viernes, 27 de diciembre de 2013

tras la navidad

¿Cuánto llevo sin dosis? me parece muchísimo tiempo, y supongo que no han pasado más de un par de días. En ese tiempo Mateja y yo hemos tenido tiempo de discutir y de reconciliarnos, hemos celebrado en Barka la Navidad, hemos ido a Ankaran y vuelto, hoy fuimos con el tren a kamnik. Y me he desorientado, esta dosis se ha convertido en algo tan importante que no suministrármela me atonta, me deja deambulando por las calles de una ciudad extraña, mendigando monedas con las que comprarme más veneno, y así poder morir un poco más a mí mismo. Es el morir anti-evangélico, justamente el que apellida a todos los humanos de este mundo.
"Mundo" es una palabra que Klara María confunde muy a menudo con "gente". No deja de tener su sentido, pues la "gente", en el sentido con el que la lengua castellana la denota, no es más que el "mundo" mismo, en el sentido con el que lo demonizaba San Pablo.
Yo no deseo estar dentro de la "gente" ni ser hijo del "mundo", sino ser terrestre o, a lo menos, hijo adoptivo de este planeta.
He estado ojeando el libro sobre Rockwell que he sacado de la biblioteca; las ilustraciones son auténticas obras maestras. Y llama la atención la cantidad de trabajo que el pintor tuvo que dedicar para cada una de ellas; parece fácil, pero creo que se basa, en buena medida, en la capacidad para pararse, para decir, "espera, dale un poco más", y "no te conformes" y "eso está muy por debajo de lo que esperabas de ti". Es decir, todas esas formas con las que se sale de la "gente" y no se pertenece al "mundo" sino a la propia historia. Mi historia...
Mi propia historia... comenzaría a contarla un sábado por la mañana, vienen papá y mamá... y también en la clase de sexto en el Máyex, hay un baño en el aula... y en la clase de primero en la Salle, don Juan nos pega con la regla y yo, que tan contento iba a mostrarle mi suma recién conseguida -el resultado era diez- me llevé un tremendo reglazo en la palma de la mano. "Faltan las unidades", me anunció ante mi cara de incomprensión. En el colegio tuve dos accidentes con cicatriz: una vez me caí del columpio de bomberos, un supuesto "amigo" no paraba de pisarme la mano, el columpio era rojo y lleno de tubos.  En la otra, me creí un valiente y quise liberar a mi clase...
tiempo, corrijamos.

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