viernes, 6 de diciembre de 2013

Con los cascos puestos

22 más quince son... 32 más cinco... 37.
Con los cascos puestos y el deseo en la película, a punto de descontrolarme. Pero el pan ha de dejarse ... la masa del pan ha de dejarse quince minutos y luego seguir con el último paso. ¡Quince minutos! El tiempo perfecto para sentarse y vomitar un poco.
"Pero, seño, yo tenía ganas de dejar que otros pensaran por mí"
Y en el intento de apagar el otro navegador, acabé cerrando este en el que escribo. Debería ir a un concurso de idiotas.
Hoy fue san nicolás. Me imagino a un hombre disfrazado de san nicolás sosteniendo una lámpara en la mano y con cara de circunstancias. La mujer le ha dicho que no debe soltar la lámpara porque está limpiando la mesa de cenizas. El niño tiró las cenizas del cenicero que el tío Alberto había ensuciado. El tío Alberto siempre va ensuciando ceniceros. Tiene un bigote amarillento, dientes amarillentos, labios amarillentos y unos ojos oscuros y melancólicos. Se cuida mucho su bigote. Recuerdo a H Poirot, pero el tío Alberto no se interesa en los crímenes. Lo que más le gusta es hablar sobre su vida, su vida pasada y la melancolía que recorre sus huesos. Y no hay sitio donde consiga un mejor oyente que en la peluquería. Allí el viejo don Enrique le deja contar.
Pero a papá nada de eso le interesaba demasiado.
- Sujeta la lámpara un momento -le había pedido mamá mientras limpiaba las cenizas que yo había esparcido por la mesita.
- Pero cariño, me están esperando ... -comenzó él a excursarse
Pero no llegó a terminar. Mi madre aún tenía los ojos rojos tras la última discusión y mi padre no quería fastidiarla justo antes de irse con sus amiguetes.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Mis padres se miraron entre sí, asustados, temiendo la habitual llamada nocturna. Por fin ella cedió y con un gesto en la mano, concedió que mi padre vestido de san nicolás dejara la lámpara en su sitio.
- Intenta no volver muy tarde -fue lo único que le dijo.
Él se sentía tan contento que le dio un tímido besito y luego desapareció por la puerta. No sabía que iba a ser la última vez que lo iba a ver.
- Hola, Alberto, ¿cómo estás? -respondía mi madre al teléfono.
Tiempo

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