jueves, 19 de diciembre de 2013

Gran descanso y taza de café vacía

Otra vez en la guardería. Tengo una gran pausa: otra vez pocos niños, Julia enferma y tranquilidad en la oficina. Ahora, mientras me tomo la dosis, me doy cuenta de que he gastado demasiado tiempo en internet.
Eufemismos. Gastado, no. ¡Perdido!
Hasta hace poco no sabía qué significaba la palabra eufemismo. Y sin embargo, es un adjetivo que debería de ser mi segundo apellido.
Tomi Zárate Eufemismos, pero puedes llamarme Eufe, si te hace sentir mejor.
Veo cómo llega una madre... no, una abuela, de Neza Ana y su hermana Sara Kate. Son nombres sacados de una película del oeste.
Sara Kate entró pisando fuerte en la sala de baile. Todas las miradas se volvieron hacia ella. La maestra la miró con desdén:
- Hola, Neza Ana. No sabía que tú también te dignabas a aparecer por estos lugares -la saludó la recién llegada.
Pero la otra no contestó, se limitó a mirarla de arriba abajo. Aquella tarde invertirían los papeles; la maaestra ya no jugaría más a ser un ratón inofensivo.
...
Exploraba en internet lo de los casein colors. ¡Es tan caro comprar un juego! Sobre todo cuando, sin conocer el producto, no sé si seré capaz de sacarle partido.
Aún tengo los ojos irritados, pero ya me permito frotármelos con fruición. No hay nada como un buen picor cuando puedes rascarte.
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Recupero la normalidad. Para llegar a mi identidad antes tengo que pasar por la antesala de la pereza, de verme en el espejo como un saco de piel lleno de ilusiones estúpidas que vive en el mundo de lo cotidiano. Un mundo frío pero real.
Recupero la normalidad. Y miro hacia el cielo estrellado de mi interior y aquel planeta pequeñito y perdido es, me digo, el mío. ¿Y yo vivo allí? Esta dosis diaria me sirve para recuperar parte de la memoria y para desenterrar el hueso.
Pero ahora el hueso, aunque pueda sentirlo, está lejos de mi alcance. Supongo que por este horario en la guardería, tengo que venir cada día ahora que hay alguien enfermo. Por ahora, mi sueño es tener un horario fijo en el que no se me descontrolen las rutinas.
Porque las rutinas se descarrilan y cuesta mucho volver a ponerlas en su sitio. Cuesta pararse un momento a pensar, cuesta un instante de reflexión. Y, a veces, eso es un precio demasiado caro.
...
Para el viernes vamos a preparar David y yo una tortilla española. ¿Me agrada pasar una tarde o tarne de navidad con los compañeros de trabajo? Hay una parte que me tienta ante lo novedoso y el reconocimiento; y otra que echa de menos volver a casa. Y otra más, la más fuerte, el sentimiento de que ese tiempo lo podría dedicar al hueso. Pero no será así; no sería así en casa, donde me ata la familia, ni en la soledad, donde me machaca el desorden. Como en un baile de máscaras donde nada es lo que parece ser: ni la soledad el refugio de este artista incomprendido que solo desea trabajar en paz (puaaaaj) ni la compañía familiar la rutina deliciosa que colma todas mis noches ni la interacción social donde me siento apreciado por lo que, supuestamente, hago y hago bien. No, esas son las máscaras para el baile que se desarrolla en el jardín, encima del hueso enterrado. En realidad los bailarines arrastran tierra, como desenterrando al hueso, y la vuelven a depositar, volviéndolo a enterrar.
me pasé en un minuto

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