A y 40... ¿cómo se debe escribir esto?...
Aire, aire, aire... y un catarro corriendo a ser el protagonista.
Tenía algo interesante que contar, pero ya se me fue de la cabeza. Las ideas vienen y se van con una rapidez prodigiosa; son pájaros tímidos que, a veces, se convierten en mariposas que el viento se las lleva y ya no vuelven. Otras, simplemente, son pájaros, pájaros y pájaros, que se echan a volar. Por ahí andan, en los cielos o tal vez escarbando la tierra para conseguir gelatinosos gusanos que poder tragarse. Asqueroso, aunque alguno logra trinar como nadie después de tamaña hazaña. Que alguien busque la metáfora.
Me sueno, se me taponan los oídos. Klara María no pierde palabra del cuento que Mateja cuenta-escenifica. Lo hace muy bien... tan bien, que se me va una oreja para escucharla y pierdo el hilo -el discontinuo... hilo (de repente no sabía escribir discontinuo y opté por las variantes discontineo y discuntineo, cada cual peor).
Me sueno. Esta agüilla absurda me está matando.
¿Qué era lo que quería contar? Fue una idea de la que pensé "estaría bien poner eso por escrito".
Me sueno.
Bien, aquí estamos yo, mis dedos, yo, mi nariz y mis mocos, yo y el blog de "La dosis diaria"... vamos, todos reunidos, todos los que hacen falta... y la idea no viene.
Me limpio la nariz. Mi trasero se retuerce un poco como corresponde a un buen catarro de tomi zárate. Paso otra vez la servilleta. Si no tuviera mocos, quedaría igual de arrugada solo a base de restregarla contra mi piel.
Y aún quedan seis minutos.
Aire, aire, aire... Kaesar hablaba una vez de una chica que tenía metida en el tren, de la que me despedí sin dar cuenta a los amigos. No recuerdo... la única chica de un tren digna de mención era aquella Roser a la que fui a ver en uno de mis más estúpidos ataques románticos.
Los románticos como yo no son más que idiotas. Se podría explicar mejor pero no decir más claro.
En realidad sufrimos de un hambre de cariño totalmente egoísta: solo un diábolico egoísmo nos impulsa a las locuras románticas, tal vez imaginando que habrá un feedback -siquiera imaginario- que nos devuelva tanto como dimos. Como pensamos que dimos. En realidad nunca dimos, nunca otorgamos.
Yo pedía. Era un mendigo que se disfrazaba de gran señor del amor. Pero no era más que un idiota mendigo.
Tres minutos. Uno más y luego a corregir.
Tiempo. Corrijamos.
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