sábado, 7 de diciembre de 2013

sabadete

Una especie de tedio o desconfianza han conseguido lo que muchos actos de voluntad (heroicos, diría): no ver ninguna película durante el día aún con las condiciones ideales para ello:  Mateja en Barka, KM durmiendo... En parte se lo debo a la falta de buenas ofertas. Ayer vi el capítulo semanal de "el mentalista".
Así que releo el cómic de Akira.
El primero de ellos lo compré en aquella librería de Tremp: ¡cuánto me asustaba entrar en la vida! Yo, que me hacía un experto, temía la soledad. Cuando llegué al lugar para las prácticas de empresa, apenas me tenía en pie. En el tren estuve hablando con aquel camarero que había conocido durante el campamento: su conversación me deprimió aún más.
Coincidió todo aquello con el intento de dejar de fumar. Pero, ahora me doy cuenta, el gran mal era el temor, el miedo a caer en la depresión. "¡Otra vez no, por favor!", gritaba mi cuerpo. Lo que hice luego lo grabé a modo de ejemplo en mi imaginario personal: me puse en contacto con todos los que me querían bien o a los que yo quería bien; mi madre, mi hermano, amigos, la guapa Lorena... Y retomé el tabaco.
Había un restaurante donde comía que se llamaba "argentina" o "buenos aires", no recuerdo bien. Fue a sus puertas que le regalé la armónica a un mendigo-borracho que por allí paseaba.
Entre las medidas tomadas para combatir la incipiente depresión se encontraba la visita a la librería del lugar: allí me gasté los cuartos en novelas y... en Akira, el primer tomo. Costaba unos 20 euros, que para mí era una barbaridad.
Una noche cayó una lluvia torrencial en la zona. Todo quedó empapado, y aún hoy las primeras páginas del cómic acusan aquella malaventura.
Recuerdo también un libro de Javier Marías, o algunos de él, pues de resultas del primero acabé comprando otro que también me gustó. Tenía ese toque melancólico-ilustrado-desesperanzador que, en aquella época, me resultaba tan llamativo. Eran cantos de sirena para "una vida de verdad" en la que se podían tocar todos los buenos extremos de la realidad: desde el sentimentalismo a la decisión, desde la sal y el agua espumosa de la ola a la roca firme enclavada en la playa (de arena negra, el Balayo).
Si fuera un intelectual de verdad, diría que los encantos de la época eran los de un posmodernismo blablabla... pero en realidad no tengo ni idea. Solo sé que hace poco que empecé a desenterrar el hueso, y ahora estoy demasiado entretenido en la tarea como para gastarme pensando ... pensando en lo que me han enseñado a pensar y que, sin embargo, me es ajeno.
Repasemos.
Me sobra un minuto, apenas había faltas. Suena una música... creo que este blog realmente me está desenterrando de la arena. Son huesos fósiles, pero al aire sienten el fresco.
Y les gusta. Se acuerdan de la carne que una vez les recubrió.
Y les gusta.

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