperando que eso te redima. ¡No hay redención! Solo trabajo. ¿No trabajas como debes?
Srecno, Renata -mateja habla con el volumen a tope, cuesta concentrarse.
¿No trabajas como debes? ¿Y para qué te quejas? Pierdes el tiempo en lamentaciones. ¡Continúa, ritmo, adelante, sigue, sigue, mulo inútil, déjate la piel! "Es que me cuesta levantarme... estoy tan cansado y mi cabeza no funciona bien cuando estoy cansado"
Desde el planeta Marte te están gritando algo. Utilizan un telescopio especial que les permite enviar sonidos allí donde enfocan la lente. ¿Los oyes?
¿PERO CUÁNDO DEMONIOS TE HA FUNCIONADO A TI BIEN LA CABEZA?
IDIOTA
Eso gritan desde Marte la colonia de Tomis que anda por ahí. Esos con los que no quieres comunicarte porque prefieres enterrar la cabeza bajo la arena.
"Perdón, que yo no quería molestar"
¿Por qué te preocupas tanto por tu cabeza? ¿Tan preciadas te son tus ideas? Dáselas a los cerdos, que se las coman y las destrozen.
Oink, oink.
De sus excrementos podrás llenarte las manos después y meterte en la boca la alianza con la Tierra. Algo pasará por la garganta a pesar de tus ascos, y esa porquería será la que, a pesar de estar contenida en tu débil forma, dará frutos que harán que uno olvide el jarrón que contiene las flores o el pincel con el que se pintó el cuadro.
"Uno" que olvide, "uno" que aprecie. ¿Quién? Momento dramático, silencio, acerca tu oído y óyeme murmurarte el gran secreto, hijo mío. ¿Quién es ese impersonal "uno"? Te lo diré poco a poco, tú lo sabes y lo imaginas pero necesitas que te lo deletree, que te lo diga con el sabor ácido de las verdades que no pueden tomarse por entero... la muerte. Ella es la que está mirando todo lo que haces, la que espera recoger frutos de tu mediocridad.
Corrije, animal.
fine.
Bailan los dedos una tarantella sobre el teclado del ordenador.
Tiquitacatiquitacatiquitaca.
Y de las pulsaciones, letras -símbolos. Y de las letras, palabras -símbolos. Y de las palabras... ya se sabe.
Hoy tonteé con una acuarela que luego quería ser témpera y luego dibujo al ordenador. Todo un primor de indecisiones. ¡Tomi idiota! Quieres hacerlo... "bien", pon cara de débil idiota, "perdón es que yo no quiero molestar", pintura sin carácter, acobardada, "perdón, perdón, que no quiero molestar". Demonios, falta de carácter, mariquita. Y todavía te insultas esperando que eso te redima. ¡No hay redención! Solo trabajo. ¿No trabajas como debes?
Srecno, Renata -mateja habla con el volumen a tope, cuesta concentrarse.
¿No trabajas como debes? ¿Y para qué te quejas? Pierdes el tiempo en lamentaciones. ¡Continúa, ritmo, adelante, sigue, sigue, mulo inútil, déjate la piel! "Es que me cuesta levantarme... estoy tan cansado y mi cabeza no funciona bien cuando estoy cansado"
Desde el planeta Marte te están gritando algo. Utilizan un telescopio especial que les permite enviar sonidos allí donde enfocan la lente. ¿Los oyes?
¿PERO CUÁNDO DEMONIOS TE HA FUNCIONADO A TI BIEN LA CABEZA?
IDIOTA
Eso gritan desde Marte la colonia de Tomis que anda por ahí. Esos con los que no quieres comunicarte porque prefieres enterrar la cabeza bajo la arena.
"Perdón, que yo no quería molestar"
¿Por qué te preocupas tanto por tu cabeza? ¿Tan preciadas te son tus ideas? Dáselas a los cerdos, que se las coman y las destrozen.
Oink, oink.
De sus excrementos podrás llenarte las manos después y meterte en la boca la alianza con la Tierra. Algo pasará por la garganta a pesar de tus ascos, y esa porquería será la que, a pesar de estar contenida en tu débil forma, dará frutos que harán que uno olvide el jarrón que contiene las flores o el pincel con el que se pintó el cuadro.
"Uno" que olvide, "uno" que aprecie. ¿Quién? Momento dramático, silencio, acerca tu oído y óyeme murmurarte el gran secreto, hijo mío. ¿Quién es ese impersonal "uno"? Te lo diré poco a poco, tú lo sabes y lo imaginas pero necesitas que te lo deletree, que te lo diga con el sabor ácido de las verdades que no pueden tomarse por entero... la muerte. Ella es la que está mirando todo lo que haces, la que espera recoger frutos de tu mediocridad.
Corrije, animal.
fine.
martes, 11 de febrero de 2014
el árbol viejo
Aquel invierno fue muy duro. Todos los árboles del bosque sufrieron algún daño; unos más, otros menos. Algunos se partieron en dos, otros cayeron a tierra, desgarrandose sus raíces como amantes locos, dejando un boca negra de dolor. Los más afortunados solo perdieron algunas ramas.
Ramas finas, delicadas, donde colgaban hojas de terciopelo invernal, donde las arañas de hielo se tejían con delicadeza brillante e insonora. Ramas donde vivían hadas; y entre ellas, la sobrina...
- La tía ha salido, no sé cuándo volverá -le contó al búho que vino a encontrarse con la vieja. La señora tenía fama de curandera y, aunque un poco alocada, aunque dada más al vino que al agua... pero era de agradable compañía y, en sus estados sobrios, daba buenos consejos. Era, sin embargo, muy despistada. Y ahora que la casa donde vivían se había caído, algo inusual en la vida de las intémperos seres, la sobrina temía que no supiera encontrar el camino de vuelta.
- Y una parte de mí lo desea, no te creas -le dijo en confidencia a la ratoncita presumida que había venido a visitarla. Se había sentado a la mesa y mordisqueaba un queso, mirando a la dulce hada con ojos negros y vacuos. Lo mejor que ofrecía su amistad eran silencios llenos de tímidos mordizcos a la comida y un saber escuchar difícilmente comparable.
- Sí, la vieja loca me tiene harta. No paro de limpiar todo el desastre que ella hace. ¿Cuántas veces no habrá venido con las botas sucias y se habrá tumbado en el sillón, empinando el coro con vino de zarzaparrillas? Por cierto, que me han dicho que un primo tuyo trabaja allí, con los duendes que fabrican ese licor. ¡Te digo que está matando a nuestra juventud! ¿Qué hay de cierto en esas habladurías?
Pero la ratoncita presumida no dijo nada, solo la miró con los ojos inexpresivos y esperó a que el hada continuara antes de seguir comiendo.
En ese momento se abrió la puerta de la casa de par en par. ¡Era su tía! Y no parecía estar sobria.
- ¡Sobrina, sobrina queriiiida! -exclamó.
Su aliento quemaba a alcohol.
- ¿Pero dónde has estado, tiita? -exclamó la sobrina, preocupada. En realidad, lo que más sorprendida la tenía era el hecho de que hubiera sabido volver, y más en su estado. "El dios de los borrachos cuida de ella", murmuró para sí.
La ratoncita, en lo tanto, se escabulló por la puerta trasera. No le gustaba presenciar escenas tan tristes como la de una señora mayor totalmente borracha.
- ¡Y qué carruaje le he conseguido, sobrina! Sí, tenías que haberlo visto. Claro que al principio no encontraba la varita. ¡Pero en cuanto di con ella la magia me salió sola! Ha sido una gran noche y había que remojarla.
- ¿Pero de quién hablas? ¿Qué carruaje ni que porras? -le preguntó su sobrina
La vieja puso sobre la mesa sus pies. Se sacó el sombrero y lo puso a un lado. De una manga salió la varita mágica y la tiró descuidademente al suelo. Luego dijo con acento borracho:
- ¿Tú no has oído hablar de una tal cenicienta?
Y colorín colorado...
Ramas finas, delicadas, donde colgaban hojas de terciopelo invernal, donde las arañas de hielo se tejían con delicadeza brillante e insonora. Ramas donde vivían hadas; y entre ellas, la sobrina...
- La tía ha salido, no sé cuándo volverá -le contó al búho que vino a encontrarse con la vieja. La señora tenía fama de curandera y, aunque un poco alocada, aunque dada más al vino que al agua... pero era de agradable compañía y, en sus estados sobrios, daba buenos consejos. Era, sin embargo, muy despistada. Y ahora que la casa donde vivían se había caído, algo inusual en la vida de las intémperos seres, la sobrina temía que no supiera encontrar el camino de vuelta.
- Y una parte de mí lo desea, no te creas -le dijo en confidencia a la ratoncita presumida que había venido a visitarla. Se había sentado a la mesa y mordisqueaba un queso, mirando a la dulce hada con ojos negros y vacuos. Lo mejor que ofrecía su amistad eran silencios llenos de tímidos mordizcos a la comida y un saber escuchar difícilmente comparable.
- Sí, la vieja loca me tiene harta. No paro de limpiar todo el desastre que ella hace. ¿Cuántas veces no habrá venido con las botas sucias y se habrá tumbado en el sillón, empinando el coro con vino de zarzaparrillas? Por cierto, que me han dicho que un primo tuyo trabaja allí, con los duendes que fabrican ese licor. ¡Te digo que está matando a nuestra juventud! ¿Qué hay de cierto en esas habladurías?
Pero la ratoncita presumida no dijo nada, solo la miró con los ojos inexpresivos y esperó a que el hada continuara antes de seguir comiendo.
En ese momento se abrió la puerta de la casa de par en par. ¡Era su tía! Y no parecía estar sobria.
- ¡Sobrina, sobrina queriiiida! -exclamó.
Su aliento quemaba a alcohol.
- ¿Pero dónde has estado, tiita? -exclamó la sobrina, preocupada. En realidad, lo que más sorprendida la tenía era el hecho de que hubiera sabido volver, y más en su estado. "El dios de los borrachos cuida de ella", murmuró para sí.
La ratoncita, en lo tanto, se escabulló por la puerta trasera. No le gustaba presenciar escenas tan tristes como la de una señora mayor totalmente borracha.
- ¡Y qué carruaje le he conseguido, sobrina! Sí, tenías que haberlo visto. Claro que al principio no encontraba la varita. ¡Pero en cuanto di con ella la magia me salió sola! Ha sido una gran noche y había que remojarla.
- ¿Pero de quién hablas? ¿Qué carruaje ni que porras? -le preguntó su sobrina
La vieja puso sobre la mesa sus pies. Se sacó el sombrero y lo puso a un lado. De una manga salió la varita mágica y la tiró descuidademente al suelo. Luego dijo con acento borracho:
- ¿Tú no has oído hablar de una tal cenicienta?
Y colorín colorado...
lunes, 10 de febrero de 2014
la ducha
El doctor me ha dicho que no debo preocuparme, que todo son imaginaciones mías. Pero no lo son.
"Ha sufrido usted una mala caída de la que no quiere decirme nada. Lo entiendo. Por eso tiene esas raspaduras en la piel. Pero no intente que me crea lo de la ducha. Es una broma de mal gusto"
Cuando me dijo eso, me hizo dudar de mí. ¿Me habría caído realmente? Toda la gente me hace dudar de mí mismo, pero no afecta mi autoconfianza. ¿Me equivoco, me habré equivocado? ¿Me equivocaré, no tengo razón, no la tuve y no la tendré? Me importa poco, me da igual. Y doy la razón a quienquiera que desee tenerla.
Pero no al doctor. ¿Cómo podría equivocarme cuando se trata de mi propia piel?
Aún así... tantas veces que me he equivocado me animan a meterme en la ducha con un espíritu diferente. Esta vez no pasará lo mismo, ni mejor ni peor. No pasará nada, simplemente; y me ducharé con el agua tibia como un buen ciudadano de la unión europea. Porque todas las heridas que tengo en el cuerpo son debidas a una caída de la que no deseo acordarme, me hago a mí mismo la mala broma de la que el doctor se quejaba. Mi subconciente es un guasón.
La mano me duele al meterla bajo el grifo mientras busco la temperatura conveniente. No quiero el agua muy caliente, y tampoco demasiado fría.
La mano me duele, debe de ser por la presión de la manguera. El agua sale con tanta fuerza que esta parece una serpiente metálica llena de vida, a la que solo agarrando la cabeza puedo sojuzgar. Domeñar. Así de fuerte es la presión.
Hago oídos sordos al dolor y, cuando la temperatura es la idónea, me meto bajo la ducha. ¡Qué buena está el agua! Es maravilloso ser ciudadano de la unión europea. ¡Bendito sea el doctor!
Pero... siento que el pelo comienza a caérseme como si fueran manojos de trigo desechados por la máquina cosechadora. Y del pecho que ahora es imberbe el color se desatura; yo nunca fui de piel rojiza sino más bien paliducha y enfermiza. Pero ahora la piel cobra tonos nuevos para mí, tonos que parecerían más propios de un difunto tras una semana en el ataúd.
De repente se me desprende el dedo meñique del pie izquierdo. Hago un intento por capturarlo, pero el agua corre rápida y antes de que me de cuenta ya ha desaparecido por el desagüe. Intento entonces apagar el agua, pero el cuerpo ya no me responde como quisiera.
Estoy en el suelo, hecho una salsa humana de huesos, miembros y nervios. Por ahí debe de funcionar aún mi cerebro, testigo de toda este sinsentido. Y puedo ver a la manguera del grifo, moviéndose nerviosa de un lado a otro, rociando con ese agua tibia, ese agua perfecta de temperatura, toda la cabina y el techo... el techo no está impermeabilizado y siento que esa imprevisión va a dolerme. Se formarán manchas de humedad y Dios sabe qué otras cosas.
Y entonces me fijo en la mano que aún está agarrada al grifo de la ducha, como si a la cabeza de la serpiente le hubiera surgido un adefesio, una mutación de última hora. ¡Que desfachatez de grifo!
Me siento desvanecer mientras pienso en la cara que pondría el doctor si me viera ahora mismo. "No intente que me crea lo de la ducha", me dijo. ¡Ja!. ¿Y qué diría ahora?
Floto hacia el desagüe. Es como un parque de atracciones. Luego todo es oscuridad.
"Ha sufrido usted una mala caída de la que no quiere decirme nada. Lo entiendo. Por eso tiene esas raspaduras en la piel. Pero no intente que me crea lo de la ducha. Es una broma de mal gusto"
Cuando me dijo eso, me hizo dudar de mí. ¿Me habría caído realmente? Toda la gente me hace dudar de mí mismo, pero no afecta mi autoconfianza. ¿Me equivoco, me habré equivocado? ¿Me equivocaré, no tengo razón, no la tuve y no la tendré? Me importa poco, me da igual. Y doy la razón a quienquiera que desee tenerla.
Pero no al doctor. ¿Cómo podría equivocarme cuando se trata de mi propia piel?
Aún así... tantas veces que me he equivocado me animan a meterme en la ducha con un espíritu diferente. Esta vez no pasará lo mismo, ni mejor ni peor. No pasará nada, simplemente; y me ducharé con el agua tibia como un buen ciudadano de la unión europea. Porque todas las heridas que tengo en el cuerpo son debidas a una caída de la que no deseo acordarme, me hago a mí mismo la mala broma de la que el doctor se quejaba. Mi subconciente es un guasón.
La mano me duele al meterla bajo el grifo mientras busco la temperatura conveniente. No quiero el agua muy caliente, y tampoco demasiado fría.
La mano me duele, debe de ser por la presión de la manguera. El agua sale con tanta fuerza que esta parece una serpiente metálica llena de vida, a la que solo agarrando la cabeza puedo sojuzgar. Domeñar. Así de fuerte es la presión.
Hago oídos sordos al dolor y, cuando la temperatura es la idónea, me meto bajo la ducha. ¡Qué buena está el agua! Es maravilloso ser ciudadano de la unión europea. ¡Bendito sea el doctor!
Pero... siento que el pelo comienza a caérseme como si fueran manojos de trigo desechados por la máquina cosechadora. Y del pecho que ahora es imberbe el color se desatura; yo nunca fui de piel rojiza sino más bien paliducha y enfermiza. Pero ahora la piel cobra tonos nuevos para mí, tonos que parecerían más propios de un difunto tras una semana en el ataúd.
De repente se me desprende el dedo meñique del pie izquierdo. Hago un intento por capturarlo, pero el agua corre rápida y antes de que me de cuenta ya ha desaparecido por el desagüe. Intento entonces apagar el agua, pero el cuerpo ya no me responde como quisiera.
Estoy en el suelo, hecho una salsa humana de huesos, miembros y nervios. Por ahí debe de funcionar aún mi cerebro, testigo de toda este sinsentido. Y puedo ver a la manguera del grifo, moviéndose nerviosa de un lado a otro, rociando con ese agua tibia, ese agua perfecta de temperatura, toda la cabina y el techo... el techo no está impermeabilizado y siento que esa imprevisión va a dolerme. Se formarán manchas de humedad y Dios sabe qué otras cosas.
Y entonces me fijo en la mano que aún está agarrada al grifo de la ducha, como si a la cabeza de la serpiente le hubiera surgido un adefesio, una mutación de última hora. ¡Que desfachatez de grifo!
Me siento desvanecer mientras pienso en la cara que pondría el doctor si me viera ahora mismo. "No intente que me crea lo de la ducha", me dijo. ¡Ja!. ¿Y qué diría ahora?
Floto hacia el desagüe. Es como un parque de atracciones. Luego todo es oscuridad.
viernes, 7 de febrero de 2014
cuenta atrás
- Otra vez llegas demasiado temprano. Si esto sigue así, se lo reportaré al superior y acabarás despedido.
- Lo siento, Pablo...
- Don Pablo -le interrumpió
- Don Pablo -dijo con acento humilde- es por esto del cambio universal del sistema horario.
- Siete años hemos tenido ya este sistema, y todos están más que acostumbrados. Tú eres el único que sigue en los viejos tiempos. Estás anclado como un barco encayado en un arrecife.
- Al que golpearan las olas, don Pablo, ya lo sé, me lo ha repetido ud. muchas veces. ¿Sabe que tiene usted algo de poeta? ¿Tal vez algún familiar?
- ¡No cambie de tema! El trabajo comienza a las 9 de la mañana, pero si otra vez vuelve usted a llegar antes de la hora, no habrá poesía que le salve.
Y así dejó don Pablo a su empleado más despistado, Ramírez, con cara de bobo. Seguramente tras la charla ajustaría otra vez las alarmas de su reloj; debía de ser uno de los únicos que aún necesitaban un conversor de pulsera para traducir las nuevas horas en el formato antiguo. ¿Tan difícil resultaba? Si el tiempo antes se medía para adelante, ahora se medía hacia atrás. Era una revuelta de la segunda revolución científica, de la segunda ilustración.
- Dos luces yuxtapuestas crean sombras aun más profundas -se dijo don Pablo, en un susurro, recordando el drama que le esperaba en casa: Su mujer no salía de su habitación desde hacía siete años. ¿Cómo no iba un hecho semejante teñir de mediocre poesía su alma, educada según los principios del optimismo y de la segunda ilustración?
En un pasillo se encontró con su superior. Aunque amenazara a Ramírez con denunciarle, lo cierto es que él mismo apenas aguantaba a aquel joven enchufado que le miraba con ojos bondadosos y que era incapaz de despedir a nadie para no teñirse de malos sentimientos. Era una tarea que le tocaba a otros. Las uñas del joven jefe debían permanecer limpias.
- Buenos días, Pablo -le dijo jovialmente.
¿Cuándo le había otorgado el título de amigo con el que aquel estúpido se complacía?
- Buenos días, don Armando.
- Armando, Armando a secar, Pablo, que me sacas más años de los que tengo.
- Como desees... Armando.
- Te buscaba para darte una buena noticia. Como he visto que has trabajado mucho últimamente, he pensado que hoy y ayer podrías quedarte en casa, a descansar y pasar tiempo con la familia.
- ¿Ayer tambien? -preguntó Pablo con cara desconsolada.
Fue así que Pablo acabó llendo a su casa con cara de pocos amigos. Tendría que estar con su mujer, entretenerla en su cuarto y contarle historias... historias de cómo era el mundo antes, el mundo antes de la segunda ilustración, el mundo que ella había conocido en su niñez. Porque su mujer Elva vivía en la zona de sombras, vivia oculta a cualquier foco de luz. No se la veía, no se dejaba ver. ¡Siete años en un cuarto! Menos mal que tenía una ventana que daba a la calle. A una calle llena de tráfico y edificios y contaminación... pero con más aire y espacio que el que la habitación le daba.
Abrió la puerta de su casa y su mujer, sintiéndolo llegar, le gritó:
- ¿Eres tú, Pablo? ¿Cómo es que llegas tan temprano?
Y Pablo, don Pablo para sus empleados, suspiró y con una tristeza que no tenía nada de optimista ni ilustrada, murmuró para sí:
- Temprano no, mujer. Lo que estoy es llegando... tarde. Muy tarde.
- Lo siento, Pablo...
- Don Pablo -le interrumpió
- Don Pablo -dijo con acento humilde- es por esto del cambio universal del sistema horario.
- Siete años hemos tenido ya este sistema, y todos están más que acostumbrados. Tú eres el único que sigue en los viejos tiempos. Estás anclado como un barco encayado en un arrecife.
- Al que golpearan las olas, don Pablo, ya lo sé, me lo ha repetido ud. muchas veces. ¿Sabe que tiene usted algo de poeta? ¿Tal vez algún familiar?
- ¡No cambie de tema! El trabajo comienza a las 9 de la mañana, pero si otra vez vuelve usted a llegar antes de la hora, no habrá poesía que le salve.
Y así dejó don Pablo a su empleado más despistado, Ramírez, con cara de bobo. Seguramente tras la charla ajustaría otra vez las alarmas de su reloj; debía de ser uno de los únicos que aún necesitaban un conversor de pulsera para traducir las nuevas horas en el formato antiguo. ¿Tan difícil resultaba? Si el tiempo antes se medía para adelante, ahora se medía hacia atrás. Era una revuelta de la segunda revolución científica, de la segunda ilustración.
- Dos luces yuxtapuestas crean sombras aun más profundas -se dijo don Pablo, en un susurro, recordando el drama que le esperaba en casa: Su mujer no salía de su habitación desde hacía siete años. ¿Cómo no iba un hecho semejante teñir de mediocre poesía su alma, educada según los principios del optimismo y de la segunda ilustración?
En un pasillo se encontró con su superior. Aunque amenazara a Ramírez con denunciarle, lo cierto es que él mismo apenas aguantaba a aquel joven enchufado que le miraba con ojos bondadosos y que era incapaz de despedir a nadie para no teñirse de malos sentimientos. Era una tarea que le tocaba a otros. Las uñas del joven jefe debían permanecer limpias.
- Buenos días, Pablo -le dijo jovialmente.
¿Cuándo le había otorgado el título de amigo con el que aquel estúpido se complacía?
- Buenos días, don Armando.
- Armando, Armando a secar, Pablo, que me sacas más años de los que tengo.
- Como desees... Armando.
- Te buscaba para darte una buena noticia. Como he visto que has trabajado mucho últimamente, he pensado que hoy y ayer podrías quedarte en casa, a descansar y pasar tiempo con la familia.
- ¿Ayer tambien? -preguntó Pablo con cara desconsolada.
Fue así que Pablo acabó llendo a su casa con cara de pocos amigos. Tendría que estar con su mujer, entretenerla en su cuarto y contarle historias... historias de cómo era el mundo antes, el mundo antes de la segunda ilustración, el mundo que ella había conocido en su niñez. Porque su mujer Elva vivía en la zona de sombras, vivia oculta a cualquier foco de luz. No se la veía, no se dejaba ver. ¡Siete años en un cuarto! Menos mal que tenía una ventana que daba a la calle. A una calle llena de tráfico y edificios y contaminación... pero con más aire y espacio que el que la habitación le daba.
Abrió la puerta de su casa y su mujer, sintiéndolo llegar, le gritó:
- ¿Eres tú, Pablo? ¿Cómo es que llegas tan temprano?
Y Pablo, don Pablo para sus empleados, suspiró y con una tristeza que no tenía nada de optimista ni ilustrada, murmuró para sí:
- Temprano no, mujer. Lo que estoy es llegando... tarde. Muy tarde.
jueves, 6 de febrero de 2014
el antipalé
- Demonios, otra vez nos van a dar dinero -su tono era preocupado. Y no era para menos. En solo aquel mes habíamos recibido más de 10.000 euros, y aún estábamos lejos de gastarlo.
Miré por la ventana
- Los vecinos sí que tienen suerte. Apenas han recibido cien euros... y ni siquiera contaban con ello.
- ¿Cómo lo sabes? -me preguntó
Mi marido siempre había tenido esa coletilla. Desde que le conocí. "¿Y cómo lo sabes?". A veces me resultaba odioso, otra enternecedor y, las más, ni le oía decirlo, como un ronroneo constante en nuestra relación.
- Me lo dijo Pirula. Ya sabes que van al colegio con la hija del vecino.
- Sí, esa Débora
Le miré fijamente. "Esa Débora" era un auténtico bombón que, aún cuando contara con la edad de su propia hija, no podía dejar indiferente a mi marido.
- Sí, "esa". Le dijo a Pirula que su madre estaba hablando por teléfono cuando la paró la policía. La podía haber multado por exceso de velocidad y por estar hablando con el móvil, pero finalmente solo tuvo en cuenta lo del móvil. Débora dijo que fue gracias a ella, que estuvo... convincente.
Mi marido no dio ninguna muestra de haber entendido el eufemismo. Yo, en cambio, podía ver cómo Débora había hecho todo lo posible para airear su escote delante del policía.
- ¿Y por eso los cien euros? -me dijo él con aire indiferente
- Sí, además de que el policía no tenía cambio para un billete de quinientos. Así que les dio lo que llevaba en la cartera, unos cien euros.
- Carteras, carteras... ¡cómo me gustaría quemar la mía!
- Salvo que no importa que desaparezca el billete. Seguirán sabiendo que tienes ese dinero -le recordé
De su bolsillo sacó la abultada cartera. Los billetes apenas cabían en ella.
- ¿Cuánto llevas ahí? -le pregunté, sorprendida
- Unos cuatro mil... en billetes de veinte. Siempre tengo esperanzas de poder gastarlos, pero lo único que consigo es acumular más y más. Hasta para tomar un café no me atrevo, con cada café te llevas más de un euro, ¡más de un euro! Y encima es un café inmundo.
Le compadecí. Si hay algo que le gusta a mi marido más que las tetas de Débora, es el buen café.
- Podrías llevarme esta noche de cena -le dije.
- ¿Estás bromeando? Apenas llego en el trabajo a que me cogan dos mil euros mensuales, ya lo sabes. Y en cualquier restaurante de los que te gustan nos vamos con, como mínimo, cincuenta euros más en el bolsillo.
Encendí la tele, desilusionada. Había un telenoticias de hechos insólitos:
- ... y tras morir en la calle muerto de frío, esperaban que el vagabundo contara con millones de euros sin gastar. Pero, increíblemente, a su persona solo se asociaban cien euros. Un auténtico afortunada vivendo en las calles para que no le dieran más dinero.
Mi marido también estaba viendo las noticias. Sobre la mesa estaban los cuatro mil euros desparramados, junto con los cheques e impuestos que, una vez más, nos hacían desgraciadamente millonarios.
- ¡Cuánto me gustaría ser pobre! -suspiró
Miré por la ventana
- Los vecinos sí que tienen suerte. Apenas han recibido cien euros... y ni siquiera contaban con ello.
- ¿Cómo lo sabes? -me preguntó
Mi marido siempre había tenido esa coletilla. Desde que le conocí. "¿Y cómo lo sabes?". A veces me resultaba odioso, otra enternecedor y, las más, ni le oía decirlo, como un ronroneo constante en nuestra relación.
- Me lo dijo Pirula. Ya sabes que van al colegio con la hija del vecino.
- Sí, esa Débora
Le miré fijamente. "Esa Débora" era un auténtico bombón que, aún cuando contara con la edad de su propia hija, no podía dejar indiferente a mi marido.
- Sí, "esa". Le dijo a Pirula que su madre estaba hablando por teléfono cuando la paró la policía. La podía haber multado por exceso de velocidad y por estar hablando con el móvil, pero finalmente solo tuvo en cuenta lo del móvil. Débora dijo que fue gracias a ella, que estuvo... convincente.
Mi marido no dio ninguna muestra de haber entendido el eufemismo. Yo, en cambio, podía ver cómo Débora había hecho todo lo posible para airear su escote delante del policía.
- ¿Y por eso los cien euros? -me dijo él con aire indiferente
- Sí, además de que el policía no tenía cambio para un billete de quinientos. Así que les dio lo que llevaba en la cartera, unos cien euros.
- Carteras, carteras... ¡cómo me gustaría quemar la mía!
- Salvo que no importa que desaparezca el billete. Seguirán sabiendo que tienes ese dinero -le recordé
De su bolsillo sacó la abultada cartera. Los billetes apenas cabían en ella.
- ¿Cuánto llevas ahí? -le pregunté, sorprendida
- Unos cuatro mil... en billetes de veinte. Siempre tengo esperanzas de poder gastarlos, pero lo único que consigo es acumular más y más. Hasta para tomar un café no me atrevo, con cada café te llevas más de un euro, ¡más de un euro! Y encima es un café inmundo.
Le compadecí. Si hay algo que le gusta a mi marido más que las tetas de Débora, es el buen café.
- Podrías llevarme esta noche de cena -le dije.
- ¿Estás bromeando? Apenas llego en el trabajo a que me cogan dos mil euros mensuales, ya lo sabes. Y en cualquier restaurante de los que te gustan nos vamos con, como mínimo, cincuenta euros más en el bolsillo.
Encendí la tele, desilusionada. Había un telenoticias de hechos insólitos:
- ... y tras morir en la calle muerto de frío, esperaban que el vagabundo contara con millones de euros sin gastar. Pero, increíblemente, a su persona solo se asociaban cien euros. Un auténtico afortunada vivendo en las calles para que no le dieran más dinero.
Mi marido también estaba viendo las noticias. Sobre la mesa estaban los cuatro mil euros desparramados, junto con los cheques e impuestos que, una vez más, nos hacían desgraciadamente millonarios.
- ¡Cuánto me gustaría ser pobre! -suspiró
lunes, 3 de febrero de 2014
la vida de Deibid II
Daibid estaba en penumbras. La escalera no estaba iluminada. Apenas se atrevía a respirar para que no lo oyeran. Si hubieran sabido que estaba ahí, en ese momento, puede que las cosas no hubieran salido igual.
¿Cómo es que sus padres eran capaces de hablar una lengua extraña? ¿Y por qué estaban todos reunidos en torno a ese roído maletín negro?
Su hermana había estado cuchieando con su padre, mientras la madre de Daibid presentaba un rostro que le era totalmente ajeno. Un rictus estiraba su piel y tensaba sus labios, como si fuera la mueca de una sonrisa. Sin embargo, sus ojos eran totalmente contrarios a cualquier sentimiento de alegría. En ellos se podía leer una profunda angustia. ¿Por qué entonces aquel gesto ridículo?
Su hermana se levantó y se aproximó hacia la cartera negra. Los padres estaban tensos. Ahora también su padre mostraba el rictus de agonía que, en el caso de su esposa, se había hecho más patente y doloroso. Pero la niña solo miraba la cartera. Con cuidado la abrió y de allí fue sacando una foto grande y desenfocada en blanco y negro. Aunque Daivid apenas podía distinguirla, adivinó que se trataba del rostro de un niño. Un niño que se le parecía pero que estaba seguro de que no era él.
Las manos de su hermana posaron la foto sobre la mesa.
Una lágrima asomó por los ojos de su madre, mientras su padre y su hermana bajaban la cabeza y meditaban con los ojos cerrados.
Daibid había visto lo suficiente. Con mucho cuidado subió hasta su cuarto y se acostó. Apenas pudo dormir pensando en lo que había presenciado, ni siquiera cuando oyó que el resto de los habitantes se iba a la cama siguiendo la rutina habitual de cada día.
Pero, al día siguiente, se sentía bien. No terminaba de entender lo que había pasado, pero la extraña escena nocturna le había hecho sentirse más próximo a su familia. Más que nunca.
¿Quienes eran sus padres, quién era el niño de la foto? Aquellas preguntas, en lugar de llenarle de una natural incertidumbre, calmaron todas sus ansiedades.
Daibid, por fin, era un niño normal.
¿Cómo es que sus padres eran capaces de hablar una lengua extraña? ¿Y por qué estaban todos reunidos en torno a ese roído maletín negro?
Su hermana había estado cuchieando con su padre, mientras la madre de Daibid presentaba un rostro que le era totalmente ajeno. Un rictus estiraba su piel y tensaba sus labios, como si fuera la mueca de una sonrisa. Sin embargo, sus ojos eran totalmente contrarios a cualquier sentimiento de alegría. En ellos se podía leer una profunda angustia. ¿Por qué entonces aquel gesto ridículo?
Su hermana se levantó y se aproximó hacia la cartera negra. Los padres estaban tensos. Ahora también su padre mostraba el rictus de agonía que, en el caso de su esposa, se había hecho más patente y doloroso. Pero la niña solo miraba la cartera. Con cuidado la abrió y de allí fue sacando una foto grande y desenfocada en blanco y negro. Aunque Daivid apenas podía distinguirla, adivinó que se trataba del rostro de un niño. Un niño que se le parecía pero que estaba seguro de que no era él.
Las manos de su hermana posaron la foto sobre la mesa.
Una lágrima asomó por los ojos de su madre, mientras su padre y su hermana bajaban la cabeza y meditaban con los ojos cerrados.
Daibid había visto lo suficiente. Con mucho cuidado subió hasta su cuarto y se acostó. Apenas pudo dormir pensando en lo que había presenciado, ni siquiera cuando oyó que el resto de los habitantes se iba a la cama siguiendo la rutina habitual de cada día.
Pero, al día siguiente, se sentía bien. No terminaba de entender lo que había pasado, pero la extraña escena nocturna le había hecho sentirse más próximo a su familia. Más que nunca.
¿Quienes eran sus padres, quién era el niño de la foto? Aquellas preguntas, en lugar de llenarle de una natural incertidumbre, calmaron todas sus ansiedades.
Daibid, por fin, era un niño normal.
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