Había una vez... una joven pareja. Se habían conocido hacía solo unos meses, coincideron en un museo, se pusieron a hablar y, voila!, surgió algo que terminó en boda. Todo era como en un sueño: consiguieron una casita en la zona residencial de la ciudad. Era una casa adosada similar a todas las demás, pero a ellos les encantó. Los vecinos también eran muy simpáticos y de mente abierta, dispuestos a aceptar entre ellos a una famosa locutora de radio y a su marido, de profesión... oficinista.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
viernes, 24 de enero de 2014
miércoles, 22 de enero de 2014
toallas de colores
Tan pronto como dejaron las toallas en la mesa, estas se sintieron incómodas. Había toallas de todos los colores, pero todas tenían el mismo tamaño: azules, naranjas, violetas, verdes, rosas, amarillas... venían de una tienda muy seria y por eso ninguna tenía más motivo que el del propio color.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
lunes, 20 de enero de 2014
kitty odia el rosa
En el mundo donde los cuentos se hacen realidad, vivía la gata kitty. Vivía en una casa separada de los demás. Una casa rosa, por supuesto. Un caminito rosa llegaba hasta la puerta. La puerta era rosa. Las plantas eran rosas. ¡Hasta el césped!
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
viernes, 17 de enero de 2014
Quince
Corren los segundos, ¿quién correrá más, el tiempo o los dedos? Las ideas se filtran
15... el soldado se llevó el gordo a la armada, por el camino el soldado iba por un ladito que no cabía, ¡no cabía!, y el gordo le contaba de sus penas, de aquel régimen que quería seguir. Se cayó a un pozo y ya no volvió, sino que llegó el
14... A los doce apóstoles les seguían siempre dos, dos enchufados con ganas de comerse el mundo, dos amigos de santiago y conocidos de Juan. Pero eran avariciosos. Uno gustaba de los negocios y se aprestaba a comerciar con más grano del que necesitaba.
13... rápido se fueron los simétricos. En el mundo de los simétricos nadie puede ser diferente, todos han de ser perfectos. El imperfecto no existe. Es un mundo aburrido para cualquiera que no sea simétrico. Tan ordenado como un reloj, tan previsible como él.
12... fueron las tortugas que se encontraron con once cangrejos rojos y uno anaranjado. El mar era azul, las tortugas verdes y musgosas. ¡Nademos un poco! Propusieron, pero los cangrejos dijeron no. Solo uno se lanzó: el anaranjado.
11... Los hermanos gemelos fueron separados a la fuerza, llevados cada uno al extremo del... pueblo. Todos sabían que eran hermanos gemelos, todos salvo ellos porque eran ciegos. Y se odiaban como solo se pueden odiar los que no se ven.
10... Juanito nunca conseguía buenas notas, las falseaba como podía. Pero ninguna le quedó mejor falseada que aquel estupendo diez con el que transformó la peor de sus notas. No era tonto ni perezoso, pero le gustaba tanto falsear sus exámenes que los hacía mal adrede.
9... La fuente solo funcionaba tres veces al año, y de cada vez salía el agua de un caño diferente, había tres caños. La vieja lo sabía y sentía en sus huesos cuándo había de ir a por agua. Era una especie e reuma. Hasta que un día murió y apareció el cazador por el lugar. En vez de su cuerpo encontró un charco....
8... Cuando Sebastián volvió del viaje, dijo que había estado en el infinito del mar, que se había caído del arcoiris y vivido una época en el complicado mundo de los dioses-culebra. Pero le habían querido casar con una que, decían, era una princesa
7.... Al coche negro un día decidieron pintarlo con siete colores. A los seis primeros, primarios y secundarios, con ellos no hubo problema. Pero, ¿habían de dejar el negro? Hasta que el más pequeño de la familia se propuso ir en busca del color inexisten....
6.... Corrió el balón de un lado a otro y al final lo enlazó en el gol el patán de la clase, aquel que nunca recibía balones porque era torpe, tonto y ciego. Pero estaba enamorado de Laurita, o doña Laura, como llamaban a la sesentona profesora.
5... Cuando se cayó en el pozo se encontró con un mundo increíble. El barro se transformó en miel, y el soldado se dedicó a apagar su sed con licor de mieles. Pero un día se le acabó la sed y supo que tenía que volver a salir.
4... Mirando al cielo en la cima de la montaña se encontraba el aguilucho. Mirando al cielo, en vez de a las presas que tenía que capturar y que correteaban por el suelo. Pero él quería morir, morir pronto, ¿cómo podría hacerlo? Y fue entonces que conoció al yeti.
3... Los tres hermanos se fueron cada uno a tierras distantes. Pero no volvieron a casa con ningún tesoro, sino con heridas que los mataban lentamente. Los tres se echaron a dormir, uno con la herida en la cabeza, otro en el brazo, otro en el vientre. Y el padre no sabía qué hacer.
2... El rico vivía en su palacio, así creían los demás, pero en realidad dormía sobre el suelo y apenas comía, su dinero personal era todo para obras de caridad. El pobre, en cambio, cuando llegaba a su casa se cambiaba de ropa, se perfumaba y llamaba a las prostitutas. Hasta que la misma niña creyó que ambos eran su padre.
1... Siempre era el último en llegar, hasta el día en que una cerilla prendió fuego a una rama, la rama al arbusto, el arbusto al bosque, y todo se quemó el día en el que él logró llegar a tiempo al cole, mientras el resto se quedaba en casa.
15... el soldado se llevó el gordo a la armada, por el camino el soldado iba por un ladito que no cabía, ¡no cabía!, y el gordo le contaba de sus penas, de aquel régimen que quería seguir. Se cayó a un pozo y ya no volvió, sino que llegó el
14... A los doce apóstoles les seguían siempre dos, dos enchufados con ganas de comerse el mundo, dos amigos de santiago y conocidos de Juan. Pero eran avariciosos. Uno gustaba de los negocios y se aprestaba a comerciar con más grano del que necesitaba.
13... rápido se fueron los simétricos. En el mundo de los simétricos nadie puede ser diferente, todos han de ser perfectos. El imperfecto no existe. Es un mundo aburrido para cualquiera que no sea simétrico. Tan ordenado como un reloj, tan previsible como él.
12... fueron las tortugas que se encontraron con once cangrejos rojos y uno anaranjado. El mar era azul, las tortugas verdes y musgosas. ¡Nademos un poco! Propusieron, pero los cangrejos dijeron no. Solo uno se lanzó: el anaranjado.
11... Los hermanos gemelos fueron separados a la fuerza, llevados cada uno al extremo del... pueblo. Todos sabían que eran hermanos gemelos, todos salvo ellos porque eran ciegos. Y se odiaban como solo se pueden odiar los que no se ven.
10... Juanito nunca conseguía buenas notas, las falseaba como podía. Pero ninguna le quedó mejor falseada que aquel estupendo diez con el que transformó la peor de sus notas. No era tonto ni perezoso, pero le gustaba tanto falsear sus exámenes que los hacía mal adrede.
9... La fuente solo funcionaba tres veces al año, y de cada vez salía el agua de un caño diferente, había tres caños. La vieja lo sabía y sentía en sus huesos cuándo había de ir a por agua. Era una especie e reuma. Hasta que un día murió y apareció el cazador por el lugar. En vez de su cuerpo encontró un charco....
8... Cuando Sebastián volvió del viaje, dijo que había estado en el infinito del mar, que se había caído del arcoiris y vivido una época en el complicado mundo de los dioses-culebra. Pero le habían querido casar con una que, decían, era una princesa
7.... Al coche negro un día decidieron pintarlo con siete colores. A los seis primeros, primarios y secundarios, con ellos no hubo problema. Pero, ¿habían de dejar el negro? Hasta que el más pequeño de la familia se propuso ir en busca del color inexisten....
6.... Corrió el balón de un lado a otro y al final lo enlazó en el gol el patán de la clase, aquel que nunca recibía balones porque era torpe, tonto y ciego. Pero estaba enamorado de Laurita, o doña Laura, como llamaban a la sesentona profesora.
5... Cuando se cayó en el pozo se encontró con un mundo increíble. El barro se transformó en miel, y el soldado se dedicó a apagar su sed con licor de mieles. Pero un día se le acabó la sed y supo que tenía que volver a salir.
4... Mirando al cielo en la cima de la montaña se encontraba el aguilucho. Mirando al cielo, en vez de a las presas que tenía que capturar y que correteaban por el suelo. Pero él quería morir, morir pronto, ¿cómo podría hacerlo? Y fue entonces que conoció al yeti.
3... Los tres hermanos se fueron cada uno a tierras distantes. Pero no volvieron a casa con ningún tesoro, sino con heridas que los mataban lentamente. Los tres se echaron a dormir, uno con la herida en la cabeza, otro en el brazo, otro en el vientre. Y el padre no sabía qué hacer.
2... El rico vivía en su palacio, así creían los demás, pero en realidad dormía sobre el suelo y apenas comía, su dinero personal era todo para obras de caridad. El pobre, en cambio, cuando llegaba a su casa se cambiaba de ropa, se perfumaba y llamaba a las prostitutas. Hasta que la misma niña creyó que ambos eran su padre.
1... Siempre era el último en llegar, hasta el día en que una cerilla prendió fuego a una rama, la rama al arbusto, el arbusto al bosque, y todo se quemó el día en el que él logró llegar a tiempo al cole, mientras el resto se quedaba en casa.
miércoles, 15 de enero de 2014
los zapatos del elefante VII (espero que final)
Parecía haber olvidado el enfado que antes tenía con el mono. Es más, empezaba a encontrar simpático al animalito.
- Mi familia siempre ha tenido un buen plumaje -dijo con orgullo
- ¿Y no cree que un collar podría combinar muy bien con él? No digo un collar cualquiera, claro. Para un color tan bonito como el que usted tiene, hace falta algo especial.
- ¿Usted cree? -preguntó el aguilucho con tono indeciso
- En cuanto terminemos con el sombrero del señor elefante, estaré con usted.
Pero el elefante se había quitado de mala gana el sombrero.
- Yo lo que quiero es cuero para que el señor topo... -comenzó a decir
- ¡Cuero! Pues claro que sí -le interrumpió el mono- aquí encontrará el mejor cuero del mundo. Si por algo somos conocidos los monos, es por la calidad de nuestro cuero. ¡No puede quedar defraudado! Por favor no se mueva de aquí. Y usted -dijo, dirigiéndose al aguilucho- haga el favor de acompañarme. Tengo algo que le puede gustar; o tal vez no a usted, pero le aseguro que los demás van a quedar EXTASIADOS cuando le vean.
Y así fue como el señor elefante se quedó solo en el bosquecito al lado del río. Le gustaba el frescor de aquellas sombras. Al lado del río crecían algunos helechos. Y en el agua nadaban pequeños pececillos de colores anaranjados. El cielo sin nubes presentaba un azul pálido que contrastaba con el oscuro pero intenso verde de la techumbre del bosquecillo.
El señor elefante se quitó los zapatos. Sus pies sintieron en todo su frescor la humedad de la tierra. Un escalofrío recorrió su enorme cuerpo. Después se puso a andar, siguiendo el rumbo de una suave brisa que, en aquel momento, recorría el bosquecillo.
Allí quedaron los zapatos, olvidados. Al rato volvió el mono con un gran sombrero de copa.
- ¡Señor elefante! -gritó, pero aquel ya estaba lejos.
Caminaba sin rumbo. Libre.
- Mi familia siempre ha tenido un buen plumaje -dijo con orgullo
- ¿Y no cree que un collar podría combinar muy bien con él? No digo un collar cualquiera, claro. Para un color tan bonito como el que usted tiene, hace falta algo especial.
- ¿Usted cree? -preguntó el aguilucho con tono indeciso
- En cuanto terminemos con el sombrero del señor elefante, estaré con usted.
Pero el elefante se había quitado de mala gana el sombrero.
- Yo lo que quiero es cuero para que el señor topo... -comenzó a decir
- ¡Cuero! Pues claro que sí -le interrumpió el mono- aquí encontrará el mejor cuero del mundo. Si por algo somos conocidos los monos, es por la calidad de nuestro cuero. ¡No puede quedar defraudado! Por favor no se mueva de aquí. Y usted -dijo, dirigiéndose al aguilucho- haga el favor de acompañarme. Tengo algo que le puede gustar; o tal vez no a usted, pero le aseguro que los demás van a quedar EXTASIADOS cuando le vean.
Y así fue como el señor elefante se quedó solo en el bosquecito al lado del río. Le gustaba el frescor de aquellas sombras. Al lado del río crecían algunos helechos. Y en el agua nadaban pequeños pececillos de colores anaranjados. El cielo sin nubes presentaba un azul pálido que contrastaba con el oscuro pero intenso verde de la techumbre del bosquecillo.
El señor elefante se quitó los zapatos. Sus pies sintieron en todo su frescor la humedad de la tierra. Un escalofrío recorrió su enorme cuerpo. Después se puso a andar, siguiendo el rumbo de una suave brisa que, en aquel momento, recorría el bosquecillo.
Allí quedaron los zapatos, olvidados. Al rato volvió el mono con un gran sombrero de copa.
- ¡Señor elefante! -gritó, pero aquel ya estaba lejos.
Caminaba sin rumbo. Libre.
martes, 14 de enero de 2014
los zapatos del elefante VI
... a la gran oreja del elefante y le susurró:
- Esos pajarracos siempre son iguales, no le haga caso.
El aguilucho se molestó de que el mono cuchicheara en la oreja del elefante. Lo que más incómodo le resultaba era no saber cómo obrar. "Si me voy ahora, pensarán que me molesto por chiquilladas. Y si me quedo, ese estúpido macaco va a seguir mostrándome su desprecio. ¿Qué puedo hacer?" Pero como estaba en la duda y no sabía qué decidir, al final se quedó pero con ganas de ahuecar el ala, lo cual era una situación más ridícula que cualquier decisión que tomara.
El mono condujo al elefante hasta el bosquecillo. Allí crecían arbustos a la sombra de los árboles. Cuando el señor elefante los pisó, sintió alivio en sus doloridos pies, pues el frescor y la suavidad de la hierba se colaba por el agujero de sus zapatos.
- Es verdad que necesito cuero. Lo necesita el topo para...
- ¿Quién es el topo? -le interrumpió el mono que lo guiaba
- El señor topo es el zapatero que el ratón me recomendó.
- Y ese ratón, ¿quién es?
El señor elefante tuvo por un momento la impresión de encontrarse en un mal sueño. Miró hacia el cielo y allí vio al aguilucho sobrevolando los árboles más altos. Cuando ya se disponía a responder al mono, este le interrumpió:
- Da igual para que lo quiera. Si usted necesita cuero, aquí encontrará el mejor. No importa la cantidad, solo tiene que pedirlo.
Así hablando llegaron a un pequeño claro donde un grupo de monos abría unas cajas.
- Esta es la última mercancía que nos ha llegado. ¿Qué le parece un bonito sombrero? -le preguntó el mono. Y sin esperar ninguna respuesta sacó un sombrero de una caja y se lo caló al elefante. Era una pamela rosa que difícilmente podía quedarle bien. Como no había espejos para verse, el mono lo condujo hasta un riachuelo.
- Yo no quiero un sombrero, sino cuero para mis zapatos -dijo el elefante, tras mirarse horrorizado en el reflejo del agua.
Sin embargo, como si no le hubiera ido, el mono le quitó la pamela y le puso un sombrero de hongo. Este le quedaba mucho mejor.
- Ahora lo que le falta es una pajarita. Un sombrero de hongo no puede estar sin pajarita.
En ese momento bajó el aguilucho a beber agua al riachuelo.
- ¿No le parece a usted, señor águila, que el sombrero le queda que ni pintado al buen elefante? -le preguntó el mono
El aguilucho, que un momento antes tenía cara de pocos amigos, se apresuró a responder:
- Le queda estupendamente bien.
- Es una pena que por los aires no se puedan llevar sombreros, claro que un águila como usted ya tiene adorno más que suficiente con sus plumas.
El pico del aguilucho se enrojeció de placer
lunes, 13 de enero de 2014
los zapatos del elefante V
- ... hacer como si lo viera, levantando la mirada hacia el pájaro.
- Yo le llevaré hasta allá -dijo el aguilucho, nervioso.
El elefante le miró con desconfianza. Una vez había visitado la tierra de los monos, y confiaba más en su memoria que en el pajarraco.
- Es muy buena idea, sin duda -dijo el ratoncito.
- Lo mejor es que salgan cuanto antes para allá -dijo la señora topo, impaciente por ir a ver cómo marchaba su pastel. Si se iban, no tendría que preocuparse más por las visitas.
Así que, finalmente, el elefante no dijo lo que pensaba y se dejó guiar por el aguilucho.
- Es por allá, yo muchas veces paso por encima. ¡A veces lo sobrevuelo rapidísimo! Pero no te preocupes que no me adelantaré demasiado e iré a tu paso -le dijo el elefante
Este no respondió nada. La tierra volvía a entrarle por los agujeros de los zapatos, y por un momento le llegó un pensamiento: "¿y si me acostumbrara a caminar sin zapatos?". Le hubiera gustado seguir con aquella idea, pero el parloteo del ave no le dejaba concentrarse.
- Claro que son unas criaturas bastas y escandalosas, de lo más bajo que uno puede encontrarse en la vida animal, si usted me entiende -decía en aquel momento el aguilucho, esforzándose por no alejarse demasiado del elefante. Por un momento se le ocurrió posarse en el lomo del inmenso animal, pero desechó la idea como poco digna.
"¿Quién ha visto a un águila cabalgando sobre un elefante?", se dijo.
El elefante también temía lo mismo y pensaba. "Como se me ponga encima, me pondré nervioso y le acabaré dando un trompazo. ¿Quién ha visto nunca un elefante llevando semejante adefesio encima? Y seguro que aún pierde plumas y me dejaría el lomo perdido de arañazos y plumas. ¡Espero que no se le ocurra!"
Los monos vivían en un bosquecillo cercano. Se trataba de macacos prontos a la broma y codiciosos para los negocios. El topo, en realidad, no quería acercarse al lugar para no ser víctima de sus estafas, pues enseguida liaban a los compradores y hacían que uno dijera "me llevaré siete" en vez de los tres que necesitaba. Cuando se acercaban, uno de los monos se llegó hasta ellos:
- ¡Pero qué agradable sorpresa! -exclamó moviendo la cola con placer -El señor elefante por estas tierras, ¡nunca tenemos el placer de verle! Y creáme que nos quedamos con ganas de su compañía.
- Tiene necesidad de cuero para un sombrero nuevo -dijo el aguilucho, que ya había olvidado bastante.
El señor elefante lo miró con enfado, pero el mono ni se volvió hacia el ave:
- Cualquier cosa que necesite, señor elefante, haremos lo posible por encontrársela.
- Yo no llevo sombrero -sentenció el señor elefante.
De un rápido salto el mono se encaramó...
- Yo le llevaré hasta allá -dijo el aguilucho, nervioso.
El elefante le miró con desconfianza. Una vez había visitado la tierra de los monos, y confiaba más en su memoria que en el pajarraco.
- Es muy buena idea, sin duda -dijo el ratoncito.
- Lo mejor es que salgan cuanto antes para allá -dijo la señora topo, impaciente por ir a ver cómo marchaba su pastel. Si se iban, no tendría que preocuparse más por las visitas.
Así que, finalmente, el elefante no dijo lo que pensaba y se dejó guiar por el aguilucho.
- Es por allá, yo muchas veces paso por encima. ¡A veces lo sobrevuelo rapidísimo! Pero no te preocupes que no me adelantaré demasiado e iré a tu paso -le dijo el elefante
Este no respondió nada. La tierra volvía a entrarle por los agujeros de los zapatos, y por un momento le llegó un pensamiento: "¿y si me acostumbrara a caminar sin zapatos?". Le hubiera gustado seguir con aquella idea, pero el parloteo del ave no le dejaba concentrarse.
- Claro que son unas criaturas bastas y escandalosas, de lo más bajo que uno puede encontrarse en la vida animal, si usted me entiende -decía en aquel momento el aguilucho, esforzándose por no alejarse demasiado del elefante. Por un momento se le ocurrió posarse en el lomo del inmenso animal, pero desechó la idea como poco digna.
"¿Quién ha visto a un águila cabalgando sobre un elefante?", se dijo.
El elefante también temía lo mismo y pensaba. "Como se me ponga encima, me pondré nervioso y le acabaré dando un trompazo. ¿Quién ha visto nunca un elefante llevando semejante adefesio encima? Y seguro que aún pierde plumas y me dejaría el lomo perdido de arañazos y plumas. ¡Espero que no se le ocurra!"
Los monos vivían en un bosquecillo cercano. Se trataba de macacos prontos a la broma y codiciosos para los negocios. El topo, en realidad, no quería acercarse al lugar para no ser víctima de sus estafas, pues enseguida liaban a los compradores y hacían que uno dijera "me llevaré siete" en vez de los tres que necesitaba. Cuando se acercaban, uno de los monos se llegó hasta ellos:
- ¡Pero qué agradable sorpresa! -exclamó moviendo la cola con placer -El señor elefante por estas tierras, ¡nunca tenemos el placer de verle! Y creáme que nos quedamos con ganas de su compañía.
- Tiene necesidad de cuero para un sombrero nuevo -dijo el aguilucho, que ya había olvidado bastante.
El señor elefante lo miró con enfado, pero el mono ni se volvió hacia el ave:
- Cualquier cosa que necesite, señor elefante, haremos lo posible por encontrársela.
- Yo no llevo sombrero -sentenció el señor elefante.
De un rápido salto el mono se encaramó...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)